Fátima Alonso, Nela Guerra, Iván de los Ángeles y Teresa Olalla ganan el reto.




Tiempo

Fátima Alonso


Fermín bajó del autobús y se quedó parado en medio de la acera sin saber qué dirección tomar. Deambuló con paso lento y sin rumbo fijo por las calles de la ciudad donde había transcurrido la mayor parte de su vida. Al fin y al cabo, tenía todo el fin de semana por delante y nada que hacer. Tiempo era todo lo que poseía. Su vida se había reducido a una sucesión monótona de horas, semanas, meses.

Finalmente, se encaminó a un parque del centro urbano y se sentó en un banco frente al estanque. Cerró los ojos rememorando una escena familiar. “Culo Pepinillo” susurró y trató de esbozar una sonrisa al recordar la broma que el barquero hacía, un día tras otro y siempre la misma durante años, a los niños que paseaba en su barca por el estanque a cambio de unas monedas. “Culo Pepinillo”, repitió recordando el nombre del pato que el barquero señalaba entre las carcajadas de los pequeños.

Mientras se dirigía a la salida del parque, calculó que habían transcurrido alrededor de cuarenta años desde la última vez que él subió con su hijo a esa barquita. Sintió el peso de esas décadas sobre sus espaldas y su caminar se volvió más pausado. De igual manera, las horas que le quedaban por delante antes de volver a la prisión el domingo por la noche se le antojaron una pesada carga y se arrepintió de haber solicitado ese permiso de fin de semana. Total, la ciudad seguía siendo la misma, se dijo. Y tampoco entraba en sus planes llamar a ninguno de sus antiguos amigos. Si en diez años no habían ido ni una sola vez a visitarle a la cárcel, sería que no tenían demasiado interés en saber de él.

Sin pensarlo demasiado, dirigió sus pasos al barrio donde había vivido y trabajado hasta el día en que ingresó en prisión. Dejó atrás la estación de trenes y el arco de ladrillo que se erguía sobre las vías y daba nombre a una avenida en la que encontró nuevas edificaciones; modernos bloque de viviendas que, sin duda alguna, tendrían el doble de metros cuadrados que el humilde piso de dos dormitorios que fue su hogar hasta que llegó la orden de desahucio.

Al final de la avenida, se adentró en una de las bocacalles que daban acceso a su antiguo barrio y llegó hasta una pequeña plaza. Se detuvo frente al local que ocupaba el lugar de su antiguo taller mecánico. Las letras luminosas del salón de juego habían sustituido al anuncio de chapa donde durante treinta años se podía leer “TALLERES FERMÍN” y pensó que era una triste casualidad que fuera precisamente un local de apuestas el negocio que habían abierto donde antes estuvo su antiguo taller. El juego y las apuestas; lo mismo que había llevado a la ruina a su hijo, a él a la cárcel y a la tumba a su mujer.

El sol comenzaba a calentar cuando atravesó la puerta del cementerio de El Carmen de Extramuros y agradeció la sombra que los cipreses proyectaban sobre el paseo central. No vio a nadie a lo largo de este y solo se oía el piar de algunos pájaros mezclado con el eco del motor de algún coche. Lejos del bullicio de la ciudad, parecía que allí el tiempo se hubiera detenido.

Aunque no era muy religioso, rezó un par de oraciones frente a la tumba de su mujer y después permaneció un rato en silencio. No derramó una lágrima. Pensó que ya no le quedaban más. Después, buscó el panteón siguiendo las indicaciones del vigilante. Cuando lo encontró, se detuvo frente a él y leyó la inscripción de la lápida. Fernando Ramírez Vallejo. 1965 – 2010. Amado esposo y padre. Fallecido en acto de servicio.

Mira que te avisé, chaval, comenzó a susurrar. Tengo una escopeta, te dije, así que métete la orden de desahucio por donde te quepa. Nadie va a echarme de mi casa. Eso te dije. Pero tú nada, erre que erre. La mujer gritando de desesperación y tú golpeando la puerta. Toda la puta vida trabajando para que un pelamanillas con uniforme venga a ponernos de patitas en la calle y a dormir debajo de un puente. Te avisé, hijo. Más te habría valido haberte vuelto por donde habías venido. Aún así, no hay un día en que no piense en ti y no maldiga la hora en que apreté ese gatillo. Hubiera preferido mil veces morir yo en tu lugar, aunque, a decir verdad, estoy muerto en vida. Perdóname, si puedes.

Salió del cementerio, miró el reloj y calculó que, si se daba un poco de prisa, llegaría a tiempo para coger el autobús de vuelta a la prisión. No tenía nada que hacer en la ciudad.


 


Cuando todo está oscuro

Nela Guerra


Alargó los brazos delante de su pecho, con los dedos de las manos tan estirados que parecían querer salir disparados. Su corazón retumbaba en los oídos junto a un pitido constante y el jadeo entrecortado de su respiración. El estruendo de sus pasos en la gravilla reverberaba en aquel espacio siniestro y provocaba un inquietante eco. Tal vez, si se tranquilizaba, podría agudizar sus sentidos y sacar más provecho de ellos. Los que le quedaban. Uno ya le faltaba desde el nacimiento: la vista.

Llevaba horas caminando. Quizá minutos. Tal vez días. En realidad no lo sabía. Era lo único que había hecho desde que despertó sola, cubierta de mierda y con un fuerte dolor en la cabeza. Aquel lugar apestaba igual que ella y no era el momento de buscar respuestas sino de salir huyendo. Tras comprobar con alivio que al menos estaba vestida, reprimió la arcada que ascendía ardiendo por su esófago y palpó el suelo repleto de estiércol hasta llegar a una pared y, poco más allá, a una puerta. No dejó de correr hasta que las piernas le pidieron descanso y, en ese momento, en vez de correr, siguió caminando. No había tiempo para treguas.

Continuó avanzando, cada vez más cansada, y aunque tropezaba a menudo, trastabillándose a veces con sus propios pies, nunca se detenía. Creyó escuchar un sonido haciéndose hueco entre los que atormentaban su cabeza. Parecía el crepitar de una hoguera o, tal vez, una corriente de agua a lo lejos. Comenzó a caminar con más cautela. El eco de sus pasos iba desapareciendo como si saliera de una cueva a un espacio más abierto. Ya no pisaba gravilla sino un terreno mullido.

«Piensa Amanda, piensa», se decía invocando a la concentración para evitar entrar en pánico. Le sobrevino el recuerdo de los paseos por el bosque en otoño, cuando llueve y las hojas cubren el suelo formando una especie de alfombra resbaladiza. Pensó en su madre, en su sonrisa y sus caricias, y decidió, aún con más fuerza, seguir luchando para volver con ella. Fijó el olor del bosque bajo la lluvia en su mente, en vez del olor a paja húmeda y orín de perro. No paraba de llorar pero continuaba andando.

Esta vez, creyó distinguir el ulular de un búho. Poco después, reconoció un maullido. Al rato, los gruñidos de unos cerdos y, casi en el mismo momento, un ladrido solitario; quizá hasta el relinchar de un caballo. Todo ello rompiendo un solemne silencio que reconoció en el acto. Eso sí era real, como el miedo que la atravesaba de arriba a abajo. Se tiró al suelo de rodillas, agotada y aturdida por la emoción de sentirse por fin a salvo. Estaba en una granja y era de noche, estaba claro. Se dejó llevar y lloró ya sin cuidado.

No perdió mucho tiempo en recomponerse y se puso en pie de un salto. Comenzó a pedir socorro a gritos y salió corriendo sin pensar dónde pisaba. Convencida de que por fin todo había terminado, cayó por un agujero. El golpe le produjo un dolor insoportable en el costado. «¿Hola?, ¿hola?», chillaba desesperada sujetándose las costillas. Estaba segura de estar en una granja. Alguien tendría que socorrerla porque apenas podía ya respirar.

Estiró los brazos hacia los lados para calcular el tamaño del agujero. Era estrecho, apenas algo más que lo que ocupaba su cuerpo. Rozó con los dedos las paredes por encima de su cabeza intentando valorar su profundidad. Demasiada como para escalar. Apenas podía moverse por el golpe. Volvió a chillar para pedir socorro pero ya no le salía más que un hilo quebrado de voz; más que un grito era un susurro. Quiso volver a escuchar a los animales pero ya no le llegaba más que el sonido hueco del vacío. Sintió como le abandonaban las fuerzas y se dio por vencida. Enroscada sobre su ombligo, siguió llorando en silencio para no avivar el dolor agudo del costado.

Al amanecer, la encontraron los mismos que el día antes la habían metido a la fuerza en un coche. Los mismos que, por diversión, la abandonaron medio inconsciente en esa pocilga, solo para ver cómo salía de allí la ciega. Apenas había andado doscientos metros, al menos en linea recta, cruzando cuadras y graneros abandonados. Ellos no llegaron a verlo porque estaban demasiado borrachos como para no quedarse dormidos y, ahora, se miraban incrédulos mientras decidían quién había ganado la apuesta y qué contarían cuando la encontrara la policía. Nunca habían visto en el pozo seco a una ciega muerta.


 


El hálito delator

Iván de los Ángeles


Es uno de ellos, sin duda. Se acerca a la Plaza Mayor a paso firme así que me levanto del banco y me camuflo entre el gentío. Mierda, pensé que los había extraviado a todos…

Inhalo y retengo el aire. Con mi ayuno, esa maldita necesidad ha vuelto a mí y puede ser mi condena.

Me ajusto bien mis gafas, gorro y braga y camino casi cruzándome con él, varias filas de gente entre nosotros. No se ha dado cuenta de quién soy, pero yo sí he distinguido sus ojos salvajes.

Atravieso las calles en círculos, desesperado. El fervor de Madrid en la tarde-noche del black friday me ayuda a escapar pero también mina mis posibilidades de reencontrarme con los míos.

No tengo móvil, y no puedo gritar, ni siquiera exhalar, sin que esa bestia me encuentre primero. Miro a los rostros anónimos que se me cruzan, furtivos, sumergidos en sus propias realidades. Reprimo mi sed mientras me empiezo a quedar sin oxígeno.

Entro a una tienda de ropa, exhalo, inhalo rápida y profundamente. Abandono mi gorro y chaqueta en los probadores, no tengo mucho tiempo. Al salir me llama la atención ver una pareja de payasos que entran a una gran fiesta infantil en un local de la calle de enfrente. «Se ven tan frágiles», pienso, observando correr a los chiquillos, mientras me recuerdo a mí mismo que la sangre sería un arma de doble filo: su olor es demasiado intenso.

Prosigo con mi paseo. He cambiado mi aspecto, pero la gente se fija extrañada en mis brazos desnudos de piel blanca, seca y cuarteada. Mierda, dejar la chaqueta no valió la pena.

El estupor me invade cuando le veo viniendo de frente, a lo lejos. Mi primer impulso es cambiar de acera, pero lo descarto al fijarme en la fachada de cristal espejado del edificio del otro lado de la calle. No puedo quedarme parado, ¡estoy llamando la atención! Entro en la tienda más cercana. Es una tienda de disfraces. Observo a mi acechador pasar por delante del escaparate, a medida que abro una bolsa de globos y exhalo en uno de ellos. Sin quitármelo de la boca, inhalo por la nariz, exhalo, inhalo, exhalo, notando cómo la energía vuelve a mí a cada repetición. Ya hinchado, lo ato y retengo el aire.

El dependiente me mira perplejo, parece a punto de decir algo cuando le dejo un billete de cien euros en el mostrador. Me llevo la bolsa conmigo al probador junto con un disfraz y otros accesorios. Allí, llego a rellenar otros cuatro globos mientras me caracterizo de payaso. No puedo confiarme, es improbable que haya logrado evitar que se escape ni una pizca de mi hálito, y su olfato no tardará en detectarlo.

Cuando salgo y camino un poco, lo confirmo. Él está merodeando por los alrededores, está lejos pero casi puedo ver alargarse su nariz canina. Le llamo la atención; es normal, voy de payaso y llevo cinco globos de colores en medio de la Gran Vía. Entro al local de la fiesta de cumpleaños y me mezclo con los pequeños invitados y los de la empresa de animación.

Uno de los payasos congrega a un grupo de niños mientras hace malabares. Desvía los ojos al verme, frunciendo el ceño, mientras me pongo a hinchar globos con naturalidad junto a su compañero. Este se excusa ante los asistentes con una sonrisa bobalicona y deja lo que está haciendo para apartarme a un lado y hablar. Yo no solo me dejo, sino que me aparto todavía más lejos junto a él sin quitar mi mirada del malabarista.

«¿Tú de dónde vienes? No pareces de la empresa», me dice, pero no le presto atención. Me centro en mirar cómo se desinfla uno de mis globos, que he dejado cerca del único payaso visible que hay ahora mismo en la fiesta.

«¿Me estás escuchando?», sigue, elevando el tono, mientras mi atención se desvía hacia la puerta. Mi acechador. Se le eriza el abundante vello de su cuerpo y abre su mandíbula trituradora a medida que se enfoca hacia aquel al que confunde conmigo. Sonrío. Su víctima, no tanto. Las bolas de colores se le caen al suelo a medida que los niños gritan y corren abriéndole el camino a la bestia. Se abalanza hacia el payaso a cuatro patas, le aplasta contra el suelo y le desgarra el pecho de un mordisco, pero se para a los pocos segundos dándose cuenta de su error.

Su compañero deja de prestarme atención y mira la escena, horrorizado. Aprovecho para inmovilizarle, taparle la boca y sorberle la sangre del cuello hasta que deja de resistirse. Lo dejo caer discretamente al suelo mientras siento nutrirse todo mi organismo. ¡Tenía tanta sed!

Desligo mis otros globos, que salen volando por la estancia; salgo afuera, y contemplo al hombre lobo buscar en todas direcciones, resoplando de furia. El aroma de la sangre de su víctima atraerá a su jauría, pero también a mi horda. Y yo, el príncipe de los vampiros, podré salvarme hoy para golpear con más fuerza el día de mañana.

Esta vez, nosotros venceremos.


 


WERWOLF-TRUPP

Teresa Olalla


Acabo de salir de mi pueblo, Gengenbach. En cinco minutos me adentraré en la Selva Negra en busca del Werwolf-trupp. Allí no tendré cobertura, así que grabaré todo con mi GoPro y mañana, en cuento regrese a casa, lo compartiré en mi canal de Youtube. De momento me despido. Muchas gracias a todos por vuestros mensajes de ánimo y cariño.

J. Schwarz finalizó el directo de Instagram. Guardó su móvil en la mochila, comprobó la linterna y la batería de su cámara compacta. Llevaba todo lo necesario para pasar la noche a la intemperie. Se ajustó el gorro de lana y comenzó a caminar por el sendero que le adentraría en el bosque. Pasados cinco minutos, cuando el espesor hacía más oscuro el camino, encendió la linterna y la cámara.

Voy a colocar la GoPro en mi cabeza para que podáis ver todo lo que yo veo. Cuando encuentre a las bestias quiero que las veáis como las voy a ver yo. El camino de momento es bastante llano, pero en seguida se volverá escarpado. He caminado muchas veces por este sendero, su naturaleza es preciosa, pero por la noche es simplemente acojonante. Los olores se perciben de una manera más profunda y siento cómo los animales nocturnos me vigilan. Ojala pudierais estar aquí para sentir lo que siento ahora mismo. Es una mezcla de ilusión, asombro y miedo.

J. Schwarz hizo una pausa. Sacó de su mochila un termo y dio un trago al whisky.

Mmm, este té está cojonudo. Bueno, sé que a muchos de vosotros os gustan las leyendas. Algunos pensáis que son fantasías literarias para asustar a los niños y otros muchos que creéis, como yo, que son ciertas. No sé, pero siento que esta noche va a pasar algo importante. Tengo el presentimiento de que encontraré a la manada y quedará constancia de todo. ¿Habéis escuchado eso?

J. Schwarz olvidó por un momento que no estaba retrasmitiendo en directo. Iluminó hacia donde había escuchado el ruido, girando al mismo tiempo la cámara.

Tal vez alguno de vosotros no esté familiarizado con la leyenda del Werwolf-trupp. Os la contaré tal y como lo hizo mi abuela:

Hace tiempo en Gengenbach una loba atemorizaba al pueblo, cada luna llena mataba a un niño. Un grupo de cazadores, harto de los asesinatos, se adentró en el bosque en busca de la fiera. Nunca regresaron. En la siguiente luna llena los ataques se extendieron al resto de aldeas que rodean la Selva Negra. El rumor de que la loba había trasformado a los cazadores en lobos se extendió por toda la zona. La loba había creado su propia manada. Cada vez que se hacían batidas los cazadores desaparecían y los aullidos eran más numerosos. Así nació la leyenda del Werwolf-trupp. En asamblea se prohibió cualquier incursión en el bosque por parte de los cazadores. Los ataques cesaron. Las abuelas comenzaron a contar esta historia a los niños para atemorizarles pasando a ser una leyenda más de licántropos.

Sin embargo, las noches de luna llena se escuchan aullidos. No son como los de los lobos, tienen algo desgarrador y a veces algún animal de granja desaparece. Los más viejos del lugar dicen que la loba ha vuelto.

J. Schwarz bebió de nuevo del termo y prosiguió su camino.

Esta noche hay lo que los astrónomos la llaman súper luna roja. Se dice que esta luna despertará los instintos asesinos del Werwolf-trupp. Al anochecer se han escuchado aullidos. Por eso estoy convencido de que esta noche daré con ella. Debo ser sigiloso. Ahora que me he adentrado un poco más en el bosque debo hablar más bajo, tener cuidado con lo que piso para no hacer ruido.

J. Schwarz comenzó a caminar más despacio.

Han crujido unas ramas por allí.

J. Schwarz se paró en seco. La luz de la linterna temblaba de un lado a otro en busca de lo que había originado el ruido.

Puede que sea cualquier alimaña. El sendero está lleno de ramas caídas. ¡Joder, qué ha sido eso! Me ha rozado algo húmedo.

J. Schwarz se giró en rededor, la cámara no encontró nada.

Os juro que algo me ha tocado. No os voy a engañar, el corazón me va a mil. Hay algo a mi alrededor, escucho sus pisadas, pero no lo veo, joder.

J. Schwarz movió temblando la linterna a derecha e izquierda.

¡Otra vez! Me ha tocado algo en la mano. Escucho más pisadas que se acercan por allí. ¿Qué es eso? ¡Veo algo! No es posible. ¡Creo que son ellos!

J. Schwarz corrió. La luz se apagó al caer la linterna. Se dejó de escuchar la voz del joven, pero no hubo silencio en el bosque. Mientras, la cámara siguió grabando en la oscuridad los secretos de la Selva Negra.



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