Juan Arriaz y Mer Feito son los ganadores de esta semana



Uróboros

Juan Arriaz


La cafetería sigue igual que la última vez que la viste, hace cincuenta años: un lugar pequeño y acogedor bajo un edificio cansado de guerras y revoluciones. El árbol de la entrada ya no está. En su lugar hay un señor muy tieso y viejo, con un paraguas negro abierto. Es más o menos de tu edad, calculas. Te revisas en el cristal de la entrada, sacudes las gotas de lluvia de las mangas y metes barriga. Adoptas un porte marcial y varonil.

Soy un estúpido. Él está muerto.

Piensas.

Por un momento dudas si dar el paso. Miras a un lado y otro antes de hacerlo.

¿Alguien te verá entrar en ese sitio?

El camarero, un chico joven que viste como antaño: pantalón negro, chaqueta blanca y pajarita; guapo y apuesto, te recibe y saluda. Ayuda a retirar tu pesado abrigo militar y lo cuelga en la vieja percha de la entrada. Con una mano temblorosa te quitas las gafas empañadas y las limpias.

—Mi coronel ¿qué va a tomar? — pregunta el alegre camarero. Miras las tres estrellas de ocho puntas de tu hombro izquierdo y devuelves la sonrisa.

—¿Tenéis café de la Rosita?

—Por supuesto.

—Por favor, uno solo con hielo. Sin azúcar.

—Marchando.

Buscas vuestra mesa junto a la ventana, allí sigue. Te sientas y la acaricias con la yema de un dedo. Te dejas llevar e imaginas que él posará una mano sobre la tuya. Quitas el vaho del cristal de la ventana y gotas revoltosas te saludan al otro lado. Inhalas el olor a madera vieja que ameniza el local. Revisas la placa sobre la puerta: 1912.

—Aquí tiene mi coronel —y deja una tacita de café junto a un vaso con hielo.

—Gracias, chaval.

La puerta se abre y le ves entrar.

Mira en rededor, te busca. Los años no le han carcomido. Sientes vergüenza y bajas la mirada. Notas su mano en tu hombro, te acaricia las estrellas. Acercas la mejilla para sentir su piel. Tu corazón despide un recuerdo que sacude tu cuello y tatúa su nombre, sigue subiendo y se pierde entre sus ojos, que te observan vidriosos.

—Parece que a General no, pero eres todo un coronel —susurra— yo sigo siendo cabo… Mi querido sargento.

Te ruborizas.

—No te voy a preguntar por lo que has hecho todos estos años… sólo dime si has sido feliz —continúa mientras bordea la mesita.

—Tuve mis momentos. Cabo —respondes y sonríes.

—Todo sigue casi igual, excepto esa bandera con tantos colores —. Comenta.

—Qué fácil habría sido todo ahora —indicas.

—Nunca te gustó lo fácil, mi querido sargento. ¿Por qué has vuelto este lugar?

—Te sigo echando de menos.

—Cincuenta años.

A través de su figura de cristal aparece el camarero.

—También te esperé —le dices.

—¿Perdón mi coronel? —. Miras atónito al camarero.

Guardas silencio.

—¿Se encuentra bien? —continúa el chico.

—Sí, sí… perdona, creí que… nada. Por favor, ponme un coñac.

—Marchando.

Hace mucho que no pruebas el alcohol y te abraza por dentro. El calor te arrulla.

Echas mano a la única foto que siempre guardas en el bolsillo izquierdo de tu chaqueta. Sólo una foto en blanco y negro, arrancada de un periódico ya amarillo. Allí está él, sonríe, junto a otros dos compañeros de maniobras. Tú también estás, en segundo plano.

La noticia es del día siguiente al que le encontraron ahorcado en su garita.

El cuello de la camisa te aprieta y el calor te molesta. Cada latido de tu corazón te clava su nombre en las sienes. Necesitas un cigarro que no pruebas desde que tu esposa te abandonó… apenas la recuerdas.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Te levantas, dejas un billete de cincuenta euros sobre la mesa y escapas a la lluvia. El señor del paraguas te mira y se ríe de ti. Intentas correr por la calle sin flores. A tu espalda mojada el camarero grita con tu abrigo en la mano.

El otro espectador sigue riendo.

Quieres huir, aunque apenas te mueves. Así que sólo lloras.

Sientes un dolor en el pecho y caes de rodillas.

Ya no escuchas su nombre en tu cabeza. Yaces en el suelo, boca arriba, te falta el aire. Alguien corre hacia ti, pero ya no ves nada. Un último latido y notas que una gota resbala hacia tu cuello, por unos segundos y despareces con la lluvia.


 



¡Por tu orto!

Mer Feito


Soy un obseso de la ortografía desde que tengo uso de razón. El primer libro que abrí fue la vigesimoprimera edición de la RAE (1992). Ver tantas palabras tan bien escritas me produce un placer indescriptible; podría decirse que orgásmico. Por el contrario, es salir de mi zona de confort y sentirme catapultado por los errores gramaticales de los demás. Entonces, la rabia corre por mis venas sin que nada pueda detenerla.

No tengo redes sociales. Me horroriza ver cómo la gente escribe tan mal en sus publicaciones. Me dan ganas de sacarme los ojos. ¡No, no puedo! Prefiero encerrarme en mi mundo de libros perfectos.

Bueno, miento. Tengo WhatsApp para no vivir aislado. Por desgracia, esta red no da la opción de corregir los mensajes una vez enviados; y menos los de los demás. ¡Maldita sea!

Con Carla, eso era todavía más evidente. Era una chica encantadora y teníamos mucho en común; salvo un aspecto crucial para mí: La ortografía. Daba una patada a la RAE con cada uno de sus mensajes. Todavía recuerdo el primero que recibí: «Ya stoy yegando». «¡Joder! ¿Pero cómo se puede escribir tan jodidamente mal, por amor de Dios? ¿Es que no le da vergüenza?», me dije, dando un resoplido. A ese mensaje se sucedieron unos cuantos en los que, cada vez que me saludaba, parecía que se refería a las «olas» de mar.

Un día, le pregunté si quería ir a cenar conmigo o si estaba ocupada. Su respuesta: «No puedo ir». Espera, ¿qué significaba aquello? Empecé a sudar. «Respira, Javi, respira, tranquilo», me dije. Le llamé para preguntarle.

—¿Qué has querido decir?

—¡Que sí puedo, que puedo ir!— me respondió, con nerviosismo.

—Ah, vale, ¡es que me había confundido! ¿Ves la importancia de la coma? Escribir bien es fundamental para darse a entender.

—¡Ay, qué tiquismiquis eres, Javi, hijo!

—¡Es que no te había entendido!

Suspiró.

—Mis amigos nunca han puesto pegas por mi forma de escribir.

—Ya, bueno, pero a mí me genera un poco de confusión. Lo digo por tu bien, para que seas más clara al hablar y no haya malentendidos —tragué saliva. —Tu forma de escribir dice mucho de ti. Al igual que cuidas tu imagen, ¿por qué no haces un pequeño esfuerzo con tu ortografía?

—Cállate antes de que cambie de idea —colgó.

Aquella cena fue magnífica, y me motivó a darle una oportunidad. Nunca suelo regalar nada a las chicas a las que estoy conociendo; pero aquella vez hice una excepción. Por su cumple le di un diccionario y un libro. Les puse algunas pegatinas rosas y purpurina. «Ay, mira, si tienen brilli brilli, ¡Son súper cuquis!», me dijo, mientras me daba un abrazo. «Sí, me alegro mucho de que te gusten. Espero, también, que te sirvan», le respondí.

Pasó el tiempo, y ni el libro ni el diccionario parecieron surtir efecto; si es que llegó a utilizarlos. Carla seguía ametrallando a la RAE; y yo trataba de pasar por alto sus fallos: «aora», «estava», «xq»...

Quedamos a tomar un café. Cuando terminó, dijo:

—¡Mira, si me ha escrito Paula! ¡Le he dicho que estoy aquí contigo! —me enseñó el móvil. —Bueno, voy un momento al baño.

Me quedé mirando su mensaje: «Ola k tal? yo aki cn Javi». No podía más. Por el bien de mi salud mental y visual, aquella situación debía llegar a su fin. Ella nunca iba a activar el corrector de WhatsApp, así que tenía que hacerlo yo mismo.

«A ver, Ajustes, Idioma y entrada», me decía, mientras llevaba a cabo la maniobra. Estaba sudando a mares. «Venga, Teclado de Google… Vamos, Corrección de texto. ¡Por fin!» Como era de esperar, todas las opciones estaban deshabilitadas. Las activé una a una, mientras el corazón me latía a mil por hora. «Muestra las sugerencias de corrección, hecho. Corrección automática, activado. Sugerir siguiente palabra…»

—¿Qué cojones haces? —masculló, quitándome el móvil con agresividad. Reconozco que me asusté.

—¡Carla, puedo explicarlo!

—¡Ya me puedes dar una buena explicación, cabronazo! ¿Quién te crees que eres? ¿Es que no confías en mí?

—¡No! ¡No es eso!

—¿Qué coño pasa, Javi? —hizo una pausa. —¡Habla, joder!

Tragué saliva.

—Carla… No escribes todo lo bien que me gustaría.

—Ya, no es la primera vez que me lo dices. ¿Qué tiene que ver eso con que me cojas el móvil?

Me quedé callado un momento. Suspiré.

—Quería activar el corrector de WhatsApp.

—¿En serio? ¿Esperas que me lo crea? ¡Dime la verdad, Javi!— su mirada penetrante me intimidaba.

—Carla, esto no va a funcionar…— pedí la cuenta y pagué. —No soy yo, esta vez sí eres tú.


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