Las escritoras Mari Otero, Carmen Villarejo y Alejandra Bautista ganan el desafío de la semana.



Berenjenales a ciegas

Mari Otero


Nunca hagas caso a esa amiga casamentera que te quiere buscar novio a toda costa con la mítica frase de: «Vamos, tía, que este chico te pega muchísimo». Y mucho menos le hagas caso si en esa primera cita a ciegas te quiere aconsejar con tu modelito para que vayas “todo mona”.

Esa amiga te quiere pero ¿le pueden sus ganas de verte de la mano con un maromo?

Así que, por favor, no caigas en el error de tomar decisiones precipitadas mientras te chilla como una loca, corriendo de un lado para otro de la habitación: «Venga, ¡que llegas tarde!». Y después de que te haya convencido para hacerte un moño repeinado y meterte en un vestido ajustado con el que ella estaría preciosa, pero a ti no te pega nada, y que te estrangula como si fueses un salchichón, te pone delante unos tacones de por lo menos doce centímetros, demasiado finos. Muy bonitos, sí, pero: «¿Estás de coña? ¿Quieres que me rompa los dientes?».

Pero ella insiste, te abraza para hacerte chantaje emocional y, mientras te estruja, te dice: «Por favor, hazlo por mí». Y con esas dotes de persuasión con asfixia incluida, ¿cómo le vas a decir que no? Así que aceptas, a regañadientes: «Vaaaleeee. Pero de camino llevo planos, eh. No quiero matarme».

Y mientras bajas las escaleras, con un vestido que te impide flexionar las rodillas y unas Converse con una suela equivalente a un sándwich de tres pisos que a ti te encantan pero que no son precisamente sutiles, intuyes que podrías colar por pingüino. Y piensas entonces que todo es una mala idea, pero igualmente tiras. Ella lo hace con buena intención. Y tú no sabes decirle que no.

Cuando salís del portal, Doña Celestina tiene la decencia de ofrecerse a llevarte en coche hasta el lugar de la cita. A saber dónde narices te lleva. Porque no, no te lo ha dicho. Mala señal.

De camino, para animarte, te pone al gran maestro de la canción: Bad Bunny. Y no sabes si pegarte un tiro o tirarte del coche en marcha. Pero te limitas a mirar por la ventanilla mientras ella canta a voz en grito y los asientos rebotan a ritmo de: Callaita. La quieres a pesar de sus gustos musicales, y ella a ti aunque odie los tuyos.

Al llegar, deja el coche en doble fila y te señala la puerta de un restaurante que ya desde fuera parece demasiado ostentoso. Te giras hacia ella con los ojos como platos y no se le ocurre otra cosa que decirte: «Tranquila, paga él. Es muy caballero». La madre que lo parió. En fin. Prefieres no discutir y sacas del maxi-bolso los tacones mortales que tus pies reciben con horror. Guardas las zapatillas-sándwich y sales del coche rezando al dios en el que no crees para no estrellarte de camino hasta la puerta. Ella, con voz de no he roto un plato, te vocea: «Paciencia, espérale. Me ha dicho que ha pillado atasco». Te giras para preguntar cómo es, para reconocerle, pero cuando lo haces ya está acelerando haciendo aspavientos con la mano.

Entonces, mientras te cagas en sus muelas, vas dando pequeños pasitos como buen pingüino. Y, para tu sorpresa, consigues llegar hasta la entrada sin morir en el intento, aunque haciendo mucho el ridículo, eso sí.

Apoyas la espalda en la pared de ladrillo, justo al lado de la puerta, esperando a que el caballero haga acto de presencia.

Te quedas observando a la gente que entra en el restaurante, tan elegantes. Y no entiendes qué narices haces ahí para conocer a alguien que, seguramente, nada tiene que ver contigo. Dudas qué hacer. Si te quedas, mal. Si te vas, peor; puede que tu amiga te haga picadillo. Y contigo de póster en la pared, pasa el tiempo. Notas que empiezas a sudar por el sobresfuerzo de mantenerte en pie y sacas con rabia las Converse del bolso. Estás hasta el moño, y encima el señorito no aparece. Te las pones notando como la planta de los pies recupera su forma.

Decides que ya está bien la espera, que esto es una locura. Cuando vas a dar un paso para salir de allí pitando, recuerdas que el vestido te aprisiona las rodillas y, tras gritar: «Joder con el puto vestido», le rasgas de un lateral liberando la presión. Después, te deshaces el moño que por poco no te hace un lifting.

Comienzas a andar con tus suelas imponentes en dirección a la parada de autobús más cercana, estirando las piernas a tope, a modo de liberación.

Sabes que tu amiga se disgustará. Quizá ese chico sea un buen tío.

Pero, qué narices, a la mierda todo, tú eres chica de Converse.

Y prefieres acabar sola que con un esguince.


 


María

Carmen Villarejo


Las cuentas del rosario se deslizan entre sus dedos y sus labios se mueven en silenciosa letanía. Sentada en un banco de madera, la mujer musita una oración o quién sabe si conversa consigo misma, en busca de un argumento que pueda sanar su herida. No tiene prisa, no hay nadie más. Enlutada por las sombras del interior del templo, espera.

El silencio se rompe porque un sacerdote, con paso ligero y estola violeta, atraviesa la nave central para dirigirse al confesionario. Ella se pone en pie y se apresura para llegar a su encuentro.

Al llegar frente al pequeño habitáculo, la mujer se siente protegida por una cápsula esencial e invisible que flota en el ambiente. Es como un cofre que custodia todos los pecados verbalizados de la humanidad, desde que el mundo es mundo. Se reclina y santigua con un automatismo heredado de sus ancestros y que surge instintivamente cada vez que se siente perdida o quiere protegerse de algo malo.

—Padre, deme su absolución, necesito paz para mi alma —le dice con un hilo de voz.

El párroco reconoce esa voz y conoce bien su historia. Es María. Presiente que esta vez no tiene derecho a juzgarla, no va tener el valor de hacerlo.

ㅡHija, la misericordia de Dios quizás tenga también un límite...

Tras la rejilla, se santigua él también.

María sale de la iglesia y vuelve a recorrer la senda que conduce a su casa. La plaza, la fuente, las calles; un paisaje en el que recrear el vía crucis de un pasado que da razón a este presente. Su figura se pierde en un atardecer denso, gris y frío como su pecho.

Ella y sus pensamientos, reo y verdugo. Siente que ese acto de contrición frente a otro ser humano no ha servido de nada. No puede convencer a nadie. Ni a Dios ni a ella misma. Un gesto amargo abre la puerta pesada de su angustia mientras penetra en su pequeña vivienda.

María cree que no es una mala persona. Que su intención ha sido siempre entregarse a los demás y a la vida. Que solo ha querido ayudar a las mujeres que han llamado a su puerta, en la oscuridad de la noche.

Las titilantes lámparas de aceite iluminan la estancia y despiertan fantasmas en las paredes, testigos mudos de lo acontecido la noche anterior. Qué distintas noches: la de ayer, con voces femeninas en cortos intercambios, sollozos y sello de silencio. La de hoy, tan seca y vacía. Solo escucha al viento y a la hiedra de la fachada maldecir su nombre y su existencia. Un dedo verde acusador enroscándose en sus huesos para perseguirla eternamente.

¿Qué podría haber hecho?

Dejar que el fruto saliera adelante era condenar a una mujer a pena de muerte sin juicio y sin posibilidad de defensa. No podía consentirlo. No podría soportarlo. Ella sabía bien qué era llevar un estigma, ser señalada, estar en boca de todos. Lo había sentido en sus carnes, durante los últimos veinte años. Pero... impedir la existencia de un inocente, ir en contra de la vida, de la naturaleza, era una monstruosidad.

Nunca pensó que Dios pudiera ponerla a prueba de forma tan dura en aquella ocasión. Esa noche, de forma especial, cuando un vacío en el estómago, un dolor de puñalada le anunció que era el momento de tomar una decisión, la Muerte miró a María a la cara y encontró en ella la mejor aliada, en cordial complicidad y camaradería. Mientras, sus entrañas le gritaban que con ese acto iba a cercenar su propio futuro y el de toda su estirpe.

Ahora cierra los ojos frente a la chimenea y la escena se recrea tan vívida como si estuviera sucediendo de nuevo. Solo hace unas horas que depositó en un lienzo pardo un amasijo de carne inconclusa, inmadura, fruto de la mala suerte. Madeja de coágulos de sangre de niña florecida en abrazos furtivos. Y las manos de María, expertas y manchadas de inocencia perdida, intentando devolver a la vida decente a esa muchacha, a pesar del mal paso acontecido. No era la primera vez pero sí la más difícil.

Salvar ese alma no fue posible. Se santiguó delante de la virgen de su devoción, esperando un signo de vida, un espasmo post mortem que le permitiera bautizarla. Su plegaria no fue escuchada. No había latidos en ese amasijo caliente, carne de su carne. Decidió arrojarlo al fuego del hogar y en ese momento pensó que nunca habría perdón para ella.



 



Ocho dosis

Alejandra Bautista


Hoy, sin querer reconocerlo, ocho dosis del medicamento jugaban en mis manos. El líquido se fue calentando a pesar del frío que me helaba la sangre y de lo congelada que estaba mi piel.

Vacié una dosis de morfina de 20 mg en el cilindro de la jeringa, las otras las puse sobre la mesa de noche, organizadas con la etiqueta hacia mis ojos, en línea recta, todas en la misma posición. Dejé listo un algodón con alcohol sobre una pequeña bandeja de acero y mientras trataba de encontrar la respuesta a la pregunta que rondaba en mi cabeza, me preparé una infusión de manzanilla y me aferré al crucifijo que colgaba de mi pecho.

Me senté en el borde de mi cama mientras el humo de la infusión empañaba el vidrio de la ventana. Me fijé en la mirada perdida de un reflejo cadavérico que me veía a través del espejo frente a mí. Tardé en reconocerme, los ojos sin brillo, de un color amarillento y hundidos en dos cuencas grises, los labios morados, la piel pálida con un matiz agónico que anunciaba una muerte que no se decidía a llegar por si sola. Los huesos de los pómulos sobresalían, se habían perdido mis mejillas rosadas y la carnosidad de los años juveniles se consumió desde la primera tanda de quimioterapias. La ropa colgaba en mí.

Tomé la jeringa en mi mano derecha y con la rutina de siempre, me inyecté. Precisaba con urgencia calmar el dolor.

Sin pensarlo mucho, vacié otra dosis en otra jeringa, la puse sobre la bandeja de acero y escuché la voz.

—¿Qué haces?

Miré al frente, el reflejo en el espejo me miraba expectante. Le contesté.

—No sé. Estoy cansada, ¿lo sabes?

—Claro que lo sé. Y eso, ¿Una dosis de más?

—Una dosis más no es el problema.

—Exacto, ese no es el problema. El problema son las otras seis dosis sin preparar que tienes al frente.

—Quiero seguir viviendo, pero no así, no de esta manera. Siento que es hora de morir.

Agaché la cabeza y recordé el último control médico donde las noticias fueron devastadoras. El cáncer de pulmón había hecho metástasis en la mayoría de mis órganos y me consideraron enfermo terminal. Las sesiones de quimioterapia no fueron efectivas y solo quedaba recurrir a los cuidados paliativos en casa.

Seis meses después de aquella sentencia de muerte, el dolor se ha ido acrecentando, mi cuerpo se debilita rápido y mi mente es tan frágil como un cristal. Tantas noches en vela suplicando al cielo con rezos interminables por un milagro, aferrándome a la fe que mueve montañas para que el cáncer desaparezca, y solo se ha desvanecido mi esperanza. No es ésta la vida que quiero seguir respirando.

Mi único aliado ha sido el medicamento que debo inyectarme cada cuatro horas para mitigar el insoportable dolor. Aprendí a hacerlo gracias a la enfermera de oncología que me ha acompañado en todo este proceso desde mi diagnostico hace cinco años. Ella me explicó cómo envasar el líquido en la jeringa, las medidas de asepsia y sobre todo cómo encontrar la vena, cada vez más esquiva. La condenada se había cansado de ser invadida por la aguja que me insertaba el fármaco para luego transportarlo por mi cuerpo desahuciado.

Conocía la cantidad exacta que debía administrarme según lo avanzado de la enfermedad. No me hablaron de las consecuencias por si me excedía, nadie lo creyó necesario. Yo tampoco lo creí, sabía a ciencia cierta lo que podía suceder.

El reflejo volvió a preguntarme.

—¿Y entonces?, ¿Qué esperas?, decídete.

—No es fácil. Si me quedo, cada día empeoraré más y ya no soporto el dolor ni la incertidumbre. El sufrimiento, la maldita muerte que amenaza y no aparece, la agonía sin fin, mi debilidad que se acrecienta.

—¿Y si te vas ahora?

—La enfermera encontraría mi cuerpo sin vida cuando me traiga más morfina. Me enterrarían y mi alma seria libre.

—Entonces, ¿por qué no lo haces de una buena vez?

—Tengo miedo, ¿y si voy al infierno?, ¿sabes qué pasa después de partir? ¿Y si mi alma se libera del dolor físico, pero queda en el limbo? ¿Si no hay perdón? Quién me asegura que, aunque el dolor físico se termine, el dolor del alma sea eterno.

—No tengo las respuestas. Quédate entonces.

—Y mientras la muerte se decide a llegar, ¿Qué hago aquí?, no tengo un motivo por el cual pedir un día más de vida, sin familia, ni amigos. No le hago falta a nadie, nadie me necesita ni me acompaña. Estoy harta de esta vida y de este dolor de mierda.

La voz frente a mí se silenció. Vi el reflejo llorar y vaciar las otras seis dosis en tres jeringas. El calor llegó a mis venas.


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