Armando Gómez Rivas, Marcela Chapou y Amparo Vazbel ganan el reto de esta semana



La piedra en el zapato

Armando Gómez Rivas


Regresas a casa después del aguacero con la expectativa de oler las flores del naranjo. No has podido salir temprano y detestas tu trabajo. Al abrir la reja, el aroma se va con los últimos pétalos. Las frágiles hélices caen de forma inexorable. Las ramas del árbol se agolpan abandonadas, desordenadas, marchitas.

El golpe de la reja salpica grandes gotas que terminan en tu cara. Pasas el antebrazo para secarte los residuos de agua. De reojo ves hacia el jardín de al lado: «Carmelo, caramelo, cagamelo». Reinventas el nombre del vecino hasta pronunciarlo en un francés ficticio que suena más a ofensa que a una humilde broma. Te molestan sus arbustos perfectos, podados, uniformes. La majestuosa magnolia, en el centro del jardín, es ridícula. Un árbol tan grande que impide respirar; flores blancas enormes y desechos de hojarasca que transgreden tu propiedad. No puedes creer que tu hermoso naranjo y la magnolia se plantaron el mismo día, hace dos años.

Anochece. El pórtico está mojado. La humedad se ha filtrado al interior de la casa. No enciendes la luz, crees que la ecología tiene pocas posibilidades de sobrevivir si no es por ti, por tu ahorro de recursos. Sientes tu pisada en el charco de agua. Al fondo, el traspatio de otro vecino brilla, iluminado por la intensidad de lámparas ornamentales. Flores con celdas fotosensibles que utilizan energía solar. Son bonitas, económicas, duraderas. Pero consideras que no combinan con el acabado rústico de las paredes y con el zarzal descuidado; una enredadera que crece sin piedad hasta que sus frutos se pudren, entretejidos entre ramas pútridas y espinosas.

Giras para cerrar la puerta, mientras observas, de frente, la avenida principal. El ruido del agua, estancada a tus pies, te recuerda que debes corregir la inclinación del piso, que puedes colocar un guardapolvo, que es urgente ajustar la puerta. La duela se ha hinchado; es probable que sea necesario que remplaces algunas piezas de madera. Lo tuyo no es el bricolaje, pero puedes hacer un mejor trabajo que los profesionales: hombres aburridos, perezosos y, a última instancia, acabados por la rutina de un oficio carente de creatividad.

Al ver la casa de enfrente vocalizas, «¿Cómo puede tener Manuel un pórtico de cristal tan hermoso?». Tus gestos enmarcan un rostro agrio. Piensas que todo lo que había construido Manuel, cuando vivía solo, era de pésimo gusto. No posee talento para decorar y, desde luego, tampoco tiene los medios económicos; su trabajo como profesor es insuficiente para pagar una renovación tan exquisita. Deduces que se lo debe a ella, a la adinerada. Por tu cabeza transitan palabras como amante, concubina, amasiato, pero nunca te atreves a mencionarlas abiertamente. Meditas sobre la perfección humana, los cánones de belleza. Manuel es afortunado tiene un automóvil del año, televisor de cincuenta y cuatro pulgadas, y un cuerpo musculoso. Aseguras que todo se acabará en pocos meses, cuando ella se harte de sus hábitos trasnochadores, de su habilidad para levantar mujeres. Para ti, ese hermoso pórtico, no es más que una vitrina que recrea los escaparates de prostitución holandesa.

Te diriges a la recamara. Necesitas quitarte los zapatos y las calcetas húmedas. Por qué no tienes unas botas de hule como todos los obreros. Tú también eres un trabajador asalariado. El hecho de pasar sentado ocho horas seguidas en el mismo lugar no te hace menos obrero,

menos trabajador, ni menos valioso. Si acaso, el jefe de cobranza, en el departamento de préstamos, es menos proletario. Su actitud arrogante y su silla, tapizada en imitación piel (animal print como dice su asistente), lo alejan del concepto del obrero. Sin embargo, crees ser merecedor del equipamiento básico para la faena en tiempo de lluvia que incluye calzado de goma.

Con un pijama que esperabas calentito (y no lo es), vas a la cocina. Te sientas, solo. Abres comida enlatada. Tragas, lentamente, cucharadas de sopa fría. Lees un periódico que recogiste en el camión urbano. Tarareas una melancólica tonada que se pierde entre cuartos desolados. Porque al final, eres un empleado con un salario mínimo, un hombre abandonado, un inquilino en una casa desmantelada por la falta de mantenimiento y el césped del vecino siempre te parecerá más verde.



 


Sobreviviente a una pena de amor

Marcela Chapou


Mi mano resbaló en la superficie helada de su rostro de cera. Me costaba creer que ese duro caparazón ocultara sus blandos órganos, y que esos delgados labios se hubieran posado, carnosos, sobre los míos. Las lágrimas brotaban constantes de mis ojos sin poder detenerlas, mientras iba entendiendo, poco a poco, que se había ido para siempre. La sala estaba repleta. Julián, su gran amigo, se acercó a tratar de consolarme, pero yo me alejé de la caja abierta con el corazón contraído. No quería fijar esta imagen en mi memoria.

El llanto nocturno había transformado mis ojos en dos delgadas rendijas. Por ellas observé a unos hombres acarrear el cuerpo hacia al crematorio. En el gris amanecer se agolpaban las nubes entristecidas. Después de un rato la chimenea empezó a exhalar el alma de Gerardo. Me aterraba la idea de regresar a una casa vacía; sólo yo y sus cenizas.

Al quinto día el lloriqueo continuo había cesado, y un profundo hueco en el estómago vino a sustituirlo. Con los sentidos bloqueados caminé por las calles como zombi, entre ruidos lejanos y caras borrosas. Mi permiso en el trabajo había concluido, pero a la semana fui incapacitada porque no estaba rindiendo.

Entre las sombras de mi psique atormentada veía siempre su sonrisa, su cuerpo, su mirada, en fugaces destellos sin sentido que no me dejaban pensar. Los muebles se cubrieron de polvo, y yo, de cebo y mal olor.

Pasaron dos meses y no lograba sobreponerme. Sólo los alimentos eran capaces de aliviar un poco esa oquedad en mis entrañas. Su ausencia me era insoportable. Preparaba sus platos preferidos para sentirlo cerca; me sentaba a ingerirlos en el sofá con la urna a mi lado, y ponía la película que él habría escogido, emulando los tiempos pasados, en un intento de encontrar consuelo. Al irme a la cama usaba su pijama para embriagarme con los olores que todavía conservaba. También metí un puñado de cenizas debajo de la almohada; tenía la leve ilusión de poder soñarlo, si es que en algún momento de la noche me era dado conciliar el sueño. Pero todo lo que hacía era en vano: el hoyo seguía ahí. Únicamente comiendo hasta el hartazgo podía lidiar con mi desazón.

A seis meses de su muerte no entraba ya ni en los vestidos más holgados. Mi aspecto me había tenido sin cuidado. Pero una tarde volteé hacia el espejo. La imagen que encontré me hizo salir de golpe del marasmo en el que estaba atrapada: mis ojos habían perdido el brillo entre las profundas ojeras y la grasa acumulada debajo de la piel deformó mi cuerpo por completo. La flaca que él amaba se había esfumado a fuerza de extrañarlo.

Esa idea lacerante me produjo de pronto unas intensas ganas de vomitar, como si quisiera expulsar todo el malestar que me aquejaba. Se me llenó la boca de saliva y el agrio revoltijo ascendió de súbito en un desgarrador espasmo, seguido por otro, y otro más, dejándome vacía y borrando ese grotesco reflejo, al deslizarse sobre el vidrio los restos de la cena. Con los líquidos mezclados en mi la cara, temblaba entre sollozos que no podía frenar, en tanto, mi pensamiento adquiría mayor claridad a cada instante. Empecé a tener conciencia de mí misma y en mi mente se fueron proyectando las morbosas escenas de la rutina que seguí a partir de la muerte de Gerardo. El prolongado llanto fue tornándose lentamente en una sensación de calma que tenía ya en el olvido. Abrí la ventana, respiré el aire fresco de la madrugada, y una lucecita de felicidad surgió dentro de mí. Entonces solté en el viento las cenizas para dejarlo ir.

En los días que siguieron visité al nutriólogo y me propuse hacer limpieza. En el cajón de su buró había un sobre con fotos recién mandadas a imprimir. En la primera aparecía Gerardo saliendo de una regadera que no reconocí, la segunda mostraba a Julián apenas cubierto por una toalla, la siguiente era una selfie de los dos besándose en la boca. “¡Maldito desgraciado!” Se me subió la sangre a la cabeza, y otra vez, las lágrimas rodando, pero esta vez de rabia y frustración por no poder abofetearlo y escupirle y gritarle que lo odiaba y que ojalá se pudriera en el infierno. Furiosa, daba vueltas por el cuarto, me jalaba los pelos, pataleaba. “¡Si lo hubiera sabido!, ¡pinche idiota! Y más idiota yo que sufrí tanto por él”. Mientras gritaba al aire estas palabras, recordé que aún guardaba dos litros de helado de vainilla en el congelador, y me encaminé a la cocina a devorarlo. ¿Qué más podía yo hacer para mitigar la ira que me quemaba el alma?



 


Estimado señor

Amparo Vazbel


Estimado Señor:


En primer lugar he de decirle que me dirijo a Usted en estos términos en un sentido estrictamente protocolario pues es sobradamente conocedor de la falta de estima que nos profesamos mutuamente desde que me echó de su…llamémosle...Holding.

En segundo lugar, le recordaré que los injustos motivos de aquella expulsión, junto a la de otros compañeros que compartían mi misma idea, fueron los de acusarme de rebelión contra su poder y de soberbia por querer igualarme a su categoría. Se equivocó plenamente cuando me relegó en mi puesto de Lucero del Alba, pero no logró desmoralizarme. No me negará que he sabido aprovechar mi talento y que me he convertido en un Adversario digno de consideración.

En este momento, quiero hacerle constar que tengo el apoyo de muchos de sus Subordinados. Han venido a mí en repetidas ocasiones para quejarse de su inacción en situaciones en las que su intervención había sido requerida. Usted mismo tuvo que delegar en la figura de su Hijo, e incluso sacrificarlo, para solventar su ineficacia ante la actitud subversiva de estos a los que dirige. Yo nunca he necesitado realizar semejante acto porque basta mi atractivo físico y mi arrebatadora personalidad para ganarme la confianza de todo el mundo.

Le demostraré lo considerado que soy con Usted reconociéndole el mérito de haber fundado una Empresa partiendo de la Nada. No voy a negar que se entregó día y noche laboriosamente para poner los cimientos, pero su primer error fue el de tomarse un descanso durante un día entero. Dónde se ha visto que alguien con tanta responsabilidad descanse. Míreme a mí: yo nunca duermo, de ahí mi reconocida eficiencia.

El siguiente error, si me lo permite, fue la designación de su Hombre de Confianza, Adán. Un ser débil y excesivamente vulnerable, un hombre de barro, al fin y al cabo. Y ya la gran metedura de pata, que no ocultaré que para mí resultó realmente ventajosa, fue designarle una compañera, Eva, si no mal recuerdo. Ahí estuve inigualable demostrando mis aptitudes dialécticas y artísticas, con mi cuerpo brillante y escamoso de Serpiente. Sabrá que los llevé fácilmente a mi terreno.

Por otra parte, lo veo cansado y viejo. Yo, sin embargo, estoy en plena forma. Soy el alma de las fiestas, se me reconoce socialmente, soy influyente y, no es que lo diga yo, pero todo el Mundo se divierte mucho más conmigo. Es cierto que luego lo pagan caro cuando se ven en la obligación de trabajar para mí. Soy un jefe implacable, no como Usted. Reconózcalo: no vale para ser jefe. El dirigir una Empresa como esta es incompatible con dar a los Empleados el derecho a decidir sobre sí mismos, esa bobada que Usted llama libre albedrío. Claro, luego sale cada uno por donde le parece.

Finalmente, quiero aclararle el motivo de mi carta, que no es otro que comunicarle la inminente absorción de su Empresa por mi parte. Yo seré el próximo Director y en esta ocasión no va a poder impedirlo. Siempre he sido un emprendedor, lo reconozco y he ganado millones de adeptos gracias a mis geniales productos de merchandising como son el dinero, una pizca de poder, la propagación de la imagen, la necesidad de reconocimiento por parte de los demás, el disfrute de la carne que lleva al placer máximo, la satisfacción del apetito más allá del hambre, además de una serie de capitales a los que Usted y sus defensores le adjudican el sustantivo de “pecados”; sin embargo, se trata de productos altamente demandados.

Me consta que ha anunciado Usted represalias contra todo aquel que se rebele y lo ha hecho figurar en ese Boletín Oficial que llama Apocalipsis, en el versículo 15:2-4, amenazando con una segunda intervención de su Hijo con un poderoso ejército. No le va a valer de nada. Mi opa hostil ha triunfado y en estos momentos la evidencia de que mi número de seguidores está por encima del suyo es clara; la tendencia, además, está creciendo. Si estuviese en su lugar, aceptaría un retiro honroso, o bien con lo que le corresponde por su jubilación o como presidente honorífico de una de mis numerosas Empresas.


Y sin más que añadir por el momento lo saluda atentamente,



Satán



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