Álex Casas, Amparo Vazbel y José Villamarín son los mejores autores de la semana



LA CAZA

Álex Casas


Lo primero que siente es ardor en la mejilla, un latido de dolor en la carne. Después un gusto metálico que le llena la boca. Nota como su cabeza traquetea y la frente da pequeños toquecitos a una ventana fría. Está en un coche en marcha. Acurrucada. Y de repente le baja toda la información de golpe, como un telón sin contrapesos, se acuerda de todo con tal precisión que lo primero que se dice a si misma es “no abras los ojos Cristina, todavía no.”

Oye el ruido del tacto al volante. Oye las marchas y el juego de pedales. Y sobre todo oye esa respiración que parece como todas las demás, pero no lo es. Sabe que no soportaría tener ese sonido más cerca. Que moriría en ese momento o en un millón de momentos del futuro donde lo recordaría con detalle y su vida sería un nido de angustia que nada lograría callar del todo. Todo empezará en cuanto detenga el coche.

El olor a coche viejo manda sobre el ambientador. También se cuelan en su nariz el tabaco impregnado y la ceniza fría. Y sobre todos ellos domina su fuerte olor corporal. Sabe que ese hedor se le pegará a la piel en cuanto se le eche encima y no habrá jabón en el mundo que se lo separe del pellejo y tendrá que vivir con él, el resto de su existencia.

De repente oye su propia voz preguntando “ya está grabando” y la de Mónica respondiendo afirmativamente. Tiene su cámara. Está viendo el video mientras conduce. La escena se reproduce en su cabeza mientras escucha. Ella presentándose como cazadora de pederastas en la red; explicando que lleva un mes chateando con un tío de cincuenta años, que está por llegar, haciéndose pasar por una niña de doce años; el encuentro para grabarle la cara y colgarla para delatarle ante todo internet; Mónica acosando con la cámara; el tipo que en vez de huir, todos habían huido hasta ahora, le arrebata la cámara y saca un revolver; el golpe en la cara con el arma; el empujón para meterla en el coche y un segundo golpe en la cabeza; los gritos de Mónica golpeando la ventanilla mientras el coche arranca. Y cuando la grabación se detiene le oye hablar por primera vez: ¿así que te gusta que te graben?

Su voz le provoca tal repulsión, que una parte de si misma se acuerda de que ella no es la presa, que su vocabulario no acepta la palabra víctima, que ella es quien caza. Y caza es el verbo que provoca que su brazo derecho se cargue, se llene de una fuerza que le parece ajena, que el atrevimiento le contrae los músculos, que sus dedos se agrupan como queriendo aplastar su propio miedo y cuando abre los ojos el puño ya sabe a donde ir. El golpe, que va de abajo a arriba e impacta contra la parte inferior de la mandíbula, es contundente a pesar de lo menuda que es. Agarra el volante con la misma mano e intenta tirar de él, el conductor le da un manotazo torpe, ella gira sus caderas hacia él, alza las dos piernas y empieza a patearle con una furia indómita que le nace entre las caderas y descarga sin cesar. Él, a pesar de enorme volumen, intenta conducir y defenderse a la vez. Y cuando el tipo dice “cuando más te resistas mejor me lo voy a pasar”, un golpe certero en el mentón le aturde y se desploma sobre el volante. El peso de su pierna sigue acelerando el vehículo. Ella gira la cabeza hacia el parabrisas y solo le queda tiempo para cubrirse la cabeza y recoger las piernas contra su cuerpo.

La puerta del conductor del coche estrellado se abre con un crujido. El tipo se apoya en ella para salir. Tiene la nariz partida y la cara y los ojos llenos de cristales incrustados. Camina ciego y se aleja con dificultad. La puerta del copiloto no se abre. Cristina sale por la puerta del conductor. Se toca el pelo con la mano izquierda, lo siente pegajoso. Maraña de sangre y cristales. La derecha empuña el revolver. Levanta el brazo hasta que el cuerpo tambaleante de su raptor aparece en el punto de mira. Antes de que apriete el gatillo, la figura del hombre dobla las rodillas y se desploma.



 



QUERIDA JULIE

Amparo Vazbel


Querida Julie:


Esta trinchera me está matando. Llevo en ella tanto tiempo que ya no recuerdo cómo es la vida fuera. Al principio me sentía a salvo. Las balas sobrevolaban nuestras cabezas como moscardones en verano. Nos sentíamos arropados por estos muros bajo tierra.

Ahora siento que la trinchera es una serpiente que se mueve en zigzag y que nos va engullendo lentamente. Vivimos en sus entrañas. Lo de vivir es un eufemismo, Julie. Ya es imposible distinguir si la lucha por la supervivencia es fuera o aquí dentro.

He perdido la noción del tiempo. Ya no sé cuándo empezó a llover. El agua se ha adueñado de las galerías. Me llega ya hasta la rodilla. Es un agua putrefacta sazonada con olor a muerte. Me cuesta mover los pies. Debajo de ellos solo hay fango. Hace unos días era casi incapaz de andar. Busqué una caja de madera. Tras mucho esfuerzo he conseguido subirme a ella. Me mantengo agachado. Las balas están al acecho para alcanzar nuestras cabezas.

Mi compañero no ha aguantado más y ha salido a pecho descubierto. Ha entregado su locura al enemigo. Me pregunto si ahora descansa en paz o sigue sintiendo el dolor que se ha incrustado en nuestro espíritu. No solo sentimos las úlceras en nuestro cuerpo. ¿Se habrá llevado sus llagas y su miseria con él, el agotamiento, las imágenes horribles, las pesadillas…?

Tengo mucho miedo, Julie. Siento que los pies me empiezan a arder. No me atrevo a quitarme las botas por lo que pueda encontrar. Quiero pensar en otra cosa, pensar en ti. Tengo tu foto en mi bolsillo, al lado de mi pecho. La saco y la acaricio. Se ha deteriorado un poco con el agua y la suciedad, pero tu sonrisa y el brillo de tus ojos siguen aquí.

Se acaba de derrumbar una de las zanjas. Ha cedido a la fuerza del agua. Tengo que hacer algo, Julie. Deseo volver a tu lado. ¿Recuerdas que te prometí que a mi vuelta nos casaríamos? Quiero cumplir mi promesa. Necesito acurrucarme a tu lado.

Te escribo esta carta porque necesito que me esperes. Veo cómo se van derrumbando los muros de la trinchera. El nivel del agua sigue subiendo. Voy a sobrevivir a este infierno, Julie. Todo saldrá bien.


Te amo.


 


CORAJE

José Villamarín


Amelia se acerca donde su madre yace postrada. Lleva sus manos en la cintura como sosteniendo el dolor. Desde hace varios días que viene aguantando fuertes malestares en la espalda, hombros, brazos. Los años, los malditos años, piensa.

—Te noto cansada, mija —le dice Doña Carlota, mirándola con sus ojos achinados.

Su voz suena opaca, como apagada, pero todavía entera. Es verdad que ya no puede gesticular con los brazos y manos como antes, pues sus 98 años bien cargados sobre sus hombros no son pelo de cochino. Si no fuera por la artritis que la tiene en cama desde hace diez años, otro sería el cantar.

De vez en cuando, mira la foto que tiene sobre la mesa junto a la cama. Ahí están, sonreídos, su otra hija y sus dos nietos que llenaban de bullicio la casa.

—Esta es una ingrata —dice, sin dejar de ver la foto.

—Tranquila, mamacita, algún rato ya han de venir a verle.

Amelia sabe que no es así. Hace seis meses que recibió la última llamada telefónica de su hermana. Y no fue para preguntar sobre el estado de su madre ni de ella. Fueron diez minutos de una conversación breve que, cada vez que lo recuerda, una sensación de vacío le invade el estómago.

—Ñaña, yo quiero manejar la pensión jubilar de mamá —le dijo.

—Qué bueno, ñaña, ya era hora de que también te ocupes de mamacita. Te espero mañana para entregarte la cuenta de ahorros. Tendrás preparado el cuarto donde le vas a cuidar a mamá; yo te tengo lista su medicación, la silla de ruedas, todo…

Ahí terminó la conversación. Y la preocupación por la madre.

Una tos seca interrumpe los recuerdos de Amelia. Al tragar saliva siente que tiene alfileres en la garganta. Su respiración se le corta. Siente ciertos ahogos. Pero su madre no lo nota, está embebida también en sus propios recuerdos.

—¿Porqué no les llamas a mis nietitos? Ellos sí han de querer verme.

—Ya es muy noche, mami. Mañana les llamamos.

Y antes de que siga en esas, le cambia de conversación.

—Ya es hora de que tome su agüita de vieja, mamacita. Ya le traigo.

—Pero traerásme con pancito, no me voy a dormir con la barriga vacía.

Hace hervir dos ollas de agua. La una, con yerba buena, y la otra, con manzanilla. Esta utiliza las noches y las mañanas para curarle las laceraciones de la espalda. Amelia aprovecha para tomarse ibuprofeno, pues los dolores no se compadecen con ella.

—Dése la vuelta, mamacita, le voy a curar la espalda.

Con un algodón untado en el agua de yerbas, le empieza a pasar muy despacio por su espalda huesuda. La piel erosionada y llena de úlceras es el precio de pasar la mayor parte del tiempo en la cama. Ni siquiera los quejidos cuando le topa las llagas son estridentes. Su respiración jadeante emite de vez en cuando unos silbidos quejosos.

—Usted sí que es bien macha, mamacita.

—Claro, pues, hijita. Nosotras somos hechas con barro antiguo.

Amelia completa la curación con la medicación recetada y la deja dormida. Va a tomarse otra pastilla, esta vez para la fiebre: todo su cuerpo arde. La noche se la pasa dando vueltas en la cama. Se levanta, se pone paños de agua tibia en la frente; algo le alivian, pero igual no encuentra postura para dormir.

Hasta que por fin amanece. Con dificultad logra sentarse en el filo de la cama: con las dos manos se aprieta la cintura como queriendo estrangular el dolor. Se viste con mucha pausa. Se topa la frente con el dorso de los dedos: la temperatura sigue campante. Va al botiquín en busca de otro paracetamol.

De pronto, se acuerda que su madre no se ha quejado toda la noche, lo cual no es usual. Es fuerte como un roble, pero a esa edad, nunca se sabe. Va de inmediato a su dormitorio, abre la puerta y la ve en la cama: espléndida, cabeza cana y frente surcada de arrugas; una ancha sonrisa enmarca sus débiles encías. No bien la saluda, le topa la frente con la mano: todo normal.

—Qué susto, mamacita. ¿Y no le duele la espalda? ¿la garganta?

—Ya te dije, hijita, barro antiguo…

Pero Amelia no es de la misma hechura. No sabe a qué momento se contagió. Recuerda haber salido a la calle estrictamente a abastecerse de alimentos. Pero siempre bien protegida: alcohol, doble mascarilla, distancia prudente.

Ya no puede más. Se sienta en la cama junto a su madre, la toma de las manos y gime. Gime en silencio. No puede quedarse, pero tampoco puede dejarla. El barro, cualquier rato, se vuelve polvo.

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