Amparo Vazbel, Giovanni Caramuto y Marcela Chapou fueron los mejores escritores de esta semana



Okupa

Amparo Vazbel


Que no. Que no quiero salir. Hace tiempo que no merece la pena. Además, ya tengo unos años y mi cuerpo empieza a resentirse: cuando no son problemas de elasticidad, son circulatorios, de sobrepeso o de tipo respiratorio.

Ahora noto perfectamente los efectos de la contaminación. Solo con asomarme un poco ya se me ponen los ojos irritados y me empieza la tos. En otros tiempos, hasta habría soltado una risotada al presentarme de esa guisa, con los ojos rojos y sanguinolentos. Qué susto se llevarían. En lugar de toser, seguro que brotaría de mi garganta una de esas carcajadas profunda, cavernosa, con eco.

Es verdad que el espacio es reducido, ridículo incluso. Aún así, aquí dentro está todo bien acondicionado y no me falta de nada. Las paredes están pulidas y limpias y su mantenimiento no es complicado. En una ocasión se me ocurrió que podría colgar los retratos de mis antepasados pero me dio pena taladrar una superficie tan lisa y brillante.

La decoración es agradable. Hay pocos muebles. Me gusta este estilo minimalista: una chaise longue, un baúl que uso para guardar mi vestimenta y también una estantería donde he puesto mis libros y los expedientes de mis clientes. Cuando se tiene un trabajo de cara al público, se deben tener todos los detalles bien preparados y todas las incidencias registradas por si fuese necesario presentar alegaciones en algún momento.

Oigo voces chillando ahí fuera. Antes era un murmullo pero ahora es exagerado. Gritan para que salga pero no lo voy a hacer. Esa gente no hace más que pedir y nunca agradecen lo que tienen. ¿Poseen riquezas?, quieren más; ¿tienen lujos?, no les llegan. Son unos avariciosos y unos egoístas. Por tanto, no me muevo. Ya conozco mucho mundo.

Encima, la última vez que me aventuré al exterior, todo acabó mal. Un cliente me solicitó artículos absurdos. Alguna de sus peticiones se volvió contra él por no pensarlo mejor. No es que no les insista para que reflexionen de antemano porque ya he advertido a todo el mundo que no admito devoluciones y que sus oportunidades son limitadas. Pues luego el fulano quería echarme la culpa de las consecuencias.

Nada, nada. Estoy muy bien metido aquí resguardado de la inmundicia humana. El dueño de esto es un especulador que tiene otras propiedades. Yo pensé que era el único al que le sucedía semejante cosa, pero luego vi que no. La última vez que salí de aquí, observé que había otros de mi mismo colectivo en peores circunstancias que yo pues llevaban más tiempo. Al principio nos engañó a todos con que no nos iba a cobrar, igual que habían hecho los caseros anteriores. A cambio, nos empezó pidiendo pequeños favores que han acabado convirtiéndose en explotación laboral. ¡Anda que el tipo no se ha montado bien el cuento! La verdad, esto no es un palacio, sin embargo, por lo que a mí respecta estoy muy a gusto y que yo sepa, los demás piensan igual. Ninguno quiere cambiarse. Más vale lo malo conocido.

Llaman. Me dicen al otro lado que traen una orden de desahucio y que si no salgo voluntariamente, me obligarán por la fuerza. ¡Qué se habrán creído! Pues que se atrevan, porque utilizaré toda mi energía y mi poder para evitarlo. Dan golpes. Me están hartando. Se van a enterar. Algo tendré que hacer. Ya sé. Voy a convertir a toda esa gentuza en salchichones y al propietario, el Aladino ese o como se llame, lo voy a cortar en rodajas, que para eso soy el genio de esta lámpara, qué cojones.



 



Fondo de armario

Giovanni Caramuto


Nos besábamos y nos quitábamos la ropa con urgencia. Teníamos muy poco tiempo antes de que su marido regresara. A pesar de que nuestros cinco sentidos estaban inmersos en el cuerpo del otro, un leve sonido alertó a mi amante, que paró en seco mientras me bajaba la cremallera del pantalón.

—¡Es él! —Sus ojos, antes ardientes de pasión, buscaban un lugar para esconderme. —¡Rápido, al armario!

—¿Al armario? —Ella ya estaba abriendo sus puertas con una rapidez felina.

—Será una broma, ¿no? ¡Será el primer sitio en el que mire!

—¡Cállate y entra! —Me empujó al interior con todas sus fuerzas. —Échate a un lado y escóndete detrás de los abrigos.

Cerró la puerta y me quedé a oscuras, sintiendo el roce de las prendas colgadas en mi espalda y hombros. Observé la habitación a través de la pequeña rendija que separaba las dos hojas del armario. El marido había entrado en la habitación y estaba buscando algo. Sus voces sonaban amortiguadas y tuve que prestar atención a lo que decían. En cuanto oí la palabra “armario”, mi reacción natural fue echarme hacia atrás. Mi espalda retrocedió hasta dar con el fondo. Me eché hacia un lado, con el brazo derecho estirado esperando tocar la pared interior. Avancé un paso. Dos pasos. Toqué un plástico que parecía un funda de abrigo, suficiente para ocultarme tras él, pero no toqué la pared. El armario parecía más pequeño desde fuera.

La puerta se abrió y la cabeza del marido entró, escaneando las prendas. Miró hacia un lado y hacia otro, pero no me vió. Cerró la puerta y volvió la oscuridad.

Toqué las paredes interiores, la madera era rugosa y sin barnizar. De la puerta al fondo no había más de medio metro. Levanté las manos y pasé los dedos por el techo, del mismo material. Sin embargo, aún no había llegado a tocar la pared derecha. Eché un vistazo a la rendija de luz del exterior, no había peligro. Avancé de nuevo otro paso, y otro más, apartando prendas colgadas y siguiendo las paredes con el tacto. No encontré la pared, aunque estaba convencido de que a esa distancia ya debería estar fuera de la habitación e incluso de la casa.

Mientras avanzaba durante varios metros encontré otras puertas. Estaban colocadas una a continuación de la otra. Todas estaban cerradas. Continué apartando las prendas y caminando en la oscuridad, hasta que mi pie desnudo golpeó algo en el suelo.

Era una caja de zapatos. La abrí guiándome por el tacto. Entre papeles y algún que otro objeto que no descifré, encontré una pequeña linterna. Al encenderla parpadeó, suficiente para poder ver un poco. Por desgracia, al enfocarla hacia la derecha del armario, no encontré más que una negrura absoluta y una colección infinita de vestidos, camisas y abrigos. Seguí avanzando y descubrí un extraño patrón en la ropa: parecía estar ordenada por estaciones. Ropa corta, luego

entretiempo primaveral, luego abrigos y jerseys, luego de nuevo entretiempo. Y luego se repetían. Me paré en seco y me dí la vuelta. Desconcertado, me planteé volver sobre mis pasos.

Un ruido me alarmó. Más adelante, por el camino que estaba siguiendo, alguien abrió una de las puertas cerradas, dejando entrar la luz natural. Unas manos aparecieron y cogieron una prenda.

Grité con todas mis fuerzas mientras corría hacia la luz. Entre el poco espacio y la ropa, me fue muy difícil llegar hasta allí, así que fue demasiado tarde. La puerta se cerró. Intenté golpear las puertas y seguir gritando, pero no pasó nada. Aún se podía ver a través de la rendija. Allí estaba ella, probándose la prenda, aunque no parecía ella. La veía mucho más joven. Era ella, seguro. Al poco rato apareció su marido, con mucho más pelo en la cabeza.

A mi derecha, escuché una risa histérica mezclada con un llanto desesperado. Apunté la linterna hacia allí, y descubrí un hombre con una larga barba gris y piel amarillenta. Iba como yo, sin camisa, y con unos pantalones polvorientos.

—¡No saldremos de aquí JAMÁS! —Su grito se fusionó con el mío. Mis piernas respondieron primero tropezando y después corriendo por donde había venido. No sabía quién era, y tampoco quise averiguarlo. Sus palabras seguían rebotando por las paredes de aquel pasillo del horror mientras huía.

Cuando ya no pude más, di de bruces con la pared izquierda. Allí estuvo siempre, pero yo no la había visto. La puerta no se abría, así que puse mi espalda contra el fondo y empujé con mis ya castigadas piernas. La puerta se abrió con un gran escándalo. Era de noche, y tanto ella como el marido estaban durmiendo. encendieron las luces y me miraron descolocados.

Retomé el aliento.

—Esto no es lo que parece...



 


El cumpleaños

Marcela Chapou


La casa de Carlos es muy grande y tiene muchas escaleras con largos corredores; está muy bien para jugar a las escondidas. A Miguel le toca buscarnos. Él siempre es el primero en terminar los ejercicios que nos pone la maestra, es muy listo, así que para que se tarde en dar conmigo es importante escoger un buen escondite. Hoy sí que les voy a ganar; no quiero que mis amigos se burlen de mí otra vez.

Corro sin hacer ruido por uno de los pasillos y entro en la última puerta del fondo. Parece un cuarto de cosas viejas. De inmediato noto un cajón muy grande de madera. ¡Este es el mejor lugar de todos! Levanto la tapa, y entre el polvo que vuela, veo que está lleno de ropa. Ya oigo avanzar a Miguel por el corredor. Ha descubierto a alguien y los dos se ríen. Me meto rapidísimo en el cajón y me acomodo en el huequito que queda encima del montón de trapos; me acuesto y jalo la tapa con cuidado de no pegarme en la cabeza. Tiemblo de emoción esperando el momento en el que se aparezca y me empiece a buscar por los rincones del cuarto sin saber que estoy aquí. Esto es muy divertido. Yo también quiero tener juegos en mi fiesta de nueve años. Ya falta poco para ese día y les voy a preparar unos sándwiches como los que yo me hago.

Desde adentro no oigo nada de lo que pasa afuera. Miguel podría destapar la caja de repente y encontrarme. Qué bueno que yo no fui el primero. Las tablas están cubiertas de tela acolchonada; la puedo tocar, aunque casi no tengo espacio para mover los brazos.

Ya pasó mucho rato. Estoy sudando, aquí está muy caliente. Mejor quisiera salirme. ¿Por qué se tardará tanto en venir? Trato de levantar un poquito la cubierta para oír si Miguel se acerca, pero no puedo abrirla. La empujo con más fuerza, y nada: pesa mucho. Pruebo con los codos y las rodillas al mismo tiempo, pero ni siquiera se mueve tantito; es como si estuviera pegada con goma.

Descanso un poco y trato otra vez. Es imposible levantar la tapa. La golpeo con los puños para que alguien me oiga y me venga a abrir, pero así boca arriba y tan apretado no puedo tomar vuelo y hacer que suene fuerte; sobre la tela casi no se oyen mis golpes. Ya me duelen las manos y me están dando ganas de ir al baño. Pido auxilio con todas mis fuerzas, luego grito lo más agudo que puedo, por si hubiera algún perro por ahí: estoy seguro de que empezaría a aullar como lo hace el Motas cuando toco la flauta, aunque no sé si Carlos tiene mascotas. Me revuelco entre los trapos mojados: no me pude aguantar y me hice pipí. Nadie viene. A lo mejor ya no me están buscando. Carlos pensará que me fui a mi casa, porque vivo cerca.

Mi madre tampoco va a venir por mí porque se fue a su fiesta de señores, y esas siempre duran dos o tres días. Ella dice que es bueno divertirse y que ya estoy grande y puedo hacer las cosas solo, pero yo a veces quiero que me ayude, como ahora. Ella creerá que al terminar la merienda me regresé a la casa, como me lo pidió. Si le hubiera hecho caso, ahora estaría tranquilo viendo la tele, en lugar de estar encerrado en esta caja horrible. Tengo ganas de llorar.

No sé si han pasado muchos días o nada más unas horas, o unos minutos. Al despertar pensé que estaba en mi cama, pero no era cierto, sigo aquí encerrado. No puedo respirar bien, no puedo voltear la cabeza y no siento los dedos. Me faltan fuerzas para mover las piernas, y ni siquiera sé si todavía las tengo. Creo que ya en un ratito me van a encontrar. Me da gusto pensar que mis amigos dejarán de decir que soy un perdedor, porque hoy sí que les gané a todos. Además se darán cuenta de que sí tengo mamá, cuando la vean llegar por el pasillo, haciendo ruido con sus tacones altos, y muy bonita con su vestido brillante. Los ojos se están borrando de mi cara, y también mi boca y mis orejas. Ahora mi cuerpo se ha vuelto de tela y se confunde entre los trapos, pero mi ropa de fiesta ha quedado hasta encima, para que mi mamá se alegre cuando venga a buscarme.



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