Las ganadoras de esta semana son Cabeza de pez y Alejandra Bautista





EL SECRETO

Cabeza de pez


Tenía ocho años la primera vez que mi padre se encerró en el baño sin querer salir. Aquella mañana mi hermana vino corriendo hasta la habitación donde mi madre me ayudaba con los cuadernillos de repaso de mates.

—¡Tengo que hacer pis! —se quejó.

—Pues hazlo —contestó ella sin levantar la vista de mis deberes.

—Es que está papá.

—Pues dile que necesitas entrar.

—¡Ya se lo hice! Pero dice que no piensa salir.

—Te está tomando el pelo. Vuelve a probar.

Y mi hermana se fue, resoplando, pero no tardó ni dos minutos en volver “Que no, que dice que no sale”. Y mi madre, chasqueando la lengua, “A ver, hombre, cómo que no sale”. Golpeando en la puerta del baño “Marcelino, date prisa, anda, que la niña tiene que entrar”. Y mi padre callado. Y ella “Marcelino, ¿estás bien?”, arrimando la oreja a la puerta, subiendo y bajando la manilla del picaporte cerrado por dentro. “¡Marcelino, Marcelino, ¿qué pasa?!” Y mi hermana mientras tanto dando pequeños saltitos, “Me meo, me meo”. Y mi madre que se había quedado muy pálida de golpe, como hablando con nosotros pero a la vez como hablando sola, “Vamos a llamar al tío, que nos ayude a desmontar la puerta”. Y ahí lo oímos a mi padre gritar “¡No, la puerta no! “Y mi madre, recuperando el color de golpe, poniéndose cada vez más y más roja, chillando que qué leches hacía ahí dentro, que si no podía haber contestado antes y que hiciera el favor de salir de una santa vez, que la niña ya no aguantaba más, porque a todo esto, mi hermana no había parado en ningún momento de dar saltitos repitiendo “Me meo, me meo”, y mi padre, de lo más silencioso, solo abrió la boca para decir que quería estar solo y que lo dejásemos un rato en paz.

Todavía colorada, mamá fue a buscar un bote de cristal y se lo dio a mi hermana diciendo “Ale, hazlo ahí” pero sin darle más instrucciones, con lo que mi hermana, aunque lo intentó, no atinó a echar todo el pis dentro del frasco y después le toco limpiar lo meado del suelo. Me alegré de no ser una niña, pero luego fui yo el que se tuvo que ir corriendo a usar el baño de la vecina, con la excusa de que el nuestro se había averiado, cuando necesité algo más que un bote. Esa noche mamá nos explicó que a veces la gente hace cosas raras, pero que eso no es asunto de nadie más que de su familia, así que ojo con contarle a nadie nada de lo de papá. que nos quedábamos sin piscina una semana entera. La piscina fue una suerte y que fuera verano también, para poder ducharnos allí. Y aunque el encierro de papá no fue muy largo, duró sólo unos días, a mí sí me lo pareció. Porque lo echaba mucho de menos, sobre todo para contarle cosas que me pasaban, que aunque podía contárselas a mamá, o a la puerta, no era lo mismo porque él no contestaba y sólo de tanto en tanto, cuando mi madre se ponía nerviosa con su silencio y le daba por imaginar un ictus o un infarto, pero casi siempre un ictus y volvía a hablar de desmontar la puerta, le oíamos decir que estaba bien. Cuando salió tampoco dijo mucho. No quiso dar ninguna explicación acerca de qué había estado haciendo allí, ni en qué había ocupado las horas, ni por qué le había dado por hacer eso, a pesar de que mamá se pasó varios días friéndolo a preguntas y reprochándole su actitud egoísta y desconsiderada. Aún así, durante el resto de su vida, mi padre siguió encerrándose en el aseo al menos una vez al año. Me resulta curiosa la nitidez con la que estoy recordando ahora aquella primera vez, mientras permanezco aquí, de pie frente a su cadáver excesivamente maquillado dentro del féretro abierto. Ayer, en el momento de despedirnos, antes de que la enfermedad lanzara el último ataque sobre su carne, mi padre, con la mirada más lúcida que le había visto en mucho tiempo, me pidió que me acercara y, buscándome el oído, antes de llevarse el dedo índice a la boca y de dejar salir algo de aire frunciendo los labios, susurró su secreto. Entonces los recuerdos empezaron a caer, empujándose unos a otros como fichas de dominó. Todas esas veces en la piscina, en la playa, en que no quería bañarse, lo mucho que se enfadó el día en que me pilló a punto de lanzarle un cubo de agua por sorpresa, ese interés reverencial en el parte meteorológico, sus pantalones impermeables y aquella imagen borrosa, que siempre me ha perseguido como un sueño recurrente, y que no, que no fue un sueño.

Avanzo unos tres pasos, me inclino sobre su cuerpo inerte, acerco la boca a su oído y susurro “Descansa en paz, hombre sirena”






¿QUIÉN MIENTE?


Alejandra Bautista


Virginia tomó su taza de café caliente recién preparado entre sus manos tiesas por el frio, se acercó a la ventana de la cocina y miró hacia el horizonte. La niebla cubría el bosque que rodeaba su casa de campo, aquel refugio que no abandonó a pesar de la muerte de Augusto, su hermano menor.

Afuera, la temperatura no era muy distinta a la que percibía Virginia en el interior de su casa. El sistema de calefacción había fallado y no tenía más opción que combatir el invierno con mantas, pantuflas mullidas, bufandas y cantidades industriales de café caliente.

Lo único que el frio no congelaba eran sus recuerdos. Memorias de días felices donde con Augusto jugaban a hacer angelitos en la nieve, frente a la ventana por la que ahora observaba hacia el exterior. Mientras soplaba su taza de café, el humo que despedía la bebida empañaba sus recuerdos, haciendo ver borrosas las imágenes que a su mente venían de los buenos tiempos junto a su hermano.

Con una mano medio cubierta por la manga de su bata limpiaba el vidrio empañado. Era allí cuando se le aclaraba la vista y, con total nitidez, recordaba el día que encontraron a Augusto sin vida, con moretones en todo el cuerpo como consecuencia de la caída, con su cráneo partido y la sangre coagulada pegada al cabello rubio, y los ojos abiertos como si lo último que hubiera visto le hubiera hecho más daño que la causa de su muerte.

Cerró los ojos y a su mente llegó aquella mañana en que, siendo una niña de doce años, se despertó aterrada ante el grito desgarrador de su progenitora.

Se vio a sí misma, veintiocho años atrás, bajando las escaleras y encontrando a su madre arrodillada en el piso de la sala con un retazo de la camisa a cuadros que Augusto había tenido puesta. La conversación entre las dos pareció reproducirse como en una película.

Escuchó a su madre preguntarle por Augusto, su bebé amado de ocho años, el niño que amaba más que a su vida, el que tenía en un pedestal y ponía por encima de Virginia siempre. El preferido, quien recibía la mejor porción de postre cuando había, quien tenía la ropa siempre pulcra, el que no recibía gritos o golpes jamás.

Virginia recordó cómo apretaba con fuerza el oso de peluche que, a pesar de su edad, se rehusaba a abandonar mientras negaba con su cabeza ante la pregunta de su madre.

Las palabras hirientes retumbaban en sus oídos “¡eres ciega o te haces la tonta!, tú hermanito no está en el cuarto y ¿éste pedazo de tela?, ¿no recuerdas la camisa de Augusto?, ¡La tenía ayer cuando salieron a recolectar piñas secas y hojas de colores para sus estúpidas manualidades!”. Los ojos de la madre, inyectados de furia, contenían algo más que los hacía ver color sangre.

La niña le contestó a su madre que esa camisa, Augusto la había usado una semana antes. Resonaron los gritos en respuesta: “¡¿Me estas llamando mentirosa?!, lo que me faltaba, mi bebé perdido, un pedazo de tela ensangrentado y una hija idiota”.

Virginia enmudeció, imaginó la respuesta que quería dar: “No eres mentirosa mami, puedes estar confundida, siempre te pasa cuando bebes de más. Olvidas muchas cosas”.

“¿Dónde está mi bebé?, ¿dónde está mi niño?, ¡mi bebé amado!”, seguía retumbando la voz quejumbrosa de su madre en los oídos de Virginia.

La pequeña le contestó a su madre que tal vez Augusto había salido al jardín a hacer montañas de hojas secas o recoger trozos de madera para la chimenea y que no tardaría.

La madre de nuevo preguntó el por qué había gotas de sangre que se perdían en el bosque.

En su desesperación, la niña le respondió que no sabía, mientras en su interior deseaba gritarle que la adulta era ella, que debía cuidarlos y no estar pegada a una botella de alcohol todo el tiempo, que le daba asco que vendiera su cuerpo para comprar licor, huevos y leche.

Virginia esa mañana se fue a dormir con una asombrosa tranquilidad recorriéndole el cuerpo. No mostró extrañeza cuando inspectores de policía visitaron su casa y la interrogaron, no manifestó preocupación alguna por su hermano o por la incriminación de su madre en la desaparición del niño.

Tres días después, la policía encontró pistas que llevó a los bomberos a hallar el cuerpo inerte de Augusto en el fondo del pozo, justo detrás de su casa. Su madre, destrozada se lanzó a su bebé muerto.

Virginia apretó con una mano a su inseparable oso con más fuerza, derramó solo una lágrima y con la otra mano, guardó otro extremo de la camisa de su hermano, el que ella misma le arrancó cuatro días antes.

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