José Villamarín, Ana B. Aguilar, Álex Casas y Mari Otero son los mejores escritores de la semana



LAS VIUDAS DIVINAS

José Villamarín


Salga pato o gallareta, es ahora o nunca, pensó el Pancho. Estaba decidido a disputarle a su rival, en su propio terreno, el amor de Valentina. Aprovechando las festividades de Año Viejo, se disfrazará de viuda y echará toda la carne en el asador para convertirse en la reina de la fiesta. No le dejará ese espacio a su adversario, un amigo del grupo, que anunció que esa noche estará en la reunión también vestido de una despampanante viuda. Ni siquiera tenía que decirlo, todo el mundo no esperaba otra cosa de él. Y a Valentina eso le encantaba.

Lo mejor, o lo peor de todo, es que la disputa se realizará en la casa de la dama en disputa, organizadora de la fiesta.

El Pancho sabía que será una dura contienda, pues, para su rival, dicharachero y divertido por naturaleza, este tipo de chifladuras eran pan comido. Era de los que bailaba con soltura, bromeaba con facilidad, imitaba a quien se le ponía al frente. El Pancho, en cambio… solo con decir que cuando bailaba parecía que tenía dos pies derechos.

Pero no le quedaba de otra que tomar al toro por los cueros. Su hermana, que le incentivó a tomar la decisión, sería su estilista.

Al menos una hora le tomó disfrazarse. Una vez que hubo terminado, fue al espejo y ¡guau! se quedó mudo de sorpresa. El blush de las mejillas, el rojo carmín de los labios, las pestañas risadas a lo Cleopatra, el azul brilloso de los párpados, las cejas bien delineadas, todo era perfecto. ¿Y su vestido de color negro? Ni qué decir, le caía desde los hombros con suavidad, hasta los muslos. La peluca, de un rojo ladrillo, hacía un juego perfecto. Como no tenía vello en las piernas, terminaba siendo una mujer adorable. Una pelirroja divina.

¿Y ahora, qué dirá mi rival?, pensó, triunfalmente, mientras se veía de frente, de perfil, de cuerpo entero y se arreglaba el busto relleno de algodón y las nalgas postizas. Cuando se volvió a mirar al espejo, la sorpresa inicial se trastocó en una suerte de gusto. Se asustó, sacudió la cabeza para sacarse cualquier mal pensamiento y decidió ir a ganar una batalla no declarada.

Pocos minutos más tarde, la pelirroja de minifalda negra apareció en la esquina de la casa de Valentina. Se dirigía a la puerta de ingreso, donde, en plena vereda aguardaba en una silla, en medio de luces y adornos, un monigote relleno de papel y aserrín, con petardos incluidos. Era el año viejo, el que a las doce de la noche será quemado, pateado, insultado, por su mal comportamiento durante el año. Sus viudas, que siempre eran varias, serán las encargadas de llorar su muerte y de recoger dinero entre los transeúntes para su entierro.

La pelirroja, con su trasero bien torneado, caminaba con dificultad sobre sus zapatos taco aguja. Le costaba contonearse, pero hacía su mejor esfuerzo.

—Hola, mi amor —decía con fingida voz dulzona a los curiosos que pasaban junto a ella.

Cuando estuvo cerca del Viejo, se lanzó a abrazarlo y llorar, en medio de las carcajadas de todos los asistentes.

—¡Noooo! ¡No puede ser! Pero si es el Pancho, ja, ja, ja.

—¡Buena, buena, Panchita!

—¡Te pasaste, Pancho, estás perfecta!

De a poco fueron apareciendo el resto de viudas, alzaron el volumen del parlante y se armó la buena en plena calle. Pronto se formó una fila de autos que querían pasar. La Pancha se paró frente al primero de ellos, le lanzó besos volados al chofer, se cogió las tetas, se puso de espaldas y se alzó el vestido, causando un festejo general, sobre todo de quienes habían salido en el auto a ver los años viejos. Luego, se acercó sensualmente donde el chofer y le pidió una limosna para «enterrar» al viejo. Al instante recibió unas monedas que, en realidad, eran para comprar más licor con el que recibirán al año nuevo.

Valentina no podía creerlo.

—Oigan, qué le dieron de beber… o de fumar. ¡Si el Pancho no es así!, ja, ja, ja.

Este lo vio y se acercó donde su amor platónico.

—No sabía de tus dotes de buen bailarín, además, estas guapísima —le dijo ella, tomándole de la barbilla.

¡Primer round ganado!

Mientras el resto de viudas hacían lo suyo, apareció su rival. Su blusa pupera, su buena talla y las medias nylon negras le hacían ver súper sexi. Su show incluyó baile estilo tik tok que hizo las delicias de todos.

¡Empatados!

Así pasaron las horas en medio de risas y baile. Valentina gozaba con las ocurrencias del Pancho, se tomaba un trago con él, pero lo mismo hacía con su rival. El Pancho pasaba, sin solución de continuidad, de la euforia a la tristeza.

Fue al baño. Se miró al espejo y se quedó pensando si valía la pena todo lo que estaba haciendo. Al ver la imagen de mujer que le devolvía el espejo, volvió a aparecer ese inexplicable sentimiento anterior. Pero esta vez no le molestó.

—¡Qué fue, Pancho! —escuchó a sus espaldas—. Sabía que estarías aquí. Ven, Valentina te está reclamando. ¡Eres la mejor viuda de todos! —Era su rival. Su voz sonaba sincera.

—Sí, ya voy

—Oye, te ves divina… en serio —le dijo con un tono algo meloso.

Desde afuera del baño les interrumpió un «¡vengan, sin ustedes no hay fiesta!». Era Valentina. Ambos salieron al instante. Ella les tomó del brazo y caminó como princesa en medio de dos hermosas guerreras.

Trago va, trago viene, risas por aquí, carcajadas por allá, todo era una sola algazara.

Algunas horas después de la medianoche, cuando el año viejo ya había sido quemado, cuando los petardos habían armado el bullicio y entre todos se deshicieron en abrazos y deseos de buen año, en uno de los sofás de la sala, los tres amigos bebían placenteramente, sin disimular alguna caricia perdida entre ellos.



 


TODO POR NADA

Ana B. Aguilar


Vuelvo a casa triunfante, con un descapotable y un traje a medida. El cuadro del doctorado preside el salón y el marco plata con una foto sepia de unos orgullosos padres, luciendo más arrugas que sonrisa, junto a su hijo me reciben. Recuerdos de un día brillante, de un amor distante y a cuentagotas excepto si es apariencia. Pero ya no queda nadie que me abra la puerta, una caja de cartón es suficiente para extraer de las garras del olvido toda una vida.

Podría contar las humillaciones que he sufrido, las decepciones que desconocidos, amigos y allegados han dejado en mi alma, las noches en las que he necesitado compañía y he hallado soledad. Podría contar todo porque a pesar de ser muchas, incontables para cualquiera, yo me he dedicado a darles protagonismo. Cada ofensa ha sido una cicatriz, unas gotas de sangre y algo más de yodo, hasta quedarme sin hueco accesible. Ahí fue cuando decidí jugar a todo o nada.

Fui un niño poco convencional; las manchas blancas sobre una piel morena casi café en contraste con la tez inmaculada y traslucida de mis padres adoptivos, el zapato derecho con tres dedos más de suela que el izquierdo, tímido y reservado. Era una mochila demasiado grande para un colegio publico de un barrio mediocre.

A base de escuchar “Zapato veloz, patizambo, grumoso, …” y demás descalificativos mi autoestima fue bajando hasta alcanzar el saldo negativo. Ni el amor de mis padres, ni la pasión por mis libros de héroes que luchaban por la justicia y la igualdad pudo elevarla un punto. El mal campa a sus anchas sobre el terreno fértil de las mentes pequeñas.

La adolescencia no fue mejor, no existió el primer beso a pesar del primer amor, no hubo bella cicatriz que sellara una amistad de sangre, no fui invitado al baile de graduación, ni siquiera rechazado al no darme la oportunidad a mi mismo, quizás Ester habría aceptado. La humillación del suficiente en educación física contra las matriculas de honor del resto de asignaturas. “El celebrito enclenque, descafeinado, el duendecillo pata chula”. La crueldad de los niños no cesa con los años, solo agudiza el ingenio.

Y llegó la universidad, una gran ciudad donde ser un fantasma maquillado y trajeado de apariencia normal. Y llegaron las novatadas, el tinte corrido y el “Drag queen rarito y desentonado”. Ni los excelentes trabajos en equipo presentados por todos los miembros y hechos en la exclusividad de mi dormitorio en la escuela mayor, ni los halagos del tutor, ni las agotadoras jornadas en el gimnasio universitario. Nada sirvió para alcanzar una sola mirada normal, sin repulsión, sin miedo, sin curiosidad.

Un trabajo bien remunerado, ocho horas de jornada en la seguridad y confort de un apartamento propio de cien metros cuadrados. Sin compañeros con los que guardar las formas, sin opción a vejaciones ni vacilaciones, sin oportunidades.

De camino al notario la gente del barrio se acerca, me dan el pésame incluso muestran su pesar con frases formales. Son las conversaciones más largas que he mantenido con ellos después de media vida. La otra media no ha sido distinta, solo en otro lugar. El notario informa de los bienes que recibo y de la riqueza oculta que mis padres amasaron.

Una chica se acerca, la he visto antes, me corta el paso y me mira; sin vergüenza, sin miedo, sin curiosidad. Me tira de la corbata hacia su posición, hace que me incline hasta su altura y me besa.

—¿Pero qué coñ..?

—Shhh —ella cierra mis labios con su dedo y continúa—. Ya no te acuerdas de mí, pero me lo debías, por ese baile al que no me invitaste. Ahora vamos para tu casa que tenemos que hablar de negocios.

Ester trabaja para una inmobiliaria y quiere ser la primera en conseguir la casa familiar. Esto es un pueblo, sabe de la herencia y de la poca necesidad del dinero que me atañe. Usa sus armas de seducción para alcanzar sus objetivos, y yo la dejo hacer. Vuelve a morderme el labio, desata mi corbata y los cuatro primeros botones de la camisa. Introduce su mano esperando tocar los músculos que insinúan el traje, y están, pero bajo una capa de piel repleta de suturas. Su cuerpo recupera la mano de manera violenta, cerrando los ojos y con un pequeño salto se aleja.

—No. Lo siento, ¿No sé qué me ha pasado?

—Tranquila, esto será una cicatriz más. No tienes de qué preocuparte. Dime dónde firmo. Después de ducharme la casa será tuya.

—Gracias, de verdad. Lo siento. Si quieres puedo…

—Irte. Eso es lo que debes y quieres hacer.

La última herida. El agua se tiñe de granate y mi piel se va unificando. No existe la suerte para quien no cree en ella. Nací sin fe y he crecido sin poder hallarla. Quizá lo tuve todo, pero no me llevo nada.



 


TÉCNICAS DE SEDUCCIÓN

Mari Otero


—Fernando, aquí —le hago un gesto con la mano, desde le mesa que está junto a la puerta de la cafetería.

Él gira la cabeza y se encuentra con mi mirada.

—Perdona, Eva. Vengo despistado —Me sonríe—. No te había visto.

Mientras se aproxima, siento que me falta la respiración. No sé cómo actuar, Fernando me atrae mucho. Por el momento, solo somos compañeros de taller de escritura creativa. Hoy hemos quedado para poner en común nuestros relatos de fin de proyecto. Y como soy una auténtica cagona, solo espero a que entienda mis imperceptibles señales. Aunque difícil, si ni siquiera me ve pasando por mi lado…

Antes de que me alcance, miro a los lados y compruebo que las dos pesadas de siempre no hayan venido a hacer de las suyas. Temo que arruinen este momento. Al ver que no están, respiro aliviada y centro mi atención de nuevo en él. Lleva una carpeta bajo el brazo y me sonríe cortés, con esas gafas redondas de pasta que le quedan increíblemente bien. No hemos hablado mucho, pero me gusta como escribe, tan poético, y la manera en que muerde el boli cuando hace los ejercicios rápidos de enlazar palabras. Es tan guapo…

Cuando llega hasta mí, me da dos besos, muy educado. Me quedo prendada de su olor a limpio. Después, deja la carpeta sobre la mesa y se disculpa porque tiene que ir al baño. Él con una carpeta, y yo con los folios doblados tropecientas veces y perdidos en el bolso. Me pongo a intentar buscarlos antes de que vuelva.

Estoy en ello cuando un vozarrón suena en mi oído izquierdo, haciéndome dar un respingo:

—Pero ¿y este tío? ¡Cuanto tarda!… ¿Se ha ido a pintar los morros, o qué?

¡Mierda!, es ella, mi replica maliciosa. Con los labios rojos y unas pestañas postizas kilométricas. Hasta se ha puesto una diadema con cuernos de esas que venden en el todo a cien. Ahora lleva un body de encaje rojo muy sugerente y unos pantalones de vinilo del mismo color. Fuma con una boquilla de cigarrillo y echa el humo sutilmente poniendo morritos. Sí, Diabla Infernal ha vuelto.

—Ay, Dios, ¿tú que haces aquí? Ya ni avisas con la nubecita de humo —contesto, agarrando con miedo mi taza de café.

—Nah, eso ya no se lleva, es muy peliculero cutre. Ahora te jodes, y el susto te lo comes. Muajajajaja —Echa la cabeza hacia atrás, con esa risa malévola. Sus ojos se tiñen de un rojo robótico.

Miro a mi derecha y echo en falta a Santita Celestial. Me parece raro que no haya venido a aplacar a esta fiera.

—Sí, nena, ya sé lo que estás pensando. Y no, el angelito no va a aparecer hoy. Me he encargado de atarla bien atada y encerrarla en un baúl con candado —Se pasa el dedo por el cuello y me enseña un colgante— Mira que bien me queda la llave.

—Qué mala eres…

—No, chocho, mala tú. Recuerda que, para mi desgracia, somos una. Sigo acusando tu falta de tetas. Estoy hasta el coño del push up —Se lleva las manos al pecho intentando recolocarlo—. Además, ¿hemos venido a follar, no? Pues esa aquí no pinta nada, que escucha la palabra polla y sale corriendo.

Veo como Fernando se acerca con un café en la mano. Toma asiento frente a mí.

—Perdona, he aprovechado para pedir, espero que no te importe. Como vi que tú habías pedido ya —comenta.

—No, para nada, faltaría más —sonrío.

—Ñiñiñiñiñiñiñiñi —escucho a Diabla hacerme burla— ¿Podías intentar contestar como si no fueses el puto emoji de los corazones en los ojos? Pareces boba, chiqui. A ver, tú lo que tienes que decirle es: La verdad es que había pensado en pedirme una buena porra. Y luego, le haces un doble guiño sutil.

¿Sutil? La madre que la parió, pienso. Le doy un codazo en las costillas.

Él saca de la carpeta su relato y me lo acerca, sin llegar a soltarlo. Yo desdoblo mis folios con trozos de tabaco de liar y los dejo en su lado de la mesa.

—Bueno, mira, antes de que lo leas, quería comentarte que he subrayado las partes que veo débiles, a ver qué opinas —me explica— Aunque, realmente, ha sido mi mujer la que me ha hecho dudar al leerlo —se ríe.

—Aaaa tomaaaar por culooooo —chilla Diabla, golpeándome la espalda con toda la mano abierta— Está casado.

—No te preocupes, seguro que no es para tanto —le contesto, intentando disimular el chasco, y el dolor de espalda.

Una tos suena a mi lado derecho, e iluminada por un aureola halógena, aparece mi replica angelical: Santita Celestial.

—¡Serás puta! —la reprende Diabla— ¿Cómo te has escapado? Era imposible…

—No hay nada imposible para mí, zorrón. Emm…, impertinente —contesta, sacudiendo brillantina de su traje blanco.

Diabla pone los ojos en llamas.

—Llevo intentando gritar desde que le he visto. No hay que ser muy lista para darse cuenta de que lleva una alianza en el dedo, Diablita, la listita —dice Santita, con recochineo.

Diabla da una calada profunda, reflexiva:

—Al final le voy a tener que dar la razón a esta idiota —continúa expulsando el humo— Pero, qué cojones… ¡por unas se dejan a otras!

Y mientras intenta forcejear conmigo para abrir los corchetes de mi camiseta, suelta:

—Mierda, no me acordaba. ¡Si tampoco tienes tetas! Así no hay manera, joder.

—Pero ¡suéltala, bruta! —vocea Santita.

—Tú te callas, ¡estúpida! —contesta Diabla— ¡Déjame hacer mi trabajo!

Ambas se enzarzan en una pelea, y se alejan hechas una bola, rodando por el suelo del bar.

Miro a Fernando asustada, sin saber qué hacer. Menos mal que él no puede verlo.

—¿Pasa algo, Eva? —me pregunta.

Y antes de contestar, echo un vistazo al amasijo de locas. Diabla tapa la boca a Santita que, a su vez, la agarra de los pelos intentando soltarse. Desde la lejanía, Diabla me grita con cara de dolor:

—¡A por él! ¡Vamos! Demuestra que eres una buena alumna.

Y con mi cabeza enmarañada, miro a Fernando, y acierto a decirle:

—¿Te gustan las porras?


 


ALAMBRADAS

Álex Casas


–No es que quiera que te quedes, lo que pasa es que no quiero que te vayas –dijo María desde su lado de la cama.

–Espera, necesito un momento para acomodar esta frase en mi cabeza –contesté con rapidez en un intento de ofrecer una sinceridad tan directa como la suya.

–Ja, ja, ja. –Su risa abierta voló por el dormitorio y parecía que podía tumbar sus paredes.

María, era mucha María, muchos mundos repletos que confluyen en M A R Í A, constelación infinita y orbita de escape. Invitación a la fiebre. Carne y desmesura. María principio y fin.

Inconsciente voluntario accedí sin pensarlo demasiado. A la mierda, si era amor de dos días o siete años, qué más da, el dolor del mañana aún no tenía presencia. Además, yo venía de un sufrimiento viejo, de los que ya deberían haber curado y persisten porque, desde un tiempo para aquí, nadie había sido capaz de agitar un corazón que no tenía nada de nuevo. Y me atrapó. Vaya si lo hizo. Podría decir que me pilló con la guardia baja, aunque eso no supusiera ninguna novedad, mi guardia siempre permanecía bajo mínimos y mis defensas siempre andaban dormidas. O escudarme en que intentaba dejar de fumar hierba o estaba intentando decidir si quería dejar de fumar hierba. La cuestión era que ingresé por la puerta de su infierno sin hacer mucho caso al coste de la entrada, sin ni siquiera preocuparme por leer las condiciones. Ella era ese tipo de criaturas que irrumpe en tu vida como quien te atropella y te sacude tan fuerte que tan solo te queda vocabulario para pedir más. Ya sea a través de sus frases con carga o de como te follaba sin compasión; todo en María era desenfrenado, casi furioso y tremendamente adictivo. En vez de hacer el amor parecía que lo deshacíamos a base de gemidos y sudores, como si fuésemos a por una marca a batir o quizás era que a través de la extenuación buscábamos cruzar algunas fronteras, esas que nunca están del todo definidas, para establecer nuevos mapas en este camino del alma a través de los cuerpos. Exprimir la vida a través del otro.

Y la hacía reír, vaya si lo hacía, como el que encuentra una formula exitosa y la utiliza sin descanso creyendo que ese material nunca mostrará signos de fatiga. Sobre todo en la cama cuando se establecían esas treguas refractarias entre combate y combate, y la espera se llenaba de humo compartido y esas carcajadas que le hacían bailar a su ritmo esos pechos desnudos que no podía dejar de contemplar. Cuando quería hacerme callar se sentaba en mi cara y no desmontaba hasta que el temblor que se iniciaba en sus piernas se extendía por todo su ser. Torbellino frenético. Una mujer que puede conducirte a una locura precisa si uno no anda con cuidado. ¿Cuidado? En lo que a mí concierne las señales de precaución siempre me han parecido más reclamos atractivos que serias advertencias de un peligro real. Pura vida en cada curva por muy profundos que se presenten los precipicios. A un suicida emocional de mi tamaño siempre le han atraído los abismos como María.

Hasta que no pude frenarlas y mis emociones, esas bocazas empapadas por la oxitocina, emprendieron el camino del corazón. Y con lo que se toparon fue con el suyo, latiendo desde su insolencia, rodeado de alambre de espino, terreno minado y un montón de cadáveres de todos los ilusos, como yo, que lo intentaron.

Mis primeras voces de afecto provocaron que sus ojos se agrandaran y mostrasen ese leve pánico que precede a toda huida. Sin saberlo, mi tiempo de descuento había comenzado. Una cuenta atrás que se dedicó a quitarme cosas. Como si nuestra relación fuera un edificio recién construido y de repente desaparecieran las puertas, luego la ventanas y más tarde las paredes. Una estructura hueca cada vez más desprovista donde los cuatro vientos la atravesaban sin encontrar oposición alguna. Los abrazos se hicieron más cortos, los diálogos menguaron y su risa sufría de cansancio repentino. Nuestros cuerpos ganaron distancia durante el sexo. Cada vez invertíamos menos piel en cada contacto. Un día se dio la vuelta y ya no volvimos a follar más frente a frente.

Hasta que llegó ese momento en que la evidencia ya no se puede guardar más y tiene que salir al aire. Ese instante infernal que marca un fin y que me atormentará los próximos meses, cuando te separaste de mi después del orgasmo que tuviste de espaldas y anunciaste camino del baño:

–No es que quiera que te vayas, lo que pasa es que no quiero que te quedes.


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