Amparo VazBel y Nela Guerra son las ganadoras de esta semana




Quién lo va a creer

Amparo VazBel


Ya no recuerdo cuánto hace que comenzó esta situación. Me levanto, voy al baño. Después de ducharme me pongo frente al espejo para afeitarme. Ahí estoy yo, mi otro yo, quiero decir, el yo del otro lado. Hoy tiene los ojos enrojecidos. Hace gesto de dolor de cabeza. Abre el botiquín y se toma una pastilla. Detrás de él aparece una mujer sonriendo deseosa. Lo abraza por detrás. Le pone las manos en el pecho y le da un mordisquito suave en el lóbulo de la oreja. Él se vuelve y la besa, primero con suavidad; luego, con pasión. Se desnudan y se meten juntos en la ducha. Casi me corto con la distracción. Termino el afeitado y mientras me echo la loción, ellos salen empapados. Se secan mutuamente y se van abrazados.


Voy a la cocina y preparo un café. Para mí, el concepto de café solo tiene otro referente. Hace mucho tiempo que no sé qué es que alguien me pregunte cómo he dormido, que me sorprenda con un abrazo o con algún jugueteo sensual. Cuánto desearía estar en el lugar de la otra imagen. Cuando vuelvo para lavarme los dientes, lo encuentro de nuevo en su baño peinándose ese pelo alborotado. Hasta en eso también lo envidio porque hace tiempo que la calvicie me impide saber qué es pasarse un peine.


Debo marcharme. Tengo que llegar puntual al trabajo. El jefe está enfadado porque no hemos cumplido con el cupo de venta de seguros. Tenemos una reunión toda la plantilla. Parece que va a ser un día tenso. Estoy deseando estar de vuelta. Mi yo también se va después de echarse una buena dosis de desodorante.


He vuelto a casa a las siete. Ha sido horrible. El jefe ha echado a una parte de los trabajadores. Los del sindicato lo van a denunciar por despido improcedente. Casi llegan a las manos. Ignoro cuánto tiempo aguantaré todo esto.


Voy a dejar las llaves en la mesita del salón. Levanto la vista hacia el espejo que hay en la pared. La réplica de mí mismo también está en el suyo. Parece que vuelve a tener fiesta. Una rubia se le apoya en el hombro mientras ambos sujetan sus copas y charlan animadamente con otra pareja. Se ríen. No cabe duda de que se están divirtiendo. Yo iba a cenar, pero ya no tengo ganas. Me voy a dormir.


Ya no recuerdo cuánto hace que comenzó esta situación. Me levanto, voy al baño. Después de ducharme me pongo frente al espejo. Tengo jaqueca. Me voy a tomar una pastilla. Ayer tuve fiesta hasta muy tarde. Bebimos bastante. Y encima ella se empeñó en quedarse. Estoy agotado. Tengo que dejar esta vida. Necesito descansar, tener tiempo para mí respirar. Me gustaría ser el otro yo del espejo. Ese hombre que se afeita cuidadosamente todos los días, que disfruta del silencio y la tranquilidad, que se ducha sin la interrupción de una mujer que le pida estar a la altura en todo momento. Antes sí había una. Hace tiempo que no la veo.


A ver si me peino este pelo lleno de remolinos. Ni con gomina se queda en su sitio. No voy a decir que me gustaría estar como mi yo calvo del otro lado, pero por lo menos el esfuerzo de peinarme se podía notar. Tengo que darme prisa. Hoy vienen tres modelos al estudio. Dicen que soy el que mejor fotografío su belleza interior y exterior. No me quejo de mi fama, la verdad. Además, pagan bien.


Veo a mi yo lavándose los dientes. Se enjuaga. Saca una foto del bolsillo, la mira y la deja caer al suelo. ¿Qué hace ahora ese hombre? Se ha metido vestido en la bañera. Ha sacado una cuchilla de afeitar y se está remangando la camisa. Se hace cortes en las muñecas, se va a desangrar...¿Qué hago? Debería pedir ayuda, pero quién lo va a creer. Tengo que romper el espejo y sacarlo de ahí. Golpeo la superficie de vidrio con todas mis fuerzas. Se gira y nos miramos fijamente. Quiere decirme algo pero desiste. Tengo que golpear más fuerte, está perdiendo el conocimiento...Maldita sea, acabo de cortarme con los cristales. La sangre sale a borbotones, me estoy desangrando...Empiezo a marearme.


 



La vida de otro

Nela Guerra


Cansado de que no contestara a mis mensajes, me planté en su casa una mañana. Me abrió la puerta con una expresión mal disimulada de resignación. Se había dejado el pelo largo y una barba espesa hacía desaparecer parte de su cara. Vestía una camiseta extremadamente grande que cubría casi al completo lo que supuse el pantalón corto del pijama. Nunca le había visto tan desaliñado.


No oculté mi preocupación y con ella justifiqué mi visita. Él asentía continuamente con la cabeza mientras se acomodaba en el sillón de enfrente con las piernas entrelazadas en lo que parecía una postura de Yoga. Me contó, sin más preámbulo, que le estaba pasando algo extraordinario que le ocupaba por completo. Resultó que desde hacía tiempo, soñaba con la vida de otro.


Era otro pero era él, eso lo tenía claro, porque, al despertar, así lo sentía. Noche tras noche asistía a esa vida, totalmente distinta a la suya, llena de matices brillantes y escenarios fantásticos aunque no muy lejanos. Ese otro disfrutaba sus días intensamente, de manera despreocupada, inmerso en situaciones fabulosas en las que se desenvolvía con total soltura pasando de una a otra sin descanso, resolviendo encrucijadas, siempre con acierto, que le llevaban a nuevas aventuras. Era un otro decidido, valiente, con la mente abierta a cualquiera reto y circunstancia; nunca paraba en el mismo sitio demasiado tiempo y ese carácter nómada le permitía conocer no solo un sin fin de ciudades y paisajes sino también todo tipo de culturas y gentes de las que aprender. Cuanto más soñaba, más le seducía ese alterego. «Está ávido de vida y esa vida no le pasa nunca por encima sino que él la monta a horcajadas», me dijo.


Le noté tan pletórico que no pude más que celebrar su estado de ánimo. Quedamos en vernos con más asiduidad, como siempre habíamos hecho, y nos despedimos con un abrazo sincero.


Pasadas unas semanas y como volvía a no contestarme, decidí visitarle de nuevo. Me recibió con poco entusiasmo, más por cortesía que por ganas, era evidente, pero no me dí por aludido. Me sorprendió por completo. Esta vez no se trataba solo de su aspecto, inusualmente descuidado, sino que había cambiado hasta su manera de hablar. Los muebles del salón tenían una disposición distinta a la de siempre, incluso algunos habían desaparecido convirtiendo la habitación en un espacio diáfano, vigilado desde las paredes por fotografías de lugares que yo desconocía; se había sujetado el pelo en una coleta y andaba descalzo arrastrando los pies, sus gestos parecían más lánguidos y hablaba en un susurro continuo remarcando absurdamente las eses. Parecía otro hombre.


Disimulé mi asombro y le pregunté por sus sueños. Me explicó que la fascinación por ese otro y su vida, le habían llevado a preferir el sueño a la vigilia y había llegado un momento en el que apenas los distinguía o, al menos, desconocía su orden. Incluso reconoció haber llegado en ocasiones a discernir con dificultad entre su propia identidad y la del protagonista del sueño y confesó que era, precisamente en ese momento, cuando más feliz se sentía.


Me preocupó que estuviera perdiendo la razón y decidí visitarle con más frecuencia, pero comenzó a no abrirme la puerta. Durante mucho tiempo no supe más de él. Pregunté en su trabajo pero solo sabían que le habían concedido una excedencia hacía casi un año. Seguí mandando mensajes que no contestaba y me contenté con comprobar que, en algún momento, los leía. Un día, ante mi sorpresa, recibí uno desde su teléfono que decía: «Te he dejado un paquete sobre el felpudo. Te agradezco tus desvelos, no sabes cuánto. Eres un gran amigo»


Salí corriendo por el pasillo y, al abrir la puerta, tropecé con un bulto rectangular, efectivamente, colocado sobre el felpudo. Estaba envuelto en papel reciclado, con un cordel rodeándolo a lo largo y ancho. Bajo el cordel había una cuartilla doblada a la mitad con mi nombre escrito en mayúsculas. Reconocí su letra al instante. La nota era breve y, tras agradecerme de nuevo mi preocupación y pedirme perdón por tanto misterio, me rogaba que leyera el manuscrito que me dejaba mientras él se tomaba un descanso, perdido en alguna montaña o mirando al mar, hasta recomponerse del esfuerzo. También hablaba de acometer viejos propósitos, más pronto que tarde, y de la necesidad de vivir la vida sin dejar que sea ella la que nos viva. Comprendí que lo que tenía entre las manos era la causa de su reciente locura pero también su ilusión desde hacía años y comencé a leerlo allí mismo, sentado en el suelo del rellano. La novela se titulaba ”La vida de otro”.

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