Giovanni Caramuto, Elvira Toro y Álex Casas son los ganadores de esta semana




Esencial

Giovanni Caramuto


Ramón había ido hasta el extremo del andén del metro y bajó a las vías sin ser visto. Se adentró un poco en la oscuridad y se tumbó en las vías mirando hacia arriba. Cerró los ojos y esperó.

Yo estaba esperándolo allí, sentado en el borde de la vía.

—Ramón. —Mi voz de ultratumba le sacudió por dentro. Abrió los ojos y me miró a las cuencas de mi calavera.

Acto seguido, suspiró y cerró los ojos. Eso no me lo esperaba.

Me levanté extrañado. Miré hacia ambos lados, esperando el tren. Con el mango de mi guadaña golpeé al suicida. ¿Es posible que no me haya visto?

—¡Ramón! —Acompañé el grito con un toque un poco más fuerte de lo normal. Éste se incorporó un poco y me miró de nuevo, un poco molesto.

—¡Sí, ya! Eres la Muerte, ¿por qué crees que estoy aquí? Date prisa y haz tu trabajo. —Volvió a acomodarse en las vías. Se oía lejano el traqueteo de uno de los trenes.

—¿No tienes miedo de mí? —Acostumbrado a que la gente llorara y se arrepintiera en sus últimos momentos, hinché mi caja torácica para parecer más grande, orgulloso de mi trabajo.

—¿Miedo de tí? Ninguno. —Esta vez ni siquiera abrió los ojos. — Mi vida hasta ahora ha sido un infierno… Pero sí tengo miedo de lo que vendrá después.

—¿Qué crees que viene después? —Mi curiosidad era genuina, porque después de llevarme a millones de humanos durante millones de años, nunca había conocido a alguien que no tuviera miedo de mí.

En ese preciso instante el tren apareció, aplastando mis ansias de saber más sobre el tema. Y también el cuerpo de Ramón. Cogí su alma, la metí en mi saco, y regresé a la Oficina de Gestión de Almas.

Decidí ir a preguntar qué había después de mí. A pesar de estar tanto tiempo en este trabajo, siempre había cosas que tenía que preguntar y que no quedaban nada claras.

Mi mano huesuda golpeó la puerta del despacho de Esspolorm Smemorkal, el gestor jefe. La puerta se desvaneció en una nube de humo y entré. Esspolorm parecía sorprendido de verme desde el otro lado de su mesa. Era un ser interdimensional sin forma aparente, lo cual me daba un poco de reparo porque no sabía dónde mirar cuando hablaba con él.

—¡Muerte! ¿Qué haces aquí? Sabes que hay miles de personas que te esperan en la Tierra.

—Llevan viviendo toda su vida, creo que pueden seguir haciéndolo durante un ratito. —Me senté frente a él y no me anduve por las ramas. —¿Qué viene después de mí?

—¿Después de tí? Pues… no viene nada. la Nada. ¿No leíste la última circular?

—Pero, ¿y el Cielo y el Infierno? ¿Y el purgatorio?

—No tenemos sitio ya para nada. Todas esas almas que nos traes van directamente a la Nada. Algunas de ellas sí las reciclamos, pero el resto no sirven ni para eso. Al llegar a la Nada, simplemente dejan de existir, y dejan de ser un problema.

—¿Cómo? Se supone que yo les llevaba a donde fuera que creían ellos, ¿qué tipo de broma es ésta? Exijo un cambio de puesto de inmediato. —Me puse a golpear la mesa con la falange del dedo índice.

—¿Pero qué dices? Eres la Muerte, no sabes hacer otra cosa. Cuando entraste firmaste un contrato de exclusividad, 24 horas, 7 días a la semana, para toda la Eternidad. Además, nadie puede hacer tu trabajo. Déjate de chorradas y baja ya, que tienes faena.

Salí del despacho derrotado. De camino a la Tierra, pasé por delante del centro de reciclaje de almas. Un gran cilindro metálico prensaba y moldeaba todas las almas que podía, mientras el exceso era tirado a la Nada.

Una idea se cruzó por mi mente. Me colé en la sala y observé desde arriba la boca de aquel cilindro: las almas nadaban brillantes, felices, ignorantes de todo lo que pasaba en la Tierra, siendo procesadas para volver a la vida en el cuerpo de algún recién nacido. Abrí mi saco, aún con el alma de Ramón. Con un gesto casi ceremonial, la lancé al interior.

—Mejor suerte esta vez.


 


La sombra que habita en mi casa

Elvira Toro


La primera vez que la vi era apenas una mancha, una sutil sombra oscura, en el techo de mi balcón. La miré y supe que venía a instalarse para siempre en mi vida. Sé que cualquier otro habría pensado que era producto de la humedad, o de la falta de luz, pero yo no, sé reconocer el mal cuando le miro a los ojos, o al menos eso creía entonces.

Ignorar a aquella sombra fue mi primer intento de dejarle bien claro que no era bien recibida. En pocos días ella respondió a mi invitación a marcharse extendiendo sus dominios a buena parte de la pared. Y, aunque ambos sabíamos que mis intentos de aniquilación eran absurdos, me vi en la obligación de presentarle batalla estropajo y detergente en mano.

Ni tres pares de guantes de goma me protegieron de la extraña sensación que me invadió al entrar en contacto con ella: el vértigo de quien se asoma a un abismo, el escalofrío que provoca un aliento helado en la piel, un cansancio hostil, una apatía profunda trepándome por el brazo, infectando mis músculos y absorbiendo mis ganas de vivir. Debí huir, pero yo no soy de los que se rinde sin luchar.

Aquella fue solo la primera de mis derrotas. Yo solía salir al balcón a disfrutar de la lectura de un buen libro y a cuidar de las plantas, pero pronto no tuve nada que regar. El suelo quedó cubierto de pétalos muertos y el aire se tornó pesado. Todo a su paso se volvía anodino, monótono y carente de vida. Se extendió sin pedir permiso como la yedra, hasta robarme cada centímetro de aquel sitio. Era el mismo lugar, pero no lo era. Como cuando alguien querido muere y todo sigue igual y a su vez es dolorosamente distinto.

Tratando de oponerle resistencia, cerré el acceso desde el balcón al resto del domicilio. Creí que así contendría su amenaza. Me equivoqué. Su forma se alargó e invadió primero partes del estudio y después del salón. A medida que la sombra reclamaba más y más del que había sido mi espacio, yo recurrí a chamanes, crucifijos, exorcistas y otros remedios absurdos. Ante mi oposición, ella se envalentonaba. Se apropió de mi lado favorito del sofá, de mi colección de discos de Jazz; todo cuanto me arrebataba no le parecía suficiente.

Mi vida empezó a girar en torno a ella. Perdí las ganas de salir a la calle. Pensaba que, si abandonaba mi hogar, ella se adueñaría de cuanto aún poseía. Me distancié de mis amigos. Nadie podía entender el malestar que me generaba su presencia. Es fácil dar consejos cuando una sombra invade la casa de otro.

Traté de hacerle la convivencia muy incómoda: cambiaba continuamente de sitio mis cosas, jugaba con una linterna a deslumbrarla o subía el volumen del transistor. Por las noches apenas dormía, me daba miedo bajar la guardia.

Luché contra la sombra hasta casi rozar la locura. Agotado de tanta batalla, al límite de mis fuerzas, me rendí. Abandoné mi extenuado cuerpo sobre la cama, a su merced. Mientras aguardaba un fatídico desenlace, observé sus movimientos. Es sorprendente lo que se puede conocer a una sombra si se le presta atención. Ella no avanzó ni un centímetro, ni trató de hacerme daño. Simplemente continuó con sus rutinas. Aquello me sorprendió; era cierto que ella me había impuesto su presencia y, sin embargo, nunca hacía ruido a altas horas de la noche, ni robaba en mi nevera, ni se apropió del mando del televisor. Tampoco se vengó de mí robándome el baño ni invadió del todo una habitación.

¿Y si solo buscaba un lugar donde habitar? Quizás hasta las sombras necesitan compañía. ¿Y si elegir mi casa no fue casualidad? Al fin y al cabo, yo era un ser tan solitario como ella…

Esperé y esperé una reacción por su parte hasta que el cansancio acumulado me venció. Por primera vez desde que ella llegó a mi vida, dormí durante horas. Me desperté con una sensación de profunda paz interior. La sombra estaba allí, observándome, aguardando mi siguiente paso. Le propuse llegar a un acuerdo: seríamos compañeros de piso si estaba dispuesta a seguir una normas básicas de convivencia. Ella aceptó complacida y en gesto de agradecimiento me devolvió la mayor parte de mi hogar.

Desde entonces disfruto de las ventajas de convivir con una sombra como ella: es discreta y le encanta escuchar. Mi nueva amiga es parca en palabras, lo reconozco, pero en los momentos en que me oprime la soledad, la miro y me siento comprendido; juntos, disfrutamos de nuestra mutua compañía al son de mis viejos discos de Jazz.



 



La comida más importante del día

Álex Casas


Cuando levantó la cabeza, después haber acercado la nariz al plato para oler el aroma del beicon recién hecho, el señor Lubdrup se encontró sentado enfrente a la misma Muerte.

–La hostia que susto –dijo dando un respingo sobre su asiento.

–¿Es usted Philip Lubdrup?- preguntó la Muerte.

Lubdrup se quedó petrificado ante esa extraña aparición. Una presencia corpulenta vestida con una única prenda, una túnica raída que le tapaba entera. Tenía la cabeza cubierta con una especie de capucha enorme, que caía hacia delante e impedía verle la cara. Cada vez que miraba en ese interior en busca de un rostro solo encontraba oscuridad.

–Señor Lubdrup soy la muerte y vengo a llevármelo. En cuando acabe el desayuno morirá– pronunció estas palabras con una voz grave y pesada, como si surgiera de un abismo con su propio eco.

–¿Está de coña, ¿no?– exclamó Lubdrup mirando a izquierda y a derecha buscando una respuesta a su alrededor, algún amigo que le esté haciendo una broma o una cámara oculta.

–No es ninguna broma. Me tomo muy en serio mi trabajo.

–A ver, el disfraz es extraordinario, el olor a musgo podrido está muy conseguido, y esa voz, que decir de esa voz, la verdad es que me reverbera en el pecho cada vez que habla, acojona, ¿cómo logra ese efecto?¿es alguna App?¿Puedes demostrar algún poder para que me crea todo esto? Tampoco te pido que señales a alguien y le de un infarto fulminante, quiero comer mi desayuno en paz.

–Vendrá la camarera y me preguntará que quiero tomar.

–Menuda novedad.

–Luego me pedirá un autógrafo.

–¿Anda ya?

–Y más tarde las dos chicas, que entrarán dentro de cinco minutos, te pedirán que me hagas una fotografía con ellas dos con el teléfono de la rubia. Y por si no tienes suficiente y crees que todo este preparado te explicaré quien eres. Philip Lubdrup. Cincuenta y tres años. Vives con tu madre, ella te sigue haciendo la cama. Abogado mediocre. Hace años que no tienes pareja. Te masturbas con porno asiático. Anoche soñaste con ese amigo de infancia que nunca más volviste a ver. Llevas un pastillero en el bolsillo derecho del pantalón con cinco comprimidos de Citalopram 20mg y en la cartera llevas treinta y cinco euros, la tarjeta del gimnasio al que nunca vas y el carnet que te caduca dentro de cuatrocientos cincuenta y tres días. ¿Sigo?

La boca de Lubdrup estaba tan abierta que le costó balbucear un no. Respiró profundamente. Puso su mente a pensar. Entre tanto la camarera vino y le pidió el autógrafo

–De acuerdo, eres la muerte– Hizo una pausa para dar un sorbo a su café.– Has dicho que moriré después de tomar el desayuno, pero aún no he probado bocado, si no empiezo a desayunar tampoco moriré después.

–Acabas de beber café.

–Mierda– exclamó un Lubdrup que a pesar de todo seguía con hambre.

–Come tranquilo, yo no tengo prisa.

Estas palabras le dieron una idea a Lubdrup. Llamó a la camarera. Pidió repetir los huevos con beicon y añadió dos cruasanes, tostadas con mantequilla, un bocadillo de queso y más café.

–Buena jugada, pero solo estás ganando un poco más de tiempo. Aun así, te reconozco el mérito, me estás empezando a caer bien, aunque procura no atragantarte con tanta comida. Veo cada cosa que no creerías. Ayer, un atleta, salió corriendo en cuanto le informe de su destino y tres calles más allá lo atropelló un autobús.

Dos chicas interrumpieron la conversación y pidieron a Lubdrup que les hiciera una foto con la muerte. No salía de su asombro. Se la hizo. Las dos chicas se fueron emitiendo pequeños chillidos contenidos de alegría. La camarera empezó a traerle lo pedidos.

–¿De toda esta absurdidad lo que menos entiendo es el rollo este del autógrafo y la foto?

–Todos los demás me ven como a Brad Pitt. Pero no te entretengas hombre, come o parecerá que no tienes más hambre y podrías dar a entender que ya has terminado de desayunar– dijo la Muerte mientras se levantaba del asiento.

–¿Te vas?– preguntó mientras mordía el cuerno de un cruasán.

–Voy a mear. Oye, que no se te ocurra morirte antes de que vuelva del baño– soltó una carcajada tras pronunciar estas palabras.

Lubdrup pensó en aprovechar el momento y salir corriendo, pero enseguida se dio cuenta que de nada serviría. La muerte le esperaría en cualquier rincón. Siguió pensando entre bocados. ¿Cómo iba a ser? Seguro infarto, no trataba bien a sus arterias.

Cuando Brad Pitt salió del baño los demás comensales empezaron a acosarle pidiendo autógrafos. Nadie más vio al otro lado del local, al señor Lubdrup haciendo signos de ahogo, golpeándose el pecho con fuerza para intentar mover el trozo de comida, que se le había quedado trabado en la garganta.

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