Las escritoras Mari Otero, María Jesús Galindo y Amparo Vazbel ganan el reto de la semana



HANNAH

Mari Otero


Wigwam Motel. Holbrook, Arizona


Ella es la asesina, la más buscada: Hannah Malone.

Su cara empapela las puertas de gasolineras y colapsa noticiarios. Las referencias de su descripción se graban a fuego en la mente de cada ciudadano: «Pelo azul, ojos negros, estatura media, tatuada de cuerpo entero. Viaja en una Harley Davidson siguiendo el tramo original de la ruta 66, a la altura de Seligman. Si la han visto, contacten de inmediato con las autoridades. Es peligrosa».

«Es peligrosa». Hannah escucha por enésima vez, desde el viejo televisor del motel, esa frase que una rubia y perfecta corresponsal de informativos, con un traje de chaqueta rosa, escupe desde la puerta de la hamburguesería Delgadillo Brothers, en Seligman.

Coge el mando y lo apaga farfullando entre dientes. Sabe que no le queda mucho tiempo de libertad. Después se acerca a la cama, mientras da un trago a su botellín de cerveza, donde está atado y amordazado el grandísimo hijo de puta número cuatro. El resto son historia.

Los años han pasado por ambos. Sin embargo, ella ya no alberga en su interior a esa chica ingenua con ganas de quemar rueda. Él sigue siendo la misma escoria que no puede esconderse tras una fachada irresistible. Las arrugas alrededor de sus ojos y el color amarillento de sus dientes son pruebas irrefutables. Un motorista cascado por sus excesos.

—¿Has visto, Jeff? ¡Que soy peligrosa, dice! Será furcia—Suelta una carcajada con la cabeza hacia atrás—. Pero si yo era una chica buena, ¿verdad? —Su mandíbula se tensa. No pestañea. Su tono de voz se endurece— ¡Una auténtica gilipollas!

Alza el botellín de cerveza, entonando un grito agudo, y lo estampa contra la mesilla. Los cristales salen despedidos y rodean la botella de

cloroformo que descansa sobre ella. Jeff se revuelve en el sitio intentado zafarse de las cuerdas que bloquean sus movimientos.

Ella se deja caer en la cama, sentada, y gira el casco que todavía queda en su mano, centrando su mirada en los picos del cristal verde.

—Pero ¿sabes qué? Ya no lo soy…—Hace una pausa mientras baja sus párpados y pasea una mano por su cabeza recién rapada —. Ahora soy una puta, una zorra, ¡soy el puto diablo, Jeff! — Ríe de nuevo, con los ojos inyectados en sangre— ¿No era eso lo que queríais?

Mientras tanto, abre el chaleco de cuero de Jeff y, con una sonrisa inmóvil en sus labios, rasga su camiseta con ayuda de los cantos cortantes. Sin apartarle la vista, se entretiene en deslizar con suavidad la botella por su torso desnudo.

—Por eso no os pillo, tío. Creí que os iba lo duro —Calca el cristal levemente raspando su piel —. Eso me demostrasteis aquella noche. Y os la sudó que a mí no me gustase — Inspira de forma entrecortada, apretando los labios— ¡No os importó verme llorar y suplicar que paraseis, joder!

La rabia desemboca en su mano que empuja el cristal con fuerza. Un gruñido muere en la cinta aislante de la boca de Jeff. La sangre emana actuando como droga para Hannah. Sus ojos brillan a la vez que extiende y profundiza el corte.

—Y ahora que me encanta lo sado, ¿no se os pone dura?—Niega con la cabeza y tira la botella a un lado—. Pues espero que tú no me decepciones, cabrón —Humedece sus labios—. Para ti tengo preparado un juego muy especial.



Media hora después, en plena madrugada, Hannah arrastra el cuerpo sedado de Jeff hacia la salida de la habitación, con ayuda de una cuerda.

Mientras ata el otro extremo de la cuerda a la parte de trasera de su moto, lo escucha. Aprieta con fuerza el último nudo y se apresura a montarse en la moto. Aunque ha retrocedido de Seligman a Holbrook para despistarles, alguien ha debido dar el chivatazo.

El ruido de las sirenas suena cada vez con más claridad. Los coches patrulla se acercan. El fin está cerca.

Gira el acelerador y, al hacerlo, los recuerdos la alientan. Ella era el paquete de Jeff, siempre tan inocente. Jamás pensó que su novio pudiera hacer algo así. Él y sus amigotes. Putos desgraciados.

Escucha como le hablan por megafonía: «Hannah Malone, deténgase de inmediato. Es una orden».

Pero ella aumenta la velocidad. Y eso no sirve de nada. Uno de esos coches la alcanza, quedando a su altura. Sabe que no tiene escapatoria y solo le queda disfrutar del espectáculo.

Vuelve la cabeza y lo contempla, como se despelleja vivo, desnudo, tatuando la carretera con sangre, restos de piel y músculo.

Desea que se haya consumido tanto como ella lo hizo durante años.

Se tira entonces de la moto en marcha, dejando que siga su curso con ese lastre desmembrado.

Su destino poco le importa sabiéndose vencedora.


 


SED

Amparo Vazbel


—Siéntese, señor Sainz, o si lo prefiere, también puede tumbarse si está más cómodo. Le agradezco que haya podido adelantar la hora de la consulta. No necesito recordarle que está usted aquí por voluntad propia y que todo lo que me cuente será incluido en el informe.

—Sí, doctor. Así es—dijo mientras se acostaba en el diván.—He estado en prisión preventiva dos años y los presos comunes me odiaban, no me dejaban en paz ni de día ni de noche. Mi abogado me ha aconsejado que haga esto para que conste mi arrepentimiento y para demostrar que soy una persona enferma. Seguramente con esta evaluación podré llegar a un acuerdo con el juez para que me mande a la unidad de psiquiatría—esbozó una sonrisita nerviosa y ridícula.

—Mire, eso no me incumbe. Yo simplemente tengo que hacer su valoración psiquiátrica y mandar luego el informe al juez. Para eso necesito que sea sincero.—Su voz era seria, incluso tensa. En su trabajo no le quedaba más remedio que tratar con individuos de esta clase.—Bien, empecemos. ¿Cómo fue su infancia?

—Pues mire, doctor. Mi padre era un calzonazos, un fracasado y fue mi madre quien nos educó a base de golpes y abusos. Yo empecé a buscar alivio a la frustración volviéndome poderoso sobre mis hermanos pequeños. Solo quería dejar de sentirme inferior. Cuando jugaba a quemarles la mano con el líquido del mechero me producía una sensación satisfactoria. No podía evitar encontrarme bien al observar sus caras de dolor y de miedo. Supongo que yo no les quería hacer daño en realidad. ¿Puedo beber un poco de ese vaso de agua? Se me seca la garganta.

—Espere un momento, por favor. ¿Cuándo comenzó el hecho de querer ir más allá?—preguntó a Sainz tratando de disimular un ligero temblor en la voz. Miró el reloj. Las cuatro menos cuarto.

—Fue el día de mi cumpleaños. No tenía amigos a los que invitar. Al menos oficialmente. Solo a ella, ¿sabe? Iba a mi mismo instituto. Creo que yo le gustaba. Era de esas chicas que si encuentran un cuervo con el ala rota tratan de salvarlo aunque se arriesguen a que les dé un picotazo. A mí me veía siempre solo y se compadeció. Nadie sabía que éramos amigos porque yo se lo pedí. No quería que me diesen la lata con las estúpidas bromas de adolescentes “te gusta fulanita”, no lo soporto. Ella respetaba mi forma de ser. Me fue fácil convencerla para que se subiese en mi moto cuando le prometí que la conduciría a casa. Me la llevé al merendero abandonado. Ella se asustó cuando la besé. Luego no pude parar, se lo juro, no pude. Me encantaba verla defenderse como un conejillo intentando arañarme. Me excité muchísimo. Ella quería gritar pero yo le tapé la boca y la nariz con mi mano. La acabé asfixiando. ¿Puedo beber ahora?

—Un momento, insisto. Contésteme a esta pregunta. ¿Recuerda el nombre de esa chica?—preguntó mirándolo fijamente a los ojos. El reloj marcaba las cuatro menos diez.

—Sí, claro. El día que encontraron su cadáver lo dijeron en las noticias a todas horas. Era Alba, Alba Espinar. Se volvieron locos buscando al culpable, pero naturalmente nadie sospechaba de mí, un ser gris que no destacaba en nada. La verdad es que la recuerdo especialmente porque me hizo sentir un dios. En realidad no había previsto matarla pero a veces las cosas son así. Con las siguientes todo empezó a ser rutinario. Ya no sentí lo mismo. La verdad es que de estas no recuerdo sus nombres. Ese fue mi error. Actuar rutinariamente me hizo bajar la guardia. Por eso me detuvieron. ¡Déjeme beber ya! ¡Tengo sed!

—Sí, ahora sí, beba—dijo abatido. Miró de nuevo el reloj. Las cuatro menos cinco.

Sainz bebió con ansia. Poco después se sintió mal. Le preguntó dónde estaba el baño.

—Está ahí—dijo señalando hacia una puerta. Sainz entró apresuradamente. Luego oyó cómo se desplomaba. Mientras, él recogió el vaso. Eran las cuatro. Se levantó, se quitó la bata y la dejó en el perchero, donde estaba siempre.

Salió con calma y cerró con la llave maestra. Las cuatro y cinco. El inspector Espinar tenía absolutamente todo calculado. Conocía perfectamente los horarios de la secretaria y del doctor, después de estar acudiendo a terapia por la muerte de su hija Alba. Llegaban a las cuatro y cuarto para empezar la consulta a y media. Para un experto investigador, enterarse de la cita de Sainz y llamarlo para convencerlo de que adelantase la hora fue fácil. Ahora no le importaba nada, ni que lo detuviesen. Por fin él también había dejado de tener sed, de esa sed que no se sacia con agua.


 


FELIPE EL NEGRO

María Jesús Galindo


No sentía el calor de la lámpara de los interrogatorios en su testa, pero adivinaba unos ojos ocultos y atentos a sus movimientos. Todavía aturdido, no terminaba de recordar cómo había llegado hasta allí. Tenía la cabeza como una olla a presión. Seguramente aquel sería un madero hijo de puta que lo había pillado desprevenido. La estancia era lo más parecido a un zulo, como esos que se gastan los terroristas en los secuestros. En estas andaba cuando sin previo aviso, se abrió una puerta y una desagradable voz masculina -algo ronca-, sacudió sus sentidos:

—¡Qué, canalla! ¿Quieres candela?

Alzó la vista y tropezó con la cara del tipejo en cuestión, una mole que pesaría más de cien kilos lo miraba con los ojos inyectados en sangre. El hombre debía sumar unas cuarenta primaveras, pero su voz le olía a rabia contenida. Lo observaba relamerse mientras sacaba a pasear la lengua entre sus colmillos como un perro. Tenía la misma pinta que esos canes adiestrados para matarse en peleas clandestinas, donde las voces jaleantes se funden con el sudor y las apuestas. La violencia se podía palpar en el tono de aquel sujeto. Dejó correr el silencio y, pasados unos segundos, contestó con lentitud:

—Conozco mis derechos.

Nada más oír su respuesta, aquella bestia se abalanzó sobre Felipe El Negro alzando su mano en un puño, que acabó contra la pared de la cueva por la fuerza del envite. El gitano, que se había agachado para evadir el golpe, ni se inmuto. Por el contrario, sonrió para sus adentros al observar por el rabillo del ojo, como su oponente hacía lo imposible por disfrazar el dolor del puñetazo todavía tierno. Le pareció que la vena del cuello iba a explotar de un momento a otro.

—Lo dejaste hecho un colador. Murió desangrándose como un cerdo por los pinchazos de tu navaja. ¡So animal!,—le gritó agarrándolo con fuerza por el pelo.

La punzada del tirón en su sien le impedía urdir cualquier estrategia. Una cuchillada de frío le rebanó de repente las rodillas al caer al suelo arrastrado por aquel saco de grasa. Ya fuera del agujero, lo dejó libre antes de patearle el trasero con unas botas negras con las punteras rematadas en metal. Aquel payo debía calzar un cuarenta y siete, a juzgar por el tamaño de la tunda de palos que estaba recibiendo.

Al echar un vistazo a su alrededor, observó que el corredor moría en un patio ajardinado. Fue entonces cuando se percató de que aquel púgil no era de la pasma. Un hormigueo atravesó su espalda al reconocer el claustro del convento. Después, un sudor helado atizó su nuca al descubrir los ojos de su antiguo verdugo en aquella fiera. Ya no había lugar a dudas. Era uno de los bastardos del proxeneta del pueblo. Tenía la misma mirada que, noche tras noche, se repetía en sus pesadillas.

—Hazlo rápido. Acaba con este hijo de perra—, oyó decir a una vieja, cuya voz le resultó inconfundible. Era la madre abadesa, con ese tono siniestro, que permanecía alojado en su mente desde la infancia. La reverenda no era más que una ramera, una concubina más del cura, quien hacía horas que estaría asándose en el infierno.

Felipe El Negro se sentía acorralado y en manos de otro sádico, que lo había atrapado como a un conejo cuando huía campo a través, tras liquidar a ese hijo de Satán en la plaza del pueblo. El pánico se apoderó de su alma sabedora de su destino. No en vano lo habían criado aquellas monjas, beatas de galería, expertas en hacer tragedias y dramas con vidas ajenas.

En cuestión de segundos volvió a sentir el peso del clérigo, que desprovisto de su alzacuellos, se restregaba contra su cuerpo. Una humedad le caló los pantalones. Conocía esa sensación. Era miedo, el mismo que sobrecogía sus carnes durante los años en que aquel hijo de perra mancilló su inocencia, antes de ser adoptado por un matrimonio de clase media.

Su mente regresó a los muros de aquella construcción religiosa, hecha de lamentos, de mártires en manos de la crueldad de unas bestias, que se amparaban bajo el manto de la Iglesia. El persistente sonido de una sirena, que parecía estar cada vez más cerca, lo sacó de su ensimismamiento. Con la garganta seca y las manos sudorosas, el gitano veía su final más próximo.

Justo cuando vio la hoja de un cuchillo camino de su yugular, se escuchó una retahíla de disparos al aire.

—¡Policía, manos arriba!—, distinguió la voz del Comisario, quien dirigiéndose al gitano le espetó: — Negro, esta vez sí acabas en la trena. Una lástima. Si hubiésemos llegado a tiempo sería el cura el que moriría entre rejas.


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