Las escritoras Mari Otero, Sara Pinto y Teresa Olalla conquistan el desafío de la semana



Subsuelo

Mari Otero


Nadie me recuerda.

Un día estuve arriba y ahora no me quieren ni en el subsuelo. Y a mí eso me importa una mierda. Pero no dejo de pensar esa chorrada en la que muchos nos escudamos para justificar que la vida nos haya dado de hostias: no es justo. O lo que es lo mismo, en mi caso: otro me levantó mi lugar en el escenario. Mis mejores años pasaron y los que pudieron serlo no lo fueron. Todo por culpa de ese payaso, de la industria musical, de los que se venden. Pero, sobre todo, por culpa de la única droga que no he podido dejar: la música.

Por ella vengo aquí todas las malditas mañanas, me siento en mi amplificador y afino a mi chica, mi guitarra, la que nunca me abandona. También me traigo a mi colega, un micrófono que está hasta los cojones de escucharme.

Mientras lo preparo todo en una calle cualquiera del centro de Madrid, todos andan a prisas sin percatarse de mi existencia. A su paso, la funda de mi guitarra espera vacía a que alguien pague con dinero eso que suelen llamar talento. Aunque realmente solo quiero que se llene para poder pagarme unas birras y olvidar por un momento que lo que realmente estoy haciendo es regalar mi música a un puñado de desagradecidos.

Por eso me descojono yo del talento. Puedes tenerlo, o currártelo, pero qué más da. Da igual que alcances la nota más alta, o que tus dedos vuelen sobre la guitarra porque un gilipollas que no sabe lo que es tener callos en los dedos y que de cantar ni pajolera idea, puede darte la patada de un día para otro. Un idiota muy conocido, que se hacía llamar amigo mientras me daba la puñalada, y que todavía hoy sigue llenando salas de conciertos. El cabrón siempre fue el más guapo de los dos y tenía mejores contactos, además traía “algo nuevo” al grupo. Porque yo me estaba quedando desfasado y era feo de cojones. Y lo sigo siendo, solo que ahora también doy miedo.

Lo puedo ver en esa chica con zapatillas fosforescentes que podrían dejarme ciego y un móvil que parece una calculadora Casio. Se ha parado a mirarme medio segundo cuando ha oído mi guitarra con los primeros acordes. Y ahora pierde el culo por pasar rápido. Creo que es por mi chaqueta de cuero desgastada que no me quito ni en verano. O quizá por los aros de mis orejas que ahora mismo penden de un hilo de carne. Y me han dado ganas de gritarle: «¡Chavala, que no muerdo!».

Con mi gran recibimiento, empiezo a cantar con desgana una canción que es pecado cantar así, como si cantases el parte meteorológico. Hoy abro con Still loving you. Y aunque no quiero a nadie, ni nadie me quiere, la canción es cojonuda.

Entre toda la gentuza que pasa por la calle, con mi voz de fondo, como si fuese la megafonía de un supermercado a la que nadie hace ni puto caso, me fijo en que alguien me mira. Como para no darme cuenta con esos dos ojos enormes. Va de la mano de un hombre que parece su padre y que habla con una mujer en mitad de la calle.

El niño rubio no aparta la vista de mí y sonríe dando pequeños saltos, moviendo la cabeza como lo hacen los buenos rockeros. Que crack, el enano. No me tengo ni que esforzar en entonar porque el pequeñajo vive cada una de mis notas con su baile y yo paso a cantar para él.

En una de esas, suelta la mano del hombre y se acerca a mí correteando. Este no se cosca de nada. El niño se queda parado frente a mí, abre mucho los ojos. Está como hipnotizado. Le guiño un ojo y él me aplaude a manotazos.

Una mujer arroja la primera moneda a la funda de mi guitarra, sin pararse. El renacuajo se queda mirando la funda, luego me mira a mí. Y sin darle tiempo a más, su supuesto padre llega corriendo y lo coge en volandas para alejarlo de mí, gritando como un puto loco.

Allí arriba, en los brazos del hombre, se aleja sin apartarme la mirada, ni la sonrisa. Entonces lanza algo con sus pequeñas manos que cae al lado de mi funda, chocando contra el suelo.

Cuando me agacho a recogerlo me doy cuenta de que eso no me va a pagar las cervezas. Y mientras le despido con la mano en alto yo también sonrío.

Quién sabe, puede que me recuerde como ya nadie lo hace.

Desde luego, yo a él le recordaré. Un niño no le regala un Chupa Chups a cualquiera.

Y ese niño me ha hecho dar el concierto más real que he dado en mucho tiempo.


 


¡Vaya día!

Sara Pinto


Esta mañana el despertador no ha sonado. He abierto un ojo por casualidad, para, a duras penas, ver la hora entre las legañas. Era tarde. Muy tarde. ¡Y tenía examen! Mi examen de fin de carrera. Joder, ¡qué típico de mí! A toda velocidad me he puesto la ropa de ayer, que por cierto olía a rayos, he cogido una manzana pocha, me he agarrado el pelo aceitoso en una coleta y he salido corriendo. Tenía el tiempo justo para coger mi tranvía, siempre puntual, pues en este país los retrasos no se estilan. Chorreando sudor, (lo que menos falta me hacía si consideramos el repugnante perfume que mi ropa sucia desprendía ya de por sí), he llegado a tiempo para montarme.

Una vez dentro, un poco más calmada, me he dado cuenta de que me había marchado de casa sin llaves, sin billetera y, oh, dios mío, sin zapatos. Mis perritos rosa de andar por casa parecían contentos de haber salido a pasear por una vez en su vida. Vaya plan. Por suerte, los jueves mi compañera de piso vuelve pronto a casa y no tendría dificultades para entrar, pero lo de la billetera iba a resultar un mayor problema: frente a mí, un revisor se acercaba lentamente cual salvaje depredador. La verdad es que desapercibida no pasaba.

—Billete, por favor —me ha dicho entre dientes, como si saborease las palabras. Seguro que se olía que no lo llevaba, o bueno, lo mismo lo que olía era otra cosa.

—Pues tengo la tarjeta, pero es que he salido de casa con prisas y me la he olvidado. Tengo un examen súper importante y llegaba tarde...

Me ha mirado incrédulo, con una estúpida sonrisilla de medio lado, dándome a entender con los ojos que no era la primera vez que alguien le soltaba esa excusa. De forma muy educada, (aquí la gente puede clavarte un puñal en la espalda, pero siempre con cortesía, eso sí), me ha pedido bajar del tranvía y acompañarlo a la oficina de transportes para tramitar la multa. Nos hemos apeado juntos, con toda la vergüenza que eso conlleva y, con los demás pasajeros comentando la jugada, nos hemos encaminado hacia allá.

En la oficina me han mareado un buen rato. Yo me estaba poniendo un poco nerviosa porque no había manera de que me dejaran marchar y veía que al examen ya no llegaba. Cada minuto se me hacía un siglo y los muy pesados no dejaban de hacerme preguntas irrelevantes. Les he dado mis datos para confirmar que realmente tengo la tarjeta, pero me han dicho que lo sentían: tenía que pagar la multa en las oficinas centrales, a las afueras de la ciudad. Notaba cómo el calor me iba subiendo por el cuello y se me iba depositando en los carrillos.

—¡No es justo —les he gritado—, si tengo la tarjeta no entiendo toda esta mierda!

Los dos agentes se han mirado escandalizados, como si estuvieran observando una especie de exorcismo aterrador de alguna extranjera loca y apestosa. Con toda la calma del mundo, han acordado entre ellos, sin ni siquiera dirigirse a mí, que por desgracia esa actitud era intolerable y por lo tanto, tendrían que incrementar la cuantía de la multa. Todo esto treinta minutos pasados la hora de mi examen. He comenzado a chillar, agarrándome la cabeza y tirándome del pelo como una posesa. Ellos, impasibles, se han limitado a entregarme un documento para presentar en la central.

He agarrado el asqueroso papel y he salido de allí muy cabreada. “¡Con esto me voy a limpiar el culo!”, he bramado en mi idioma. Total, ya me daba igual si me entendían o no. He tenido que ir hasta casa andando, para pitorreo y pavor, según el viandante, de todos los que me han visto echar espumarrajos por la boca en lo que parecía un baile tribal maldito. Como remate, cuando he llegado a casa, mi compañera aún no estaba. De la acumulación de estrés y mala leche, sentía mi cabeza a punto de explotar. “Respira —me he dicho—, respira”. Me he topado entonces con un vecino con quien me llevo bastante bien, y sin entrar demasiado en detalles, le he preguntado a ver si me dejaba dinero.

—Es importante —le he confesado, intentando imprimir todo el dramatismo posible.

Él, al ver mi deplorable aspecto, me ha prestado una buena cantidad sin pedir explicaciones. Además, me ha ofrecido la posibilidad de ir a su casa a esperar a mi compañera, a comer algo o a ducharme.

—Gracias, pero lo que tengo que hacer es urgente. Bueno, lo mismo un sándwich para llevar. Y si me abrieras el cuarto de las bicis...

Aunque todavía sentía la furia acumulada dentro, el encuentro me ha tranquilizado un poco. He ido a coger mi bicicleta y la rueda, pinchada. ¡Lo que me faltaba! He comenzado a caminar decidida. A cada paso, los pensamientos hacían resurgir la rabia con más fuerza. “¡Me van a oír los de la central!”. Cuando ya estaba harta de andar, he decidido tomar el tranvía dispuesta a cualquier cosa. Sin billete, sin tarjeta, sin nada. “¡Que les den a todos!” Esta vez no había inspector. Suerte para él.

Última parada. Todavía faltaba un rato a pie hasta las oficinas. Me he bajado y, ¡qué casualidad!, tan solo a unos metros, una estación de servicio. ¿Y si invertía el dinero de mi vecino en algo mejor que una odiosa multa? He entrado a por todo lo necesario y a continuación me he dirigido a mi destino. Al llegar, las oficinas estaban cerradas. Oh, qué pena. He procedido a rociar el exterior del edificio con el contenido del bidón que he comprado en la gasolinera. Pesaba un montón. “¡Venga, el último esfuerzo!” He prendido fuego a la dichosa multita y la he echado sobre el reguero de combustible.



 


No olvidarás

Teresa Olalla


¿Te acuerdas de qué estabas haciendo el 15 de noviembre de 1997? Yo sí. Estaba enterrando a mi hija.

¿Sigo refrescándote la memoria? Ese día, por primera vez, miles de personas, en la capital y en todo el país se echaron a la calle con las manos pintadas de blanco. ¿Fuiste tú una de esas personas? ¿Gritaste «¡BASTA YA!»?

A mi hija la asesinaron, no por sus ideas, la asesinaron por un error. Porque un terrorista inexperto puso una bomba en el coche equivocado. Un joven que quería cambiar el mundo cambió el mío. No cambió nada más.

Creo que ya sabes quién soy, porque ya me habías olvidado, ¿verdad? La gran mayoría de las personas que ese día quince salió a la calle, se ha olvidado de mi hija y de su asesino. Casi con total seguridad ignora que hoy, a ese ser, lo llevarán a una prisión más próxima a su familia. Tú, sin embargo, lo sabes bien, porque has sido tú quien ha firmado la orden.

Pensé que cuando llegara este día iba a sentir algo diferente; los medios de comunicación llevan meses advirtiendo que los presos por terrorismo serían trasladados a prisiones cercanas a sus hogares. Creía que no estaría preparada, que el dolor me quebraría de nuevo. Sin embargo, no he sentido nada.

No siempre fue así. Esa 14 de noviembre, cuando el estruendo de la detonación hizo vibrar las ventanas de mi casa sentí miedo. Me asomé a la ventana pensando que sería una explosión de gas. Se veía humo en la esquina donde mi marido había aparcado la noche anterior. Mi hija acababa de salir de casa; su padre le había dejado el coche para que fuera a la universidad. Bajé a la calle en bata. Me dio igual el frio. Tenía que asegurarme de que ella estaba bien. Alguien me agarró. Frenó mi carrera y con ella mi corazón. No se quebró como un vaso al caer al suelo, no, se encogió hasta desaparecer y todo se quedó en blanco.

Los días, los meses fueron pasando. El hueco del corazón en mi pecho lo ocupó el dolor; un extraño marcapasos que me ha mantenido viva a duras penas.

Luego llegó el juicio. Fui al juzgado el día de la sentencia. Ese día quería ver la cara del joven, ver la cara de los padres cuando les dijeran durante cuánto tiempo les iban a quitar a su hijo. Yo nunca tuve la oportunidad de la advertencia de nuestra condena. Pensé que eso me calmaría. No fue así. En mi estómago comenzó a crecer algo oscuro. Los padres no estaban allí y el joven, al escuchar la sentencia, gritó con soberbia algo que no entendí, pero que sonaba a consigna llena de orgullo. ¿Te das cuenta? Él iba a seguir vivo, convertido en un héroe para los suyos, y yo seguiría viva, sin corazón y sin estómago. Solo dolor e ira.

¿Vas a decirme que se hizo justicia con aquella sentencia? Veamos la balanza: él sigue vivo, se llegó a casar dentro de prisión y en un vis a vis embarazó a su mujer. Su madre sabe lo que es ser abuela. Yo no. ¿Hacia qué lado se inclina la balanza?

Muchas veces lo he pensado, tomarme la venganza por mi mano. ¿La Ley de Talion me hubiera satisfecho? Llegué a planificar cómo acabar con su vida para que sus padres sufrieran lo mismo que yo, pero eso les hubiera convertido en mártires. Luego sopesé acabar con ese hijo engendrado para perpetuar mi dolor, ¿eso sería más justo? Que él se quede sin el corazón que me arrancó tal vez, pero la muerte de ese crío no me traería de vuelta a mi niña.

Con sus muertes no puedo equilibrar la balanza, porque la mayor injusticia que siento es el olvido al que se nos ha condenado a mi hija y a mí.

Todos aquellos que un día salieron a la calle hoy, veinticuatro años después, no se acuerdan del nombre de mi hija. Hoy, veinticuatro años después crees que ese ser tiene derecho a estar cerca de su familia, cuando yo no puedo estar con mi hija a la que ya no se le rinde ningún homenaje. Solo hay una idea hurgando en mi cabeza, demoliendo mi cerebro para dejar una niebla roja.

Solo hay una manera de que se me haga justicia: que yo pueda estar con mi hija.

La negrura que devoró mi estómago, el dolor que ocupó el hueco blanco de mi pecho y la neblina roja que ciega mi mente no me dejan vivir más. ¿Todavía no sabes qué va a ocurrir?

Hoy me voy a reunir con mi hija y no nos volverás a olvidar, no podrás, porque tú lo vas a ver.



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