Álex Casas y Fátima Alonso ganan el desafío de la semana.



INSOMNIO JAMÁS CONTADO

Álex Casas


No logro deshacerme de ti. Hay algo en mí que no te suelta y no me permite aceptar que todo se acabó. Me domina un amor obstinado que sigue apostando por lo imposible, porque tú y yo volvamos a estar juntos, ahí es nada.

Todo parece haberse ido a la mierda dentro de mi cabeza, no puedo dejar de hablarte como si siguieras a mi lado, mi imaginación sigue conversando contigo.

Tu sonrisa continúa persiguiéndome. Es una imagen persistente. Tu increíble sonrisa que ahora me quema y lastima aparece a todas horas. Da igual donde esté, camino del trabajo, recogiendo a los niños en el colegio o fingiendo que duermo al lado de mi esposa. Tu sonrisa llena de vida mortifica la mía.

No puedo dejar de visitar nuestros lugares. Empecé, un día, yendo a la cafetería donde nos conocimos. Pedí tu desayuno preferido, casi como un acto reflejo, y eso que yo soy más de beicon que de pavo, rúcula y queso fresco. Eso sí, no volveré a ponerle leche de soja a mi café, todavía no estoy tan ido. Aunque podría parecerlo cuando volví al hotel dónde nos encontrábamos y dormí una noche en nuestra habitación. Todos estos lugares a los que acudo, como un extraño peregrino nostálgico, acaban erosionándome más que proporcionarme algún tipo de alivio. Es como una adicción que me impide enterrar mis sentimientos y me deja colgado mendigando pedazos de ti.

Entraste en mi existencia como un vendaval. En apariencia para mi eras un juego más. Un rostro que me agradó en una app de citas. Una nueva aventura dentro de mi historial. Pero no ibas a ser una más en esta vida paralela que llevan mis necesidades sexuales. Esa sonrisa tuya me convirtió en rehén y empezó un dominio que ni siquiera yo pensé que fuera posible. Me enamoré como el que se enamora por primera vez. Un vigor que ya no esperaba a mi edad. Estar contigo era como recuperar lo que te va arrebatando el tiempo. Derramabas tu juventud sobre mi y yo revivía a tu lado.

No era fácil llevar dos vidas sin que coincidieran una con la otra. Con mi mujer era más sencillo, siempre había viajado por motivos de trabajo y añadir más ausencias no fue complicado. Contigo fue más enrevesado. A medida que íbamos avanzando mi falta de exposición se volvió insostenible. ¿Quién era yo para ti? Alguien sin amigos, sin familia y siempre poniendo excusas para evitar que nuestra relación fuese pública. No había que ser muy inteligente para que te dieras cuenta de que algo en mi apestaba.

Me helaste la sangre cuando te vi sentada comiendo en la mesa de enfrente, en el restaurante donde celebraba con mi esposa el cumpleaños de mi hijo mayor. En tus ojos vi que no era casualidad que estuvieras allí. Hasta cantaste el cumpleaños feliz cuando los camareros apagaron la luz y nos trajeron la tarta sin dejar de mirarme con esa mirada fría y nueva.

Pensé que todo había acabado, pero no. No me dejaste. Ni mucho menos. No querías dejarme. Tu amor era fuerte. Persistente. De una incondicionalidad preocupante. Pero esta vez nada iba a ser igual. No querías compartirme con nadie. Y empezó la presión. Tu sonrisa se volvió más compleja. Con un código añadido. Más presión. Cambiaste las caricias por amenazas, las risas por los ataques de nervios, y nuestro sexo se volvió más desesperado. Más presión, me mandabas fotos hechas por ti de mi mujer recogiendo a mis hijos de la escuela y añadías un texto que decía: pronto seré yo la que los recoja cada día.

Hasta que llegó el día que amenazaste la vida de mi mujer. Sin sutilezas. Que si no la dejaba tu misma acabarías con ella. “Cualquier día te llamarán por teléfono y te dirán que ha sido atropellada”. Que ya te habías cansado de ser la otra y que ibas a reclamar el lugar que te pertenecía. Y yo sabía que no hablabas por hablar.

No puedo dejar de visitar nuestros lugares. Sobretodo este hermoso desierto donde todo acabó. El sol está en la misma posición, camino del atardecer, que ese día. No puedo olvidar ese momento con mi rostro lleno de sudor y lágrimas y el sonido de la tierra a cada palada que daba.



 


ROJO Y NEGRO

Fátima Alonso


Hoy he vuelto a soñar contigo. Me he quedado dormido al filo del amanecer, después de tomarme una doble dosis de somníferos. Sé que estaba despuntando el alba porque las últimas campanadas que escuché, procedentes de la torre de la iglesia, fueron las de las siete de la mañana.

Cada día se me hace más difícil estar despierto. No me acostumbro a este mundo de sombras. Necesito cerrar los ojos para volver a ver, para volver a verte.

Me revuelvo nervioso en esta butaca y ni siquiera la música es capaz de apaciguar mi ánimo. Las horas se me hacen eternas desde que me llamaste y cuento los minutos que faltan para tu llegada. Me gustaría tanto dormirme y no despertar hasta entonces …

Dices que tienes que contarme algo muy importante, algo que a ti también te ha robado el sueño y no te deja vivir. Me aseguras que no querré volver a saber de ti cuando me confieses tu secreto, pero lo que tú ignoras es que no necesito escuchar de ti lo que ocurrió aquella noche porque lo vi en tu sonrisa triste y en el desamparo de tus ojos.

No es cierto eso que dicen de que soñamos en blanco y negro. Yo puedo asegurarte que mis sueños están teñidos de rojo. Hace un par de noches soñé con un atardecer en el desierto. El sol enorme, refulgente, tras las dunas, y tu silueta recortada en negro, en medio de esa colosal bola de fuego bailando al ritmo de la música de Franco Battiato, a quien tú adorabas. “Yo quiero verte danzar, como los zíngaros del desierto …”

Mi vida transcurre entre la vigilia y una especie de letargo que no llega a convertirse en sueño. Paso muchas horas escuchando música con los ojos cerrados y, a menudo, me cuesta diferenciar mis pensamientos de mis ensoñaciones. Las imágenes desfilan por mi mente y es tal mi aturdimiento que me parecen espejismos. La música y mi perro – guía son lo único que me acompaña desde hace tiempo. Mi mujer me abandonó, al final. Ya ves, tanto sacrificio para nada.

En estos momentos, escucho la voz profunda de Leonard Cohen y vuelvo a estar en aquel salón de baile, en la embajada de España, en El Cairo. Sé que esto no lo he soñado. Dance me to the end of love, susurro en tu oído y tú giras alrededor de mi cuerpo, sin soltar mi cintura, al son de la música de orquesta.

También tus lágrimas aparecen en mis sueños. O en mis delirios, ya te he dicho que apenas distingo unos de otros. Los dos sabíamos que aquel era nuestro último baile. Mi trabajo en la embajada había terminado y yo debía regresar a España con mi esposa y mi hijo enfermo, lo sabes bien. Cuando te lo dije, pensé que no querrías volver a verme y que desaparecerías para siempre de mi vida. Por eso me sorprendió tanto verte en aquella fiesta de despedida. Estabas radiante, con ese vestido rojo y tu melena negra recogida en un copete. Dance me to your beauty with a burning violin, pronuncio en un murmullo, mientras tú te pegas a mi cuerpo y soy yo el que arde por dentro.

Otras veces es tu sonrisa lo que aparece cuando cierro los ojos, la misma que contemplé aquella tarde, la última vez que la vi en tu rostro. Recuerdo que cesó la música y te pregunté si te apetecía beber algo. “Claro”, me dijiste. “¿Por qué no vas a buscar un par de copas de champán y brindamos por nuestra última noche juntos?”. Noté un tono extraño en tu voz y supuse que sería la tristeza que querías esconder, aunque tus ojos te delataban. Quizás fue por eso que, cuando me alejé de ti unos pasos, me giré para observarte y vi esa sonrisa, tan diferente a esas otras que me habías regalado durante los meses anteriores. Me quedé parado, mirándote, en medio del salón, entre grupos de personas que se arremolinaban para escuchar las palabras de despedida del embajador y tú me hiciste un gesto con la mano, apremiándome a coger las copas de champán. Cuando volví con ellas, ya no estabas.

Apenas recuerdo nada más de aquella noche. No me hizo falta buscarte. Enseguida supe que te habías marchado y que esa sonrisa, cargada de melancolía, era tu regalo de despedida. Minutos después, todo comenzó a llenarse de humo y, a continuación, el fuego entró en el salón arrasándolo todo.

Desde entonces solo veo en rojo y negro.

Cierro de nuevo los ojos mientras la música de Cohen me lleva de nuevo hacia ti. Tu vestido rojo y tus labios carmín sonriendo mientras cantas en mi oído “Take this waltz, take this waltz …”


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