Almudena Villalba, Elvira Toro, Marcela Chapou, Merche Capricornio y Fátima Alonso ganan el desafío



SEXALESCENCIA

Almudena Villaba


Paquita no saboreaba su vida. Cada mañana la amasaba, ablandaba y moldeaba como a una empanada de atún. Al final de la jornada se le atragantaba de tanto manoseo. Hacía cuarenta años que eligió hornear su matrimonio a fuego lento, con la obligación en los pies, la prisa en el carrito de la compra y con su frase recurrente: «Me espera mi Mariano». Las vecinas suponían un obstáculo, la fila del mercado, un riesgo y las faenas rematadas solo eran testigos de las siguientes. Su meta era llegar a casa antes que Mariano, porque le gustaba encontrarla allí, la casa recogida y la comida en la mesa. «Es lo único que tienes que hacer», le decía su esposo a la mínima ocasión.

Una mañana de abril, los ciento noventa kilos de carne, agolpados en un infarto cerebral, se llevaron a Mariano; y Paquita le lloró sin diligencia por primera vez.

Los días se sucedieron al ritmo del horario que marcaba un fantasma sentado en el balcón. Hasta que, poco a poco, las frases de insistencia se fueron difuminando como la silueta del fallecido. Los días se ralentizaron y Paquita se volvió traslúcida, plana como el televisor, gris como un nubarrón pesado.

Las misas de los domingos se convirtieron en su única actividad social, rezar la redimía de los pensamientos negativos y de la ociosidad recién llegada. Allí conoció a Inés, aunque, en realidad, ya la conocía… Durante años, Paquita había intuido los ambiguos trazos de su personalidad observándola tras los visillos de la ventana, por la que se filtraba el exceso de libertad y confianza que despilfarraba a cada paso; mientras que su lado enigmático le había llegado desde las frases sentenciosas y repetitivas de Mariano: «No se te ocurra acercarte a esa mujer. Es una desviada». Y aunque le puso empeño, no fue capaz de quitársela de la cabeza, deseaba sus trajes elegantes y sus tacones de ocho centímetros que la elevaban, o más bien, la lanzaban a ese pecaminoso e inalcanzable lugar al que, según las advertencias de Mariano, ella jamás llegaría.

Una vez coincidieron en la fila del banco local, nunca había estado tan cerca de ella. Desde atrás observaba cómo se precipitaba por su espalda la larga melena castaña, que Paquita se encargó de cepillar con la mirada. El dulce deleite aumentó cuando sus ojos derraparon en la curvilínea forma de sus caderas. Exclamó un «Dios mío» que tronó en toda la sala. Entonces Inés se giró lentamente, como si el mundo lo hiciera también a su ritmo. Se encaminó hacia la salida desprendiendo olor a perfume caro, de esos que diferencian a las personas ordinarias de las seguras de sí mismas. Al cruzarse con Paquita, le regaló una descarada mirada y una franca sonrisa por la que se escapó un precioso «buenos días». Esas dos inocentes palabras, al acariciar los labios de Inés, suscitaron en Paquita un sutil cosquilleo en la parte baja del vientre, el cebo de aquello que siempre había deseado y que nunca osó nombrar. Hasta entonces sus desviaciones se habían limitado a añadir un nuevo ingrediente a la empanada, o a los cinco minutos que se rezagaba aposta en la fila del supermercado.

Nunca le preguntó a Inés por qué había empezado a ir a misa, el temor a la respuesta superaba su curiosidad. Al principio procuraba sentarse lo más alejada posible de ella. A la tercera ocasión fue Inés la que ocupó el asiento más próximo. Con un guiño devoró sus prejuicios en un santiamén. La invitó a bailar el sábado siguiente y Paquita se negó. «Hace menos de un año que falta mi marido, no estaría bien…», contestó. Inés insistió colocando la mano sobre la suya, El fulgor que produjo el roce de su piel provocó la carbonización completa del espectro de Mariano. Paquita asintió con un leve movimiento de cabeza.

Cuando accedió al salón, las siluetas de los danzantes, la música, las luces y el brillo de la pista la transportaron a una juventud muy lejana, en la plaza de su pueblo, en los brazos de un mozo del que fue arrancada por las garras salvadoras de su hermano mayor. Inés la cogió de la mano y la sacó al centro de la sala. Giraron durante horas sin la amenaza de las zarpas protectoras, una escalera de frenesí alcanzado en cada vuelta. La risa hacía que perdieran el ritmo, y para fijarlo de nuevo, apretaban sus cuerpos con fuerza, mientras el calor que las inundaba se agolpaba en las mejillas.

Las jornadas de los sábados se repitieron durante meses. Las horas transcurridas de lunes a viernes sucedían lánguidas, pero con ilusión. Los años pasados se desvanecieron en su rostro, y las vecinas lo apreciaban: «Hay que ver qué joven está usted señora Paquita. Parece que le han quitado diez años de encima. Ya me dirá el truco...». Y ella callaba, callaba porque no les podía confesar que hacía tiempo que a fuerza de música, caricias furtivas y besos a contraluz, había conseguido desviarse del camino que la llevaría al cielo donde, tal vez, la esperaría su Mariano.



 


AMISTADES FELINAS

Elvira Toro


A Mireia le pareció divertido llamarme Thanos. Es cierto que siempre fui un gato muy mío, pero cuando uno tiene ese nombre está obligado a seguir el camino de la maldad, ¿no? Reconozco que me había ganado mi fama a base de arañar a las citas de mi compañera de piso y que, gracias a mí, su vida amorosa no pasaba de una cópula ocasional. Sé que orinarme sobre la ropa de sus rolletes no era la mejor forma de hacer amigos, pero era mi obligación de macho alfa marcar mis dominios y dejar claro que ella era mía.

Mis estrategias funcionaban. Ninguno de esos tipos repetía cita después de conocerme. Ella no aceptaba como pareja a quien no me quisiera y para mí era muy sencillo hacerles perder los nervios. Mi vida era maravillosa: sin responsabilidades, con comida, juguetes, rascadores a los que ignoraba por el puro placer de destrozar el sofá y todas las caricias y mimos de mi Mireia.

Entonces llegó Julio, un cabroncete dispuesto a todo por robarme su amor. La primera vez que le vi, hizo todo un papelón. Me trajo unas chucherías como si mi aprobación pudiera comprarse con semejante chorrada. Me las comí porque, a pesar de mi nombre, siempre fui un gato educado, pero que conste que ni siquiera lo hice a gusto. Ni los tatuajes que le dibujé con mis uñas, ni mis marcajes, ni los bufidos consiguieron que aquel tipo perdiera los papeles en su presencia o desistiera en su empeño por conquistarla. Aunque él nunca me puso mala cara o hizo un mal gesto, yo sabía que tras aquella actitud pasiva se ocultaba un plan maléfico para librarse de mí.

Julio pasaba cada vez más tiempo en casa y eso requería de mi entera dedicación. No os podéis imaginar lo cansado que era para un gato rellenito de amor como yo, que no obeso, ir de un lado a otro vigilándoles. Si se besaban, les interrumpía. A la hora de dormir me metía en la cama en medio de los dos y si me dejaban fuera de la habitación les cantaba una sonata en miau mayor digna del mismísimo Gathoven.

A más me esforzaba yo por sacarle de quicio, menos lo conseguía. Odiaba su sonrisa de bobalicón, el tono de voz pausado y casi hipnótico con el que me hablaba y lo buenas que estaban las chuches y las latitas de pienso húmedo que siempre me traía. Había que ser muy mala persona para torturar a un pobre minino como yo ofreciéndole una comida tan deliciosa. Y aunque aceptaba sus chantajes culinarios por educación, nunca le ofrecí ninguna muestra de agradecimiento. Si quería seguir entrando en mi hogar, lo mínimo que me debía era adoración y pleitesía.

Una noche, Mireia me despertó con sus gritos. Se inclinaba de dolor, estaba muy pálida y la oí vomitar mucho en el baño. Creo que fue la primera vez que me alegré de que Julio se hubiera quedado a dormir. Él, con un gesto de cara extraño, ayudó a Mireia a vestirse, se cambió de ropa y ambos se fueron a toda prisa. Yo me quedé en casa solo, con la preocupación de saber qué le pasaba a ella. ¿Y si mi humana no regresaba más?¿Quién cuidaría de mí? Por lo que sabía, la familia de Mireia vivía lejos y la vecina de al lado me odiaba desde que me colé en su casa y mordí a su insoportable chihuahua.

Pasado un tiempo, que no pude determinar porque, al fin de al cabo, soy un gato, la puerta de casa se abrió. Salí corriendo a recibir a Mireia, pero era Julio. Traía una bolsa grande y me pareció evidente que tenía intención de secuestrarme y abandonarme en algún descampado aprovechando la ausencia de mi compañera. Le bufé como si fuera esa rata de chihuahua de la vecina y me escondí debajo de la cómoda. Os juro que tenía la intención de atrincherarme allí hasta morir de hambre si era necesario, pero el olor a paté en mi bol favorito me hizo pensar que quizás sería mejor llenar el estomago si quería iniciar una guerrilla.

Julio sacó ropa de la bolsa que traía y la instaló en un hueco del armario. Yo no entendía nada. ¿Dónde estaba mi Mireia?¿Por qué se quedaba a vivir conmigo él?

Decidí que si Julio pensaba invadir mi hogar no recibiría ni una muestra de aceptación por mi parte, así que me dediqué a ir por la casa con la cabeza bien alta, marcando todo territorio con mi olor e ignorándole. Al principio me resultó humillante que me recogiera las cacas, pero después pensé que era su forma de reconocer mi clara supremacía y le dejé hacerlo.

Me sentía tan solo y asustado sin ella… No entendía muy bien qué lugar era ese llamado hospital a dónde oí que Julio le decía a la vecina que había ido Mireia, pero debía estar muy lejos. Yo sabía que, si ella hubiera podido, habría venido a verme.

Un día, le escuché a él hablar con Mireia por teléfono. Me alegré mucho al oír su voz. Sin embargo, cuando la llamada acabó, Julio se derrumbó en el sofá con las manos cubriendo su cara. Me acerqué extrañado y vi caer de sus ojos unas gotas de agua como las que ella derramaba cuando estaba triste. Entonces lo entendí, él la añoraba tanto como lo hacía yo. A pesar de nuestras diferencias los dos teníamos algo en común: la amábamos y deseábamos su regreso.

Aquello me hizo ver a Julio de otra forma. Si sufría por ella, quizás no podía ser tan mal tipo. Así que, sin bajar del todo la guardia, le di la oportunidad de demostrarme que era digno de nosotros. Fui tan magnánimo que le permití darme agua limpia en el bidet y peinarme el pelo con mi cepillo favorito, aunque no sin mearme fuera del arenero de vez en cuando para recordarle quien era el dueño de la casa. Él me cuidó con mimo, sin quejarse ni rechistar, a pesar de que seguía haciéndole algunos desplantes para no perder la costumbre.

A veces, Julio pulsaba una tecla del teléfono y Mireia me dedicaba unas palabras. Oír su voz me hacía tan feliz que hasta permitía que él me acariciara la cabeza. Quizás si ella se enteraba de que nos llevábamos bien querría volver antes a casa. Él, a cambio, me ofrecía unas chuches con sabor a salmón, que yo aceptaba de buen agrado como recompensa por el sacrificio de ser toqueteado. Para cuando ella regresó, no tuve más remedio que rendirme a la evidencia de que Julio era un buen tipo. Como premio a su paciencia y dedicación le he nombrado mi nuevo súbdito.



 



LA INDIGENTE

Marcela Chapou


La ventana de mi cuarto daba al callejón de al lado del edificio. Desde ahí no tenía más panorama que una fábrica abandonada, cuya construcción abarcaba toda la acera de enfrente. Era una calle gris y solitaria, sólo ocupada por carros desmantelados, amantes clandestinos y drogadictos que se ocultaban tras el grueso tronco del único árbol sobreviviente al esmog de la zona. En mis trece años de vida había presenciado cientos de escabrosas escenas entre las cortinas del segundo piso, donde vivía con mi madre.

Un domingo en la tarde vi llegar a una mujer vieja cargada de bultos. Se detuvo ante el zaguán de la antigua fábrica, extrajo el contenido de una bolsa, extendió una sábana en el suelo y sobre ella acomodó sus cosas, una detrás de otra: dos vestidos arrugados, una chamarra de los Dodgers, unos tenis enormes, un par de medias de lana, una mascada de seda, un cerro de papel periódico, una escoba y dos muñecos. Luego destapó un trasto, engulló su contenido en un segundo y se echó a dormir bajo una gran cobija, abrazando sus muñecos. El Sol daba los últimos destellos cuando me retiré de la ventana, inquieta por esa mujer que dormitaba a la intemperie en pleno invierno.

Al día siguiente noté que había guardado sus cosas en una carrocería oxidada. Ahora les hablaba, enojada, a los muñecos, mientras barría el tramo de banqueta que la rodeaba:

—Que si no me peinaba, que si no me bañaba, que si tomaba mucho. ¡Que se vayan a la chingada con sus buenas costumbres! Yo para eso no tengo tiempo. A mí lo que me gusta es estar con ustedes, darles su merienda.

Por la noche repitió la rutina del día anterior y yo abandoné la ventana. Pasaron varios días y ella seguía allí. De cuando en cuando me asomaba a espiarla. Su pelo era una pelusa enmarañada y el vestido rasgado dejaba ver sus flácidos senos. Hablaba todo el tiempo, pero yo sólo le entendía lo que gritaba con rabia.

—¿Que debía la hipoteca? Como si no me bastara con haber perdido a mi Pepe, me lo quitaron todo esos rateros, pero los rescaté a ustedes, mis bebés preciosos.

La primera vez que la tuve cerca fue el día de mercado. Pasé junto a ella y me clavó una mirada muy triste, mientras mascaba los pellejos tirados junto al puesto de carne, como si quisiera extraerles hasta la última gota de jugo, entre sus debilitados dientes que parecían incapaces ya de triturarlos. Su cuerpo, lleno de ronchas, apestaba a la distancia.

Cuando le comenté a mi madre sobre lo que de ella sabía, me advirtió que no me le acercara porque esa gente era muy dañina y abusiva, pero los dolorosos gritos que la vieja profería no me permitían ignorarla. A fuerza de escuchar lo que decía, había logrado armar y comprender su historia. Sin que yo lo quisiera, me hacía reflexionar sobre mi propia vida y mi destino.

—También me los querían quitar a ustedes, pero una madre siempre sabe dónde están sus hijos, y en cuanto salí del hospital los fui a buscar. El idiota del doctor pensó que me tragaría eso de que también habían muerto en el choque. ¡Maldito sinvergüenza!

Acabé por ir hasta su lugar para darle algo de comida buena, y en cuanto la puse en el suelo empezó a gritarme groserías y a arrojarme lo que le había dejado.

—¡No soy una muerta de hambre! —vociferó.

Cuando me asomé otra vez, vi que recogía del suelo los pedazos de panqué y se los devoraba.

Los días que siguieron continué llevándole alimentos y ya sólo me observaba con recelo, al tiempo que abrazaba temerosa a sus muñecos; esperaba a que me alejara y se ponía a comer. Poco a poco su actitud hostil empezó a disminuir y hasta sentía que al llegar me saludaba con la mirada. Y uno de esos días me llamó con las manos y me dijo:

—Míralos, aquí tengo dormidos a mis dos angelitos desde el día del accidente. Todavía no les digo que su padre se fue al cielo. Ven, no tengas miedo.

Con una sonrisa me acerqué tanto como su tufo lo permitía. Me enternecía el haberme ganado su confianza. Esa vez le llevé un suéter que yo no usaba. Antes de marcharme levanté la vista a mi ventana. Desde ahí me observaba mi madre, negando con la cabeza y apretando los labios. Cuando entré al departamento colgó deprisa el teléfono y después, para mi desconcierto, permaneció en silencio.

Por la tarde llegaron unos hombres, forcejearon con la vieja, le pusieron una camisa de fuerza y la subieron en su camioneta. Pensando en ella, esa noche no pude dormir. No la volví a ver.

Desde entonces dejé de asomarme al oscuro callejón, pero detrás de las cortinas continuaba escuchando a los pedófilos, ladrones, violadores y asesinos que acudían allí libremente, ante una pactada indiferencia de todos los vecinos, incluida mi madre.



 


ROTO

Merche Capricornio


Una mañana más, miro al mar infinito. Siento el frío de enero. Me arropo con la toalla al sentarme sobre la arena. Lloro y los recuerdos están frente a mí.

Han pasado doce meses que saben a doce vidas desde aquella sobremesa presidida por la gran mesa familiar vestida de gala para celebrar la navidad. Junto al árbol, los regalos comprados en nuestro último viaje. Sabíamos disfrutar de la vida como jubilados dejando atrás tus clases de lengua y mis alumnos de tecnología.

Me llamaste desde la habitación. Estabas acostada, con los ojos cerrados. Y echando la culpa a la cena de la noche anterior, señalaste que no bajarías a comer.

Te di un beso. Te llamé viejuna y, tras echar la persiana, bajé al comedor excusándote.

El tono de tu voz debía haberme alertado. Torpe patán. Estaba tan acostumbrado a tu independencia, a tu fortaleza que resté importancia a ese quejido.

Los chicos te dejaron descansar y reímos, haciendo absurdas fotos para enseñártelas más tarde, sin saber que estábamos celebrando nuestra última navidad juntos. No quisiste levantarte para cenar, alegando jaqueca y seguí sin preocuparme.

¿Después? Llegó Año Nuevo. Continuabas con problemas oculares. Serán cataratas, pensé y tú sonreías. Se terminaron las fiestas navideñas y al guardar los adornos, estrellaste dos bolas contra el suelo. Aún recuerdo la conversación:

—Se me han resbalado —comentaste, atónita.

—Bah, no tiene importancia. Así vamos renovando —te respondí—. Mañana voy a pasarme por la biblioteca ¿Tienes alguna desiderata pendiente de entregar?

—Voy a estar unos días desconectadas de los libros. Tardo en concentrarme.

Tu cuerpo seguía pidiendo auxilio y yo, mirando para otro lado.

Una semana más tarde, te llamaba perezosa al ver que continuabas en la cama. Al querer responder, comenzaste a emitir sílabas que a duras penas conseguían ser palabras. Dios, cuanto me asusté. Ictus, repetía mi cerebro una y otra vez. Nos fuimos al hospital. Allí, te atendieron enseguida. Yo, en la sala de espera, miraba envidioso a los enfermos que veían transcurrir los minutos sentados a mi lado. Llegaron nuestros hijos y la doctora nos comunicó que te quedabas ingresada.

El tiempo se paró para nuestra familia. A partir de aquella tarde, los días transcurrían en función de tus pruebas médicas. Mientras, tus dificultades para ver y para hablar avanzaban. Todos veíamos que eras consciente de que algo muy grave estaba sucediendo.

Y llegó el diagnóstico. El jefe de neurología nos recibió a los chicos y a mí en su despacho. Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, una encefalopatía espongiforme.

Comencé a marearme. No conseguía retener la información que el médico nos daba…deterioro cruel, atrofia cerebral, sin tratamiento, siete meses, la paciente.

Dejaron de hablar. Nuestra hija me tomó del brazo instándome a levantarme. Los cuatros debíamos ir a tu habitación.

Querida mía, cuando viste nuestras lágrimas supiste que la dolencia era terrible. Te tomé de la mano y los demás comenzaron a hablarte, intentando explicar lo inexplicable. Que morirías en unos meses tras haber sufrido lo indecible. Solo hacía algo más de tres meses brindábamos por un año de felicidad.

Las semanas continuaron corriendo. Te juro que intenté ser el hombre sereno y responsable que durante cuarenta años conociste, enamorado. Pero iba desapareciendo. Cada día daba un paso hacia atrás frente al nuevo zarpazo de la enfermedad. Miraba el amor infinito con el que nuestros vástagos y sus parejas te peinaban, en turnos perfectamente encajados. Habían asumido lo que el futuro nos deparaba.

Yo, no. No pude.

Me negué a ver como la enfermedad se llevaba nuestros recuerdos dejándome, a cambio, imágenes de un cuerpo menguado, en una habitación hospitalaria. Yo no veía los dibujos hechos por las nietas. Solo intentaba reconocerte sin que se quedara en mi piel tu olor a muerte.

Escapé. Huí. Fui el cobarde que jamás creí tener dentro.

Aquella mañana en la que te abandoné, me acerqué al banco. Saqué dinero. ¿Poco? ¿Mucho? No sabría decirte. En la maleta, algo de ropa y el disco externo con nuestras fotos. Dejé las llaves de casa y del coche junto al móvil en la mesita. Una breve nota pidiendo perdón.

No volví a saber de ti, mi amor. No llamé jamás. Mi vida transcurre de la playa a la casita; he adelgazado y nuevos agujeros en el cinturón sostienen el viejo pantalón.

Asumo que ya te has ido. Que nuestros hijos ya solo son tuyos porque sienten vergüenza de un padre que no quiso estar al lado de su esposa cuando más lo necesitaba.

He dejado pasar el tiempo en nuestra playa secreta, hasta hoy.

Por primera vez, he traído la cartera. La guardo bajo la toalla, al abrigo de la marea. Ando mientras el agua va abrazándome. Piernas, caderas, pecho. No éramos muy creyentes, mi vida, pero quiero creer que me estás esperando.



 


LUCES Y SOMBRAS

Fátima Alonso



En medio del frío invierno,

descubrí al fin que dentro de mí

hay un verano invencible.

(Albert Camus)


Como cada tarde, a esa hora, Eloy sube la persiana del salón y la luz, que inunda la estancia, le obliga a cerrar los ojos durante unos segundos. Aún le cuesta acostumbrarse a la claridad, después de tanto tiempo viviendo casi en penumbras.

Mira el reloj. Aún quedan quince minutos para las ocho, cuando ella cierra el estanco. Eloy saldrá al pequeño balcón y la verá caminar por la acera de enfrente. Casi siempre se para en el escaparate de la chocolatería. Él se apoyará en la barandilla y la perseguirá con la mirada hasta que ella gire en la esquina y desaparezca de su vista. Entonces sentirá que el sol que tiene frente a él se apaga un poquito y todo se vuelve más gris.

Entrará de nuevo en la sala y, mientras cierra la puerta del balcón, resonará en su cabeza, como cada tarde, la voz de su madre: “¡Eloy, entra en la casa! … ¡No! No puedes bajar a la calle. No quiero que te juntes con esos pordioseros. Vamos, cierra la puerta y ven aquí, que vamos a jugar otra partida de parchís.”

Muchos años más tarde, Eloy sigue recordando la algarabía de los niños jugando en la calle y los gritos de júbilo, que quedaban atenuados cuando su madre bajaba la persiana. También recuerda, con la misma nitidez, las burlas y los comentarios de sus compañeros de clase. “El niñito de mamá”, decían entre carcajadas y muecas imitando los pucheros de los bebés.

Aquel día, le encerraron en los aseos del colegio y le acorralaron contra la pared. “A ver, abre esa boquita, niñito de mamá. Toma la papillita.”, reían mientras le introducían en la boca bolas de papel higiénico impregnadas de algo que le producía unas horribles náuseas. Ni siquiera se dio cuenta de que sus pantalones estaban mojados hasta que oyó la voz de uno de los chavales e, inmediatamente, un coro de carcajadas. “¡Uy, el bebé se ha hecho pis! Habrá que ponerle un pañal.” La voz del conserje desde el pasillo, apremiándoles a volver al aula, puso fin a aquel episodio y a su paso por aquel colegio, aunque en los siguientes tampoco hubo suerte.

Años más tarde, siendo ya un adulto y tras la muerte de su madre, llegaron los ataques de pánico, que le sorprendían en el lugar y en el momento más inesperados. Bastaba la mirada de alguien, en un vagón del metro o en un supermercado, para sentir la opresión en el pecho, el ahogo y la necesidad de salir corriendo, volver a casa, refugiarse en la penumbra del salón, a salvo del mundo. Su contacto con el exterior fue haciéndose cada día más esporádico. Su puesto de informático le permitió desempeñar su trabajo desde casa y se acostumbró a pedir por internet todo aquello que necesitaba, que cada vez era menos.

Mira de nuevo el reloj, nervioso. Cinco minutos para las ocho. Siente el impulso de bajar las escaleras y lo hace, sin pensar, pero se detiene en el portal. Está demasiado nervioso para acercarse a ella.

Recuerda aquel día en que se percató de que no tenía tabaco. Él, fumador empedernido, sintió que se asfixiaba. “Son solo unos metros”, pensó. Y bajó a la calle. Cuando abrió la puerta, la luz del sol dañó sus ojos, que protegió haciendo visera con la mano. Sin pensarlo, cruzó y entró en el estanco con tal ímpetu que la dependienta se sobresaltó. “Qué energía”, le dijo. “Parece que te persigue el mismo diablo”. Y le sonrió. No fue una sonrisa al uso, la típica de comerciante servicial. Y más que con los labios, le sonrió con los ojos, que le observaron durante más tiempo de lo socialmente aconsejable. Y, para su sorpresa, no sintió miedo. Pensó que le gustaría permanecer así, frente a ella, en ese instante efímero y a la vez eterno. Él acertó a pedir el tabaco y salió del establecimiento. No volvió a pedirlo por internet.

El ruido de la persiana del estanco le saca de su ensimismamiento. Las ocho. Ella echa a andar y él sale a la calle. La ve alejarse y anticipa el vacío que sentirá cuando su imagen se pierda tras la esquina. Desea con toda su alma que se pare en el escaparate de la chocolatería para prolongar unos instantes más la dicha de tenerla cerca. Ella se para, pero, para su sorpresa, no lo hace frente al escaparate, sino de espaldas a este. Levanta la cabeza y dirige su mirada hacia el balcón. Espera unos segundos y después reanuda la marcha. Cuando ella está a punto de doblar la esquina, Eloy se oye gritar a sí mismo, como si una voz extraña saliese de su interior: “¡Marisol!, ¿te apetece un chocolate?”


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