Juan Arriaz, Vero S. Q. y Álex Casas son los ganadores de esta semana




HISTORIA DE UN FAROL

Juan R. Arriaz


La bala alcanzó al tipo en la espalda, entre el omoplato izquierdo y la columna. Entró limpia, con suavidad, perforó el pulmón y terminó el viaje entre dos costillas. La víctima cayó sobre un charco de agua negra y quedó boca arriba, a la luz del único farol del callejón nocturno.

Desde el suelo escuchó los pasos del verdugo y miró. Este se acercaba tranquilo, con la pistola reglamentaria en su mano izquierda. Pensó en incorporarse y huir.

—Ni lo intentes, ya estás muerto —comentó el policía mientras se acuclillaba junto al moribundo —tus pulmones están encharcados, tu corazón pugna por vivir, pero apenas recibe oxígeno y tu cerebro… bueno, tu cerebro aún divaga con sueños y deseos. ¿Qué tenemos aquí?, ¿un joven comunista?, ¿un demócrata?, ¿un judío?, ¿quién eres tú para llamar la atención de la Gestapo?

El muchacho observó sus galones de oficial e intentó decir algo.

­—Lo siento chico, mi intención era matarte en el acto, pero mi vista ya no es lo que era ­­—comentó Karl Rust, guardando la pistola en su funda. Miró a los ojos de su objetivo, sólo vio miedo más una vida que se alejaba para siempre. Y apartó la mirada. —Tan sólo sigo órdenes, —susurró el policía mientras alzaba la mirada hacia el farol —órdenes…

A sus cuarenta y tantos Karl Rust: veterano de la Gran Guerra, quince años de servicio en la policía estatal, el mejor tirador del sur de Alemania y uno de los investigadores más populares de Baviera, creía diferenciar el bien del mal.

Y aquello era un puto asesinato.

Recordó las precisas instrucciones de Franz Hierl, el Kriminalinspektor de la Gestapo que se había presentado en su casa aquella misma tarde: “detenlo como sea, pero no lo mates, ni se te ocurra registrarlo, espera a que lleguemos nosotros”.

Pero Karl tiró a matar.

—Pensándolo bien, muchacho —le dijo —es lo mejor que te puede pasar. Te aseguro que llegar muerto a manos de la Gestapo es una bendición. De ellas nadie escapa vivo. Te he evitado la tortura. Es mucho peor de lo que se rumorea.

Karl bajó la mirada y miró al chaval. Unos hilillos de sangre escapaban por las fosas nasales, que como afluentes de un rio rojo que nacía en su boca, resbalaban por su mejilla hacia el charco de aguas negras, ávidas del calor de la vida.

El policía hizo ademán de tocarle la frente pero, con un último esfuerzo, el chico giró la cara. Sus ojos agonizantes miraron la oscuridad.

Y todo acabó.

—Es lo mejor —comentó Karl mientras registraba el cadáver —es lo mejor, lo siento mucho. — Algo en su cabeza le incomodaba, demasiadas preguntas asaltaban su cerebro.

Intentó concentrase en su trabajo.

—Veamos —susurra —se llamaba Otto Diem. Nació en 1920. Sólo tenía 18 años; eras más joven de lo que pensaba. No llevas armas. Vaya, un carné universitario: filosofía y letras ¿Futuro abogado tal vez? ¿Y esta chica? —observó en una foto —¡no son tiempos para llevar fotos de seres queridos! —la rompió —¿qué puede hacer que un chico tan joven despierte a la Gestapo? ¿Y este sobre?

El policía lo observaba a la luz del farol, un pequeño sobre amarillento, sellado y arrugado. Otto lo tenía oculto dentro del zapato, pero a Karl no se le escapaban esos escondrijos. Con calma miró su contenido.

-¡Santo cielo! -su corazón se aceleró.

La foto mostraba una pareja de jóvenes, sonrientes y felices. En el dorso alguien había escrito 1913. Estaban junto a un candelabro de siete brazos, un “menorá” judío. Ella hacia un gesto dicharachero. Él, estático, sin embargo sonreía. Nada que ver con la imagen que mostraba en los carteles propagandísticos, ni con los mítines mesiánicos, ni con las portadas del “Mein Kampf”. El chico de la foto era Adolf Hitler con veintitrés años, no había duda.

El policía escuchó pasos de dos sujetos a su espalda y echó mano a la pistola.

—Te advertí que no le registraras, policía. Y además, veo que nos has dejado sin un buen confidente. — Era la voz de Franz Hierl, el oficial de la Gestapo

—Y con razón — comentó Karl.

—Te vienes con nosotros.

—Lo sé —afirmó mientras se incorporaba con el dedo en el gatillo.




CAJITAS

Vero S. Q.



El 29 de marzo de 1809 se produjo en Oporto la conocida como “Tragedia do Ponte das Barcas”. Cientos de portuenses, huyendo de las tropas napoleónicas al grito de ¡ya vienen!, se ahogaron en el Duero al colapsar el rudimentario puente hecho con barcas que conducía a la orilla de Gaia, ciudad vecina. Antes, muchas de esas personas escondieron por la ciudad sus objetos más valiosos, para recuperarlos algún día.


En el Duero hay burbujas, cientos, hechas del aire que les robó a los muertos. Una hilera desde el fondo a la superficie, como una furia efervescente. No desembocan en el mar porque están atadas a la Ribeira. Cadenetas de pompas fúnebres de agua.

Sin embargo esta noche todas las burbujas están flotando por encima del río. Un ahogado prestó un hilo de aire, y otro más, ya son ochenta, doscientos suspiros que las elevan. A fuerza de insistir las han hecho volar: mira como atrapan el viento. Son cometas de mal augurio atadas a un sedal tétrico.

Nadie parece prestarles atención. Los turistas pasean contemplando el río y su puente de hierro. Los enamorados brindan en la terraza de un bar. Los gatos entre las mesas pidiendo comida. Músicos callejeros tocan.

Se rompen las pompas y todo cambia. Dentro también había gritos que ya se escuchan por toda la ciudad, ¡ya vienen! No les vemos, porque ya son lodo evaporado, pero del río están saliendo los muertos.

Se arrastran entre las mesas, arañando el suelo: ¡ya vienen! Los enamorados suben aterrorizados las piernas, están notando unos dedos.

¿Qué están buscando?, ¿la vida?, ¿el aire nuevo?

No.

¿Quieren escuchar la risa, saborear un beso?

No.

¿Buscan venganza?

No.

Allá suben por las calles de adoquines, como novias arrastrando un velo de peces muertos y limo. Golpean las puertas, entran a las casas interrumpiendo la noche y sus habituales sonidos, transformándolos en crujidos, estallidos de terror en las gargantas de los vivos.

¿Tienen prisa?

No.

¿Tienen miedo?

No.

Remueven las telas de las cortinas y al hacerlo mudan el aire de las habitaciones: huele a cieno. Las puertas chirrían de mil formas nuevas. Buscan en los armarios, retiran las sábanas desnudando el miedo de los vivientes, de los que existen, de los que si son.

¿Están?

No, ocurren.

¿Se van?

No, resisten.

Antes de huir, de ahogarse en enjambre, dejaron cajitas escondidas en sus rincones secretos. La foto de mamá, pendientes, dos anillos y un sombrero. Una lista de objetos queridos que esta noche están buscando, uno a uno, dueño a dueño.

No recuerdan la ciudad porque es la ciudad de otro tiempo. No es el suyo, ni lo quieren, solo queremos lo nuestro. Es lo que les ata al río, lo que añoran, lo único que queda de ellos.

Buscan en la basura. Desesperados rompen bolsas, olfatean restos con narices de abismo. Cuando encuentran un tesoro se miran cómplices, sin ojos, como miran los muertos.

Ya vuelven a la orilla del río, agitando las cajitas como sonajeros. Sonríen con dientes da agua dulce y lodo. Se aferran a sus cosas, como flotadores, aquellos que no tuvieron.

Ya no tienen nada atrás, su guerra se acabó, su tiempo. Todas las ansias de huir que destrozó la corriente.

¿Descansan?

No, velan.

¿Sus almas?

Torrente, torbellino y flujo

Sin nada pendiente, rodeados de sus cosas, de los buenos recuerdos, se dan la mano, compañeros.

El Duero, padre severo durante tanto tiempo, les suelta los pies al fin. No habrá más remolinos, ahora los cuida y los mece. Apoyan sus cabezas en el regazo de las ondas oscuras. Van por fin a dar al mar.

Ya vienen, dicen las olas. La sal al rozarse con la arena les ronronea.

¿Paz?

No, destino

¿La marea?

Va a subir y se lo va a llevar todo.




ESTRATOS

Álex Casas


Una noche no podía dormir, había cenado filete y un montón de patatas fritas. La acidez y la llenura le mantenían despierto. Llevaba una semana ocupando la solitaria gran casa familiar, tras la muerte de su madre, se había instalado en busca de ideas para sus escritos. Llevaba un tiempo seco de ideas. La editorial había empezado a manifestar sus primeras señales de nerviosismo. Insomne y rodeado de papeles, los capítulos desparramados de su proyecto literario, que no avanzaba, sobre las sabanas, esperaba un sueño que no llegaba.

De repente, en medio de la noche, escuchó un ruido que provenía de la parte más alta de la vivienda. Se levantó de la cama, se puso la bata, se armó con el Diccionario de sinónimos y antónimos, María Moliner, que su pie acababa de localizar en la oscuridad, y el teléfono con la linterna activada. El escritor subió por las últimas escaleras hasta el desván. Allí se encontró el baúl familiar abierto del todo. Rebuscó con su mirada moviendo de un lugar a otro el teléfono, preparado para arrojar el volumen a quien estuviera ahí, pero el haz de luz no revelaba nada. Allí no había nadie más. Se acercó para cerrarlo cuando una fotografía, que asomaba entre el montón, le conectó un recuerdo de infancia. Acercó su mano para tomarla pero por una extraña razón la imagen parecía alejarse de su mano, lo achacó al tinto con el que acompañó la cena. Se inclinó un poco más para alcanzarla, pero el fondo del baúl parecía hundirse cada vez más. Inclinó su cuerpo del todo y cuando estaba a punto de alcanzar la fotografía perdió el equilibrio y se cayó dentro. La tapa se cerró al instante en cuanto lo engulló.

Después de una caída que le pareció exageradamente larga, aterrizó de golpe en la fotografía que deseaba contemplar. Estaba ante un paisaje de su infancia, todo parecía mate y quieto aun sin estarlo. A lo lejos quedaba la casa de veraneo y cuando intentó llegar a ella atravesando un prado verde kodak ColorPlus que el tiempo había apagado, se salió del marco y cayó en otra fotografía.

Esta vez se encontraba en un guateque donde siempre sonaba la misma canción, “Aires de fiesta” de Karina. Bailaba entre una pequeña multitud ordenada. Los pantalones de pana le hacían sudar las piernas y no comprendía dónde se encontraba en esta textura cromática de colores saturados. Una versión muy joven de la que parecía ser su madre le ofreció una copa y le sonrió de una manera, que no hubiera deseado ver jamás, mientras le decía que le quedan muy bien las patillas. Toda esta experiencia, en su conjunto, le provocó nauseas y se escabulló en busca de un lavabo, entró en la primera puerta que vio y aterrizó en una nueva imagen.

De repente estaba en una trinchera junto a su abuelo que sonríe para la cámara mientras el fuego de los morteros se aproxima a su posición. Una explosión lo proyectó más allá hasta aparecer en las ramblas, puro en mano, bombín y un bigote al estilo Káiser del que no podía dejar de acariciar sus extremos lubricados y acabados en punta. Como sabía que no iba a durar mucho en este blanco y negro de grano grueso, empezaba a entender como funcionaba esto, saludo a un par de damas que cruzaban la calle antes de entregarse de nuevo a la gravedad que lo condujo hasta una boda donde una novia le decía sí y él, con los nervios del momento, no se atrevió a llevarle la contraria. Antes de que tiraran el arroz ya había desaparecido, para sumergirse en el recorte amarillento de periódico donde formaba parte de un grupo de soldados, que disparaban contra una multitud agitada en la tumultuosa Barcelona de 1909. Como no sabía disparar y no quería matar a nadie, se entretuvo observando la columna de humo que emergía de un edificio en llamas cercano, mientras el capitán, sable en mano, le gritaba por su inacción, hasta que un adoquín volador impactó en su cabeza y le trasladó a un estudio fotográfico a finales del siglo XIX, el tiempo de exposición de la toma de foto era de tres minutos y esa pequeña pausa le permitió relajarse un poco mientras el bromuro de plata hacía su magia. Pensó, que si de alguna manera conseguía escapar de este laberinto gráfico, encontrar la salida de este espiral generacional infinito, no volvería a estar falto de ideas a la hora de escribir una novela decente.

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