Fátima Alonso, Azel Highwind y Teresa Olalla son los ganadores de esta semana



ESTOCOLMO

Fátima Alonso


El sonido de la puerta la sobresalta, aunque lleva un buen rato esperando su llegada. Todavía no sabe lo que va a decirle cuando entre en el dormitorio y la vea así, como está. Sabe que tendrá que reaccionar rápidamente y hablar antes de que él entre en cólera. Y resultar convincente, aunque no está muy segura de poder hacerlo. Aún tiene muchas dificultades con el idioma; no sabe expresarse bien.

Tendrá que explicarle lo del cristal roto. Suerte que la ventana por la que ella ha salido y ha vuelto a entrar da a la parte de atrás de la casa y él no ha visto el estropicio al llegar.

Le oye silbar y trastear en la cocina y se da cuenta de que es miércoles, el día que él va a hacer la compra semanal. “Hola, preciosa. Ya estoy en casa. Coloco estas cuatro cosas y voy a verte. Te voy a preparar unos espaguetis a la carbonara para cenar que te vas a chupar los dedos.”, le oye decir.

Su corazón se acelera y se frota las muñecas doloridas. Va de un lado a otro de la habitación, descalza, para que él no oiga sus pasos. Mira la ventana, completamente abierta, la mosquitera destrozada y el cristal hecho añicos, y se siente como un pajarillo dentro de una jaula, con la puerta abierta e incapaz de escapar.

Mamá, susurra, como si ella pudiera oírla, como si no estuviera a tres mil kilómetros de allí. Al menos, en el burdel, podía llamar a casa una vez a la semana, aunque escucharan sus conversaciones para asegurarse de que no se iba de la lengua. Así que, su madre vive tranquila, pensando que su hija trabaja de interna en una casa de buena familia y que estudia peluquería por las tardes.

Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, añorando sus abrazos, los que la consolaron tantas veces cuando era una niña. No ha pasado mucho tiempo desde entonces, solo tiene dieciocho años, pero a ella le parece que hace un siglo que la bajaron de aquella furgoneta en la que llegó junto a otras chicas.

Mira la cerradura de la puerta y se echa a temblar. Imagina la reacción de él cuando abra y la vea en medio de la habitación, en pie, cuando debería estar, como cada día cuando llega, atada al cabecero de la cama. Se quedará paralizado por un instante y luego dirigirá su mirada a la ventana y verá el destrozo y será entonces cuando ella tenga que apresurarse a contárselo todo.

Solo una vez le ha visto furioso: el día en que fue a buscarla al club y pagó para estar con ella toda la noche. Recuerda la angustia que sintió dentro del maletero y cómo, antes de abrirlo, al llegar a la casa, él le gritó que se portara bien y que no le haría daño. Pero ella estaba aterrorizada y, en cuanto la ayudó a salir del coche, intentó escaparse, correr lo más rápido que sus piernas le permitieron y gritar con todas sus fuerzas. Pero aquella casa estaba aislada en medio de la nada y él corrió más rápido que ella. Y la golpeó con furia. Después, la ató a la cama y secó sus lágrimas, le lavó la cara, curó sus heridas y peinó su melena, mientras le aseguraba con voz dulce que jamás volvería a golpearla si era buena chica y que, a partir de ese momento, él cuidaría de ella y no le faltaría de nada.

“Voy a darme una ducha mientras se cuece la pasta, que huelo a tigre. No veas el ajetreo que hemos tenido hoy con la ambulancia. Un accidente de tráfico y una prostituta yonqui que se nos ha muerto en los brazos. ¿Ves lo que te digo tantas veces, princesa? Pero tú estás a salvo de toda esa mierda. Aquí está tu hombre para protegerte. Tarde o temprano te vas a dar cuenta.”

Oye el sonido del agua en la ducha y mira hacia la ventana. Podría intentarlo otra vez. En realidad, no sabe qué demonios le ha pasado, cómo puede ser que una hora antes haya estado delante de una comisaría de policía y ahora esté ahí, de nuevo, en esa habitación que, ella lo sabe, es una cárcel. Pero ahí está, temblando, deseando que él la perdone, que seque sus lágrimas y atuse su cabello, que le enseñe a manejar el tenedor y la cuchara para enrollar los espaguetis y que después la lleve a la cama y la cubra con la manta y le dé un beso de buenas noches en la frente como haría su madre si ella estuviese en casa, a tres mil kilómetros de allí.


 


LA OSADÍA DE CRUZAR LOS LÍMITES

Azel Highwind


Agotada tras el largo descenso en la absoluta oscuridad de la caverna, apenas puedo mantenerme en pie. Me arrastro entre las rocas siguiendo el ruido que hacen mis amigos.

No sé cuánto tiempo llevaremos sin hablar y conteniendo nuestros gritos, Dutch no lo soporta más, empieza a gemir y todos escuchamos el rugido que le responde. Siento las piedras chasquear cuando huye, pero estoy tan desorientada que no distingo si se acerca o se aleja. Un trotar demasiado pesado para ser el de un humano se confunde con sus pisadas.

No me atrevo a levantarme. Gateo sobre los pedruscos buscando un escondite cuando unas piernas me golpean en el costado. Se me escapa un grito y bloqueo mi boca con las dos manos. El crujir de huesos rebotando contra las rocas insinúa a mi mente la imagen grotesca del cuerpo de Dutch retorciéndose en el suelo.

—¿Qué ha pasado? —la voz de Gloria tiembla entre el llanto que arroja su garganta.

—¡Cállate! ¡Y deja de llorar! —Jack habla fuerte, aunque su esfuerzo por no hacer ruido es sobrehumano.

Lo percibo a pocos pasos de distancia, corriendo en dirección a Gloria. Su llanto cesa de golpe y se transforma en un gemido ahogado.

Jack es fuerte, y está tan horrorizado que no se da cuenta de lo que ha hecho a su amiga. Tampoco nota la cabeza ensangrentada entre sus manos nervudas, el gruñido incesante que nos acecha atrapa su atención.

Está tan cerca que puedo oler su aliento a pez podrido. Me quedo rígida notándola pasar por mi lado y, aunque no pueda verla, sé que se ha puesto en cuclillas para devorar a Dutch. Con cada mordisco mi cuerpo tiembla. Sólo puedo escuchar el ruido de masticar carne y romper huesos, que se reverbera entre las extensas cámaras rocosas.

La idea de suicidarme atrapa mi mente. Pienso que abrirme la cabeza contra un canto afilado sería la muerte más piadosa. Pero no tengo valor para intentarlo.

Desvanecidas todas mis esperanzas, me hago un ovillo y abrazo la fría y áspera roca que ha debido asistir a tantos siglos de horror.

Trato de imaginar que nunca hice el viaje a Perú, que no me están engullendo las entrañas de un mundo oculto cuya mera idea, sólo un atisbo de su existencia, enloquecería la mente más estoica. Niego esa realidad y trato de visualizarme en el exterior, donde hay un sol y el aire es fresco.

Entre las lágrimas me veo a mí misma coger el avión, pasear por Lima y emprender esos senderos hacia el interior de las selvas más recónditas, riéndome de las leyendas retorcidas que nos contaban los lugareños cuando pasábamos por el lado de una estatua ancestral o de unos jeroglíficos tallados en la roca.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que cruzamos los límites que marcaban las horrendas estatuas, ignorando las advertencias de esos hombres que corrieron despavoridos. Deberíamos haberlos seguido. Pero nuestra osadía nos llevó al interior de la caverna, y cuando nos quedamos sepultados, sólo pudimos contar dos días hasta que nuestros aparatos electrónicos nos fueran abandonando.

En las primeras horas… no quisimos movernos del sitio. La idea de adentrarme más en la caverna me hacía temblar. Así que esperamos un rescate. Pero empezó a faltarnos el oxígeno, se nos acabó el agua y la comida, y algunos se pusieron irascibles. La absoluta oscuridad que nos privaba de la vista también nos produjo delirios.

Voces amigas que había escuchado escasos momentos antes, ya no volvieron a sonar. El tiempo y los espacios se distorsionaron.

Y en algún momento se desató el caos.

Algunos bajaron hacia las profundidades de la caverna, esperando encontrar un río subterráneo. Otros cogieron túneles que se desviaban… hacia el vacío.

Esa falta de orientación me produjo vértigo.

Empezamos a notar una corriente de aire. Y aunque el terror galopaba en nuestro pecho, descendimos detrás de su flujo que desaparecía sinuoso para regresar más tarde con débiles ráfagas.

En los abismos de ese lugar jamás penetrado, agradecí el tacto áspero e hiriente de las rocas. Y, abrazada a ellas, el grito de Jack me devuelve al presente. Unas pisadas parecen acercarse. Acompañan un gruñido que dibuja imágenes tan extravagantes en mi cabeza por las que me encerrarían en un manicomio de atreverme a confesarlas. Tiemblo. Cuando Jack cae a mi lado quiero abrazarme a él. Me coge, me levanta y me empuja contra lo que se acerca gruñendo.

Siento unas garras clavarse en mi estómago, rocas desprenderse y golpes por todo el cuerpo. El vacío gira con locura en un vórtice de pesadilla.

Mientras caigo, escucho los gritos desgarradores de Jack perderse en las alturas. Luego la sensación de ser engullida y un flujo escupirme entre un chorro gigantesco que cae sobre un lago de cegadora claridad.

Durante confusas noches, indígenas entonan cánticos salvajes, bailan y beben brebajes cáusticos para escupir al aire.

Las pesadillas remiten, mi mente enfebrecida se calma.

Y ahora, viendo los ojos asustados de la anciana que se agarra a mi brazo, sé que no salí sola de la caverna.


 


PLANTA DIECISIETE

Teresa Olalla


Dejó la mochila de deporte en suelo. El ascensor llevaba parado tres minutos entre la planta dieciocho y la diecisiete. Pulsar el botón de la planta baja de manera compulsiva no hizo que el aparato se moviera. Apretar con toda la fuerza que tenía su dedo índice a la planta veintitrés tampoco. Se maldijo; una vez más había tomado una mala decisión al subir a ese ascensor para ir a tirar la bolsa.

Miró la mochila. A simple vista no se notaba qué era el bulto compacto que había en ella, pero el peso de casi tres kilos no correspondía con ropa de deporte y la mezcla de olor a vida y muerte comenzaba a inundar una cabina carente de ventilación. Sin mayor convencimiento pulsó de nuevo el botón de la planta baja. El ascensor no se movió; las luces de la trampilla parpadearon.

Si salía algún vecino y se daba cuenta de que el ascensor estaba estropeado, llamarían al servicio técnico. Con suerte llegaría un operario, tocaría algún cablecito y el ascensor se movería; ella podría salir y deshacerse de la mochila. Si la mala suerte la acompañaba de nuevo la rescatarían los bomberos y la descubrirían. Un fuerte dolor en el vientre la dobló a la mitad. Se sentía febril y sin fuerzas, pero no quería avisar a nadie. El miedo a las consecuencias era mayor.

Sabía que no tendría que haberlo hecho. Dejar de tomar la píldora anticonceptiva suministrada por el gobierno cuando su marido le anunció que estaría un año y medio fuera en una misión de paz. A una de sus vecinas la condenaron por violar la estricta ley de control de natalidad al tener un segundo hijo. Quizás le ocurrió lo mismo, tal vez su vecina también se sentía mal al tomarlas, hinchada, sin paciencia y deprimida, como ella, que no aguantaba si quiera las pataletas de su hija de tres años. Por eso cuando su marido se fue tomó la primera mala decisión: tirar cada mañana la píldora por el sumidero.

La luz de la trampilla parpadeó de nuevo. Miró al techo. Si alcanzase a abrir la trampilla podría dejar ahí la mochila, cuando la rescatasen nadie sabría lo ocurrido y ella estaría a salvo. Otro pinchazo en el vientre la hizo caer de rodillas. El sudor apenas esquivó sus ojos cerrados. Tenía que lograr salir de allí de alguna manera sin que la deshonra que había ocultado en la mochila fuera descubierta. Su cuerpo le estaba hablando, algo iba mal, necesitaba un médico, pero no escuchó a sus entrañas, había cosas más urgentes.

Respiró hondo, del miedo sacó fuerzas y se levantó. Estiró el brazo cuanto pudo, se puso de puntillas. Rozó la trampilla con las uñas. Comenzó a escuchar voces, vecinos que preguntaban si había alguien en el ascensor. No contestó. No la podían descubrir. Se irguió más con la mano hacia arriba, tocó la trampilla. Se preguntó qué haría si lograba moverla, si sería capaz de dejar la mochila; si podría volver a coger ese ascensor sin el remordimiento de saber que su hijo estaba allí. Las voces se escuchaban más cerca.

Si descubrían lo ocurrido lo perdería todo: su hija, a la que había abandonado seis meses antes con los abuelos con la excusa de su depresión, y a su marido. Él jamás entendería por qué había dejado el tratamiento, tal vez nadie comprendió a su vecina. Como una adolescente inconsciente hizo el amor con su marido con la convicción de que por hacerlo una vez no se quedaría embarazada cuando este regresó por sorpresa en un permiso hacía ya nueve meses. Nadie la perdonaría el peor crimen que una madre puede cometer.

Sintió como algo mojaba su muslo. Miró debajo de la falda, vio un hilo de sangre descender hasta su rodilla. Lo secó con la tela. Tenía que hacerlo ya. Se estiró de nuevo. La trampilla no se movía. La respiración descontrolada, el sudor empapando la blusa, la sangre sus bragas. No le quedaba tiempo. Abrazó el bulto inerte y recordó el olor a vida al tener a su hija en brazos por primera vez. Daría lo que fuera por abrazar a su hija.

Golpearon las puertas del piso diecisiete. Seguían preguntando si había alguien encerrado. Temblando, abrió la cremallera de la mochila. De nuevo ese dolor agudo en el vientre la quebró.

—Sí, mira, hay una mujer —dijo una voz masculina—. ¡No se apure señora, la sacaremos en seguida!

Habían logrado abrir la puerta de la planta diecisiete. El espacio era suficiente, la iban a sacar de allí. Sin fuerzas, sacó a su hijo de la mochila, abrazó su cuerpo templado. Olía a muerte. Alzó la vista de nuevo hacia la trampilla. Las luces parpadearon una última vez y se apagaron.

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