Almudena Villalba y Vero S.Q. son las ganadoras de esta semana.



La maldición de la colina

Almudena Villalba


Hará unos cinco años que Elías se me acercó en un garito de Malasaña, cuyo nombre se eclipsó en el recuerdo por el azul de sus ojos y por sus labios, que enmarcaban una suave brisa susurrando tentadoras palabras. Nunca creí en los flechazos y, como suele suceder, la experiencia vino a contradecir mis firmes convicciones.

A los dos meses ya estábamos viviendo juntos. Alquilamos un piso en el centro de la capital y cultivamos nuestro amor dentro de sus escasos cuarenta metros cuadrados. Elías trabajaba de camarero en un restaurante de prestigio y yo me ganaba la vida de vendedora en una librería del centro. Éramos caricias y besos. Nos sobraba lo demás. Podríamos haber seguido viviendo de la poesía del amor, si la prosaica realidad no nos hubiera golpeado tan fuerte. La pandemia mundial nos dejó sin trabajo, el restaurante y la librería se cerraron y nos vimos imposibilitados para seguir pagando el alquiler. Por desgracia, el romanticismo no llena el estómago.

Una mañana, Elías me habló de mudarnos a su pueblo, Colinas del Rey, a la casa que había heredado de su abuela, donde se crió de niño, ya que su madre le abandonó cuando era solo un bebé. Al principio no quise ni oír hablar del tema. Jugué con los dados de la esperanza, pero no sumaron los suficientes puntos para sobrevivir a los obstáculos: la única opción era mudarnos.

Enseguida el pueblo me hechizó con aire puro y silencio. La casa era vieja, la reparamos con entusiasmo para convertirla en nuestro nuevo hogar. Elías encontró trabajo en el campo, y con su sueldo, pudimos vivir sin lujos pero sin carecer de lo esencial

Transcurrido un año la casa nos pareció grande para dos y, cada vez que veíamos un anuncio de bebés, una sonrisa bobalicona aparecía en nuestros rostros. Pronto aquel sueño se pintó de rosa en un test rápido de farmacia.

La primera ecografía se programó a las doce semanas de embarazo. La ilusión y el miedo se plasmaban en la cara de Elías mientras miraba expectante el monitor. No entendíamos lo que estaba ocurriendo, pero la cara de sorpresa de la doctora nos alertó.

−¿Qué pasa doctora?¿Anda algo mal?

−En absoluto, debo anunciarles que serán padres de trillizos.

Los latidos de los bebes retumbaban enérgicos dentro de mi vientre y los míos se acompasaron para formar un único corazón. Ya habíamos compuesto la banda sonora de los próximos cuatro meses de embarazo y quizá la del resto de nuestras vidas.

Una vez asimilada la noticia, mi alegría contrastaba con el estado de Elías, demasiado pensativo. Me tenía preocupada y durante una comida le abordé:

−¿Qué te pasa, cariño?

− Nada, no te preocupes.

−No digas que no te pasa nada. Llevas semanas que no pareces el mismo. Sabes que me puedes contar lo que sea.

−Es que te vas a reír si te lo cuento.

−¿Por qué? Yo nunca haría eso…venga, anda…

−Vale, allá va, es que una

vez mi abuela me habló de una leyenda sobre este lugar.

−Si tú nunca has creído en esas cosas…

−Ya…es que la historia cuenta que aquí en Colinas del Rey todas las mujeres que se quedan embarazadas traen trillizos.

−¿Y qué? eso es una bendición ¿no?

− Pues, no sé, porque la leyenda también dice que a los pocos días del parto vienen las cigüeñas y se llevan a dos de ellos, los más débiles.

−Venga, cariño. Esas son supersticiones de viejas. No seas ridículo.

La conversación transcurrió así, más o menos, creo. Tras ella, Elías se relajó, y continuamos con nuestras vidas sin nombrar aquella estúpida leyenda. Los meses pasaron deprisa, y los trillizos llegaron al mundo a los siete meses y medio de gestación.

Los primeros días cayeron a plomo sobre las manecillas frágiles del reloj, que precipitó sus horas con pañales, biberones y llantos.

Una noche, el grito de Elías me despertó: « ¡¿Dónde están?! Se los han llevado, Claudia. Se los han llevado…». Entonces, un negro y opaco telón descendió ante mis ojos. Cerró el último acto de mi felicidad.

Después de la tragedia, me sumergí en un pozo oscuro en el que apenas respiraba, hasta que vi aquella cigüeña sobrevolar nuestra casa. Recordé la leyenda y la seguí. No sé cuántos kilómetros anduve hasta alcanzar la colina más alta del pueblo, allí había una cueva. Lo que encontré dentro me dejó paralizada: cientos y cientos de cigüeñas, que no se inmutaron al verme. No sé cuánto tiempo estuve allí dentro, una neblina impenetrable me impide reproducir con exactitud lo que ocurrió. Algunas frases sueltas traspasan mi conciencia como dardos que dan en la diana de mi comprensión: «eres una privilegiada», «esto es un acuerdo» o «jamás, jamás debe salir de aquí».

Desde aquello, cada noche, mientras Elías duerme, me escapo hasta la cueva para ver a mis otros pequeños, su salud es frágil y necesitan muchas atenciones. Noto cómo los días se acortan y las noches se alargan. Es mejor así, pues me avergüenzo de mi aspecto, prefiero que Elías no me vea: mis piernas son cada vez más finas, la nariz más afilada, los ojos se han ennegrecido sobre las oscuras ojeras, que en forma de lágrimas, invaden por completo mi delgado rostro. Ni siquiera me cambio de ropa: una blusa blanca que va cogiendo tono sepia, acorde al color de mis recuerdos; una harapienta falda negra, cuyos jirones parecen plumas.

Me cuesta una barbaridad escribir, las membranas que han crecido entre mis dedos me impiden sostener el lápiz. Siento dejarlo aquí…

Solo pido que mis palabras, escritas torpemente, permanezcan ocultas en los muros de esta casa, con la esperanza de que algún día mi querida hija o cualquier otra mujer las descubran, y comprendan…

Ahora debo volar con mis pequeños.







La conversación que cualquiera querría tener

Vero S. Q.


— Hola, soy Cleopatra.

— Hostia, ¿la de Asterix?, —dijo la mujer imaginaria que pregunta cosas.

— No, la de Egipto.

— Ah, claro. ¿Y cómo tú por aquí?

— Que me ha dado por eso, —respondió pasota la reina del Nilo.

— Pero eres Cleopatra, ¿la de verdad?

— Cleopatra séptima, la última de la dinastía Ptolemaica.

— No sabía que erais siete, ¡cómo los enanitos!

— ¿Quiénes?

— Tenemos referencias culturales distintas.

— Puede ser.

— Ya que te tengo aquí, ¿cómo se construyeron las pirámides?

— Se construyeron cientos de años antes de que yo naciera. ¿Sabes algo de historia?

— Bueno, pero esas cosas se comentaran en palacio, digo yo.

— Si te vale, yo supervise las obras del Templo de Hathor, Diosa del amor y la fertilidad; mi madre, —dijo la reina altiva.

— ¿Madre?, venga vale. Lo del amor, lo entiendo, que tú….

— Yo qué.

— ¿Pero la fertilidad?, —dijo la mujer imaginaria y cotilla que pregunta cosas.

— Tuve gemelos: Selene segunda y Alejandro Helios.

— ¿In Vitro?

— No, Marco Antonio.

— Volviendo a tema pirámides. Te lo pongo fácil, tienes dos opciones: ¿extraterrestres o receta secreta para fabricar piedras en moldes?

— Que supervisara las obras no quiere decir que me pusiera a picar. Había esclavos y un jefe de obra.

— Ya, que no me lo quieres contar, ¿no?

— Pues no.

— No eres tan guapa como dicen, que lo sepas.

— Soy la Diosa del Amor, a ver si nos vamos enterando.

— Serás, sí. ¿Tú conoces a Liz Taylor?

— No.

— Lo suponía.

— ¡Soy La Faraona!, —gritó Cleopatra.

— Veo que Lola Flores tampoco te suena.

— ¡Fui diplomática, comandante naval, lingüista, escritora y la primera de mi estirpe en aprender el idioma de mi pueblo!, y ¡solo te importa mi aspecto!

— Ahí te doy la razón.

— Por qué tanta insistencia en el temita, por Isfet[1].

— Lamento decirte Cleo que tu físico ha sido fruto de comentarios, investigaciones y alguna peli porno. Además tu nombre se les pone a las mascotas, sobre todo a perras pequeñas.

— Qué horror, con lo que yo he sido.

— De tu muerte también se ha comentado. La leyenda dice que te suicidaste dejándote morder por un áspid, concretamente en una teta, la derecha.

— Mataron a mi hijo Cesarion, heredero del Imperio. Perdí la guerra y querían pasearme desnuda por Roma para humillarme, y después violarme hasta darme muerte, ¿qué hubieras hecho tú?

— Ya, pero, ¿en la teta derecha? Como te gusta un drama hija.

— Eso es mentira hombre. Fue en la izquierda.

— Y lo de las pirámides, ¿no me lo vas a contar?, te prometo que no se lo digo a nadie.

— Que no, que eso no te lo cuento.

— ¿Dónde está la tumba de Alejandro Magno?

— Por ahí no vayas, que tampoco.

— ¿Ptolomeo y Alex?, ¿amigos y residentes en Alejandría?

— Con derecho a roce.

— ¡Lo sabía!

— Ya que te veo interesada en mis cosas te voy a hablar de mi familia:

La diosa Hathor es mi madre, el dios Osiris mi padre y la diosa Isis soy yo.

— Muy bonito todo.

— Es mentira.

— ¿Cómo?

— Que es mentira, que fue una forma de control social para perpetuar nuestros reinados, ¿si somos dioses? a ver quién nos echa.

— Ya mujer, eso ya lo sé, —dijo la mujer imaginaria y listita que pregunta cosas.

— Pues era mi mejor secreto, que quieres que te diga.

— Ahora te voy a contar yo una historia:

Dios es mi padre e hizo el mundo en seis días y al séptimo descansó. Después decidió crear al hombre a su imagen y semejanza.

— ¿Y a la mujer?

— La fabricó con barro a partir de una costilla de Adán, el hombre que había creado, que es como un primo lejano, más o menos.

— Muy bien planteado. Y, ¿cuántos dioses tenéis?—preguntó Cleopatra.

— Uno, el único Dios verdadero.

— Bueno, eso es discutible. ¿Isis?, ¿qué pasa con ella?

— Ahora se llama Virgen María, representa el amor, la fertilidad, la maternidad…

— Vale, me quedo más tranquila. Que susto, digo, dónde la han metido a la pobrecita mía.

— ¿Has visto?, es lo que se llama un remix.

— Claro, claro. Pues muy bien, me voy a ir marchando que tengo plancha.

— De eso nada, ¡no me cuentas lo de las pirámides, me sueltas un rollo religioso!, joder para que has venido, ¡quiero respuestas!

— El problema no son las respuestas insatisfechas si no las preguntas mal formuladas.

— Y se pone digna la tía.

— Nací digna.

— A ver chica, ¿cómo la tenía César?

— Pequeña.

— Y ¿Marco Antonio?

— Como un obelisco.

— Pues ya está, me quedo satisfecha. ¡Nos vemos Cleopatra!

— Séptima, Cleopatra Séptima.

— Vale, para ti la perra gorda.

— Que Buto[2] te proteja.

— ¿Quién?, —dijo la mujer imaginaria.

— Tenemos referencias culturales distintas, —dijo la reina despidiéndose de esta conversación que cualquiera querría tener.

[1] Antítesis de Maat, representaba a lo desordenado, injusto y falso. [2] Diosa serpiente, protectora del Bajo Egipto.

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