Juan Arriaz, José Villamarín y Alejandra Bautista ganan el reto de la semana



VIEJO CUENTO GÓTICO

Juan Arriaz


Quizá, desde allí abajo, en la playa, a los pies del acantilado que me ha servido de trono los últimos doscientos cincuenta años, mi imagen no sea agradable. Tampoco cuando la bruma del mar trepa por las rocas y me baña con su hálito nocturno. En esos momentos en que la Luna me tiñe con un pálido gris azulado, y las ramas secas de mis viejos compañeros dibujan sombras, como marionetas saltarinas, en mis muros.

Ahora, que escucho los motores de la maquinaria que romperá mis cimientos y la algarada de los operarios que construirán sobre mí un moderno hotel de lujo; a mí, la Vieja Casa del Acantilado, sólo me preocupa qué hacer con los dos últimos habitantes de mis entrañas. ¿Qué será de mis niños? ¿Qué será de Javier y Clara?

Clara vino al mundo en la segunda década del siglo pasado, cuando mis Señores habían entrado en el otoño de sus vidas. Sus ojos verdes enormes nos encandilaron a todos y me vestí de luz, amor y fragancias vivas.

Pocos meses después una forma oscura y triste, rota por el dolor, abandonaba, con la complicidad de la noche, junto a mi puerta, un bulto tembloroso y llorón. Un pequeño trozo de esperanzas truncadas en un vientre hambriento y sin futuro.

La Señora se enamoró del niño al instante y el Señor no pudo resistirse a la felicidad de su esposa. Le llamaron Javier.

Y yo supe que Clara y Javier nunca serían hermanos.

Las nieblas del mar, brillantes por el antiguo faro que se ve desde mi buhardilla, no paliaron la pasión que brotó en la joven pareja, cuando tornaron los juegos ingenuos en dulces caricias. Un fuego que creció junto al árbol seco del risco, donde los labios de la juventud trazaron promesas.

Fueron mis años más felices. Mis niños, su amor era también el mío.

Luego llegaron tambores de guerra que atronaron la tierra y cubrieron la yerba de sangre y dolor. De la ciudad vino la terrible orden y Javier marchó lejos, a matar a los hermanos que no conocía. Disparar el plomo por una patria ajena, pues la suya sólo era una y se llamaba Clara. Y con su marcha ella inició un descenso sin freno hasta que, meses después, supo que Javier no volvería. Desde al árbol seco del risco voló hacia la mar y puso fin a su existencia.

Al cabo, los Señores, entonces meros cascarones de una vida quebrada, me abandonaron para siempre. Mis adentros se volvieron oscuros, huecos y sólo el polvo y las arañas moraron en mis sombras. Mi aliento era humedad y mi sangre ceniza.

Y luego la vi. En una noche de luna nueva, un minúsculo reflejo del pasado que escapó del océano, subió el acantilado y bailó a mí alrededor. Era Clara, linda como siempre, quizá más, que llamaba a mi puerta, y la dejé entrar.

Meses más tarde, acabada la guerra, lo vi llegar descalzo sobre la playa. Una pequeña luz que trepó por las rocas y se coló por una ventana. Era Javier, preñado de experiencias, y le dejé estar.

Pero la muerte tiene sus propias reglas y aún dentro de mí, no pudieron encontrarse. De nada sirvió que yo les abriera puertas, moviera muebles como reclamo o encendiese el fuego de la chimenea para que allí se reunieran. De nada sirvió, excepto para expulsar a todos los extraños que quisieron habitarme, que huyeron espantados.

Y así pasaron los años.

Ahora que la pala de una excavadora derriba mi ala norte no siento dolor. Sólo miedo. Por mis niños. Que corren de un lado para otro sin saber que ocurre. Mi Clara, mi Javier, salen al jardín, que ya sólo es cemento y me miran con terror, observan mi destrucción.

Intento resistirme, pero sólo consigo que me ataquen con más fuerza. Mis niños intentan huir sin saber dónde ocultarse. Los cristales de mis ventanas se rompen en mil pedazos. Son mis lágrimas, que nadie entiende.

Siento dolor en el costado porque otra pala impía me derrumba. Apenas puedo seguir en pie. Veo a Clara, junto al árbol seco del risco, está muy asustada. Mi niña. Mi niña grita. Un chillido que viaja entre mis paredes, heridas de muerte y acaba en Javier, que alza los ojos.

Le veo correr, me atraviesa, esquiva las escaleras que se desmoronan a su lado y salta por mi vieja ventana, hacia ella. Y no detiene su carrera mientras Clara le mira y sonríe. Mi piel se derrama hacia al mar y los busco por última vez, pero nada queda, excepto el árbol seco del risco.


 


EL TECLADO

José Villamarín


Pobre mi amigo Omar, nuevamente exasperado. Lo noto por la forma cómo clava los dedos sobre mis teclas al encender el ordenador: con ira y saña. Como si yo tuviera la culpa. De seguro que hoy tampoco pudo declararse ante su Fabricia, esa quinceañera flaca y alta, que cuando está de pie parece las seis en punto. Pero sí es guapa. Así se le ve en la pantalla de inicio, donde aparece refulgente, de cuerpo entero. Y el Omar, atontado, acercándose a darle besitos, todo él mimoso, lloroso… Mariconcito.

Alza a ver la pantalla, baja a ver las teclas. Con su cara de compungido y los ojos en blanco como de borrego muerto, mira sin ver la pantalla. Entre tanto, los dedos se mueven como marioneta, por encima de mis teclas, listo para escribir apenas vea que la pantalla empieza a tomar vida.

«Me prometió que íbamos a chatear ahora —dice en voz alta—. Yo sé que también le gusto. Pero no sé como expresarle mis sentimientos».

¿Y ahora? Yo, pobre y triste teclado de una vieja PC, ¿qué puedo hacer? Lo máximo, lo que he venido haciendo: corregir su ortografía que es de espanto. Me acuerdo cuando estaba chateando con su Fabri, como este meloso le llama, y escribió cajón con “g”. Imbécil. Si no me daba cuenta y le corregía de inmediato…

«Si alguien no me ayuda, voy a morir de amor».

Hay, Diosito, para cursi, nadie como este… Pero, bueno, veamos qué se puede hacer. Es que sí me duele que me dé con los dedos en las teclas como a bombo en fiesta de pueblo. Pero más me duele que no pueda hacer realidad sus sueños de amante frustrado. Y no es la primera vez que pasa por estas lides: es un experto en enamorarse, y siempre termina sufriendo. Con todo lo que ha escrito en su diario sobre sus infortunios amorosos, ya debería publicar un libro. Tantos años juntos, le he cogido cariño. A veces me da la impresión de que me he convertido en su paño de lágrimas.

Oh, aquí va a pasar algo. Ese sonido me es familiar. Está entrando un mensaje en el chat.

—Hola, Omar. ¿Cómo estás?

¡Es Fabricia! Pero el muy idiota no sabe qué hacer. «¡Oye, aplástame las teclas, aunque sea duro, no importa!». Claro, no puede oírme. Ensayaré otra cosa. Apenas ponga sus manos en el teclado, yo haré el resto.

—¡Hola, Fabri! ¡Qué gusto!

Omar no supo cómo le salió esa frase con tanta naturalidad. Se quedó extrañado, pero no tuvo tiempo de pensarlo, pues recibió al instante una respuesta con la que iniciaron una larga conversación que a mi amigo le tenía en el limbo. Se le sentía que flotaba en el aire o que caminaba sobre huevos. Y cuando dudaba, yo estaba para que las teclas, solitas, escriban maravillas. Y él, feliz, optó por dejarse llevar.

Mensajes van, mensajes vienen, antes de despedirse, Fabricia le propuso un juego.

—Se trata de crear nuevos vocablos con las letras de tu nombre. Nos vamos alternando. Veamos quién gana.

—Chévere

—Comienza —dijo ella.

—Ramo —escribió él.

—Roma —escribió ella.

—Mora —dijo él.

—Amor —dijo ella.

Se quedó embobado. Por un momento, pensó que se dirigía a él.

—Amor —insistió Fabricia.

Dopado de ilusiones, no podía reaccionar. «La vas a joder, pendejo», me dije, y puse manos, perdón, teclas a la obra.

—Mío —escribí, en su lugar

—¡¿Qué?! —dijo Fabricia, sin entender.

—Amor mío —respondí por él. Omar se asustó de los alcances que de pronto había adquirido: —Solo estoy completando la palabra que tú pusiste: amor mío.

Fabricia se demoraba en contestar. Omar, con seguridad, estaba pensando que había metido las patas. Pero no se dio cuenta que solo fueron unos cuantos segundos.

—¿Solo estás completando mi palabra o hay algo más? Si es algo más, me gustaría que me lo digas.

Otra vez, Omar se quedó pasmado. Los dedos en las teclas no sabían por donde moverse. Tuve que intervenir nuevamente.

—Amor mío… Siempre he querido llamarte así.

—¿En verdad?

—Claro que sí. Y tú, ¿qué me dices?

—Sí… también me gustas.

«Si el fin del mundo debe llegar, que sea ahora», dijo en voz alta. Saltó, gritó, zapateó. Y se despidieron:

—Hasta mañana, mi amor. Tengo que irme.

—Hasta mañana, mi vida.

Ni siquiera cerró el chat. Preñado de emoción, miró a su alrededor, tomó lo primero que encontró y lo lanzó al aire con euforia. «¡Yuhuuuu!», gritó. Inalámbrico como soy, volé hasta el tumbado y, sabiendo que en unos segundos me haré trizas y dejaré de ser yo, mientras daba volteretas, medio borracho, pensé: «¡Así paga el diablo a sus devotos!». Y tecleé mi última frase: «¿te creíste? jajaja».


 


DISPONIBILIDAD 24/7

Alejandra Bautista


Aquí vamos. Vaya trabajo el que me ha tocado. De todos los accesorios para la entretención humana y el placer, me ha tocado este.

En este oficio no hay tregua y menos con ella, se aprovecha de mí y no tengo horario de trabajo. Son pocos los espacios que tengo para descansar, solo en aquellos días en extremo agotadores en los que en la noche nadie logra abrir los ojos y, por ende, ella no me saca de mi estuche.

Hoy amanecí entre las cobijas calientes, con motas pegadas a mí, aun algo húmedo y si bien, hace parte de mi trabajo, no es nada agradable amanecer mojado.

Ahí viene, sus manos nerviosas y calurosas me buscan con desesperación, me necesita con locura, hago parte de su diario vivir, más que un accesorio soy el instrumento que le proporciona paz y calma.

Me escondo, me refundo aún más entre las sabanas, me rehúso a que me encuentre y que vuelva a utilizarme.

¿Acaso solo por una mañana podrías no recurrir a mí?, ¡carajo, que tienes otras herramientas, tus manos, por ejemplo!

Se desespera mucho más, revuelca toda la cama y la veo echar chispas, me rio de su cara, se ve tan desquiciada recién levantada, con el pelo enmarañado, los ojos hundidos, las marcas de las cobijas confundiéndose con sus arrugas y un genio del demonio que parece salido de una lámpara maltrecha.

Me encuentra, ya no hay escapatoria, suspira y una leve sonrisa socarrona se asoma mientras sus ojos empiezan a brillar.

Me toma con desesperación y me inspecciona con una mirada golosa. Ahora que me tiene en sus manos, contiene la respiración, cierra los ojos y agradece a no sé quién el haberme encontrado, y así, sin más, me lleva a mi destino final.

Y allí estoy de nuevo, dentro de aquel lugar tibio y húmedo. El silencio se hace presente y su sonrisa de satisfacción la ilumina. La poca tranquilidad que tenía bajo las cobijas se me ha ido en cuanto me introduce en mi lugar de trabajo.

Todo consiste en entrar, salir, entrar, salir, entrar y salir, sin un final cierto. A veces es rápido, se duerme y caigo a un lado, descanso. Otras veces es lento, muy lento, me recibe con calma, empieza muy despacio y así sigue, sin ritmo constante, se detiene, duerme, recuerda que me tenía dentro y vuelve a empezar, adentro, afuera, adentro, afuera, suspira de alivio, se duerme y caigo, horas después.

Estando dentro, un fluido transparente y otras veces blanquecino me rodea, a Dios gracias no tengo olfato, si no, me habría tirado por la puerta del coche al más mínimo descuido. Siempre termino débil, cansado, chorreado, acalorado, susceptible que miles de partículas se peguen a mí, siento algo de asco, no fue esto lo que me prometieron en la fábrica de accesorios para la satisfacción humana. Tenía una percepción diferente de lo que sería mi “vida”.

Cumplí mi misión, mi trabajo se ha realizado y por un par de horas con suerte, no me necesitarán. Entonces, allí viene ella de nuevo, me busca ahora con calma y con el cansancio que siento, me dejo encontrar.

Me toma de un extremo como si sintiera asco, después de todo lo que he pasado y lo que ella me ha puesto a hacer, ¡¿siente asco?! Dirige un chorro de un líquido sobre mí y me sacude. Me mareo.

Por si no fuera suficiente, me sumerge en una cazuela con agua hirviendo, he escuchado que, para eliminar impurezas y bacterias, ¿es en serio?

Luego de pasar por aquel infierno líquido, me vuelve a sacudir, me seca con un paño limpio y seco y de nuevo a mi estuche, bendito descanso.

Había escuchado historias donde decían que seriamos recordados cuando ya no fuéramos necesarios, cuando por la edad ya no fuéramos importantes o simplemente dejáramos de ser la fuente de placer de nuestros usuarios.

Y yo quería ser eso, ser útil, darles ese goce que necesitaban para los momentos de estrés, aburrimiento o soledad, ser compañía y retirarme con honores cuando mi misión se hubiera completado o cuando ya no fuera requerido.

Ahora quiero que esto termine pronto, sentir que se es succionado con locura, que no hay descanso y que mi cuerpo es sostenido a veces con fuerza para no salirse de aquel agujero es demasiado agobiante.

Escuchar que son más las desventajas a futuro que los beneficios de tenerme en el ahora, que puedo disfrazar otras sensaciones e incluso que puedo dejar algún daño físico, es algo deprimente.

Y allí voy de nuevo a trabajar. Ahora me sostienen unas pequeñas, regordetas y torpes manos, una boca desdentada aguarda con ansías a que yo, su chupete, lo calme y de paso lo lleve a soñar.


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