Antonia, por Verónica S.Q.




Niña, pon la tele que van a dar el cupón. A ver si me toca y nos vamos tú y yo a tomar viento. ¿Te imaginas las dos en una casita de campo? Solicas, que no necesitamos a nadie. Se sentía orgullosa de haber sido la alegría de su abuela Antonia. No podía evitar emocionarse al pensarlo. Una bola de algodón de azúcar le bloqueaba la garganta, porque todo en su recuerdo era dulce.

Cuando cumplió los 18 años, su abuela le dijo: ya no puedo llamarte niña. La joven negó con la cabeza: para ti lo seré siempre. Desde entonces la anciana contaba esta anécdota como carta de presentación y resumen de su historia de amor.

La abuela Antonia también fue una niña, pero en tiempos de guerra; una joven en la posguerra, una madre de familia en la dictadura y abuela en democracia. Perteneció a una generación de mujeres resilentes que, como los salmones, fondeó en aguas saladas y dulces. Se consumió nadando contracorriente, agotando toda su energía para desovar a sus crías. Una vida expropiada, siempre aplazada, sepultada por las obligaciones femeninas. Kilos de tierra sobre sus hombros que, aunque dejaban un rastro a su espalda, como las migas de pan del cuento, a ella nunca le sirvieron para encontrar el camino de vuelta a sí misma.

Su historia común estaba cimentada en escenas cotidianas. La vida son pequeños golpes de entusiasmo, niña. La diversión de las tardes de verano era pasear por el barrio, vamos a ver escaparates. Cogidas de la mano, sin prisa, como dos enamoradas paseando por París, las bohemias de extrarradio se compraban un corte de helado para después, sentarse en un banco a degustar la delicia. Antonia lo mordía como una ardilla, rápida y apenas sin mancharse los dedos. Su pequeña lamía los bordes, formando una isla bajo la galleta. Luego se daban la mano pegajosa de nata industrial y continuaban el paseo. No te cases nunca, que los hombres te pisan el cuello. Tu arrejuntate y si no te gusta, humo. Estudia y ten tu dinerito, no seas como tu abuela que no tiene ni para unas bragas.

Parecía que iba a vivir cien años, no me duele ná, mírame, casi no tengo arrugas, pero de repente se puso enferma. La ingresaron en el Hospital unas horas después de que su nieta llegara de un viaje. La estaba esperando.

Estuvo en la UCI dos días, al tercero la trasladaron a la Unidad de Cuidados Paliativos. Su nieta pasó en vela horas, pendiente del ritmo lento de su respiración.

La mañana en que murió Antonia, su niña estaba con la cabeza apoyada en su pecho y, cuando su aliento se transformó en un motor a vapor, las dos, cada una desde su lugar de la escena, supieron que había llegado el momento. A mí no me da miedo morirme, eso sí, no me queméis, me enterráis.

Acarició su pelo, le dio la mano y le susurró palabras bonitas. Se sintió como una matrona que ayuda a nacer, a pasar a otro lugar. No sé leer, pero sé cuándo se va acabar el mundo: el día que yo me muera. Ea

El cuerpo llegó al tanatorio antes que su familia. Esperaba embalsamado y maquillado detrás del cristal de la sala dos. No era el primer muerto que la niña veía, ni su primer funeral, pero a la abuela no pudo verla así. No fue una decisión meditada, simplemente los pies se frenaron y la espalda se giró para proteger a los ojos de esa visión.

Horas después, cuando introdujeron la caja en aquel hueco profundo, la nieta comenzó a temblar: ¿Habrán comprobado bien que no respira? , tiene apnea, quizá es una pausa de la suyas y en cualquier momento se pone a roncar. ¿Y si me está llamando?, ¿y si se despierta solita y asustada? ¡Mi abuela no debería estar ahí! gritaba por dentro, pero estaba y no merecía una despedida envuelta en terror y oscuridad, porque ella era solar, luz del sur.

Entonces la nieta respiró y cerró los ojos. Ya no estaba, no iba a despertar. Trató de serenarse y por si acaso es verdad que las muertas escuchan lo que pensamos, le dijo: En la casita de campo nos vemos abuela, siempre lo hemos pasado muy bien las dos. Te quiero mucho, (yo más), hasta pronto, (adiós mi niña).


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