En este mar, por Teresa Olalla




Las olas golpean con rabia la embarcación, estoy mareada, los dolores abdominales son cada vez más fuertes, trato de respirar, no quiero que ocurra ahora, pero la naturaleza no puede esperar. Solo quiero llegar a la orilla.

Hui de Camerún con dieciséis años. De saber lo que iba a vivir, nunca me hubiera marchado del lado de mi madre. Ahora no puedo volver. Cuando cruzas una frontera bajo las estrellas ya no hay vuelta atrás, si eres fugitiva no hay adónde regresar.

Somos decenas en esta barcaza. Aquellos que se empujaban al subir a ella ahora se abrazan las rodillas soñando con pisar Europa. Si esta vez no lo consigo no habrá una cuarta. Prefiero morir a sufrir otra vez toda la violencia que supone comenzar de nuevo.

El militar me mira indiferente. No soy la primera mujer que ve en estas circunstancias, para él solo soy una más esta semana. Para mí él es la esperanza de llegar sana y salva. No sabe que llevo tres años viajando por todo África. Tres años, creo. He vivido tanto desde que me denunciaron y mi madre me compró un pasaje a la República del Congo para ponerme a salvo, que he perdido la noción del tiempo. Allí pensé que comenzaba un sueño, podría amar a otra mujer sin ser castigada, pero no hizo más que comenzar la pesadilla.

Las pesadillas se tienen por la noche. La noche es peligrosa de verdad. Me pregunto si este militar habrá ido alguna vez a la guerra. La guerra en la noche da más miedo. No quiero ver más guerras, no quiero ver a niños con armas, a niñas violadas… No quiero que me vuelvan a violar. En Europa no hay guerra. Quiero llegar ya.

Cierro los ojos con fuerza y aprieto los dientes. El dolor es cada vez más frecuente. Sé que llega el momento, pero quiero esperar. He vivido los últimos años a merced del tiempo de los demás, de sus deseos, de su poder y ahora que todo está a punto de terminar me niego a que esto suceda aquí.

Al abrir los ojos de nuevo veo al militar, me mira serio. Tal vez no le conmueva vernos así, como ganado. Porque así es como nos tratan. Somos animales de trabajo precario, objetos para el placer de algunos, una mera mercancía. No me engaño, si en mi propia casa podría haber sido moneda de cambio en un matrimonio concertado, ¿cómo no me iban a tratar como una mercancía en el trayecto? Quizás el militar crea que lo hice por propia voluntad, dejar mi cuerpo para el gozo de otros, pero una vez que estás en el camino no puedes decir que no. Esa palabra solo te lleva a que te maten, y el mismo que te asesina cava tu hoyo. Sin nadie que te llore, en un paradero desconocido desapareces del mundo sin que nadie lo sepa. Por favor, quiero llegar.

Un gemido se escapa por mi nariz mientras me muerdo los labios para no gritar. Duele mucho. La vida duele. No sé si morir dolerá tanto. Una lágrima se abre paso por mis ojos cerrados. Tirito y sudo al mismo tiempo. Mi cuerpo quiere empujar, mi voluntad retener. No puede suceder ahora. No quiero. No puede comenzar una vida en medio del miedo a morir. Tiene que hacerlo en un lugar seguro, encontrar el calor, sentir el amor de alguien que no sepa cómo fue concebido.

El dolor cesa un segundo. Abro los ojos. El militar ya no está serio. Me mira fijamente. Está pálido, casi escucho cómo ha tragado saliva. Mantiene la posición. Me sonríe. Viene de nuevo el dolor… Me clavo las uñas, no puedo reprimir más el gemido.

En un instante el movimiento de la barcaza se ha convertido en un ligero bamboleo. Escucho una voz, palabras que no entiendo. Abro los ojos. Están desembarcando. El dolor no me permite levantarme. Me rindo a él, lloro. Es solo un paso más después de miles y ahora no me puedo mover. Siento la vida saliendo de mí. No quiero ver nada, aprieto los ojos y empujo. Siento unas manos en los hombros, otra voz, una de mujer. ¡Dejadme en paz! Solo quiero que acabe.

El cansancio se apodera de mí en una exhalación eterna. El llanto que escucho no es el mío, es como el de un gato. De nuevo esa voz, la mujer. Abro los ojos, sonríe. No, no me la des. La pone en mi pecho. No puedo cuidarla. No tengo calor que darle, conmigo no estará a salvo, ¿no lo veis?

Creo fuerzas con una inhalación entrecortada. Me levanto. Su cuerpo se me cae al suelo. El militar grita, viene hacia mí. ¡No lo permitiré! No me harán más daño. Mi viaje acaba en este mar.



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