Karla Ron y Lola Pena son las ganadoras de esta semana



La culpa

Karla Ron Arévalo


El brillo de la luna me molesta, abro los ojos. No sé si estoy despierta o en el medio de una pesadilla, me convenzo de que es lo primero. Son las 3:33 am, la hora de las brujas. Su luz refulgente me encandila, está completa, altanera, me la quedo viendo, ella sabe algo que yo no. Entonces la luna me lanza un rayo de memoria que me golpea, y un torrente de culpa me recorre.


Rápido me espabilo, aunque el cansancio se bate conmigo pues quiere dejarme atrapada en la dulce cárcel de las sabanas, pero la angustia gana y logra que me despoje del edredón. Me siento en la cama asustada. Apurada, pero con el mayor sigilo abro la gaveta, tanteo en la oscuridad hasta dar con el saquito donde guardo las monedas.


Salgo de mi recámara azorada hacia la penumbra del pasillo, cargando una moneda en una mano y al remordimiento en la otra. Una tenue luz ilumina el final del corredor, y como si de un faro se tratara, me dirijo hacia ella.


Entro en la habitación jadeando, veo las siluetas de mis hijas dormidas desdibujadas por el claro oscuro de las sombras. Me acerco a la ventana, la luna me mira con reproche a causa de mi olvido, yo la esquivo y cierro la persiana. Me detengo a observar en la oscuridad a estas cuatro personitas que confían en mí. ¡Qué locura! Confían en mí.


Me siento en la silla que está entre las dos literas, pongo las manos sobre mi rostro, miro angustiada hacia un lado, luego al otro y me siento demasiado abrumada entre las dos torres de compromiso que me rodean. Me hundo en la silla, estoy cansada. Las niñas duermen a pierna suelta, así como lo hacía yo hace mil noches, antes de tenerlas a ellas.


Me siento derrotada e irresponsable. Me detengo en el rostro de Amanda, mi conciencia me golpea nuevamente y los reproches se adueñan de mi cabeza. ¿Cómo es posible que me quedara dormida sin colocar la moneda bajo su almohada, después de ver el brillo de expectativa en sus ojitos?


La luna se cuela entre las persianas, y con un rayo tenue que le ilumina la carita a mi bebé, me recuerda que tengo una misión importante que cumplir, y no debo quedarme enfocada en mi fracaso. Me acerco a su camita y deslizo mi brazo bajo su almohada, tomo el preciado botín: un diminuto diente de leche, y en su lugar dejo la moneda, con la que estoy segura ella está soñando ahora.


Pienso que ya mi misión está completa, me siento un poquito mejor. Me dispongo a partir, cuando los ojitos de mi hija se abren y me miran con incredulidad, me acomodo junto a ella para alargarle la ilusión un poco más. Le doy un beso en la mejilla, Amanda sonríe entre sueños, se aprieta a mi cuerpo y suspira, vuelve a dormirse.


Yo la miro tan pura y las dudas vuelven a atacarme. Es posible que este sea el último año de total inocencia de este ser tan perfecto, que sin importar lo inverosímil de mi relato, creerá a fuego en todo lo que yo le diga. Y yo casi estuve a punto de romperle el corazón, simplemente porque me quedé dormida. Pero, ¿a quién se le ocurre darme a mí, tamaña responsabilidad? A mí, con la poca preparación que he tenido para afrontar este rol, yo que soy totalmente imperfecta, que no soporto la rutina, que no soy buena en matemáticas, y quemo cualquier intento de receta que lleve más allá de agua, sal y pasta.


Instintivamente repaso la lista de cosas pendientes en mi cabeza, me siento incapaz de completarla. Me quedo dormida pensando en todos mis defectos, mientras Mamá Luna me arrulla, ella sabe la verdad.


De nuevo la sensación de que alguien me observa, me despierta. Cuando logro levantar los parpados, me encuentro con seis pares de ojos que se maravillan a penas ven que los míos se abren. Todas sonríen y se abalanzan sobre mí.


Amanda me muestra su moneda con la sonrisa más ilusionada del mundo. Yo exagero mis gestos, para equiparar un poco la excitación de mi niña. Ella se arroja de nuevo sobre mí y me dice que soy “la mejor mamá del mundo”, todas sus hermanas la siguen, y reafirman lo mismo.


Siento un poco de alivio, pues logré por lo menos completar la tarea más importante: mantener la ilusión. Entonces pienso que tal vez, a veces, no soy tan mala madre.



 




Después de todo, nada

Lola Pena


Al principio, todo le resultó un poco increíble. Lo que más le costó a Lalo de su nuevo estilo de vida fue dejar de ver el sol y pasar a ser el rey de la noche. Hasta que se adaptó y empezó a divertirse. No le importaba hacer el mal ni matar a gente. Los primeros doscientos años estuvieron bien. Sin embargo, los siguientes doscientos, poco a poco, se fueron convirtiendo en rutina, y ahora, ya estaba harto de su vida disoluta, de su vida de crápula. Estaba cansado de romper todas las noches hasta la madrugada. Vivir por toda la eternidad se había convertido para él en un castigo que solo podía destruir con la muerte. Anhelaba acabar tal y como había nacido, libre de pecado.


Por eso la idea de quitarse la vida hacía años que la había descartado. Tenía que encontrar a alguien que acabara con su existencia, aunque no iba a ser fácil. Todo el mundo se asustaba en cuanto se enteraban de lo que era, pero esa noche de verano iba a ser distinta; lo presentía. En su corazón helado, percibía que iba a ser su noche de suerte.


Al llegar a la discoteca, Lalo saludó con una sonrisa al portero, mientras este le sujetaba la puerta, y entró en el local. Su gabán de cuero negro le daba un aspecto extraño entre toda aquella gente vestida con tan poca ropa. Confiaba en que así nadie descubriría la pistola que llevaba escondida en su bolsillo derecho con una única bala de plata en la recámara. Un solo disparo sería suficiente. La música estridente lo recibió con sus conocidos sonidos rítmicos.


Con la mirada recorrió el espacio que le rodeaba buscando, de entre todas aquellas personas, a la mujer que, con probabilidad, sería su siguiente víctima, pero deseando, con todas sus fuerzas, que fuera su verdugo. Así fue como la encontró. Estaba apoyada en una columna, con la espalda pegada a ella y un vaso entre las manos. En lo primero que se fijó fue en su esbelto cuello, libre del largo cabello de otras mujeres, de los adornos innecesarios de collares, con una piel suave, sin imperfecciones.


Poco a poco se acercó a ella, con las manos metidas dentro de los bolsillos de su gabán, sujetando con una de ellas la pistola. Sintió como sus colmillos comenzaban a despuntar en la línea perfecta de su dentadura. Sabía que tenía que controlarse, aunque el olor de aquella sangre joven, el placer de hundir lentamente sus caninos en ese cuello, se lo impedían.


—¿Estás sola? —Lalo vio un gesto de asco en la cara de la muchacha cuando lo miró después de que él le hablara—. No te equivoques, no quiero ligarte; solo quiero tu compañía.


Nunca fallaba; sabía que en cuanto decía esas palabras mágicas todas bajaban la guardia al no sentirse amenazadas por el ligón de turno y se entregaban a él sin reparo. María no fue la excepción en eso; sí lo fue en todo lo demás. No consiguió llevarla a un lugar más apartado y oscuro, lejos de la música y la gente; no logró besarla; no cayó hipnotizada en las redes de su seducción... Fue María la que lo conquistó a él con sus dulces modos, con su hablar pausado, con su conversación interesante. Por primera vez en muchísimos años una mujer había conseguido, sin tan siquiera saberlo, mantener a raya sus instintos más animales.


—¿Me acompañas fuera a ver amanecer? —propuso María, de repente.

—Seguro que en la terraza del ático no habrá nadie a estas horas —respondió Lalo sonriendo.

—Tú y yo somos suficientes —María agarró a Lalo de la mano y tiró de él hacia unas escaleras cercanas.


En el ático, Lalo vio como la oscuridad de la noche había dado paso a un cielo blanquecino ausente, todavía, del calor del sol. María se acercó a él abrazándolo, quitándole el gabán que cayó desmadejado en el suelo a sus pies. Frente a frente, la respiración entrecortada de ella, los labios de él cerca de su cuello, de sus labios, de un beso tan puro como no había dado ningún otro en su vida. Lalo supo que no usaría ni la pistola ni la bala de plata. Había llegado su momento. Solo tenía que dejarse llevar por ella. Entonces fue cuando el sol tocó su piel que empezó a arder en pequeñas llamaradas. Sonriendo, agradecido, fijó la mirada en los desorbitados ojos de María mientras su cuerpo terminaba de convertirse en un montón de cenizas que el viento comenzó a llevarse poco a poco hasta no dejar nada.



77 visualizaciones0 comentarios