Arte y doma de la palabra salvaje, por Álex Casas




Todos los nuevos asistentes al curso “arte y doma de la palabra salvaje”, los que recién acaban de incorporarse, no pueden soltar sus miradas del pequeño cofre que el mentor acaba de dejar encima de su mesa, todos menos uno. Todos, anclados a sus pupitres, tienen ante si sus propios cofres. Abiertos, vacíos y pendientes. Los protegidos permanecen fascinados viendo como la caja del maestro se mueve de vez en cuando con una pequeña vibración, que logra cierto desplazamiento sobre el gran escritorio que preside el aula, como si hubiera dentro algo que deseara salir.


Las libretas llenas de apuntes. Las cabezas rebosantes de ideas. Los que asisten a estos cursos no son simples funcionarios del sistema. Tienen sueños. Aspiraciones. No se conforman con ser sencillos ejecutores en toda esta tramoya, que constituye el entramado oculto que fabrica y mantiene el lenguaje. Son espíritus inquietos, aquellos que desean ir más allá. Quieren ser creadores, domar el arte de la creación de palabras, equipar de denominación a aquello que aún no tiene nombre.


Todos los presentes ansían poder armar su primer artefacto inédito, cerrar la tapa del cofre y esperar unos días para certificar si han tenido éxito. Si la innovación arraiga y logra cierta maduración tiene muchas posibilidades de sobrevivir. La tasa de éxito no es muy alta, a casi todos se les mueren sus palabras, se despiertan una mañana y se encuentran su cofre abierto y de nuevo vacío. Algunas veces, muy pocas en realidad, un protegido crea una palabra que ya existe, pero que está tan en desuso que todos la hemos olvidado. Cierra su cajita y al final de la maduración en vez de moverse y mostrar sus primeros impulsos de vida en su interior, empieza a desprender calor, mucho calor. Al cabo de unos minutos la caja arde por completo, de nada sirve que le tiren agua, cuando una palabra vieja arde dentro de una incubadora de palabras nada la detiene.


El curso no termina ni empieza nunca, son los alumnos los que lo dan por concluido. Unos, los que logran crear una palabra que germina y logra su propio oleaje en el océano del lenguaje, dejan la escuela para empezar su camino como maestros creadores. Otros, la gran mayoría, acaban rindiéndose ante tanto fracaso continuado y abandonan las aulas; es comprensible, no es fácil germinar una palabra, darle toda tu sabiduría, todo tu amor, todo tu tiempo y perderla una y otra vez, son heridas que uno va acumulando hasta que ya no puede sostenerlas más. Y los últimos, los que nunca han llenado el cofre ni una sola vez. En toda aula siempre hay uno como mínimo, son seres que llevan años trabajando en una gran palabra. No un tecnicismo atmosférico o una nueva palabra para internet cualquiera, esas se crean a diario y la mayoría son extranjerismos deformados con sufijos patrios. Ellos van a por la gran ballena, una palabra que se instaure en el vocabulario de toda la población mundial, un vocablo tan sólido como pan, tijeras o fraude. Son tipos que pretenden remover los últimos significados, los más difíciles, los más esquivos, dotándolos, al fin, de un nombre. Su persistencia es loable, aunque también se exponen a otro tipo de riesgos.


Y es allí donde el mentor hace hincapié para advertir a los nuevos sobre el peligro de convertirse en uno de ellos, y para que su búsqueda de un nuevo significante no se convierta en una trampa para si mismos, siempre da el mismo ejemplo. Habla de un alumno que no se contentó simplemente con algo difícil, como por ejemplo, nombrar el primer rayo de sol que aparece por el horizonte al amanecer, que es un proyecto serio. No, él pretendía dotar de nombre a las mujeres que habían perdido a sus hijos. Su argumento era consistente. Afirmaba que quien pierde a su esposo o esposa es un viudo o una viuda, los que pierden a los progenitores son huérfanos, pero las que pierden a los hijos, ¿cómo se denominan? Insistía en que ahí faltaba un nombre.


Primero jugó con la idea de quitarle la eme a madre, luego fantaseó con sustituirla por una hache, luego se enredó con añadirle un sufijo y todo fue una espiral que lo atrapó sin dejarle salida. Se encalló en el proyecto porque no cayó en la cuenta, que hay cosas que no desean ser nombradas. Términos que describen un extremo tan difícil de asumir, que no son incluidos en el lenguaje. Nadie quiere cargar con ellas en su vocabulario.

Y el mentor termina siempre este tipo de charlas advirtiendo que si no le creen pueden preguntarle personalmente al alumno que se sienta al fondo del todo.

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