Eva Iglesias, Amparo Vazbel y Alejandra Bautista son las mejores escritoras de la semana



La calle de la culebra

Eva Iglesias


María sujetó con fuerza el pulgar entre el índice y el corazón mientras picaba a las vacas con la aguijada para que avanzasen. Llegaría tarde al colegio otra vez pero debía mantener en su mano la postura de la higa como fuese. De lo contrario, le pasaría a ella lo mismo que a las vacas, y se quedaría inmóvil en aquella noche oscura hasta que la bruja de ojos blancos saliese de su trance.

Su vecina Pilar, a la que apodaban “la Noche”, controlaba con la fuerza de su mirada a animales y personas. Las viejas decían de ella que era meiga , y que también echaba el mal de ojo a todo el que mal la miraba. Todo el mundo tenía miedo a su influjo maléfico, por eso nadie pasaba por la calle de la Culebra sin una higa al cuello o en la mano. A ella, lo que verdaderamente la atenazaba era que cuando la Noche asomaba, se comía el día a dentelladas desde su ventana, y el único blancor que quedaba era el de sus ojos embrujados.

Era costumbre en el lugar imponer una higa a cada niño nacido vivo para protegerlos de los males que acechaban desde los ventanales. A los pobres, como no tenían dinero para costearse el negro amuleto, les enseñaban desde bien pequeños a realizar el gesto. Los otros, los que ya nacían muertos, nada por ellos se podía hacer: los embalsamaban en la piel de un borrego y los enterraban en los huertos bajo un olivo. Solo servían para abonar, pues estaban sin bautizar. Su hermano había dado una buena cosecha en su tercer cumpleaños.

María arreaba las vacas mientras el mastín que la acompañaba para protegerla de los lobos ladraba con fuerza. A aquel perro parecía no afectarle la meiga mirada. La abuela de María decía que su amado marido se había reencarnado en él para seguir cuidando de la familia. En vida había sido un sabio curandero al que todos respetaban, siempre dispuesto a ayudar y cuidar a quienquiera que fuese que enfermara. Los viejos del lugar decían de él que era un mago.

La vieja Noche seguía en la ventana con los ojos en trance, mientras el perro ladraba, la niña temblaba y las vacas no andaban. Las horas se volvían más oscuras a cada minuto, y los gritos de María, cada vez más altos a la voz de “VACA VÉ” para hacer avanzar las vacas. Algunos vecinos empezaron a salir de sus casas con candiles y antorchas: se había cerrado tanto la noche ese amanecer que ya ni se distinguían las formas. Salieron también los animales nocturnos, pensaban que era su hora: el gato negro subió al tejado, salió el murciélago de su escondrijo, las cucarachas en procesión cambiaban de cuadra y algunas luciérnagas titilantes empezaron a verdear entre la hierba.

El graznido de una lechuza irrumpió en la noche. Con su gran envergadura y su blancura de luna llena iluminó la calle de la Culebra. María quedó tan boquiabierta que soltó la vara y la yema de su pulgar. La higa se deshizo y ahora estaba a merced de la mirada torcida.

María vio como la lechuza sobrevoló en círculos la casa de la bruja mientras graznaba y se acercaba. El batir de sus alas levantó un vendaval que apagó candiles y antorchas, abrió ventanas y batió puertas. A ella una ráfaga la tiró al suelo, y el mastín corrió a tumbarse encima suya: si la bruja la miraba lo único que vería sería una gran bola de pelo.

Cernióse la lechuza sobre la casa igual que se cernía el embrujo de la Noche sobre el día y sobre las vacas. María protegida por el mastín solo sentía lo que sucedía, y previo al inminente descenso del ave, un rumor acalló cualquier murmullo, y todo fue negro, blanco y silencio.

La lechuza en picado se fue hacia la bruja y al golpe de sus alas se posó en los blancos ojos con sus blancas garras. Remontó de nuevo el vuelo llevando en sus patas dos perlas blancas.

Cesó el vendaval y se difuminó la oscuridad, las vacas echaron a andar, el perro dejó de ladrar y María de temblar. En la ventana, una estatua de sal con las cuencas vacías y sus manos en forma de higa.


 


La profecía del día

Amparo Vazbel


La señora Rosario salía todas las mañanas a las siete en punto a anunciarnos la profecía de cada día. Todos sus convecinos de Cuatztícuaro esperábamos a su puerta en silencio. La mujer, de no más de metro cincuenta, asomaba con su moño gris, vestida con un traje de lana negro y cubierta con una mantilla multicolor. La observábamos con atención. Nos concentrábamos en su ojo derecho. No era un ojo normal, como el del lado izquierdo. Le ocupaba casi la mitad de la cara. El iris era de un azul cristalino y la pupila era profunda como un pozo:

—El pan caliente sobrevolará el misal—dijo con voz solemne. Nos miró con su ojo enorme y volvió a su casa hasta el día siguiente.

Fuimos a la iglesia en tropel. El cura preparó el misal en el altar. Lo abrió. Una hogaza de pan humeante apareció levitando sobre él. Jaleamos el hecho entusiasmados. La señora Rosario había acertado otra vez.

Eso nos daba seguridad para afrontar la jornada. Sabíamos que nada sobresaltaría nuestra tranquilidad durante las horas restantes.

Como era habitual, al día siguiente volvimos frente a su puerta. Pasaron cinco minutos, diez… La señora Rosario no salía.

—Que alguien toque a la puerta—nos dijimos unos a otros angustiados. Justo en ese momento la abrió. Asomó por el quicio, solo la parte de su ojo normal:

—El hilo negro… No acabó. Hizo un ademán de negación con el dedo, bajó la cabeza y se metió sin decir palabra.

No sabíamos qué hacer ni a dónde ir. No nos atrevíamos a salir con los rebaños, ni a plantar nada en la huerta ni a bordar los manteles del altar...nada, porque si lo hiciésemos sin la profecía completa todo sería incertidumbre y eso era algo que no podíamos soportar.

No estábamos equivocados respecto a nuestro temor. Todos giramos la cabeza en dirección al camino cuando oímos unas voces que venían de allí. Pudimos distinguir a lo lejos la figura de una muchacha con una blusa blanca anudada a la cintura y una falda de vuelo como las que se llevaban en la ciudad. En una de sus muñecas traía atado el extremo de un cordel negro. Del otro extremo venía atado por la muñeca también un hombre de aspecto rudo, de unos cincuenta años, que increpaba a la muchacha:

—¡Que me dejes ir ya, maldita! ¡En mala hora!

Cuando llegaron más cerca pudimos distinguir la cara de la chica. Era María, la hija de la señora Rosario. Hacía un año que se había ido a la ciudad a trabajar. Se dirigió decidida hasta la casa de su madre. El hilo negro se tensaba entre ella y el hombre que, a pesar de su envergadura, era incapaz de desprenderse de él.

Se abrió la puerta y ambos entraron. Silencio en el interior.

Un vecino que había ido a la ciudad a por víveres para la tienda de ultramarinos del pueblo comentó entonces que el fulano era el patrono de la fábrica donde trabajaba la muchacha. La había arrinconado una noche al acabar su turno y la había violado. Como ella no se había vengado ni redimido, seguía atada a su verdugo. La chica venía a pedir ayuda a su madre para cortar el hilo y así poder seguir con su vida. Estábamos impacientes por saber qué estaba ocurriendo en la casa. La profecía del día se estaba retrasando demasiado y la angustia empezaba a hacer mella en todos nosotros. Algunas mujeres se arrodillaron para rezar mientras otras lloraban desconsoladas.

—Entremos y acabemos con esto de una vez—dijeron algunos.

—Entremos—repitieron otros.

Minutos después, salieron con las manos y ropas ensangrentadas.

Doña Rosario salió detrás de ellos con un gesto de agradecimiento. Nos miró a mis dos hermanos y a mí con su ojo gigantesco. La pupila era aún más profunda si cabía. La entendimos perfectamente. Nosotros éramos los encargados de enterrar los cadáveres. Habíamos nacido con unas manos desproporcionadas con respecto al cuerpo y éramos muy eficaces con la pala. También hacíamos las zanjas y los canales de las acequias.

Una vez terminamos de enterrarlo en las afueras, volvimos a la puerta de doña Rosario. Pronunció lo que estábamos ansiosos por saber, lo que realmente era importante para nosotros, la profecía del día:

—El ala de la paloma acariciará la cabeza del buey.

Aplaudimos satisfechos. Por fin podíamos emprender el día con la seguridad de que nada nos iba a suceder.



 


El mielero azul

Alejandra Bautista


La nieta de don Eusebio, la niña Antonia supervisaba la recolección de los granos cuando vio una bandada de mieleros danzando en espiral en la mitad de la plantación. Volaban mientras con un canto hecho lamento surcaban desde la copa de los cafetales en un círculo amplio, que, se iba achicando a medida que ascendían al cielo, solo uno terminaba en la cúspide. El mielero que iba llegando a la punta emitía un canto agudo, un lamento ahogado, volaba solitario de nuevo a la base de la torre plumífera.

Los recolectores la vieron cuando su tez palideció y tiró una canasta de grano al suelo. "¡Abuelo! ¡Abuelo!", pronunció en un susurro mientras a su mente venían las imágenes del abuelo Eusebio desperdigando granos de azúcar por los balcones de la hacienda, en medio de los cafetales, en las zonas de selección, secado y tostado.

La niña Antonia permitía que las aves anduvieran en cada espacio, decía que el abuelo les había enseñado a seleccionar el café bueno del que no lo era tanto, por eso, el café de la hacienda era de los mejores del eje.

Corrió a la casona, subió al cuarto del viejo y al abrir la puerta, lo vio en el balcón, sentado en su mecedora de madera, balanceándose aún con la cabeza recostada en el espaldar alto y los ojos iluminados por el brillo que despedían las alas de las aves.

Lo llamó con la voz quebrada, con un leve murmullo. El viejo no respondió. La niña Antonia, una mujer tan recia como sensible, caminó hasta la silla, se arrodilló frente al viejo, tomó su mano aún caliente y acercó sus labios a ella mientras una lagrima acompañaba el beso. Vio en los ojos del viejo a los mieleros bailando en señal de despedida antes de cerrarle los ojos.

El café que el abuelo tenía a su lado aún estaba humeante y con un fuerte olor a aguardiente, así lo tomaba mientras vigilaba desde el balcón de su cuarto el progreso de la siembra y la cosecha, así desayunaba desde que forjó con sudor y trabajo, la plantación más grande de café.

Los funerales se llevaron a cabo adornados por el llanto de las chapoleras y la tristeza de los arrieros, las ramas de las araucarias que bordeaban la casona perdieron la fuerza y sin desgarrarse del tronco, cayeron sobre el techo haciendo que la oscuridad cubriera por completo cada espacio de la casona. Los cafetales se marchitaron y el grano se desprendió sin haber madurado. La cosecha se había perdido.

Tres días después, la niña Antonia enterró las cenizas del viejo Eusebio bajo la araucaria mayor, sus lágrimas que no paraban de caer se detuvieron cuando cientos de mieleros aparecieron y arroparon el árbol. El aleteo coordinado en conjunto con el canto que al unísono las aves entonaron, enmudecieron a todo el pueblo y ante los ojos de hacendados, chapoleras y arrieros, niños y ancianos, vieron como la araucaria se llenaba de brillo y elevaba sus ramas de nuevo, dando paso a la luz que volvía a ingresar por cada espacio de la casa.

De en medio de todos los mieleros, uno emergió, con un canto distinto a los demás, de plumaje azul intenso, pico negro curvado, pecho amarillo como el sol y las cejas blancas como las nubes. El ave voló sobre las demás que ahora circundaban la casa y a su canto, las demás le seguían posándose en el techo, bordeando las barandas de madera color rojo de los balcones, adornando las materas donde empezaron a florecer las orquídeas violetas que crecían abrazándose entre ellas como dándose abrigo y sosteniéndose en el dolor, los san joaquines rojos y amarillos que se multiplicaban a medida que los mieleros continuaban su canto y que luego se fundían con el follaje verde y las Santarritas fucsias que se entretejían con los arbustos, creciendo como enredaderas entre los muros que antaño había sido blancos. La casona se tapizo de flores y ramas, de cantos de aves y el llanto de los jornaleros.

El mielero azul tomó posesión del espaldar de la mecedora, donde el viejo murió, hizo un canto que silencio a los demás, los cafetales pareciera que hubieran entendido el sonido y reverdecieron sus ramas, los granos de café brotaron de nuevo y en un santiamén, los arboles florecieron y los frutos, de color rojo sangre viva adornaron los sembrados.

Los arrieros y las chapoleras tomaron sus canastas, limpiaron sus lágrimas y corrieron a recoger los granos maduros que seguían brotando y madurando a medida que el canto solitario del pájaro azul crecía en intensidad.

La niña Antonia corrió al balcón donde estaba el mielero, acercándose a él, dejó una tacita con aguardiente y otra con café.


101 visualizaciones0 comentarios