Las escritoras Elvira Toro, Amparo Vazbel y Lucía Arjona son las mejores de la semana



Mientras llueve

Elvira Toro


Elena está sentada frente a la mesa de la cocina, junto a una de las ventanas de su apartamento. De vez en cuando, bebe pequeños sorbos de la taza de café que sostiene entre sus manos, mientras ve caer la lluvia, absorta en sus pensamientos. A pesar de la tormenta, hace mucho calor. El verano acaba de empezar, pero la temperatura es muy sofocante. En el exterior, las perlas de agua se deslizan por los barrotes de la barandilla de metal, por los cristales de los ventanales del edificio de enfrente y sobre los paraguas de los pocos viandantes que caminan por la calle a esas horas de un sábado por la mañana. Del mismo modo, minúsculas gotas de sudor resbalan por el pecho de Elena bajo su desgastada camiseta de tirantes.

Alberto irrumpe en la cocina, despeinado y vestido solo con unos boxers ajustados. Dirige una mirada a la mujer.

―¿Qué haces? ―pregunta el joven.

―Observo la lluvia ―le responde ella sin apartar la vista del exterior.

―Perdona, ¿el baño? No recuerdo dónde estaba.

―La segunda puerta de la derecha.

Él camina con pasos lentos en dirección al pasillo, dirige la mano a su culo y se rasca con naturalidad bajo el calzoncillo, sin saber que ella le mira disimuladamente.

Cuando Alberto regresa, encuentra a Elena junto al mármol de la isla de la cocina con la cafetera en la mano. Ha dispuesto frente a ella su taza y otra limpia para él, el azucarero y una caja de galletas de metal.

―¿Te apetece? ―le ofrece ella con un movimiento de cafetera.

―Soy más de tomar Cola Cao, pero sí, gracias

La expresión de la cara de Elena se tensa y él que lo advierte le sonríe con el mismo gesto burlón de un muchacho que acaba de hacer una trastada.

―Es broma. Café solo―responde Alberto guiñando un ojo.

―¡Ah! Ya entiendo. Eres de los que se despierta de buen humor.

Él se encoge de hombros y se acerca a Elena con la excusa de coger algo de azúcar. Ella, en una maniobra sutil le esquiva y se dirige de nuevo hacia a la ventana. Él se sirve dos cucharadas rebosantes y remueve enérgicamente con la cucharilla. La mujer ve el agua caer, en silencio.

―¿Sigue lloviendo? ―pregunta Alberto

―Sí, no para.

―¿Dónde están tus hijos?

―La pequeña, con su padre. El mayor se ha ido de fin de semana con sus amigotes para celebrar que ha acabado los últimos exámenes de la universidad.

―No creí que fuera tan mayor ―responde él con la espontaneidad de quien no sabe qué decir ante semejante revelación.

Ella hace una pausa. Se gira y observa la escena casi cómica del joven semidesnudo sentado sobre la isla de la cocina comiendo galletas e inspira una bocanada profunda de aire.

―No quiero que pienses que hago habitualmente este tipo de cosas ―comenta Elena desviando la atención.

―No, claro, yo tampoco suelo… No me gusta mezclar cosas. Bueno, ya sabes qué quiero decir.

―¿Podrías ser discreto?

―Lo seré.

―Ayer estaba triste y bebí más de la cuenta.

―Sí, los dos bebimos mucho. Fue divertido.

―Lo fue. Es solo que es complicado.

―No tenemos por qué hablar de esto, si no quieres ―afirma él y de un salto se pone de pie.

―Tienes razón. No, no quiero.

Alberto se dirige a la habitación de matrimonio. Recoge su ropa desperdigada por el suelo y se viste.

―Sigue lloviendo mucho ―le advierte Elena.

―Con este bochorno se agradece un buen remojón.

―¿Te dejo un paraguas?

―No hace falta. Me gusta mojarme, es como ser bautizado de nuevo ―responde Alberto sonriendo. Se acerca para despedirse de ella, pero ante la inmovilidad de la mujer, opta por lanzarle un beso al aire― ¡Nos vemos pronto! ―dice cerrando la puerta tras de sí.

―Hasta el lunes― responde ella casi como si las palabras le quemaran en la boca.

Elena se pone de pie y mira el agua que cae. Siguiendo un impulso, se dirige hacia el comedor, abre la puerta de acceso a la terraza y se aventura bajo la tormenta. Se asoma a la barandilla y sigue los pasos del joven hasta la parada de autobús que hay al otro lado de la calle. El aire está caliente, el sudor se mezcla ahora con la lluvia que resbala sobre su cuerpo. Arrastra sus pies descalzos sobre las baldosas húmedas. Cierra los ojos y se centra en esa sensación. «Es casi como ser bautizado de nuevo», recuerda y sonríe. No quiere ni imaginar cómo se sentirá él cuando el lunes encuentre sus cosas guardadas en una caja de cartón. «Debo hacerlo», piensa, mientras nota cómo el agua empapa su camiseta y su ropa interior.


 


Mañana va a ser un día largo

Amparo Vazbel


Entró en el portal. “No hay ascensor, vaya”. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Escogió al azar una de las llaves del manojo. “Esta no es. A ver esta”. Empujó la puerta para abrir. Un montón de sobres se había acumulado en el suelo de la entrada. Los recogió.

Se quitó el abrigo y los zapatos y se fue a la cocina. Le apetecía un té. “¿Dónde tendrá las infusiones?” Abrió cajones y puertas. No había infusiones, solo café. “Detesto el café”, se dijo con un gesto de repugnancia. Optó por un simple vaso de agua. Recorrió el pasillo de vuelta al salón. Se sentó en la butaca de piel, al lado de la vitrina donde estaba la colección cerrada bajo llave. “ Debe abrirse con alguna de estas”, pensó mirando el manojo. Depositó la correspondencia en la bandeja de plata que había sobre una mesita. La mayoría era del banco: extractos de varias cuentas e inversiones, el pago de los recibos de la luz y del agua, las facturas del hospital…Recibió una llamada de Andrew:

—Ya está. Mañana a las cinco en el despacho—dijo Andrew con voz apagada.

—¿Irán todos?

—Sí, ya me lo han confirmado—respondió Andrew.

—Está bien. Nos veremos allí.

—¿Vas a llevar la carta que dejó mi tío Otto?—preguntó.

—Claro. Ya he venido a buscarla.

Andrew era el único de la familia con quien tenía trato. Al menos le había dado el beneficio de la duda. Los demás, no. Los demás eran unos hipócritas. Recordaba aquellas primeras y únicas navidades que había pasado con ellos. Cuando Otto se lo confesó a todos, no lo creyeron “pero si tú no puedes...” Las miradas de odio se convirtieron en palabras mayores.

Colgó el teléfono y se dirigió a la habitación. Miró el retrato que había en la pared, sobre el cabecero. “Esa sonrisa…” pensó con nostalgia. Allí, sobre la mesilla de noche, estaba el sobre con el resultado de la prueba y una carta que había escrito Otto de su puño y letra detallando lo que no le habían permitido explicar antes. La carta estaba fechada tres meses atrás, poco después de su ingreso en el hospital. Se dio cuenta de que tenía que dejar las cosas claras y, dado su diagnóstico, no iba a sobrevivir para contarlo en persona.

Se acostó sobre la cama sin quitarse la ropa. Leyó todo con atención. Sonrió. La misma sonrisa que la del retrato. Cerró los ojos para descansar. “Mañana va a ser un día largo”.


 


Lo que no esperaba

Lucía Arjona


Los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la persiana a medio bajar de la ventana de la habitación. El visillo, que en algún momento fue blanco, baila colgado en ella con la brisa de la mañana, fresca y limpia, con ese olor a salitre que el mar regala a cada rincón del pequeño pueblo costero. Ella se despereza en la cama y le observa tendido a su lado, boca arriba, aún dormido. La sábana sólo cubre su cuerpo hasta la cintura. Desliza su mano con delicadeza por su vientre, no quiere despertarle, quiere disfrutar del momento, observarlo rendido junto a ella, recorrer con las llemas de sus dedos su piel tersa y suave, sus abdominales marcados, los pectorales firmes y duros en los que clavó sus uñas anoche mientras le tuvo sobre ella, su cuello esbelto pero varonil, su mentón fuerte y anguloso. Antes de que pueda llegar a hundir los dedos en sus rizos negros, él se despierta.

—Buenos días, dormilón —saluda ella tapando con su lado de la sábana los pechos que un día fueron turgentes.

—Mmmn, perdona, me quedé dormido —responde él antes de bostezar.

—Ya. Me dio pena despertarte, pero ya sabes que no me gusta que te quedes.

El chico se sienta en la cama, apoyando su espalda en el cabecero de contrachapado que sueña con ser nogal, no quiere escuchar lo que ya sabe.

—Sé perfectamente lo que esperas de mí, anoche simplemente estaba cansado y… bueno sí, quise quedarme ¿es tan grave?.

Ella toma su vestido de tirantes de Dolce&Gabbana del suelo, junto a la cama, se pone en pie y lo desliza desde los pies hasta los hombros sin responder. Pone de nuevo en su dedo la alianza que dejó sobre la mesilla de noche y camina por la habitación recogiendo su ropa interior de La Perla, el collar y una sandalia. La otra asoma bajo la cama, al otro lado. Cuando llega a su altura, él tira de su muñeca.

—No es tan grave, ¿no?. Joder, sólo estaba cansado… y él no regresa hasta el fin de semana, como siempre ¿verdad?.

La mujer toma asiento a su lado, con la prueba del deseo y la urgencia de la noche pasada sobre su regazo. Libera su muñeca de la mano del joven y acaricia con dulzura su mejilla.

—No entiendes nada, ¿verdad?.

—Lo entiendo, claro que lo entiendo. Lo único que quieres de mí es esto. No quieres saber nada de mí, de lo que siento, de quién soy… ¿para qué?. Y cuando llegue septiembre ¿qué?, ¿me dejarás un sobre en la mesilla como despedida?.

La última pregunta queda flotando en los segundos de silencio que se instala entre los dos. Ella no lo esperaba. El joven se levanta de la cama con brusquedad y recoge sus calzoncillos del suelo, su camiseta de Izal y sus vaqueros con rotos que tanto le gustan a ella.

—Yo no esperaba esto, no lo esperaba… —murmura ella dando vueltas a su alianza de Cartier en modo automático.

—¿El qué no esperabas? —contesta él con un tono frío mientras mete la cabeza en el cuello de su camiseta.

—Esto. No lo esperaba, y tampoco lo buscaba. Sólo quise sentirme deseada una noche, aquella noche. Pero vuelvo a buscarte una noche más, prometiéndome a mí misma que esa será la última vez, y no lo es, nunca lo es.

—Y ¿qué pasa con lo que yo esperaba?, ¿eso no importa?. Tengo novia, ¿sabes?. No esperaba engañarla, pero lo estoy haciendo. Lo hago desde hace dos meses y lo hago porque quiero, porque lo busco, porque te deseo, ¿o es que no te has dado cuenta de que cada vez que apareces en el bar respiro?.

—¿Tienes novia?, claro… Esa chica que se sienta en la barra los fines de semana, es muy guapa, sí… ella te pega.

Él asiente sin mirarla y abrocha sus vaqueros antes de caminar de vuelta hacia la cama, donde ella continúa sentada. Toma asiento junto a ella y coge su mano.

—Mira, no soy idiota. Sé que cuando llegue septiembre te marcharás de vuelta a tu vida habitual, y yo me quedaré aquí, con mi vida de siempre, mi novia y mi curro en el bar. Pero mientras tanto quiero disfrutarlo, una vez metidos en esto, ¿por qué no podemos disfrutarlo sin más?. ¿No te das cuenta de que cada vez que me echas de tu cama me siento un puto objeto?.

Ella baja su mirada y responde.

—La mujer que te busca por la noche no es la mujer que se despierta cada mañana.

Él se levanta de la cama en silencio, se pone las chanclas, y se dirige a la puerta de la habitación. Con una mano en el pomo, sin volver la mirada dice:

—Dile a ella que espero verla esta noche en el bar.

Sale de la habitación con un portazo. Ella agita su cabeza, quiere que la humedad que siente en sus ojos desaparezca. Camina hacia el bolso de mano, también en el suelo, saca su iPhone, toma aire y teclea: «Amor, cambio de planes. Regreso hoy. ¿Me envías el jet?».



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