Helio, por Alex Casas



El peso de la casa lo llevaba mi madre. Era una mujer abnegada. Cada uno de sus actos contenía un empeño admirable por sostenernos a todos, a pesar del incesante riesgo de derrumbe que nos perseguía como la más certera de las maldiciones. Constantemente estaba allí para subsanar la última desgracia que entraba por la puerta. Ella era el pilar que cargaba lo que a muchos les costarían llamar familia.

Mi padre era una mezcla de apariencia y desdicha. Un alcohólico irrecuperable al que nadie jamás veía beber y siempre andaba borracho. Un experto en conseguir trabajos en puestos o empresas que estaban a punto de desaparecer. Intentó vender enciclopedias en pleno boom de internet; consiguió trabajo de conserje en una fábrica de máquinas de escribir que estaba en quiebra técnica, no llegó a cobrar ni la primera nómina; una vez lo contrataron para vigilar un edificio que iban a demoler al día siguiente, lo contrataron para vigilar algo que iba a desaparecer. Mi padre parecía el último hombre para todo lo que se va. La triste figura que apaga las luces y cierra la última puerta. Estoy segura que el alcohol ha hecho mucha labor para evitar que se abrazara a una de esas columnas repletas de explosivos.

Eso sí, el amor que sentía por mi madre flotaba por encima de la bruma etílica. Cuando no la dormía la veneraba, le cantaba canciones que se inventaba sobre la marcha con ella de guapa protagonista y le preparaba cenas románticas cuando volvía cansada de uno de sus trabajos a base de macarrones y kétchup. Era un galán desgastado con la suerte embargada.

Últimamente andaba trasteando con la venta ambulante de globos para niños,

se pasaba el día en el parque hinchándolos con una bombona que llevaba a cuestas.

Tenían ese tipo de amor que tienen los cuerpos cansados, mucha ternura y poca esperanza. Nunca se quejaron de nada, el margen era siempre tan estrecho que no querían malgastarlo en reproches. Aceptaron como lo hacen los que nunca tienen opciones, de forma directa y en silencio, no fuera que el lamentarse llamase todavía más al infortunio.

El corazón de mi madre que había resistido disgustos y reveses periódicos nada pudo hacer ante el sobreesfuerzo continuado y una dieta alimenticia a base de fritura y desorden. Se le paró de madrugada, justo antes que sonara el despertador. Se ahorró el disgusto de morirse tras el sacrificio del despertar. Todo un detalle. Mi padre le apagó el despertador extrañado. Le habló y no obtuvo contestación. Su cuerpo no respondía. Temiéndose lo peor se echó de nuevo con la intención de dormir y despertar en la normalidad deseada. Se durmió y despertó varias veces durante esas horas de silencio antes que el mundo se despertara, y siempre abría los ojos al lado de un cadáver cada vez más frio.

Cuando fue la hora de llevarme a la escuela se atrevió a poner los pies en el suelo, se vistió con su único traje, el que usó para no vender ni una sola enciclopedia y quedó para las grandes ocasiones. Me llevó a la escuela de la mano. Un beso y un “aprovecha tu inteligencia, no confíes en la suerte” como única despedida. A partir de ahí se encerró en la casa con ella para no salir más.

Mi padre, en su encierro, empezó a hinchar de manera compulsiva todos los globos que tenía en la casa almacenados y a darle duro a la botella de anís que escondía en el falso techo del dormitorio. Globo que hinchaba, globo que se elevaba gracias al gas que contenía. En una idealización del suceso podría llegar a creer que mi padre intentaba llenar la casa de globos para que la casa, como en la película de dibujos animados, se separase de su base y empezara a surcar los aires en un intento de asegurar un cielo para mi madre que no estaba garantizado.

Pero la verdad, basada en el incontestable informe del cuerpo de bomberos fue que mi padre no usó como siempre una bombona de helio para hinchar los globos, esta vez utilizo la bombona de hidrogeno que tenía apartada, cuyo uso no estaba recomendada. Cuando se terminaron los globos por hinchar y el anís, se estiró en la cama junto a lo que había sido su amada.

La casa entera no subió hasta el cielo. Estalló en mil pedazos. La deflagración fue tan violenta que no encontraron sus restos. A veces creo que simplemente se escaparon. Los pobres o nos vamos de este mundo simplemente desapareciendo o molestando mucho. Mi padre alcanzó cumplir las dos a la vez. Ya les dije que somos algo que a muchos les costaría llamar familia.

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