Fátima Alonso y Samuel Pena son los ganadores de esta semana




El polvo en el camino

Fátima Alonso



No entiendo cómo España no ha excavado con sus manos todo el campo de Granada para recuperar el cuerpo de su poeta.

(Leonard Cohen)


15 de agosto de 1936

Huerta de San Vicente (Granada)


Échame, niña bonita

tus lágrimas en un pañuelo.

Yo las llevaré a Granada,

que las engarce un platero.


La mujer entona la canción, intentando aparentar tranquilidad, mientras tiende las sábanas al sol, pero su voz le tiembla en la garganta y sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Lleva días al borde del llanto y apenas puede disimular su angustia delante de los niños, que juegan a salpicarse con el agua de una tinaja.

Un movimiento repentino dentro de su cuerpo hace que se lleve la mano al vientre abultado. Otra patada. Hoy se ha despertado juguetón, piensa. Y agradece esa pequeña alegría que dibuja una sonrisa en su rostro y la aparta por un instante de los malos presagios.

El calor es tan sofocante que cuesta respirar. Parece que se avecina otra tarde de bochorno. Busca una silla para descansar sin apartar la mirada del camino. Han pasado solo nueve días desde que los falangistas irrumpieron por primera vez en la casa y pusieron todo patas arriba, sin importarles los llantos de los niños ni los lamentos de la abuela. Entraron como bestias furiosas y volcaron hasta el piano buscando una emisora de radio, la que, según ellos, utiliza su hermano Federico para comunicarse con los rusos. Dicen que es un espía comunista. La mujer se pregunta en qué momento la locura se ha instalado entre ellos, como el polvo que levantan las ruedas de sus vehículos en el camino. Como el ruido de sus motores. La voz de su padre interrumpe sus pensamientos.

- ¿Estás bien, hija?

- Sí, padre. Solo estoy descansando. Es este calor agobiante.

- Pues no te empeñes en hacer las tareas. Deja que lo haga Esperanza.

- Si es por distraerme. No se preocupe.

El padre menea la cabeza y entra en la casa. Su rostro tampoco puede disimular la preocupación y parece que le han caído varios años encima en los últimos días. La amenaza se cierne sobre ellos, incapaces de escapar de esa sombra maldita que ha traído la desgracia a sus vidas.

La mujer cierra los ojos y recuerda la segunda visita. Los gritos de Gabriel, el casero, atado a un cerezo y golpeado con saña para que revelara el paradero de sus hermanos. Concha no tiene ninguna duda de cuál era la finalidad de ese acto salvaje. Sabe que los falangistas estaban mostrándole lo que podía sucederle a ella.

Un ruido de motor pone en alerta a la mujer. Corre a esconderse detrás de los macetones de la terraza mientras grita a los niños que entren en la casa. Desde su escondite, asoma la cabeza y ve acercarse un vehículo, aunque no acierta a distinguirlo con claridad. Cuando se para frente a la finca, ve que es una furgoneta militar, de la que bajan dos hombres con uniforme que gritan su nombre mientras se acercan.

- ¡Concepción García Lorca! ¡Venimos a hablar con usted! ¡Salga de la casa!

La mujer se apresura a salir y cierra la puerta para proteger a los niños y a sus padres. Después, se aproxima a los dos hombres con mirada interrogante. No se atreve a decir nada.

- Queremos saber dónde está su hermano.

- No lo sé –responde -. Hace varios días que se fue y no ha vuelto. No sé dónde puede estar.

- Vamos a llevarnos a su padre, entonces. Dígale que salga si no quiere que entremos nosotros a buscarle.

- ¿Mi padre? Él no ha hecho nada. Déjenle tranquilo, por favor.

- No vamos a perder más tiempo, señora. Díganos dónde está su hermano o nos llevamos a su padre- amenaza uno de los hombres mientras se dirige a la casa.

La mujer intenta bloquearle el paso, pero el hombre la empuja. Antes de que golpee la puerta con la aldaba, la mujer grita:

- ¡En casa de los Rosales!

Se tapa la boca con las manos y siente que, después de esas palabras que acaba de pronunciar, ya no quiere seguir viviendo. Se hace el silencio. El hombre vuelve sobre sus pasos y se coloca frente a ella, muy cerca. Clava sus ojos en los de la mujer y después mira a su compañero. Los dos irrumpen en una sonora carcajada.

- ¿Qué te creías? ¿Qué no sabíamos dónde está ese rojo maricón? Solo queríamos oírtelo decir, mujer.

Los dos hombres se alejan riéndose. Arrancan el coche y aceleran dejando en el aire una nube de polvo, mientras la mujer se deja caer en la silla y rompe a llorar con un sollozo incontrolado.


 



Cuando las letras se envolvieron en fuego

Samuel Pena


Entre las aguas saladas que traían gloria, y las arenas, seno del conocimiento, la biblioteca se erguía imperturbable. Alejandría era la cuna de la excelencia y Sinhué deseaba salvaguardar esa sabiduría por la eternidad. El apasionado aprendiz de bibliotecario gozaba cada minuto en las instalaciones. El olor de las páginas, llenas de tinta y esperanza, embriagaba al muchacho.

Tras sus clases se sentó a leer uno de los papiros. Fue interrumpido por su maestro, que lo informó de la visita de unos distinguidos invitados. Le ordenó acompañarlo cuando Helios se acercase al fin de su recorrido diario. Una sonrisa cándida se dibujó los labios de Sinhué, se sentía reconocido, alguien que tomar en cuenta. El aprendiz, orgulloso, devolvió el escrito a su lugar y se aproximó a la salida. Deseaba practicar sus mejores citas antes de la hora indicada, en el desierto no molestaría a nadie.

-No confío en ellos -susurró apacible una voz femenina.

Sinhué se giró para observarla, se trataba de Melpómene, una de las más aclamadas eruditas. Su rostro normalmente evocaba un brillo sutil; como la luna, que dispersa las sombras sin traer la luz; pero aquel día sus facciones se habían oscurecido. Él no comprendió sus palabras al inicio, antes de que pudiese entender el porqué de su afirmación, ella continuó.

-He oído hablar de ellos, joven Sinhué. Son bestias, arrasan todo lo que los disgusta. Rechazan el placer, piensan que es demasiado sublime para que los mortales lo alcancen.

Su declaración lo impactó profundamente. Estaba enmudecido del pavor, se temía cómo iba a proseguir Melpómene.

-Dicen que quieren hacer una visita, no los creo, ningún sabio lo hace. Han engatusado al mismo emperador, no se puede evitar su llegada. Desconozco lo que planean, pero auguro la tragedia. No lo olvides, aprendiz, tu deber con este lugar está sobre tu vida, la mía y la suya. Si has de enviarlos al Tártaro, no dudes, o Alejandría lo pagará.

Sudores fríos recorrieron la piel de Sinhué. Su padre, su abuelo y su maestro habían dedicado su existencia a cuidar de aquel lugar. Él amaba hasta lo más profundo de su ser la biblioteca. Deseaba guiarla, como un progenitor a un hijo, hacia su triunfo. Pensaba fervientemente que los documentos atesorados en Alejandría impulsarían a los humanos más allá. Si esos infames dañaban una sola página… Su alma se quebraría, su piel se tornaría en llamas y el aire en espinas. Él sería el responsable, pesaría sobre su conciencia que no cumplió su cometido.

Cuando volvió a la realidad, Melpómene había partido. Desesperado, Sinhué acudió junto a su maestro. Relató todo lo que la erudita le había dicho, pero su instructor no creyó en sus palabras. El mundo del joven se cayó sobre sus hombros, sin aplastarlo, condenándolo a sostener ese peso. Su maestro, enfurecido por la desfachatez del muchacho, lo castigó a mantenerse aislado de la visita.

Se marchó, dejando a Sinhué perdido en un embravecido océano de sentimientos. Vino a su mente una pila de papeles destrozados, con los visitantes sentados sobre ella; como un trono de sueños perdidos, vidas malgastadas y promesas olvidadas. “No” se dijo, henchido de determinación. “Mientras me quede aliento, los pergaminos serán intocables”.

Armado con espada y su convicción ya no quedaba nada del joven e inocente Sinhué; ahora era Sinhué, Guardián de la Biblioteca de Alejandría.

Esperó en el desierto hasta que a su maestro marchó hacia el puerto, entró en el edificio y aguardó. Escondido, espió durante toda la visita a los hombres; cuando uno de ellos se separó del grupo, sabía qué hacer. El forastero se encontraba sentado, cerca de una estantería, intentando prender fuego en los textos.

El Guardián puso sobre su corazón la punta del arma, obligándolo a entregarle la antorcha improvisada que había creado. Se dispuso a cercenarlo, mas un pensamiento cruzó su mente. La muerte rápida no era castigo suficiente, no apagó la chispa. Sinhué escupió sobre el hombre y, mientras le aceraba el fuego con una mirada desprovista de humanidad, recibió un golpe en su cabeza.

Tenía calor, muchísimo calor. Abrió los ojos con dificultad, el humo se introducía en sus fosas nasales como agujas. Haciendo acopio de toda su fuerza, se levantó. Dio pasos torpes, sin saber a dónde se dirigía. Escuchó entonces la voz de Melpómene, que pedía auxilio.

Caminó hacia ella lentamente, su cuerpo no le permitía más. Vio que, bajo sus brazos, llevaba todos los pergaminos que había sido capaz de recoger. Entendió entonces lo que pretendía. La imitó y ayudándose entre los dos avanzaron, hasta que el fuego los rodeó. Abrazaron los textos con fuerza, como si aferrarse a ellos pudiera protegerlos del incendio. Mientras las llamas los estaban devorando, Sinhué se dio por vencido. Cuando las letras se envolvieron en fuego, comprendió que había condenado a los hombres.




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