Elige, por Teresa Olalla




Odiaba verme reflejado en sus putas gafas, pero este tío siempre me ofrecía algo bueno.


Recuerdo nítidamente, pese al colocón que llevaba, el día que le conocí.


Estaba en el bar de mi amigo. A esas horas ya debía haber cerrado, pero nos dejaba a los de siempre dentro, con el cierre a medio echar.


Un cubata de ron casi sin hielo y unas rayas en el mostrador. Ese fue el percal que se encontró al salir del aseo. Él estaba sobrio, con una cara inexpresiva que luego descubrí que no cambiaba en ninguna circunstancia.

—¿Estás satisfecho con tu vida?


Con los ojos congestionados por el alcohol y la cocaína le dediqué una sonrisa indiferente, pensaba que me iba a meter una chapa moralista.


—Mucho —contesté.


—¿Seguro? ¿No hay nada que quisieras cambiar?


Fijé mejor la mirada, por un momento pensé que me estaba hablando el terapeuta de una asociación a la cual fui para dejar mis vicios hace unos años.


—No jodas —Di un trago al cubata y encendí un cigarro.


El tío cogió el pitillo, lo tiró al suelo y lo apagó. Boquiabierto miré a mi alrededor. «¿Dónde coño se han metido estos?» me pregunté. Que aquel tío hubiera salido del baño cuando ya no quedaba nadie allí no me extrañó, pero que mis colegas, incluido el dueño del bar, se hubieran esfumado… eso hizo plantearme que me había pasado esa noche.


—Contesta.


—No me des el coñazo, tío, dime qué quieres.


—Que me digas —Su voz se me sonó como la de Constantino Romero —, si hay algo de tu vida que quisieras cambiar.


En ese momento sacó dos píldoras, una roja y blanca, la otra azul y verde. Mis ojos se llenaron de ilusión, era un camello que me quería vender alguna mierda.

—Digamos —extendió las manos, una píldora en cada una de ellas —que te doy dos opciones: si eliges la píldora de la mano derecha podrás superar todos tus vicios sin sufrir síndrome de abstinencia; si tomas la de la izquierda podrás manipular la mente de quien tú quieras. Nadie te puede ayudar a decidir. Si aceptas el juego, no podrás abandonar.


«¡Menudo pirado!» pensé.


Reconozcámoslo, nunca he tomado buenas decisiones.


Al día siguiente quise comprobar si era cierto lo que el puto tío de las gafas de espejo me había prometido por coger la píldora verdiazul. El dueño del bar no solo borró la deuda que tenía acumulada allí, sino que además me dejó la cuenta abierta sin restricciones y no solo en alcohol.


Cada viernes el tío salía de nuevo del baño y me encontraba en similares circunstancias. Metía su mano en el bolsillo, con una píldora en cada mano me ofrecía una disyuntiva.

En otra ocasión podía elegir entre cometer el robo que quisiera y salir impune o vengar una injusticia, la que quisiera.


—Ten en cuenta que nadie sabrá nunca lo que has elegido, solo obtendrás el resultado al día siguiente.


Joder, el tío con la voz de Constantino no me ponía fácil tomar una decisión moralmente aceptable.


Otro viernes que me extendió las manos y me dijo:


—Elige —Otra vez píldora rojiblanca o píldora verdiazul —. Si tomas esta podrás volver a hacer el amor con esa chica, sabes a quién me refiero, si tomas esta podrás tener sexo con la mujer que desees.


—¿Con cualquiera?


—Con cualquiera.


¡Casi doy palmadas con las orejas, no había opción mala! Supongo que sabréis cual cogí, ¿no?


La más divertida fue aquella en la que serio como siempre me dijo:


—Esta vez va a ser algo diferente. Elijas la opción que elijas, la humanidad va a perder algo. Si te tomas la pastilla de la derecha jamás, ja-más habrán existido los Beatles, ninguno de sus componentes, ninguna de sus canciones. Por el contrario, si eliges la izquierda no habrán existido los Rolling Stone.


Os habréis quedado igual, supongo. Esto es porque Yesterday para vosotros solo es ayer en inglés. Lo recuerdo y me meo de la risa.


Ayer le tenía frente a mi con sus gafas de espejo. Veía mi cara reflejada en cada uno de sus cristales. Llevaba toda la semana allí metido bebiendo. Mi nariz no podía contener su mucosidad y lo único en lo que pensaba era en quitarle las putas gafas. Metió la mano en el bolsillo y sacó las pastillas:


—Si eliges esta cambiará tu perspectiva del juego, lo vivirás de una manera que no imaginas, ¡será excitante!, pero estarás sobrio. Si optas por esta otra me sustituirás… Eso sí, se te acabarán el alcohol y las drogas.


—Joder… ¿cuándo acabará este puto juego?


—Ya lo sabes.



Por primera vez en años me despierto sin resaca. ¡Qué sensación más rara!

«¡Qué cojones! Sí, estoy seguro, elegí la primera pastilla, ¿qué coño hago con las putas gafas puestas?»

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