Elvira Toro, Samuel Pena y Fátima Alonso ganan el desafío de la semana.



En nombre del amor

Elvira Toro


La muerte de mi madre se convirtió en un abismo insalvable entre mi padre y yo. La obsesión de él no tenía límites. Ella era su todo. Una valiosa y frágil pieza de coleccionista a la que cuidaba e idolatraba hasta casi la asfixia. Aunque su amor por mí jamás estuvo a la altura del que sentía por ella, me trataba como a un hijo. Pero el día que ella falleció perdí a los dos para siempre.

La mañana del entierro de mamá, solo mi padre y yo acudimos a la ceremonia. Él no dejó asistir a nadie más. Ni siquiera al personal de servicio. Yo solo tenía diez años. La humedad golpeaba mis huesos como el pico de un pájaro carpintero sobre el tronco de un árbol. Mientras la tierra cubría la caja de madera donde descansaba el cuerpo de la persona a la que yo más había amado, temblaba. Esperaba la reacción de mi padre. Sabía que me encontraba a su merced. Le observé de reojo. Estaba al otro extremo de la descomunal estatua de piedra que encabezaba la tumba, vestido de negro riguroso, sostenía en su mano una rosa amarilla. La flor favorita de mi madre. Me dirigió una mirada enmarcada de lágrimas y de rabia contenida. Señalándome con el dedo dijo: «Estás muerto para mí». Aquella fue la última vez que me habló. Y a pesar de la dureza de esas palabras, no me dañaron tanto como las que me había gritado la tarde en que halló muerta a mi madre en su habitación. A la mañana siguiente del funeral me envió a un internado.

Durante años temí la llegada del verano. Mis compañeros de clase soñaban con la vuelta a casa. Yo, sin embargo, tenía pesadillas porque sabía que su chófer vendría a buscarme. La mansión de mi padre se convirtió en un mausoleo. Las reliquias de mamá decoraban cada estancia de aquel naufragio de hogar: sus retratos al óleo, un mechón de su pelo expuesto en una pequeña urna de cristal, el olor de su perfume impregnando el aire que respirábamos, los ramos de rosas amarillas, sus partituras manuscritas sobre el piano …

Mi padre se volvió un espectro de mirada vacía que se vengaba de mí con su frialdad y su desprecio. Durante los meses que duraba el estío le esquivaba. Caminaba por la casa como quien atraviesa un manglar. En las comidas, sentados frente a frente en absoluto silencio, sentía como si hubiera sobre la mesa una fiera que me despedazaría si osaba romper cualquiera de las normas de su férrea disciplina. Le bastaba dar una orden a alguno sus criados o un solo levantamiento de una de sus cejas para infundirme un terror irracional.

Nunca me puso una mano encima, aunque yo habría aceptado de buen agrado una paliza si con ella conseguía su perdón. Saber que mi vida dependía de él era la más terrible de las violencias. Con cada una de sus miradas, con cada uno de sus silencios me gritaba las mismas palabras que el día que ella murió. Aquellas que tanto daño me hacían y aún hoy retumban en mi cabeza.

En presencia de mi padre revivía una y otra vez aquella tarde. Recordaba obsesivamente el tacto de mis dedos sobre la seda del camisón rojo cubierto de encajes que ella lucía. Ese que tanto odiaba, pero llevaba puesto porque él insistía en que aquel intenso color carmesí resaltaba su belleza. Sin embargo, a mí su enfermizo aspecto me evocaba la imagen de un pajarillo agonizante dando sus últimos coletazos en un charco de sangre.

Fueron muchas las veces que, a escondidas, la escuche suplicarle que la dejara morir, pero él, incapaz de renunciar a su preciado tesoro, se aferraba a cualquier tratamiento. No importaba lo costoso que fuera ni el padecimiento que en ella generase. Es tan grande el dolor que uno puede causar en nombre del amor…

Pero yo la quería. Al llegar de la escuela, corría hasta su cuarto para verla. La mayor parte del tiempo dormía, yo me tumbaba junto a ella, a la espera de que saliera de su letargo para acariciar mi mejilla con su mano flácida o dedicarme una sonrisa.

Aquella tarde fue diferente. Mamá sentía tanto dolor que las lágrimas rodaban por su cara. Ni siquiera la morfina consiguió aliviar su sufrimiento. Yo solo era un niño. No soporté oírla implorar ayuda. Fue tan difícil y a la vez tan sencillo. Seguí sus instrucciones. Bastó una simple almohada y el peso de todo mi cuerpo sobre ella. No opuso resistencia, solo en sus últimos estertores. Cuando mi padre entró en la habitación, ella al fin descansaba en paz. En ese momento, él me gritó aquellas palabras. Esas que, desde entonces me abofetearon el resto de mi infancia con cada uno de sus silencios, las que todavía me persiguen y me mortifican muchos años después: «Maldito asesino».




 


Géiser

Samuel Pena


Estaba barriendo la casa. Después de un día duro era la única forma que tenía de relajarse: meter las preocupaciones debajo de la alfombra. Desenroscaba su cabeza y lo guardaba todo ahí, de cualquier manera; temía que si lo miraba fijamente volviesen a por él.

Cuando se preparaba para dejar todos sus males escondidos se dio cuenta: la alfombra estaba a punto de romperse. Un sudor frío recorrió su nuca, tenía dos opciones: enfrentarse a sus demonios o buscar otro lugar donde almacenarlos. Su tic en el ojo lo acosó mientras daba una visual a todo el apartamento. El tarro de las galletas era demasiado pequeño, sus armarios estaban llenos… Solo pudo pensar en otro lugar: bajo la cama. Apresurado se deshizo de esos pensamientos negativos, formó una bola con ellos para después lanzarlos bajo el lecho.

Habían quedado unas pequeñas migajas de malestar en los recovecos de su mente, esas imposibles de agarrar por mucho que se intente. Consciente de que crecerían si seguía pensando en ello decidió tomarse el descanso más largo de los últimos meses: una hora. Al final se redujo a diez minutos, se sintió un vago, un miserable. Volvió a la tarea que lo atormentaba.

Era el momento del repaso final. Cada vez que se sentía seguro de lo más complejo se olvidaba de lo elemental. Al dominar la literatura de Hesíodo tenía que repasar las declinaciones, si memorizaba los trabajos de Jenofonte debía regresar a la conjugación más básica. Pobre de él si se le ocurría aprenderse la parte más filológica, porque eso borraría de su mente el alfabeto griego.

Las preocupaciones desbordaron otra vez sin que se diera cuenta. Pasaba páginas como un estudiante de bachillerato que recibía el diccionario por primera vez: con tanta torpeza como prisa, extraviando con cada segundo el recuerdo de las desinencias que debe cambiar para buscar en el libro. Tan concentrado estaba que no se percató de que su angustia se escurría; cuando lo advirtió era muy tarde: había manchado el diccionario; estaba inservible.

Desesperado, tuvo que vaciar una vez más su interior. Agarró su cartera y se fue de inmediato a por otro ejemplar. En su caminata la cabeza se le colmó de malas ideas. Si fallaba debería presentarse ante su padres, explicarles que el hijo perfecto no había sido capaz. Imposible. No se habían molestad en pagarle clases particulares desde la infancia para que ahora los decepcionase. Su madre era de catedrática, sería una deshonra que no él no fuese capaz de sobreponerse a las adversidades. No iba a ser la vergüenza de sus progenitores, haría que estuvieran orgullosos; como siempre había sido, como debía ser. Que pudieran decirles a sus amigos que su hijo había superado las oposiciones en el primer intento. Aprovechó que estaba fuera para hacer la compra. Cada tortuoso segundo que malgastaba en la interminable cola lo fustigaba. Para su fortuna se había acordado de ponerse un sombrero. Se fijó en que todo el mundo llevaba la cabeza cubierta, a algunos incluso se les escurría un poco de zozobra.

Aquella noche, mientras dormía, las pesadumbres reptaron por las patas de la cama, cual serpientes. Con sosiego, se introdujeron en lo más profundo de su ser. Desde aquel momento, las migajas imposibles de agarrar eran una masa madre gigante, pero inalcanzable igualmente.

Fue incapaz de comer más que una magdalena, que vomitó a los cinco minutos, envuelta en malestar y jugos gástricos. Las preocupaciones se aglomeraban, no podía retenerlas más. Dejó toda su ropa por el suelo; llenó los armarios de miseria, el lavavajillas de desesperación y su corazón de presidio.

Vacío, al fin.

Era la hora. La sala estaba llena de opositores. Él estaba evadido. El pitido atronador en sus oídos lo taladraba, lo quebraba hasta lo más profundo. Los rostros de sus padres se le pasaron por la cabeza. Sus facciones reflejaban decepción, una desilusión primigenia al ver que el primogénito no cumple las expectativas.

Al verse enfrente del papel no pudo más. Explotó. Un géiser de miedos mal suprimidos se elevó e inundó toda la estancia. Se llevó por delante mesas, personas y, sobre todo, exámenes.



 



La espera

Fátima Alonso


Sentada en la sala de espera, fija su mirada en la placa que hay junto a la puerta de la consulta 207. Dr. Serrano Varela. Oncología. Siente su cuerpo tenso. Quizás su marido, sentado junto a ella, perciba también su miedo. O simplemente lo imagine. Tal vez esté igual de aterrado que ella, aunque intente mantenerse sereno.

Se apoya en el respaldo de la silla y cierra los ojos. Nota entonces la mano de él sobre la suya y le oye decir “Bueno. Ya estamos aquí. A ver si nos llaman pronto”. Pronto. Lleva meses sintiendo sobre los hombros el peso de la incertidumbre. Se ha repetido a sí misma, y a quien ha querido escucharla, cientos de veces, que lo peor de su enfermedad es no saber cómo evoluciona y ha asegurado con firmeza que preferiría saber de antemano lo que le va a ocurrir, aunque el destino sea poco halagüeño. Tantas veces lo ha repetido que ha estado a punto de creérselo. Hasta ese momento. Hasta que ha oído la voz de su marido pronunciando esa palabra. Pronto. A ver si nos llaman pronto. Y lo único que desea en ese momento es que ese instante no llegue nunca. Que arda el edificio. Que al doctor le dé un amago de infarto, aunque no le desea nada malo, y se suspenda la consulta. Que caiga una bomba allí mismo, junto a sus pies, que se mueven nerviosos al compás uno del otro haciendo temblar sus piernas. Que el sol explosione y se acabe el mundo. Cualquier cosa antes de ver abrirse esa puerta que tiene enfrente y oír al ayudante del médico pronunciar su nombre.

Ya no quiere saber, se dice. Se ha cansado de aparentar valentía. Tiene tanto miedo que echaría a correr si las piernas se lo permitiesen. Pero no llegaría muy lejos; en menos de un año se ha convertido casi en una anciana.

Saca el teléfono del bolso y lo mira con la intención de distraerse un poco. Dejar de pensar. Controlar el torbellino de ideas e imágenes que ocupan su cabeza. Tiene varios mensajes de WhatsApp. Sabe que hay muchas personas pensando en ella en ese momento y enviándole fuerza. No necesita leer los mensajes; es capaz de adivinar su contenido. Centra su atención en uno de ellos. Es de su hijo. El mismo que la ha rechazado con un gesto huraño cuando ella ha intentado esa mañana darle un beso, ya en la puerta, antes de que él saliera para la Universidad. El mismo que lleva un año enfadado con el mundo y expresando su rabia, quizás también su miedo, a base de portazos. El mismo que esquiva las miradas, huye de las charlas de sobremesa y corre a refugiarse en su habitación.

Abre el mensaje. No hay palabras. Solo un corazón. Grande y rojo. Latiendo. Así es él, piensa ella; nada de discursos ni de muestras efusivas de cariño. Es muy probable que se haya sentido mal una vez fuera de casa, pensando que debería haber dado un abrazo a su madre, en ese día tan importante, aun a riesgo de romperse en sollozos, de descargar todas las lágrimas que lleva contenidas desde hace meses. Seguramente, en el autobús, de camino a la Facultad, se ha maldecido por ser tan cobarde y ha tenido que esconder sus ojos húmedos del compañero de asiento, girando su cabeza hacia la ventanilla o atusándose ese flequillo cada vez más largo, con el que trata de ocultar su mirada, su miedo.

Ojalá no fuera tan intuitivo ni tan inteligente, piensa. Quizás, de esa manera, hubiera podido ocultarle durante algo más de tiempo lo que estaba ocurriendo. Pero no es fácil esconder las señales del cáncer a alguien que ha visto morir de la misma enfermedad a su abuela y a su tía. Piensa en él y siente entonces que su miedo no radica en lo que pueda pasarle a ella. No teme a su propio dolor; ni tan siquiera a su propia muerte. Lo único que le aterra es el sufrimiento de su hijo.

Se lleva la mano al lado izquierdo del torso, donde hace tiempo había un pecho y hoy solo hay un corazón demasiado agitado. Su marido la observa y le pasa un brazo por los hombros. “Tranquilo, todo va a ir bien”, responde al mensaje de su hijo, “Ya verás como el nuevo tratamiento ha hecho efecto”. Después, levanta la cabeza al mismo tiempo que se abre la puerta de la consulta y oye su nombre. Se pone en pie, preparada para sentarse ante el doctor y mirar de frente al miedo.


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