Álex Casas y Cabeza de pez son los ganadores de esta semana




LEJÍA

Álex Casas


Ella le observa desde el sofá levantando la vista por encima de la novela que está leyendo. Está perdiendo la concentración. Debajo de sus ojos se puede leer el título: “Obsesión[1]” que le tapa el resto de la cara. Él le pide que levante las piernas y le permita poder barrer la zona bajo sus pies, que es el trozo que le queda del salón por ultimar. Luego le comunica que hará el baño, y que si quiere usarlo, ahora es el momento. Ella esboza media sonrisa mientras le observa, arroja el volumen azulado sobre la mesa, se levanta obediente y se dirige hacia el lavabo, no sin antes darle una cachetada en la nalga izquierda a su marido. Mientras orina piensa en los años que le ha costado desprogramarlo, casi lo tiene listo.

Su marido, como a muchos maridos, llevaba ese código oculto, que le incapacitaba para cualquier actividad relacionada con la limpieza doméstica cuando cambia el hogar materno por el conyugal, además, era un adicto al desorden pendiente de rehabilitación. Ella, en cambio, no soportaba ni un solo nivel de caos y suciedad, así que quién acababa encargándose, de todo lo que comporta el mantenimiento impoluto de un hogar, era ella sola. Su suegra lo había educado en la incapacidad crónica para limpiar su entorno inmediato. Fue uno de esos defectos que solo afloran en la convivencia prolongada o, quizás, uno puede ver ciertos signos durante el noviazgo, pero la falta de criterio en esos momentos, en que uno no parece enterarse realmente de nada, es totalmente desastrosa. El amor joven es osado, miope y algo idiota.

A ella se le hizo evidente que a largo plazo este podría ser el tipo de combustible que destruye un matrimonio. Así que, de a poco a poco, con paciencia e inteligencia, se propuso cambiar completamente el sistema operativo de un marido, tarea que no es ni fácil ni rápida. Aunque nunca previó que ella sufriría semejante efecto colateral.

Al salir del baño se lo encuentra caminando por el pasillo hacia ella. Lleva un delantal ceñido que le oculta su barriga incipiente, enfundados en las manos dos guantes amarillos de látex que acaban casi a la altura del codo, en una mano carga una garrafa de cinco litros de lejía Conejo, el bíceps de ese brazo asoma por debajo de la manga de la camiseta, la otra mano lleva un estropajo laminado para baño tamaño XXL. Le deja pasar, lo sigue con la mirada y se va al dormitorio.

Cierra la puerta mientras siente un calor apremiante, su respiración está agitada y no puede evitar morderse el labio inferior. Cada vez le pasa lo mismo. A medida que su marido se mete más profundamente en la higiene de la vivienda más cachonda se pone ella.

Al principio era maravilloso, era verlo limpiar la grasa de los filtros del extractor y saltar sobre él allí mismo en la cocina. O cuando hacía la cama y le observaba pasar la mano una y otra vez por encima de la colcha, para aplanar una arruga que se resistía a desaparecer. La cama volvía a estar deshecha de inmediato.

Cada vez que follaban, él de alguna manera retrocedía en sus avances. Había como una extraña ley de la termodinámica casera en la que a mayor limpieza conllevaba mejor sexo y esto a su vez implicaba menor limpieza y mayor dejadez.

Intentó encontrar el equilibrio perfecto entre pulcritud y libido. Pero cada vez que practicaban sexo su marido se dormía al terminar, abandonando las tareas pendientes para el resto de la jornada y le costaba unos días volver al ritmo ideal de trabajo doméstico. Con el tiempo había aprendido a controlarse cada vez más.

Pero días como hoy, el inconfundible olor a lejía, la barba de tres días, su marido a cuatro patas desinfectando el pequeño espacio que queda entre la base del váter y la pared, hace que se le pongan duros los pezones y se le contraigan los dedos de los pies. Y no puede dejarlo para la noche. En cuanto su marido sale del rol a ella se le esfuma el deseo. Como siempre es ahora o nunca. Culminar su gran obra, construir a un hombre aniquilando cualquier vestigio de lo que malcrió su madre o sucumbir a la fuerza del deseo. Higiene u orgasmos. Ella lo quiere todo.

Su marido la regaña. El suelo fregado aún no está seco. Se mete igualmente en el baño. Cierra la puerta. Está impoluto. Abre el agua de la ducha. Se deshace de su ropa. Se apoya en la pared. Respira con avidez capturando las partículas de cloro que flotan en el aire. Dirige el chorro del agua entre sus piernas. El vapor empaña el espejo.

[1]Obsesión: Teresa Olalla Tomey, Libros Indie. ISBN 978-84-18553-64-6







TENGO UN CAMELIA

Cabeza de pez


Tengo una camelia japónica al sol. No es un buen sitio para ella. Aún así, de vez en cuando, da flores de color rosa desteñido. Lo ideal sería trasplantarla en algún rincón sombrío. Pero no lo haré. Igual que no le echo fertilizante, ni insecticida, ni la podo y ni tan siquiera la riego. Sigue viva por sus propios medios, como el resto del jardín. Yo no, morí hace cinco años.

El último de mi vida fue un día soleado de otoño. La mañana transcurrió atareada, como todas. Nicky, mi pequeño, me hizo reír cuando aprovechó mi ausencia, al ir a tirar un pañal recién quitado, para bajarse de la cama y esconderse detrás de una cortina. Cuando entré en la habitación, lo único que pude ver de él fueron sus piececitos descalzos que asomaban por debajo de la tela y su manita rechoncha sujetándola fuerte para perpetrar la que era su travesura favorita. “¿Dónde está Nicky?, ¡Nicky, Nicky…!” le llamaba mientras él intentaba ahogar algunas risas nerviosas. Entonces aparté la tela de golpe “¡Te pillé!” Y la carcajada estalló mezclada con grititos agudos de pura alegría mientras lo tomaba en brazos y le llenaba de besos la barriguita blanca y suave.

Tom llegó con los mayores a la hora de la comida. Sally, como siempre, hablaba sin parar de todo lo que le había pasado ese día en el colegio, al contrario que su hermano Mike, que solo abrió la boca para quejarse de la sopa. Acosté a Nicky en su cunita mientras los mayores hacían las tareas. Me encerré en el despacho y pude, al fin, trabajar un rato en el diseño de un proyecto que por entonces me traía de cabeza. Después escuché a los niños jugando en el jardín, me asomé y vi a Tom saludándome con la mano y haciéndome gestos para que bajase. “No, quiero acabar esto” le grité. Pero a los pocos minutos el llanto de Nicky me alertó de que ya se había despertado. Le di la merienda en el jardín porque la temperatura aún era agradable. Cuando los mayores se fueron con las bicis, Tom se llevó a Nicky a hacer la compra para que yo pudiese trabajar un rato más. Aquella noche él tenía una cena de empresa muy importante con unos socios coreanos del bufete. Yo aún necesitaba revisar algunas cosas del proyecto antes de entregarlo bien temprano a la mañana siguiente, así que decidí continuar después de acostar a los niños. El primero fue Nicky, como siempre. Se quedaba dormido abrazado a su juguete favorito, que no era un juguete por entonces, sino un bote vacío de champú, mientras yo le acunaba y le cantaba bajito. Cuando su respiración se hacía más lenta y profunda, le quitaba con cuidado el bote para que no se lastimase. Sus bracitos quedaban entonces estirados como abrazando algo invisible.

Cuando fue el turno de los mayores Sally me pidió que me quedase un ratito con ella, había estado teniendo pesadillas aquellos días. El sueño también me venció a mí mientras la abrazaba. No sé cuánto tiempo pasó antes de despertarme sobresaltada pensando en el proyecto. Al abrir la puerta del cuarto solo había fuego. Me quedé inmóvil, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Volvía cerrar de golpe. Desperté a Sally. La habitación ya estaba llena de humo. Le grité que se quedara asomada a la ventana y que saltara si yo tardaba más de tres minutos en volver. Supe, con una certeza súbita, que solo tendría una oportunidad. No dos, solo una, de salvar a mis hijos. Las habitaciones de Tom y Nicky estaban cada una a un lado del corredor de madera que se estaba siendo devorado por las llamas. Tuve que elegir. Y elegí. Aunque sea algo horrible, yo lo hice. Sin pensar elegí al mayor, a mi primogénito, al que llevaba 13 años conmigo. Corrí hasta su cuarto, saqué a Mike prácticamente a rastras, guiándole hasta la habitación de su hermana mientras entregaba al fuego a mi bebé. Obligué a los chicos a descolgarse por el tejado e intenté volver a por Nicky, pero él ya no estaba. Quedábamos solo el incendio y yo. Nicky murió allí. Yo también. Aunque camino, como, hablo… hago todas esas cosas porque un maldito bombero me sacó.

La casa se reconstruyó. Tom y yo nos divorciamos. La camelia se las arregla, y el jardín, y los chicos también. Espero a que sean adultos para poder irme del todo. Para ir a donde haya que ir. Al infierno no, porque ya estoy en el infierno. Al otro lado de la muerte, me da igual, como quiera que sea, pero con cortinas. Tendrá que haber cortinas porque sé que Nicky está detrás de una, esperándome. Esperando a que yo le encuentre.


80 vistas11 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

​Hazte PRO

Sé el primero en recibir nuestras últimas novedades

© Scribook 2020       Aviso Legal       Política de privacidad       Política de cookies