Las escritoras Fátima Alonso, Lucía Arjona, Amparo Vazbel y Marcela Chapou ganan el desafío.




Maneras de vivir

Fátima Alonso


Bueno, pues aquí estoy, parado frente al hotel donde te alojas y donde hemos quedado en vernos. Reconozco que estoy bastante nervioso y muy indeciso. He llegado hasta aquí sin tener muy claro si quiero acudir a esta cita. Tengo miedo de que, veinte años después, no seas más que una extraña, pero también me asusta que sigas siendo la misma.

He de confesarte que, cuando hace dos meses vi tu nombre en la pantalla de mi móvil, sentí una sensación rara. Yo también llevaba un tiempo acordándome de ti más de lo habitual. Pensé que sería debido a que, después de tantos años de matrimonio, la rutina estaba empezando a hacer estragos. O también a la putada de hacerse viejo y a la nostalgia de la juventud. Aunque, a decir verdad, nunca, en todos estos años, he dejado de recordarte.

No pude evitar una sonrisa cuando al lado de tu nombre leí las palabras “Solicitud de amistad”. Si tú y yo nunca hemos sido amigos, no creo que vayamos a serlo ahora, pensé al recordar que tardamos tres horas escasas, después de conocernos, en empezar a meternos mano.

Llegué a aquel pueblo del Pirineo con mi flamante título de médico bajo el brazo y enfadado con el mundo al verme condenado a ese destierro. Yo, que siempre había sido un urbanita, pensé que iba a morirme de asco en aquel lugar en el culo del mundo. Nada más lejos de la realidad. Cómo iba a imaginar que ibas a estar tú ahí, para alegrarme los días y las noches.

No llevaría más de una semana en mi puesto cuando entraste en la consulta. Eras completamente distinta a las chicas con las que yo acostumbraba a relacionarme, niñas bien, de novio formal y misa de domingo. Desde luego, no pasabas desapercibida, con tu vestimenta oscura, las botas con tachuelas, las uñas pintadas de negro …Más tarde supe que no era solo eso lo que te hacía diferente a las demás.

Mientras examinaba tu garganta, pude darme cuenta del descaro con el que lo observabas todo, empezando por mí. Y después, mientras te hacía la receta del antibiótico para las anginas, levanté la vista y vi en tu rostro una sonrisa casi impúdica. Aun así, me sorprendió encontrarte en la puerta cuando, al terminar la consulta, salí a la calle. Desde ese momento, no dejaste nunca de impresionarme.

Me dirigí hacia el coche intentando ignorar tu presencia y tú, con esa desfachatez que te caracteriza, no dudaste en abrir la puerta del copiloto mientras me ofrecías tus servicios de guía turístico.

Mientras nos dirigíamos al lugar que, según supe después, llamabais el Mirador del Fuerte, no mostraste ningún reparo en reírte de la música que llevaba en el coche. “¿Mecano? No me jodas.”, me reprochaste mientras sonreías con el ceño arrugado. Después, soltaste con desprecio el CD en la guantera y sintonizaste una emisora de radio. “Escucha esto, hombre. No se puede comparar.” Y te pusiste a cantar con todas tus ganas Maneras de vivir, de Rosendo, mientras yo te observaba alucinado con el rabillo del ojo. “Eh, la vista en la carretera, chaval. Que esto no es la M-30.”, dijiste riendo. Y no dejaste de burlarte de mí y de mis modales de niño pijo durante los meses siguientes.

Dos horas después de aquella primera excursión, estábamos en la habitación del hostal donde me alojaba a la espera de encontrar un piso de alquiler.

—Tengo que avisarte de que tengo novia y me caso dentro de tres meses – te dije mientras me quitabas la ropa.

—Hay que ver qué antiguo eres, hijo –me contestaste riendo—. No te preocupes. No soy celosa.

Nunca te confesé que pasé mi luna de miel deseando que los días transcurrieran rápido para volver a Jaca. Tampoco te dije que, al cumplir un año allí, solicité el traslado porque mi mujer estaba embarazada y era eso lo que todo el mundo esperaba de mí. Ni te conté nunca, puesto que no volví a llamarte, que, durante mi viaje de regreso a Madrid, detuve varias veces el coche en el arcén de la carretera tentado de dar la vuelta porque no podía quitarme de la cabeza tu imagen al despedirte de mí y desearme suerte. Esa sonrisa que pretendía ser alegre y esos ojos tristes que te delataban.

Y hace un rato me llamas y me dices que estás en Madrid, de paso, y que te vas mañana temprano. Y que te encantaría verme. Y yo me muero de ganas de subir a esa habitación y de volver a escuchar tu risa gastándome bromas sobre mi incipiente calvicie o mi barriga cervecera o el color de mi corbata mientras mi mujer está llegando al restaurante donde nos hemos citado para celebrar nuestro vigésimo aniversario.



 


La mañana perfecta

Lucía Arjona


Espero el ascensor con la misma apatía de siempre. Cuando comencé a trabajar en esta casa, hace ya tres años, me prometí que sería un trabajo de paso, necesario para costear mi verdadero sueño, ser actriz. En este tiempo sólo he conseguido papeles de mierda en anuncios de mierda, tras castings de mierda. Sí, eso es mi sueño, una mierda. Eso he pensado cuando he estado a punto de aceptar una prueba para una porno, sólo por sentir por una vez la luz del foco principal sobre mí, y mi nombre en los créditos.

Así que aquí estoy, en el ascensor perfecto, del bloque perfecto, para subir al ático perfecto, de la pareja perfecta, con hijos perfectos, en el perfecto barrio de Chamberí. Y mientras la cabina sube, voy rezando porque los repelentes gemelos no me hagan una vez más el desayuno insoportable, y que su madre sea capaz de dar unos buenos días con una sonrisa, o algo que se le parezca, en lugar de soltar una retahíla de deberes que hacer acabado con el eterno recordatorio: «... no te olvides de que los niños son intolerantes a la lactosa, y nada de azúcar».

Delante de la puerta, introduzco la llave en la cerradura, y antes de girarla, ya llegan hasta mí los chillidos de los dos hermanos peleando por el iPad de su padre.

—Buenos días —saludo en un tono de voz alto para anunciar mi llegada.

Nadie contesta. Las pequeñas bestias de seis años casi me arrollan en el pasillo. Guzmán persigue a su hermano Hugo entre gritos y sollozos fingidos de niño mimado, reclamando su turno en Among Us, o como se llame ese juego.

Atravieso la cocina para llegar al cuarto de servicio, donde espera mi uniforme, y me encuentro la misma escena de siempre. Los cacharros de la cena están amontonados en el fregadero, y los del desayuno sobre la encimera, como si meterlos en el lavavajillas fuera algo reservado sólo para mí. Jacobo, el padre de familia, permanece inalterable delante de la pantalla de su iPhone, sentado en el taburete alto de piel blanca en la isla de mármol de Carrara, mientras apura la taza de expresso.

—Buenos días señor —saludo antes de entrar a mi cuarto.

Responde con un gruñido sin vocalización alguna, antes de que cierre la puerta del zulo en el que debo cambiarme. Cuando salgo de allí, embutida en esta especie de pijama azul bebé, mezcla de sanitaria y limpiadora, me encuentro a Cayetana llenando su termo de brillante acero inoxidable con su té matcha.

—Buenos días señora —digo una vez más con la tonta esperanza de recibir por fín un saludo similar de vuelta.

—Sonia, hoy los niños no van al colegio. Anoche tuvieron alguna décima y prefiero que descansen en casa —responde sin ni siquiera volver su rostro para mirarme—. Mejor que desayunen una manzana rallada y una infusión. Para comer les haces un poco de arroz hervido y en la merienda, si los ves bien, puedes darles una tostada de pan de chía con pechuga de pavo asado.

Suspira como si le fuera la vida en ello, aún sin mirarme, mientras enrosca la tapa del recipiente.

—Tendrás que bajar a comprar, creo que no queda. De paso puedes llevar a la tintorería mi vestido de seda azul noche, está colgado en la puerta del vestidor. Tiene una pequeña mancha, ya sabes lo delicado que es.

Aún de espaldas a mí, revisa la pantalla de su móvil sin dejar de hablar.

—Ah, y por favor, cuidado al planchar la camisa blanca del señor. Hoy tiene una cena de negocios muy importante, y ya sabes lo supersticioso que es, tiene que llevar su camisa —afirma atusando las ondas de su melena rubia de corte impoluto— y tiene que estar perfecta.

—Claro, descuide —respondo a una espalda que sale llamando con un chillido de orca a sus pequeños demonios.

Sé que aún no ha acabado su monólogo matutino.

—Tienes el sobre con lo tuyo en el recibidor. Y ya sabes. —Aquí sí gira su rostro inexpresivo por el botox y clava su mirada en mí para subrayar la frase—. Los niños son intolerantes a la lactosa, y nada de azúcar por favor.

Cuando la pareja sale por la puerta, con los gritos de los monstruos clavados en mis tímpanos, pienso que quizá la vida de porno star no esté tan mal, pero ahora tengo cosas que hacer.

Con la plancha a máxima temperatura, extiendo la camisa blanca del señor en la tabla y la dejo ahí, sobre la pechera. Meto el vestido de seda de la señora en la lavadora a sesenta grados, y mientras el agua comienza a llenar el tambor, saco el helado de chocolate que ella tiene escondido y con una sonrisa grito:

—¡Niños, hoy desayuno especial!.



 


Coaching de sombras

Amparo Vazbel


De christiandarker@hotmail.com


Para angglcoachingdesombras@gmail.com


Asunto Solicitud para entrevista


Muy señores míos

Hace un mes recibí publicidad acerca de sus productos. Entre ellos me llamó especialmente la atención su servicio de Coaching de Sombras. En él explicaban que eran capaces de detectar los puntos débiles del cliente para luego gestionarlos y convertirlos en fuertes. Estaría interesado en concertar una entrevista con alguno de sus coaches para que me ayude a encontrar dichas flaquezas. Todos los intentos que he realizado de manera doméstica han sido infructuosos, de ahí la necesidad imperiosa de recibir su asistencia. Atentamente, Christian Darker.


Christian le dio a “enviar” sin pensarlo dos veces. De haberlo razonado, habría abortado de manera inmediata el correo. Experimentó al instante su consabido sentimiento de pesar. Se torturó con la idea de que cómo un hombre como él, discreto, correcto, gris, que siempre luchaba por pasar desapercibido, había perdido el autocontrol habitual y se había dejado llevar por aquella página publicitaria. Pensó incluso que podría tratarse de estafadores que intentarían aprovecharse de sus debilidades para chantajearlo. En esta ocasión, en su lucha interior entre la desconfianza y la necesidad, venció esta última.

Siempre le ocurría lo mismo. Daba un paso hacia adelante para abrirse a los demás y socializar y retrocedía tres cuando la ansiedad empañaba cada uno de sus pensamientos. “Christian, no debes”, se decía una y otra vez durante la adolescencia en el internado donde le inculcaron la contención de cualquier instinto primitivo. Eso había derivado en una situación de absoluta soledad y hasta de desprecio por parte de aquellos con los que había intentado algún tipo de contacto. En el momento en que debía soltarse, se constreñía, se tensaba y acababa huyendo parapetado tras excusas vacías. “Eres un rarito”, le dijo una vez una persona con la que podría haber emprendido una relación amorosa. “Christian, no debes”, le repetía incansable una voz interior.



De angglcoachingdesombras@gmail.com


Para christiandarker@hotmail.com


Asunto Concertación de entrevista


Señor Darker

Hemos aprobado su petición para entrevistarse con uno de nuestros coaches. Las fechas y horas disponibles figuran a continuación…


Christian eligió el jueves a las ocho y media. La cita se llevaría a cabo en un edificio del centro donde se alquilaban oficinas. A esas horas no parecía que hubiese gente en ninguna de las otras estancias. Un escalofrío le recorrió la espalda. Era el momento de huir, de abandonar aquel absurdo encuentro, pero sus piernas lo dirigieron de manera automática al interior, como si no respondiesen a su albedrío.

Entró en el despacho donde iba a tener lugar la reunión. La decoración era escueta: una mesa, un ordenador, un par de sillas, una planta y un letrero enmarcado en el que figuraba el logotipo de Coaching de Sombras. Una mujer lo esperaba al otro lado de la mesa. Se levantó y lo invitó a sentarse en una de las sillas. Era de la misma estatura que él, de pelo corto y oscuro, ojos castaños, gafas de pasta marrón y una figura proporcionada. Su voz era profunda, con un toque aterciopelado muy agradable. Sus gestos eran naturales y relajados. Era una presencia que atraía y que proporcionaba la sensación de hallarse en un sitio seguro.

—Dígame, señor Darker. ¿el motivo de su solicitud es personal o empresarial?— le dijo con esmerada corrección.

—Es...es...personal—respondió con nerviosismo.

La mujer recorrió con su vista la figura de Christian. Le pareció una mirada inquisitiva, punzante. Se sintió incómodo. Ella tomó notas y leyó algo en el ordenador. El silencio los envolvía. Los minutos transcurrían como mazazos. La misma idea de siempre se adueñó de él. Inició el gesto de evasión pero un sentimiento inexplicable lo sostuvo en aquella silla.

Christian notó su respiración entrecortada, agitada. Algo en su interior luchaba por salir. Percibió la intensidad de sus latidos, también en la sienes. Un bulto le crecía en mitad del pecho de manera brutal rompiéndole los botones de la camisa. La protuberancia se agrandaba causándole un dolor insoportable. Perdió el control de su voluntad. Los miedos de tantos años, su vergüenza, la culpabilidad, la envidia, los odios que guardó innumerables veces, los instintos sexuales inconfesables, la desmotivación, la ira, la hipocresía, todo lo que había encadenado en su lado oscuro...se agolpaba por salir como el agua de un pantano al abrir las compuertas. Un grito desgarrador brotó de su garganta “¡Christian, no debes!”, escuchó decirse a sí mismo. Unos minutos después, una sensación de calma lo invadía, se sentía libre como nunca lo había sido, incluso poderoso, con una energía renovada. Tenía las manos manchadas de sangre. Esbozó una sonrisa mientras miraba el cuerpo inerte de la mujer.



 


Lo indecible

Marcela Chapou


Julio y yo somos mellizos, por eso crecimos tan unidos. De niños nos lo contábamos todo, hacíamos mil travesuras juntos, jugábamos a la pelota, a las adivinanzas; echábamos carreras en triciclo y más tarde en bicicleta. También actuábamos, como todos a esa edad. Me gustaba hacerla de doctora, porque él me pedía que le sobara las partes que le dolían: todas. Este recuerdo me ruboriza todavía. A medianoche solía pasarme a su cama para dormir abrazados, pero cuando cumplimos diez años mis padres convirtieron el estudio en mi recámara y nos separaron. Después de mi primera menstruación, mi madre nos prohibió bañarnos juntos. A él le estaba cambiando la voz y su cara ya mostraba un incipiente bigotito.

Los cambios en nuestro cuerpo eran cada vez más evidentes, y un día, llevados por la curiosidad propia de los adolescentes, nos besamos en la boca. A partir de entonces noté que él empezó a rehuirme, y yo, a soñar con la textura de sus labios sobre los míos, con su piel desnuda. Esos reiterados sueños se convirtieron en un oscuro secreto; no podía evitarlos y me proporcionaban un placer infinito, para mí muy difícil de admitir. Por la mañana intentaba ignorarlos para seguir viviendo, pero estaban ahí como una sombra que me hacía buscar siempre la manera de tenerlo cerca: me apretujaba a su lado en el sofá mientras veíamos la tele, le acariciaba el pelo, le gastaba bromas, le contaba las confidencias de mis amigas... lo que fuera con tal de no perder su cariño, a pesar de que mi madre, siempre entrometida, me riñera invariablemente para que lo dejara en paz. Todo eso quedó en el pasado.

Andábamos por los diecisiete cuando mis padres murieron. Ya sólo nos teníamos el uno al otro. Me conmovía observarlo tan triste e indefenso; por eso, al correr de los días me volví como otra madre para él. Yo le ayudaba en todo lo que él no era capaz de hacer por sí mismo. A Julio no le importaba andar sin un botón ni ir arrastrando la orilla de los pantalones ni ponerse las camisas sucias y arrugadas; sin embargo, yo le arreglaba la ropa para verlo guapo. Además le cocinaba, para que no se alimentara en el McDonald´s, y tendía su cama en las mañanas. Me alegraba que dependiera de mí, sobre todo porque él se mostraba conmigo cada vez más distante.

Aunque vivíamos sin preocupaciones con lo que heredamos de mis padres, a mi hermano le dio por trabajar de sol a sol cuando terminó sus estudios, no sé si por amor a su carrera o por no estar conmigo, pues ya sólo nos veíamos a la hora de cenar, y eso me dolía. Se había convertido en todo un hombre. Su personalidad reservada y su porte tan elegante me tenían embobada.

El día que cumplimos treinta años, Julio llegó con una chica para la celebración, y a la hora del pastel me soltó, así nomás, que se iban a casar. Una fuerte punzada en el estómago me dobló en dos y enseguida mi cara empezó a arder. No era justo, pensé con rabia, le había dedicado mi vida y ahora él se iría con ella: con nadie. Me recompuse, y fingiendo la alegría, los felicité y me apresuré a convencerlos de que, una vez casados, vivieran en la casa por un tiempo. No me quedaba otra si quería conservar a mi hermano. Me imaginaba que los tres podríamos formar una nueva familia y que ella sería mi amiga.

Desde el primer día, la mujer se apropió de mi lugar en el sofá, y yo, para no incomodarla, tomé el asiento al otro lado de Julio. Lo mismo pasó en el comedor. Así, él siempre quedaba en medio de las dos. Mi problema empezaba con los arrumacos y palabras amorosas entre ambos: los celos me carcomían, por más racional que tratara de ser, y por las noches, los desaparecidos sueños de mi adolescencia regresaron para torturarme durante la vigilia. La situación me era insoportable. Entonces empecé a hostigar a mi cuñada, y a introducir mi ponzoña en la cabeza de mi hermano, aprovechándome de que nadie como yo conocía lo que pasaba en su interior.

Ella finalmente se fue, pero la lucha contra la infelicidad que yo experimenté en los tres meses de su estadía me hizo aceptar, sin culpa y sin tapujos, que quería a Julio para mí sola y lo deseaba dentro de mi cama.

Y ante la oportunidad de consolar a mi hermano por su pérdida amorosa, logré que reanudáramos las bromas y caricias en nuestras noches de tele, y que permaneciera más tiempo en casa. Así fui recuperando su cercanía y volvimos a estar tan unidos como cuando éramos niños, con la ventaja de que ya nadie se interponía entre nosotros.


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