Amparo Vazbel gana el desafío con "Inmaculada"



Inmaculada limpió todo concienzudamente. Hacía un mes que Tomás se había ido a vivir con ella y ahora tenía que dejar todo perfecto. Aplicó una solución de amoniaco y detergente a la alfombra del salón. Frotó con cuidado cada centímetro, de modo que quedase impoluta, con el fondo claro nítido y los hilos de colores que formaban el dibujo brillando como el primer día.

Lo siguiente fueron los muebles de madera heredados de su abuela. Tanto la alacena de las vajillas como el de la cubertería de plata eran de castaño y, a pesar de los años, los conservaba impecables solo con un paño húmedo y unas gotas de vinagre. Sentía un placer lujurioso cuando frotaba, primero en círculo y luego en dirección a las vetas de la madera. A lo largo del día, le solía pasar un paño suave para sacar el brillo natural. Detestaba ver las huellas de los dedos sobre ellos.

La mesa de centro de cristal era otra de sus piezas favoritas. Aquí utilizaba simplemente un papel de periódico y un poco de limpiacristales. Era la misma técnica que usaba para los cristales de las ventanas. Le gustaba ver su sonrisa de satisfacción reflejada en los vidrios resplandecientes.

El sofá era lo más difícil de mantener aseado. De hecho, era la pieza del mobiliario que cambiaba con más asiduidad. El último que había comprado era de un tejido que permitía eliminar las manchas fácilmente. Le gustaba verlas desaparecer como por arte de magia con un simple toque de bayeta.

Otro de los elementos que había sustituido recientemente había sido el suelo. El anterior era un modelo anticuado de los años noventa, de no muy buena calidad y difícil de mantener. Si se manchaba con vino, café, salsa de tomate o algo similar, no quedaba otra que utilizar lejía o productos que degradaban el barniz. Lo sustituyó por un suelo vinílico de alta calidad que se limpiaba con agua y una fregona.

Este ritual de limpieza se producía de manera repetitiva desde que por fin había superado su etapa de síndrome de Diógenes. En aquel tiempo, había llegado a acumular tal cantidad de basura que acabó con una denuncia por parte de los vecinos y con ella ingresada en un hospital por una infección. A continuación, Inmaculada entró en la unidad de Psiquiatría. Le pusieron un tratamiento durante cuatro meses. Las sesiones de terapia ayudaron a dejar atrás una vida sucia y autodestructiva. Por fin había lavado su cuerpo y su alma abandonando los traumas infantiles, los recuerdos de abusos por parte de un padrastro tirano y de una madre sumisa que dejaba hacer. Su casa y su vida habían hecho borrón y cuenta nueva.

Ya recuperada, volvió a su hogar. Las autoridades sanitarias se habían encargado de retirar los desperdicios y de desinfectarlo. Le gustó aquel olor a limpio que penetraba en su cerebro, que la envolvía de manera embriagadora hasta sentir la paz absoluta consigo misma. Se prometió mantener aquella pulcritud. Toda la casa era un templo de orden y de limpieza. Desde la buhardilla, donde los baúles formaban parte de un puzzle de piezas homogéneas y pulcras; hasta el sótano, donde cuatro congeladores de última gama estaban perfectamente alineados contra la pared.

El orden y la higiene le proporcionaban seguridad y confianza. Estas características la hacían especialmente atractiva para hombres como Tomás. Se habían conocido en la sección de limpieza del supermercado. Tomás le preguntó si para limpiar el baño era mejor lejía o desinfectante. Se fijó en sus uñas limpias y en su sonrisa arrebatadora. Sin embargo, en el día a día, la pasión inicial dio paso a una situación tensa por culpa de la relajación en el aseo. Inmaculada no soportaba su olor agridulce a sudor, los pies descansando sobre la mesa, la ropa tirada de cualquier manera en el cesto para la lavadora, las camisas colgadas con el gancho de la percha en cualquier dirección, las huellas de sus dedos grasientos sobre la madera. No aguantaba sus reproches, “eres una amargada y una autoritaria”, le dijo la tarde anterior.

Le clavó el cuchillo en el cuello mientras roncaba como un cerdo en el sofá. Siempre se producían salpicaduras en la alfombra, en el sofá, en los muebles y en la mesa de cristal. Eliminar todo aquello resultaba costoso, pero había que dejar todo en orden y poner cada cosa en su sitio.



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