Elvira Toro, David Soto, Ana B. Aguilar, Merche Capricornio y Lucía Arjona ganan el desafío semanal



AMOR POST MORTEM

Elvira Toro


Ahí estaba yo, sumergida en el río Hudson, con los pies enterrados en dos bloques de cemento. Y yo no era la única muerta. Aquello parecía un camposanto de los antiguos socios, las furcias chivatas y los matones a sueldo que mi marido, Joe Terrazzo, decidía eliminar. Éramos una plantación variopinta de cadáveres bajo el agua. Ser la mujer del tipo que dio la orden de asesinarlos no me hizo precisamente muy popular en ese lugar. No sabéis lo sola que me sentía rodeada de tanto esqueleto hostil. Y Lo peor de ese tipo de muerte no era que la humedad me dejara el pelo como si tuviera rastas de esparto, ni el descontrol de gases provocados por la putrefacción de mis órganos, ni que mi carne fuera devorada por los peces carroñeros. Lo que más duro resultaba era escuchar por boca de aquellos memos las mismas batallitas de matón por toda una eternidad.

No sé cuánto tiempo llevaba yo ya bajo el agua, cuando llegó Carter. En aquellos últimos minutos de su vida, agitó sus manos atadas en un intento vano de salir a flote. Intentaba balancear su cuerpo, pero el cemento, igual que al resto de nosotros, le arrastró al fondo, hasta posarle a unos dos metros de mí. Me mantuve en silencio. Asumir la propia muerte es un acto íntimo y personal. Los otros cadáveres, mientras, decían entre risas: «Otro que ha pringao». Y se quejaban de lo masificada que estaba la zona. ¿Qué se podía esperar de esa gentuza?

Reconocí en seguida a Carter. Había sido el agente encargado de investigar a mi marido, y yo ahora, la difunta esposa del mafioso que le mató. Pero es curioso cómo la muerte cambia las relaciones y, con el tiempo, nos enamoramos. Él era muy diferente a los demás cadáveres. Me gustó de él su educación, su gran sensibilidad e inteligencia. Carter sabía hacer que una muerta se sintiera especial. Aunque, en vida, él jamás se habría fijado en mí, en el más allá acuático congeniamos a la perfección. De algún macabro modo, le agradecía a Joe haberse deshecho de él en aquel río. Encontrarnos solo podía ser cosa del destino.

Nuestra felicidad nos convirtió no solo en los muertos más odiados, sino también en los más envidiados del lugar. A pesar de las malas compañías, disfrutábamos del amor ajenos a todo. Pasábamos el tiempo conversando sobre nuestros anhelos, sobre nuestras familias e hijos y sobre todas aquellas cosas que añorábamos de cuando vivíamos.

Carter era un romántico. Me recitaba poemas que inventaba para mí. Decía que en las cuencas vacías de mis ojos se adivinaba la más profunda de las miradas. Sé que nadie entenderá que se pueda amar de un modo tan intenso tras la muerte, pero os juro que jamás me sentí tan viva ni tan amada. Soñábamos con desvincular nuestras almas de nuestros maltrechos huesos para poder vagar juntos eternamente, pero no lo conseguimos. Estábamos condenados a existir atados a los restos de nuestro cuerpo hasta desaparecer consumidos por la humedad y las bacterias. Aun así, nos sentíamos dichosos estando a dos metros de distancia el uno del otro. Siempre tan cerca y a la vez tan lejos…

Entonces llegó el invierno y con él un enorme temporal que trajo días de lluvia. El caudal del Hudson aumentó, y el agua arrastró todo aquello que encontró a su paso. La mayoría de los cadáveres, temerosos de desaparecer para siempre si sus huesos se destruían, se aferraron con todas sus fuerzas a los bloques de cemento que sujetaban sus pies. Yo me abandoné a la corriente. Pensé que era la ocasión que necesitaba para poder acercarme a Carter. Mis tibias quedaron enganchadas a los zapatos de hormigón, pero mis débiles rótulas cedieron a la presión. La corriente me empujó hacia él. Nos aferramos el uno al otro como pudimos. Conseguí con lo que quedaba de mi mano derecha cogerme a uno de sus brazos. Sus huesos no pudieron sostener el peso de ambos esqueletos y el ímpetu del agua nos arrastró agarrados el uno al otro. Un cadáver que encontramos a nuestro paso sujetó con fuerza el fémur de Carter. Las falanges de mi mano cedieron por la presión de la corriente alejándome de él.

Con cada bandazo, con cada golpe, mis dañados restos se iban pulverizando. Todo me daba igual ya. Deseé desaparecer para siempre. …Pero sorprendentemente, el fin de mi cuerpo material solo fue el inicio de un nuevo estado. Sin huesos a los que aferrarse, mi alma, se liberó de su prisión. Y desde ese momento vago por el río Hudson a la espera de reencontrarme con el amor de mi muerte.



 


LA CENA DEL SEÑOR PIMIENTO

David Soto


—Y a ti, ¿cómo te gusta que te pelen? -dijo el señor plátano, con una pícara mirada.

—¿Perdón? -preguntó, desconcertado, el señor pimiento.

— Que cómo te gusta que te pelen, ya sabes. Más rápido, despacio, con pelador…

—Disculpa… creo que esa no es una pregunta que haya que hacerse en una primera cita…

—Bag, otro mojigato de esos… ya no hay nadie que busque divertirse por Frutinder -contestó el señor plátano, antes de levantarse de la mesa e irse.

El señor pimiento se había quedado solo en aquella cafetería de nuevo, como otras tantas veces. “¿Por qué tengo que ser así?”, se preguntó a sí mismo. Hacía años que intentaba encontrar pareja, pero sentía que ninguna fruta le hacía feliz. Ya había madurado hacía un tiempo, era hora de formar una familia, como le decía su madre. Tenía miedo de empodrecerse antes de encontrar a su media naranja. Había probado con frutas de muchas clases, vaya que sí lo había hecho… y esta última velada con el señor plátano destrozó por completo las esperanzas del señor pimiento.

Cogió su Frutófono, y abrió una vez más su aplicación de citas. No encontraba su match perfecto, nadie conseguía hacerle sentir nada. Pero aun así, trataba de conocer otras frutas. Miró a su alrededor, y no paraba de ver las felices parejas que convivían en Vegetópolis. Todas las mesas en torno a él disfrutaban de una tierna velada. Todas menos una, donde se encontraba una zanahoria sin acompañante.

Al verla, el señor pimiento sintió un cosquilleo en el tallo. Él quería ser como el resto de frutas, aunque notaba que, desde su adolescencia, no sentía atracción hacia ellas, ni siquiera se sentía como una. Sin embargo, las diversas verduras que podía conocer conseguían calentar sus semillas. Pero, ¿cómo le iban a gustar las verduras? Él era una fruta de la noble familia de las solanáceas. Era un tema que le carcomía desde bien joven, desde que empezó a darse cuenta de que disfrutaba más entablar amistad con verduras que con las frutas, de que sentía formar parte de ellas, aunque la sociedad dijera que no. “Pero, ¿qué es realmente ser una fruta?”, se preguntaba, “¿Por qué no puedo ser una verdura?”.

Las normas eran estrictas, y lo sabía. “Las frutas no pueden casarse con las verduras”, gritaba el reverendo manzana. Esas frases le traían por la calle de la amargura, que ya era decir bastante teniendo en cuenta el verdoso color de su cuerpo. Hacían que se reprimiera, y enterrase sus deseos más profundos para que nadie los viera. El señor pimiento dejó de lado sus pensamientos, y comenzó a observar detenidamente a la señora zanahoria. Sus danzantes hojas, que movía con soltura para encandilar el ambiente. Su firme figura, con ese color concedido tras un largo periodo de madurez bajo tierra. Era la verdura más bonita que había visto en la vida. Llevaba un Verdurófono en la mano, con el Verduroo abierto. En su cara se reflejaba una expresión triste. El señor pimiento supuso que le habían dejado plantada. Se levantó, y actuó.

—Buenas noches, señorita… soy el señor pimiento.

—Buenas noches, yo soy la señora zanahoria. ¿Necesitaba algo?

—Pues… yo…

El señor pimiento no podía hablar. Se había quedado mirando sus hojas, que le parecían estar cultivadas por el mejor de los jardineros. También tenía miedo, miedo a que le juzgara por gustarle las verduras. El mundo juzgaba sin piedad… y lo sabía bien. Pero, por una vez, el señor pimiento quería seguir sus sentimientos, y tratar de comprender qué era lo que sentía. A veces, le gustaba imaginarse siendo una verdura como cualquier otra. Le gustaba verse siendo una, y conviviendo con ellas sin ser juzgado. Se armó de valor, y, tras calmar su respiración, habló.

—Veras… estaba ahí sentado y… pensaba que te habían dejado plantada.

—Si… así es. Había quedado con la señora col, pero no ha aparecido… A veces pienso que las verduras no merecen la pena.

—¿De verdad? A veces pienso lo mismo de las frutas.

La señora zanahoria se rió, y comenzaron a charlar como amigos. Sin embargo, se encontraban en un compenetrado baile de miradas, gestos y estímulos. Parecía que, cada uno, trataba de conquistar al otro de manera tímida. Un movimiento de hojas de la señora zanahoria, un delicado movimiento del tallo del señor pimiento, un furtivo agarrón de manos bajo la mesa…

—Verás, creo que…

—Si, yo también -dijo la señora zanahoria, sin dejar terminar al señor pimiento-. Se que no están bien vistas las relaciones hortofrutícolas pero… creo que me atraes.

El señor pimiento no podía creerlo. Finalmente se encontraba cómodo con alguien. Sonrió, y tras comprender quién era realmente, habló.

—Creo que tú también… y debo presentarme como es debido. Hola, soy el señor pimiento, una verdura. ¿Quién eres tú?


 


TÚ EL FUEGO, YO EL MAR

Ana B. Aguilar


¡Mira que eres capullo! Toda la vida un desastre planificando y ahora te dedicas a redactar cartas de voluntades.

No creas que me ha hecho gracia, sabías que no quería y aún así, aquí estoy; con el culo helado sobre las pequeñas chinas de colores que componen nuestra playa. Sí, he cogido la chaqueta vaquera; “que es primavera, no verano”. Ya sabes que el viento es abismal, que se cuela bajo el pantalón dejando los pelillos como escarpias. Puedo sentir tu brazo tras mi espalda, la presión de tu mano en mi hombro. Inclino la cabeza buscando el tuyo, ese hueco confortable al par de huesudo que se abría entre tu axila y tu pecho. Respiro y solo me llega el pestazo a algas podridas. Estos días ha habido tormenta y la posidonia no ha aguantado el envión. Como nosotros, la vida nos ha pasado por encima y nos ha dejado en esta orilla que huele mal, que ha perdido su resplandor y que necesita, como yo, que la tempestad amaine.

Recuerdo las hogueras de San Juan, hace años, muchos; cuando nos conocimos. Eras un cafre, bueno; tú y todos tus amigos. Tiene gracia y suena a cliché: grupo de chicos, grupo de chicas adolescentes y “saltaron chispas”. Jajaja, literalmente, Paola acabó con el pantalón achicharrado y yo me libré por ti. Eras fuego, tú: con tu sonrisa ladeada, tu melena indomable, la nariz de Robe y la voz rasgada. Yo era mar, la tranquilidad, las idas y venidas, el azul profundo del iris donde decías perderte.

Lejos de ahogarte, de apagarte con mis olas, me buscabas para beberme. Cerca de quemarme, de evaporar mi alma con las llamas de tu piel, ansiaba desecarme para curar tus heridas con mi sal, no ha podido ser. Vuelvo a ser solo mar; lágrimas como torrentes desenfrenados en un huracán, lágrimas constantes y silenciosas como litorales en calma, lágrimas convertidas en marejadas que van y vienen en su eternidad.

El oxigeno es lo que teníamos en común. El que tu fuego necesitaba para arrancar y perdurar y el del que agua se compone. Ese oxigeno que tomábamos a bocanadas en risas que nos provocaban agujetas en los abdominales, el que entraba a raudales por la garganta saliendo a gritos por las cuerdas vocales, ese que era menos denso si tú estabas cerca.

Las horas pasan sin pena ni gloria. Todas las veces que te regañé por acostarnos tarde, los malos despertares a base de gritos heavys, los blísters vacíos y sin tirar. La casa limpia y ordenada, desocupada y triste, muda y gris, me recibe cada día y me asfixia cada noche. No he desecho la última maleta y la ropa que quedaba en el armario la he repartido por la cama, en el baño, en el sofá; pero ya no huele a ti. Eso también se ha ido contigo, tu olor a colonia barata de los años noventa. No es el frasco, que he comprado a pares, eres tú la sutil diferencia, la nota discordante en las canciones que han perdido el sentido, el curry de un pollo que ya no sabe a nada. Quizás haya sido el hospital que lo deja todo inmaculado como sus paredes, insípido y desolado como la habitación en la que nos despedimos.

Te extraño capullo, no imaginas cuanto. Y no, no es algo que pueda controlar ni cuantificar, pero ya no disfruto de mis solitarios paseos matutinos para organizar los días, no hay quien los desordene. El silencio me persigue por más alta que ponga la música. La vecina del cuarto ha vuelto a quejarse al presidente, como cuando te mudaste, y esta vez, el buen hombre solo ha ofrecido un abrazo, no una reprimenda.

Mi serenidad es incertidumbre y con tu fuego fuera de la ecuación solo recibo compasión.

Es curioso como un cuerpo puede caber en una vasija tan pequeña, por suerte esos insignificantes veintiún gramos del alma no se pueden encarcelar, no existe un edificio tan grande.

No sé cuanto tiempo llevo aquí sentada, pero las rodillas me crujen, te escucho llamarme “viejecilla”, supongo que es verdad, a fin de cuentas, yo seguiré cumpliendo años y tú has cumplido lo que James Dean dijo.

El mar me recibe helado, unas olas suaves mecen mi cuerpo a su son y la espuma salada se cuela en mis ojos. Me ofrece recuerdos y yo los bebo con avidez, su sal entra en las heridas sangrantes y los peces limpian la piel muerta. Esa piel que ya nadie toca, que el sol no calienta, que se esconde bajo negros ropajes. El agua cristalina devuelve un reflejo opaco, la sombra de lo que una vez fue y no es, de lo que no será.

Abro el recipiente que ha multiplicado su peso exponencialmente y te toco por última vez. El viento te hace libre y el mar te acoge placentero. Tu fuego te consumió y ahora convertido en cenizas formas parte de mi mar, con el que lágrima a lágrima sigo unida a ti.


 


MÍO: ADJETIVO POSESIVO, PRIMERA PERSONA SINGULAR

Merche Capricornio


Habitación 213 del Centro de Menores en la seca Jaén. María del Mar levantó la mirada del puzle del atardecer marítimo que la llevaba a un mar que no conocía y respondió a Mari Cielo:

—¿Cómo dices?

—Que voy a conseguir el tatu de la Dulce.

—A ver, que todos dicen que no soy muy espabilada pero hasta yo sé que no se puede mangar un tatuaje. ¿Lo quieres copiar? A mí me mola mucho. Un delfín encima de una ola. Vi letras formando una palabra….

—Pedro. Pone Pedro —escupió con todo el odio que tenía dentro.

—Joder, será cabrona. Todo el mundo sabe que Pedro es tuyo para siempre aunque hayáis cortado. ¿Se metió entre vosotros? ¿Por eso cortasteis? No me contaste

—No, tía. No me rayes con tus preguntas. Pero necesito saber si me vas a ayudar a quitarle eso a la pava.

—Sí, claro. Pero entonces, habrá que conseguir una pistola laser o algo así. Y pillarla, claro, que eso es mazo difícil.

—Solo hace falta un cuchillo.

Mari Cielo, a quien le encajaba el nombre como una camisa cuatro tallas más grande, ofreciendo una pequeña pieza azul océano a su compañera, sonrió. Y no dijo más.

La noticia llegó una semana más tarde. Dulce, alumna del Centro, había sido hallada muerta, muy cerca de una discoteca, escondida bajo unas lonas. Por el estado del cuerpo de la muchacha era imposible pensar en un accidente.

Mientras durase la investigación policial, la Dirección del centro decidió, con el fin de proteger a sus chicos, restringir lo máximo posible los permisos. Medida no negociable.

Las protestas se impusieron a las preguntas o la tristeza por la pérdida de una de ellos. La libertad era el mayor tesoro.

La puerta de la habitación 213 permanecía cerrada. Dentro María del Mar continuaba construyendo su sol buscando piezas cuadradas de color suave anaranjado.

—Te pasaste un montón —susurró.

—¿Me pasé? Lo hicimos juntas. Y no sucedió nada que no mereciera. ¿Viste como se restregaba a ese viejo que la invitó a una copa? Era una guarra y nos tendrían que dar las gracias.

—No hacía falta acuchillarla tantas veces. Mari Cielo, le arrancaste mogollón de trozos de piel. Casi poto al lado, joder.

La quinceañera miró a su amiga, algo más joven y pequeña, de inmensos ojos marrones y dos trenzas de raíz, y la respondió:

—Estoy jodida. Sigo sin poder acercarme a mi hombre, para que no sospechen. Y le veo hablando con unas y otras y me dan unas ganas de

—Madre mía —la interrumpió—, recuerda que Pedro es el cocinero del centro y el que pasa las pastis. Tendrá que hablar con la gente para mantener el negocio, digo yo.

Cinco días más tarde, la señora de la limpieza se quejaba ante la Dirección. Algo había en alguna de las cuatro habitaciones que formaban el pasillo azul que desprendía un olor difícil de definir, pero le ponía el vello de punta.

El director acompañó a la mujer que, hasta ese día no le había dado problema alguno, aprovechando que los alumnos estaban en clase. Saludaron a una alumna que dejaron atrás. En principio no notó nada, pero según iba acercándose a las habitaciones 213 y 214, las neuronas olfativas avisaron del peligro. Un olor sutil pero desagradable lo impregnaba todo. El hombre no sabía definir qué era pero necesitaba que desapareciera. Quizá unas patatas o unas naranjas, pensó, olvidadas en un cajón. Se sorprendió de lo absurdo de su razonamiento. El director puso la mano en el pomo de la 213 dispuesto a descubrir qué pasaba.

María del Mar había pedido permiso para ir al baño. Se aburría en la clase de tecnología y necesitaba estirar las piernas. Camino de los aseos, se cruzó con el director y la limpiadora que continuaron andando hacia la escalera a la vez que la trabajadora insistía al hombre que también él notaría el olor en cuanto se pisara el pasillo azul

Paralizada, asustada, la joven sintió que una ola invisible arrancaba de ella todo cuanto había desayunado, incluso cenado, haciéndola vomitar una y otra vez sin llegar a los servicios.

El ruido de las arcadas hizo salir a los compañeros.

Mari Cielo la miró con asco.


 


COSAS DEL DESTINO

Lucía Arjona


Son las siete de la mañana, acabo de abrir la cafetería y sé que en cualquier momento aparecerá por la puerta Aurora, mi clienta favorita. Adoro a esta mujer. Aurora es toda luz, a pesar de ser pequeñita llena por completo el local nada más entrar. Coqueta como ella sola, no me ha confesado nunca su edad, pero debe andar por los sesenta años, aunque se mantiene genial y viste como una mujer mucho más joven, con camisetas, vaqueros, botas moteras o converse, cazadoras de cuero, y ese corte de pelo tan cortito y tan rockero que sienta tan bien a su cabello blanco.

Me dedico a poner en marcha la cafetera, mientras pienso en lo segura que estoy de que nada más abrir la puerta volverá a hacerme la misma pregunta de cada día, y mucho me temo que hasta que no reciba la respuesta que desea escuchar, no va a parar.

—Buenos días niña, hoy es el día ¿no? Hoy por fin le dirás que sí.

Giro la cabeza con una sonrisa al escuchar su voz a mi espalda, y veo que ya toma asiento en uno de los taburetes altos al otro lado de la barra.

—Buenos días Aurora. Cómo sabía que ibas a empezar otra vez con esto. Ya sabes que no me atrevo. ¿Lo de siempre?—pregunto mientras elijo su mug favorito de la estantería sobre la cafetera, sin esperar respuesta.

Pongo sobre el mostrador los cubiertos, y me regala una sonrisa preciosa con sus ojos oscuros y vivos de pestañas negras por el rimmel.

—Pero vamos a ver, ¿a qué tienes miedo? Eres joven y resultona. Os habéis visto en las fotos de esa app, habéis hablado varias horas… al fin y al cabo lo tuyo es simplemente el siguiente paso, y él ya te ha dicho que está dispuesto a darlo. Si supieras cómo conocí a mi Pepe…—Termina la frase con una risilla encantadora.

Coloco frente a ella sus tostadas recién hechas, junto a la botellita de nuestro mejor aceite, y el capuccino descafeinado, sin poder evitar la sorpresa en mi cara. En todos estos meses nunca me ha hablado de su vida sentimental, ni siquiera sabía si tenía pareja.

—¿Tu Pepe dices? no sabía que hubiera un Pepe—contesto intrigada—. Ya puedes empezar a contar.

Me lanza una mirada traviesa. Vuelve a probar su capuccino, aparta ligeramente su plato con un par de trozos de tostada que ya no va tomar y comienza.

—Verás, eran los años ochenta, yo tenía veinte años. Entonces no había estas cosas de internet, y conocíamos a los chicos en bares o discotecas. Bueno, y también por amigos de amigos.

Asiento con la cabeza animándola a continuar.

—Yo no quise estudiar, trabajaba en una tienda de vinilos, y mi compañera de trabajo llevaba tiempo hablando de un amigo suyo que pensaba que era perfecto para mí. Se ofreció una y mil veces a presentarnos, hasta que se puso tan pesada que accedí a que organizase una cita a ciegas. Yo solo sabía que se llamaba Jose, su descripción y el sitio donde nos íbamos a ver el sábado siguiente, “La Cava del Lobo”.

No puedo evitar comparar mi actitud con la suya, y me siento verdaderamente cobarde a su lado.

—Esa tarde me arreglé en plan Debbie Harry, ya sabes la cantante de Blondie.—Para unos segundos esperando una confirmación por mi parte, pero al recibir solo una alzada de hombros continúa, claramente decepcionada—. Bueno, pues eso, llegué al garito y ví a un chico solo en la barra, alto, con el pelo rizado y un poco largo, no tanto como esperaba por la descripción de mi amiga. Él me miró enseguida y me sonrió con descaro. El local era una sala de conciertos, pero hasta dos horas después no tenían actuación, así que estaba bastante tranquilo y ponían buena música.

Noto como sus ojitos negros empiezan a brillar más al recordar el momento y la entiendo, porque yo misma siento el hormigueo en el estómago, al verme en su lugar.

—La cosa es que me acerqué a él y coqueta pregunté:«¿Jose?» Él me miró con su sonrisa seductora y contestó «soy más de Pepe». Yo me identifiqué como Aurora, la amiga de Maca y entre tercios de cerveza y horas de conversación, conectamos de un modo mágico. Teníamos muchas cosas en común, sólo podía pensar en el buen ojo que tenía mi compañera.

Aurora sonríe en silencio unos segundos, y yo con ella, sin poder evitar imaginar si a mi me podría pasar lo mismo.

—Cuando la gente empezó a llenar el local, llegó el primer beso, y con él su confesión. No conocía a ninguna Maca aunque se llamaba Pepe de verdad. Yo, sorprendida, pregunté si el local era “La Cava del Lobo”. Después de una sonora carcajada, dijo que estábamos en “La Cueva del Lobo”, y que la cava estaba a tan solo dos manzanas.

Las dos reímos divertidas. Cuando conseguimos parar, Aurora toma mi mano y mirándome a los ojos dice:

—Con esto te quiero decir que lo que sucede, conviene. Si no lo intentas, nunca sabrás que podría pasar.

Tomo aire, profundo, y lo exhalo con un suspiro. Meto la mano en el bolsillo de mi delantal y con el móvil en ella, digo:

—Sabes, me apetece comprobarlo.


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