Fátima Alonso y Álex Casas son los ganadores de esta semana




Purificación

Fátima Alonso


La mujer espera paciente a que el hombre se duerma con un sueño profundo. Debe estar segura de que no se despertará al sentir sus movimientos incorporándose sobre el camastro.

Aguarda impasible, a pesar del miedo y la impaciencia, durante más de una hora. La mano del hombre descansa sobre su vientre. Esa mano grande y fuerte, que sabe acariciarla con dulzura, pero no proteger a su niña del infierno.

Cuando cree que él está profundamente dormido, se levanta. Se viste con movimientos lentos y se acerca a la niña que duerme despreocupada. No conoce la amenaza que se cierne sobre ella.

La mujer zarandea suavemente a la pequeña y, cuando esta abre los ojos, se apresura a tapar su boca y le hace un gesto de silencio, llevándose el dedo índice a los labios. La coge en brazos. Todavía puede cargar ese pequeño cuerpecillo de cinco años. La niña la mira extrañada, pero comprende que debe obedecer. No sabe lo que ocurre, pero haría cualquier cosa que le pidiese su madre. Con ella se siente protegida.

La mujer mira al niño que, hasta ese momento, dormía junto a su hermana. Siente unos deseos enormes de abrazarlo, pero no puede correr riesgos. Tampoco puede cargar con él durante los quince kilómetros que deben recorrer. Lo mira y llora con un llanto silencioso.

Coge una pequeña bolsa de viaje y sale con la niña en brazos, cerrando la puerta con cuidado, tras de sí. Ya en la calle, comienzan a andar, cada vez más deprisa, hasta que la marcha se convierte en una carrera. No mira hacia atrás ni una sola vez. Su determinación es absoluta.

Dejan atrás el poblado y cogen un sendero estrecho, flanqueado por matorrales. La noche, serena, les regala una hermosa luna recortada en su cuarto menguante. La niña pregunta a su madre por qué se han escapado de casa, adónde van, si el destino esta lejos. Demasiadas preguntas para contestar en ese momento en que la mujer debe concentrar todas sus energías en alcanzar la carretera antes de que amanezca. El autobús con destino a Boorama sale a las seis de la mañana.

Cuando llevan cerca de tres horas caminando, la niña comienza a quejarse. Las alpargatas gastadas y los kilómetros recorridos están haciendo mella en sus pequeños pies. La mujer decide parar un momento. Se sientan sobre la tierra y saca de la bolsa unas pequeñas tortitas impregnadas de té y aceite de sésamo. La niña come con avidez y, cuando sacia su apetito, cierra los ojos y apoya la cabeza en el pecho de su madre. La mujer la deja descansar un rato. Ya han recorrido la mayor parte del camino, aunque sabe que el último trayecto será el más duro y tendrá que cargar con ella.

Acaricia el pelo ensortijado de su pequeña y recuerda una noche lejana. Ha pasado mucho tiempo, pero aún siente aquel nerviosismo de las horas previas a la ceremonia de su purificación.

La despertaron con el primer canto del gallo y la llevaron a la cabaña de aquella mujer corpulenta. Su abuela le decía al oído que debía ser fuerte para poder alcanzar la pureza. Se sentía inquieta y excitada a la vez. Presentía que aquel día sería especial para ella. Pero, cuando vio el brillo de aquella cuchilla en las manos de la curandera y miró a los ojos de su madre, supo que algo no iba bien. Le quitaron la ropa y le abrieron las piernas mientras aquella mujer, arrodillada frente a ella, efectuaba el corte.

Recuerda el dolor que, desde la entrepierna, se extendió por su espalda, su cuello, su cabeza, sus piernas …, el escozor terrible, los deseos de gritar y el horror que atenazaba sus cuerdas vocales. Después, el líquido rojo y pegajoso que manaba de la herida y caía en la palangana mientras las mujeres recitaban sus cantos.

A ese dolor siguieron muchos otros. Toda su vida había sido desde entonces una sucesión de dolores. Cada vez que el hombre la penetraba con su miembro erecto, cada vez que se debatió entre la vida y la muerte al parir a sus hijos.

Acaricia el cuerpo de niña de su pequeña. Sus pezones pugnando por brotar, sus caderas redondas, el vello que pronto asomará en su pubis. Su hija no, se dice. Ni la hija de su hija. Ni la hija de la hija de su hija.

Un halo de luz anaranjada alrededor de la luna le recuerda que debe ponerse de nuevo en marcha. Dentro de un par de horas despuntará el día. Se siente desfallecer, pero su determinación es grande. Saca de la bolsa un trozo de cartulina con un número de teléfono, una dirección y una luna roja como la que la ha guiado durante la noche. Después, toma a su hija en brazos y emprende de nuevo el camino.






Un tiempo de más

Álex Casas


Me arrastro por un túnel que conduce al interior del castillo. Por encima de la tierra que me esconde sobrevuelan las puntas de flecha que lanzan desde sus altos muros, las espadas que nos esperan, las cotas de malla que deseamos atravesar con nuestros aceros. Todas han sido forjadas por mi padre y por mí.

Victoria o muerte, es el único impulso que invade a unos corazones llenos de furia y entrega de este ejercito improbable. Granjeros hambrientos, mujeres violentadas por los soldados, brujas que sortearon la hoguera, mercenarios que no recibieron su parte, enemigos históricos y hasta un bastardo que se hartó de tanta repudia.

La entraña que dirige mi venganza surge un poco más abajo de mi corazón.

Crecí entre brasas y el ritmo del martillo golpeando el metal enrojecido. Mi madre no lograba retenerme en la cocina. No estaba hecha para remover la sopa y desplumar pollos. Yo quería hierro, acero y bronce. A mi padre le encantaba verme en la forja. Una vez me dijo que de bien pequeña, pretendía levantar un martillo enorme del suelo y ante semejante imposibilidad, acabé arrastrándolo por todo el suelo del taller. Él vio en mí, que no iba a ser una niña como las otras y me dejó libre.

Mi ejercito recibe la primera ronda de los arqueros disparando desde lo alto de las murallas. Los escudos resistirán y soportarán la lluvia de flechas.

Forjé mi primera arma a los nueve años. Una daga rudimentaria, pero capaz de rasgar la carne que se le pusiera enfrente, y como prueba de ello le pueden preguntar a Erin, el hijo del porquero. La misma mano que me tocó recibió el corte. Siempre intenté que los hombres jamás me tocaran. Hubo hombres más grandes que lo intentaron y usé armas más grandes y afiladas para darles a entender cuan equivocados estaban. Otras veces, lamentablemente, estuve desarmada.

Las catapultas han iniciado su tanda de lanzamientos. Piedras de doscientas cincuenta libras arremeten contra los muros. El túnel vibra a cada impacto.

Nos vimos en el bosque la primera vez. Su caballo estaba encabritado porque les perseguía un jabalí. Cabalgaba sola, sin escolta. No lo pensé dos veces y disparé con mi arco, a la tercera acerté en una pata y la bestia, herida, inició su huida. Una vez controló su montura se puso a mi lado para darme las gracias. Le agradecí y me disculpé, tenía que retirarme a seguir el rastro de sangre del animal, nunca había cazado nada más grande que un conejo. Ella me dijo que no me preocupara, que ordenaría que buscaran la pieza y la llevasen a la herrería. Me invitó a pasear a caballo. Me subí a la grupa y cabalgamos juntas.

El ariete golpea las puertas de la ciudad mientras las cruzo por debajo. El alma de su madera empieza a resquebrajarse. Decenas de escaleras se colocan sobre los muros y los primeros hombres empiezan a subir por ellas.

A la semana vino a buscarme, quería ir al lago alto a bañarse. Cabalgar con ella rodeando su cintura ya era una experiencia que no dejaba de gustarme, pero nada comparado con el fogaje que sentí cuando se desnudo para meterse en el agua. Sentía más calor que cuando estaba trabajando duro en la forja. Una pulsión feroz me nacía entre las piernas y se extendía por todo mi cuerpo. El deseo me atravesaba de abajo a arriba por primera vez, oía mi corazón como el repicar del yunque. Creí que si me tocaba me fundiría.

Al final del túnel aparece el pasadizo que conduce al interior del palacio.

Hasta la tarde que su mano cogió la mía y la condujo debajo de su vestido. La mía hizo lo mismo con la suya. Bocas que se buscaron. Cuerpo contra cuerpo. Temblores y gemidos. Se desató una locura, la una por la otra.

Salgo por la trampilla que tantas veces usé en nuestros encuentros secretos. Asesino a los soldados que custodian las puertas de los aposentos del rey, no pueden creer que sea yo la que los ataca, los reconozco a todos. Nunca olvidaré esas caras.

Mis soldados avanzan por toda la ciudad amurallada a sangre y fuego, yo entro en la habitación.

El rey nos sorprendió una noche que nos quedamos dormidas en su cama. Mandó a su hija a un convento, ordenó asesinar a mis padres y a mi me entregó como entretenimiento para la tropa. Cuando me dieron por muerta tras usarme sin fin, me arrojaron al estercolero para que me devoraran los cerdos. Logré llegar al túnel y me arrastré cubierta de suciedad, sangre y lágrimas.

Fue tanto el sufrimiento que ni siquiera la muerte pudo obviar mis deseos de venganza, así que me dejó este tiempo de más para cumplir mi cometido.

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