"El ajuar de mamá", por Almudena Villalba. "Muévete, Reina", por Teresa Olalla.

Esta semana tuvimos un empate entre dos grandísimas escritoras. Esperamos que disfruten mucho de sus relatos.




El ajuar de mamá, de Almudena Villalba


Es domingo y hemos terminado la partida de ajedrez semanal. Me he dejado ganar como de costumbre. No soporto el mal humor de mi padre cuando pierde. He aguantado sus machaconas historias para que esté alejado del maldito vodka. Odio escuchar de nuevo: «este ajedrez lo llevó tu madre como ajuar(1) en la boda, ya ves, ella que no tiene coco ni para mover un peón». Luego repite: «cada pieza trabaja para proteger al rey, no lo olvides, Nicolai». En ese momento deseo que se enganche a la botella para que cierre la bocaza y me deje en paz hasta la hora de comer. Ya le oigo gritar:

̶ ¡Katia! ¿Comemos de una puta vez?

Mi hermana da un respingo. A mamá le tiembla la mano al dejar el cubierto sobre la mesa. Papá increpa:

―Cada vez eres más lenta. ¡Inútil!

Mi hermana intenta levantarse del sofá, pero el brazo de mi padre le cae de lleno sobre el hombro, y la sienta de golpe. Suelta un, « ¡Ay!», le sorprende el pescozón en la nuca y la frase que le escupe: «Ahora te quejarás con motivo».

Contemplo la escena desde la escalera. Mientras contengo la respiración piso cuatro baldosas en línea recta y me siento a la mesa. Cojo aire, él no se percata. Mamá se va a la cocina a por la olla. Mi padre sigue repanchingado en el sofá frente a las dos botellas de vodka vacías, su mano pasa torpemente por encima de los cascos y los tira, uno de ellos cae al suelo y se rompe.

― ¡Ven a limpiar esto, mujer!

Mamá deja la olla en la mesa y va rápidamente a por la escoba. Ya he perdido la cuenta de los pasos que da. Se acerca al sofá, y cuando va a barrer los cristales, mi padre la agarra del brazo y la hace caer. Mamá se corta con uno de los cristales y un hilillo de sangre le cae por la pierna. Mi hermana no se mueve. No sé si respira. No veo que su pecho se mueva. El de mamá sí lo hace y rápido, arriba y abajo, arriba y abajo. Mi padre se levanta y de un solo paso se acerca a la mesa.

― ¡Mujer, ven a servir la comida de una maldita vez!

Mamá coge el cazo y comienza a servir la sopa. Mi padre toma un sorbo. El golpe sobre la mesa me pilla desprevenido. « ¡Joder! ¡Está frío!», dice, me empiezan a doler las manos de tener los puños apretados. Mamá no levanta la mirada de la olla mientras sigue sirviendo el resto de los platos. « ¡Esto no se puede comer! ¡Está asqueroso!», ladra. La silla hace un fuerte ruido al caer sobre el suelo, la figura estremecedora de mi padre se alza delante de mamá. La bofetada que le suelta suena aún más fuerte que el golpe de la silla, mi hermana se levanta y avanza cinco pasos en línea recta hasta enfrentarse a él.

― ¡No la toques! ―grita.

Nunca he visto tanta rabia en los ojos de mi padre. Mi hermana retrocede cuatro pasos, hace un quiebro a la izquierda. Se acurruca detrás del sofá. Él se acerca de un paso y le agarra del pelo, la arrastra hasta la mitad del salón y le arrea una patada. Ella se ha cortado con los cristales, pero no lo nota. La orina se mezcla con la sangre que le gotea por la pierna y pinta un charquito rosa en el suelo de damero. Mamá no se mueve. « ¿No es capaz de dar un paso adelante ahora, con todo lo que se suele moverse? ¿Será verdad lo que dice mi padre del peón?», pienso. Mi hermana solloza. Mientras mi padre se ensaña con ella, voy de puntillas hasta la cocina. Cojo las tijeras, que encuentro sobre la encimera, y regreso. Mi padre no se ha dado cuenta de que me he marchado. Mamá pide silencio colocando el dedo sobre su boca. Mi hermana sigue en mitad del salón hecha un ovillo. Creo que he batido mi propio récord sin respirar. Me acerco directo hasta mi padre y le clavo las tijeras en el cuello. Se gira lentamente, me mira con los ojos muy abiertos y echa mano a las tijeras, las saca de un tirón, hace ademán de clavármelas en el pecho. Ni él ni yo nos hemos percatado de que mamá está detrás. Tiene la olla y, antes de que ninguno podamos reaccionar, le atiza con ella en la cabeza. Mi padre se desploma. Mi hermana le quita la olla a mamá, gira a la derecha y la deja caer sobre la frente de mi padre, una, dos, tres veces...Esta vez ninguno de los tres protegeremos al rey.


(1)En Ucrania las novias, cuando van a casarse, reciben como parte de su ajuar un tablero de ajedrez; se considera allí que toda mujer debe conocer este juego, como parte de su preparación para la vida en pareja.



Muévete, Reina, de Teresa Olalla


Cada vez le pedían cosas más raras. Cuando J le llamó para contratar sus servicios recalcando la importancia de que no supiera jugar al ajedrez, mintió un poco. Conocía lo más básico del juego.

Entre los corpiños, los trajes de ama y los disfraces de madre lactante, buscó un mono blanco. Le hubiera sido más sencillo ir de negro. Finalmente escogió una malla bodydoll de encaje.

Después de un trayecto en taxi en el que María se dijo así misma que ese sería su último cliente, llegó a un edificio antiguo del centro. Subió al último piso en ascensor tan viejo que parecía que se fuese a desmontar.

Un suspiro antes de llamar al timbre. Escuchó el cerrojo. María esperaba encontrarse con un señor tan viejo como el ascensor, pero le abrió la puerta un joven relativamente atractivo vestido de negro.

—Hola, soy J —se presentó el joven.

María le entregó el abrigo. Una sonrisa casi pueril se dibujó en el rostro de J, que colgó la prenda en su perchero.

—Siéntate, por favor.

María vio cómo J se perdía por un pasillo largo y estrecho. Se sentó en una silla de madera, en la mesa estaba colocado el tablero con las figuras de ajedrez. Por cómo le exigió ir vestida se sentó en el lado de las blancas.

—Toma, ponte esto, quizás tengas frío.

—Si tú quieres no tengo por qué —Se mordió los labios rojos.

No obstante, María se puso el albornoz blanco, dejó al descubierto el pecho, aunque J no mostraba el menor interés en él.

—Sales tú —ordenó el joven.

María movió un peón. La partida había comenzado, J hizo el siguiente movimiento. No le importó que ella moviera las figuras sin seguir ninguna regla, del mismo modo le pareció que J no seguía tampoco las normas del juego, sin embargo, era lo único que le interesaba. Solo miraba las manos de María, seguía sus movimientos, apenas pestañeaba y tras mover alguna figura negra de sus labios salían susurros que María no lograba comprender, tales como «tengo suficientes peones». Ante el poco interés hacia su cuerpo cerró el albornoz. «Este chico no gasta en calefacción» se dijo.

J quitaba las figuras a su antojo, una vez María movió el caballo por medio tablero y él quitó su torre. En la siguiente jugada hizo una especie de circuito por todo el tablero con la torre negra para terminar comiéndose el último alfil blanco después de decir «definitivamente no es un alfil».

Los ojos de María estaban tan abiertos que parecía carecer de párpados.

Pasada hora y medida J miró fijamente a María. Su sonrisa ya no era pueril.

— Ya tengo a mi reina. Jaque mate —J tiró la reina de María que se quedó boquiabierta, hasta donde sabía el jaque era al rey.

—¿Qué quieres hacer ahora? —María se levantó, estaba harta de ese juego. Dejó caer el albornoz.

—Me gusta tu pelo rojo.

María se sentó a horcajadas encima de J y le puso los pechos en la cara. Sintió las manos sudadas del chico en su culo.

—Muévete, reina —La voz de J quiso ser sensual.

María se revolvió. Esa orden le sentó peor que aquella que le dio un cliente grosero al decirle «trágatelo todo».

—¿Cómo? —María cogió la cara de J con una sola mano decidida a demostrarle el servicio que había contratado — ¿Cómo te atreves, siendo un peón de mierda, a dar órdenes a una reina?

—Pe… per... perdón…

—¿Así es cómo crees que debes comportarte? —María le dio un bofetón —Vas a hacer lo que te diga, eso es lo que hacen los peones.

María se levantó, puso el pie derecho en la entrepierna de J.

—Ahora, lame el za…

—Pero yo…

—¡No he terminado, no me interrumpas!

El joven obedeció. Cogió el pie de María, tiró la silla y se agachó mientras ella hizo alarde de su gran equilibrio. Continuó con su lengua por el tobillo.

—No te he dado permiso para subir.

La partida había comenzado. Empujó con suavidad a J, pero no cayó al suelo. La mirada del chico se tornó severa, oscura como su ropa. María supo que el siguiente movimiento sería un ataque, pero no cual.

—No sé por qué te has creído que soy un peón.

Se levantó del suelo, cogió a María del cuello con ambas manos y le dijo:

—Si te digo que te muevas, tú te mueves, reina.

La presión ejercida en el cuello de María hizo que su respiración se dificultara. Trató de zafarse sin éxito. Las manos arañadas de J siguieron presionando hasta que la joven dejó de moverse.

J arrastró el cuerpo de María hasta una habitación con el suelo pintado con cuadros negros y blancos. En él colocó el cuerpo de la joven en la casilla D1.



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