Laura Cantillo, Juan R. Arriaz, Lucía Arjona y Teresa Olalla son los mejores autores de la semana



LA PRESENCIA

Laura Cantillo


El borde de la sábana acariciaba el aire de mi alrededor. Una de las pocas sensaciones que todavía podía experimentar como fantasma era el jirón de tela cubriendo mi inmenso vacío. Me llenaba de toda la soledad que había florecido y del olvido que con el paso del tiempo me estaba haciendo desaparecer. En esos últimos momentos echaba de menos a mi madre y cómo ella mantenía a su niño presente. Yo no quería dejar de ser.

La casa se quejaba lamentando la pérdida de cuando nuestra existencia significaba algo. Para el tiempo, era demasiado fácil borrarme. Al fin y al cabo, nadie se interesaba en esta morada en venta al final de la calle Veintitrés y mucho menos en si yo era real o no. Seguro que mis ancianas primas estaban cansadas de cargar con esta propiedad cerrada durante años. Su visita exprés para desempolvar las estancias y recoger algunas pertenencias olvidadas no las hizo reparar en mí. ¿Me había vuelto ya lo suficientemente transparente como para ser invisible? Quizá su memoria había borrado cualquier recuerdo de las tardes de otoño, cuando jugábamos con su casa de muñecas.

Antes de darme cuenta, pasé de un silencio cotidiano y de las horas mirando por la ventana a las personas de la calle, a un verdadero zafarrancho de limpieza con olor a pino que dejó paso a una mudanza que parecía no acabar nunca. Había mucha gente y cajas que no paraban de llegar. Y sin más, apareció una pareja con prisa por pintar, pulir, vestir y colocar un detalle personal en cada rincón. Estaba extasiado, quizá fuera una oportunidad para frenar mi partida.

El cartón se apilaba en la entrada y las pertenencias se iban colocando por las diferentes estancias. Ahora vagaba entre muebles de colores que habían dejado atrás a aquellas antigüedades cubiertas de polvo y tristeza. Imaginaba que a mis padres les hubiera gustado ver todo aquello. Llegó el día en el que aparentemente todo estaba en su sitio y que la misión de puesta a punto había terminado. Y, entonces, la puerta dejó pasar a una niña pequeña llena de pecas, que miraba con los ojos enormes hacia todas partes. Echó a correr escaleras arriba y abrió la puerta que tenía en su frente una jota rosa. Ese había sido mi cuarto. La pareja subió tras de ella y se detuvo expectante ante su reacción. Me asomé por el marco de la puerta. Le encantaba. Reía y jugaba. El aire se colaba con mayor facilidad por dentro de mí mientras observaba cómo la abrazaban.

Si todo aquello había generado una constante necesidad de observar qué pasaba, la aparición de Johana fue el broche de mi obsesión. Me sentía agitado y en ocasiones creía que podía verme sentado en la esquina de la cama. Tenían que ser imaginaciones mías. La esperanza rota de un fantasma. Entonces, ella dejó un peluche de un conejo verde al borde de mi sábana, y retrocedió hasta sentarse en el suelo, pegada a la pared de enfrente. Miré el juguete de felpa y a aquellos ojos curiosos.

— ¿Cómo te llamas?

Habían pasado décadas sin que nadie me hablara y su suave voz encendió una chispa que luchaba por convertirse en un pequeño punto de luz constante. La huella de una lágrima que nunca llegó a brotar de mis inexistentes ojos recorrió los círculos ovalados de mi tela.

Fue paciente conmigo y cada día me hablaba. Se interesó en cómo había sido mi no vida desde que una extraña enfermedad me había arrancado de los brazos de mi madre. Le expliqué cómo cuando era recordado era fácil mover objetos, comunicarme o incluso leer los libros de la casa. Para entonces era lo más parecido a una amiga. Johana prometió que no me dejaría marchar, y se esforzó por hacer que cada vez fuera más tangible. Con la mejor de sus intenciones, habló de mí con sus padres, pero pensaron que era una mera fantasía. Así que, con una sutileza inusitada, traté mover uno de los jarrones del salón, pero me asusté y el jarrón cayó al suelo. Pensaron que había sido el viento. No le quisieron dar importancia, al igual que en las muchas otras ocasiones en las que pretendí inútilmente hacerme ver por ellos.

Fue el día en el que Johana enfermó. Esa mañana no había ido al colegio, como solía hacer, y aunque me alegraba de pasar más tiempo a su lado, lo cierto es que no se encontraba nada bien. Llamó a su madre para ir al baño, pero no la escuchó. Debía estar en una de sus habituales conferencias. Con lentitud, se levantó de la cama y sujetándose a las paredes inició un camino aletargado hacia el aseo. Al llegar a la barandilla del pasillo se mareó, le fallaron los pies y cayó sobre esta, provocando que se rompiera. No podía acabar así. Todavía me sentía demasiado débil, ni si quiera era capaz de sostener durante mucho tiempo un objeto. Tenía que protegerla y, haciendo el mayor de los esfuerzos, me deslicé hasta ella y la sostuve en el aire, posándola como una delicada flor en el suelo del recibidor. Me miró a los ojos con dulzura y se rindió a mis brazos.

El teléfono móvil chocando contra el suelo me sobresaltó. Su madre fijó sus ojos en mí. Gritó como nunca le había visto hacer. Entró en pánico y a pesar de los chillidos y llantos de la niña, los padres la arrancaron de la casa. Cuando regresaron lo hicieron acompañados de una cuadrilla de operarios que empaquetaron todo. No volví a ser mencionado, y tras el suceso, volvió el cotidiano silencio de la mano del lento no-ser. El polvo volvió a instalarse en la casa. A pesar de ello, no desaparecía. No había en mí un atisbo de despedida.

Hoy, la puerta de la casa, tras casi setenta años, ha vuelto a abrirse. Con dificultad, ha entrado una mujer mayor que nunca había visto. Sus cabellos blancos se movían a cada paso que daba. Su bastón rosa chillón iba a juego con su camisa. Se ha detenido y me ha mirado haciendo que un escalofrío me recorriera. De su bolso ha sacado un pequeño peluche de un conejo y lo ha dejado frente a mí. Era ella. Aquella niña a la que las pecas se le habían comenzado a borrar. Todavía recuerdo sus palabras: «Gracias por salvarme la vida. Siempre te he recordado». Sin darme cuenta eso hizo que sintiera un hueco en mí, como si fuera una estantería en la que faltan libros. La casa vuelve a quejarse al compás del viento y lo único que me consuela es que, en nuestra memoria, nunca desapareceremos.



 


PATUCA

Juan R. Arriaz


La habitación olía a cal húmeda y orina seca. Roto por dentro salí de ella cuando llegó mi tía, negro impoluto, ojos hundidos, para lavar al abuelo agonizante. Cargaba una palangana con agua caliente y el gesto de la hija rendida. Hizo ademán de sonreír, en vano y cerró la puerta a mi espalda.

Pensé en Patuca.

¿Quién o qué era Patuca?

Durante los cinco minutos que estuve con mi abuelo él había repetido esa palabra una decena de veces. Entre lamentos, con los ojos sucios de cataratas y el escaso, húmedo y febril pelo pegado a la frente. Me había acercado con cariño a su oído, esquivé los pelos que de allí escapaban y puse mi mano en su pecho. Le pregunté por «Patuca», pero nada, sólo una constante repetición del nombre, como un mantra, como una contraseña errónea.

Los estragos de la demencia.

Aguardé en la habitación contigua. Allí, con las persianas bajadas, a media luz, entre paredes encaladas, no hacía calor, a pesar del medio día. Me dejé caer en una silla para llorar a hurtadillas. Escuché el murmullo que, desde la planta baja, se colaba por el hueco de las escaleras. Una procesión de voces rítmicas y graves que rezaban el rosario. Familiares y vecinas, todas mujeres, negro impoluto, ojos hundidos.

Al rato salió la tía, cargada con el olor de la muerte. Dejó la palangana con agua sucia a un lado y me miró. Se santiguó.

—Queda poco —dijo. Asentí.

—Tía… —Me levanté de la silla— ¿Te suena la palabra «Patuca»?

—Claro hijo —respondió casi en un susurro— fue la perra de tu abuelo. Hace muchos años, ni habías nacido. Tu abuelo amaba aquel animal y tras su muerte, ningún otro llegó a sustituirla. La llamaban Patuca porque era toda negra, menos el trozo blanco de una pata delantera.

Mi tía se agachó para coger la palangana y girando la boca en un intento de sonrisa se perdió por el pasillo.

La tarde me alcanzó rota por el alarido de dolor de mi tía. Señal inequívoca del desenlace esperado. Un remolino de mujeres se precipitó escaleras arriba, entre llantos y profecías, hacia la estancia del difunto. Los hombres salieron a la calle a farfullar y fumar. Se iniciaron las conversaciones sobre el pasado del abuelo, juicios y anécdotas al gusto de cada cual.

En mi caso opté por dar un paseo. Necesitaba aire para un cuerpo que sentía pesado, hundido. Con pasos cortos me perdí en un viejo y solitario sendero entre olivos. Animado de tomillo, espliego y el canto de las chicharras.

Al cabo el azul del cielo se tornó morado y naranja.

De lejos vi un oriundo con el que me crucé a no mucho tardar. Venía despacio, pensativo y me saludó. Le reconocí, vagamente, sin poder ubicarlo, pero él sí tenía claro quién era yo. Con ojos espléndidos me dio su buena noticia: la recuperación del abuelo.

Abrí la boca incapaz de entender, en respuesta a un golpe en el pecho que nacía en mi propia alma. El notó el impacto pues torció el gesto, no esperaba mi reacción. Le informé de la realidad: mi abuelo acababa de morir. El giró aún más el gesto y entrecerró los ojos, como esquivando una mentira.

«Imposible» me dijo, apoyó el peso de su cuerpo sobre una sola pierna y continuó, «le acabo de ver junto a un perro negro como la pez, iba silbando por allí» y señaló algún lugar indeterminado, bajo el horizonte «el perro correteaba y saltaba y él le abrazaba una vez sí y al rato también. Me alegró verle feliz, ¡tu abuelo está más vivo que nunca!»

Alcé las cejas y sin mentar palabra concentré mi atención hacia donde apuntaba su dedo. Allí vi silencio, la tarde y el despertar de la noche.



 


LIBERACIÓN

Lucía Arjona


No he conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta ahora. Todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Delante de la chimenea recién encendida, intento calentarme para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya sabíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

No acabo de entrar en calor, así que tiro de esa misma manta que descansa ahora sobre el brazo del sofá, y algo golpea el suelo con el movimiento. Un escalofrío recorre mi espalda. Es la libreta de dibujo de Miguel, su tesoro. La buscamos por todos lados, y resulta que estaba esperando aquí, ¿dónde si no?.

Me agacho para recogerla del suelo. Acaricio con las yemas de mis dedos el árbol de la vida labrado en el cuero de su cubierta, redescubriendo con suavidad cada surco de la piel como si fuera el rostro ausente de su dueño. Aquel último viaje, Miguel dijo que estaba diseñando un tatuaje que pensaba hacerse cuando acabase la quimio. No llegó a enseñármelo. Mis ojos vuelven a humedecerse, aún no puedo abrirla, no soy capaz de ver sus trazos. Abrazada a ella, y con la manta sobre mis hombros, abro una botella de nuestro vino, sirvo una copa y tomo asiento en el banco de piedra del ventanal con vistas al bosque, a su roble favorito, donde pasaba horas dibujando bajo sus ramas centenarias.

Un destello llama mi atención junto al árbol. Parecen dos pequeñas luces en movimiento. No pueden ser luciérnagas en esta época del año. Con un crujir de ramas, un lobo grande, gris y majestuoso se deja ver, las luces son sus ojos. No gruñe, sólo observa en la distancia. Por una extraña razón no parece peligroso, incluso diría que quiere que sepa que está ahí. Cuando compramos el terreno hace años nos advirtieron que tiempo atrás hubo lobos en los bosques de la zona, nunca pensamos que pudiéramos ver alguno.

El lobo no aparta la mirada de la ventana. Debería estar aterrada, coger el móvil para llamar a alguien, pero no quiero moverme, no quiero hacer un movimiento que pueda asustarlo, es tan hermoso que quiero seguir disfrutando de este momento mágico, único. Con un movimiento elegante y pausado, comienza a caminar hacia la cabaña. No me asusta su proximidad ni cuando veo que se detiene delante de mí, al otro lado del cristal. Sus ojos dorados como el ámbar brillan con tanta fuerza, y están clavados en los míos con tal intensidad, que no puedo evitar ponerme en pie con cierta brusquedad. La libreta cae al suelo y queda abierta boca abajo sobre la alfombra a mis pies.

Cuando vuelvo la mirada a la ventana, pensando que el lobo habría huído por mi culpa, lo encuentro allí sentado, tranquilo. Sigue observando. Entonces, inclina ligeramente su hermosa cabeza, y apoya su pata derecha en el cristal. Su garra es inmensa, casi como mi mano. Aunque estoy petrificada, inconscientemente levanto mi mano despacio, quiero corresponder a su gesto. Tan pronto como mis dedos se posan sobre el cristal, él agacha la cabeza con un ligero soplido, baja su pata y da media vuelta para marchar de regreso a los matorrales. Yo con la mano aún sobre la superficie, apoyo también mi frente con un nudo en la boca del estómago.

Antes de perderse en la maleza, veo cómo detiene sus pasos y voltea la cabeza para mirar a la cabaña, ¿o es a mí a quien mira?. Gira el resto de su cuerpo, levanta la cabeza y lanza un aullido agudo, largo y lastimero. Vuelve a mirar en mi dirección y avanza entre las ramas.

Noto como una lágrima rueda por mi mejilla, levanto mi mano para tocarla e intento procesar lo que acaba de ocurrir.

Con mi mente colgada en el lobo, recobro la compostura y me agacho a recoger del suelo la libreta de Miguel. Al darle la vuelta en mis manos, un sollozo sale de mi garganta. Ha quedado abierta justo por la última página. En ella reconozco sus trazos, que definen con un realismo total la cabeza de un lobo majestuoso de ojos brillantes. De mi lobo. Necesito sentarme, me tiemblan las piernas. El nudo del estómago ahora se aloja en mi garganta, y aquí sentada, en nuestro banco de piedra del ventanal, comprendo que ahora por fin somos libres.



 


LA IMPORTANCIA DEL PESO

Teresa Olalla


Nadie se ha parado a pensar lo vergonzoso que es el que te tumben desnuda sobre una mesa de metal, bastante fría, por cierto; porque sí, una ya estaba fría, pero ojo, no tanto.

No le tembló el pulso cuando me dibujó con el bisturí una T en todo mi tronco, desde las clavículas hasta la línea de mi pubis. Nunca pensé que hacerme la depilación láser en la zona pudiera provocarme cierto bochorno en un momento así. Me abrió en canal para coger muestras de lo que le parecía interesante, desmontando los huesos de mi caja torácica sin ningún pudor.

Luego estaba el otro, que comenzó a vaciarme órgano a órgano. Cuando apareció la luz; sí, hay una luz y en mi caso no la vi con la última exhalación sino cuando me sacaron el corazón, no fui hacia ella. La indignación de que no tuvieran ningún reparo en tocarme todo como si nada me alejó de ella.

Me giraron hacia un lado, luego al otro, sin llegar a pensar en cómo se siente una. Como si haber perdido la vida antes de tiempo por una mala combinación de ansiolíticos y alcohol no hubiera sido suficiente, bastante estúpida me siento ya. No es necesario perpetuar mi sufrimiento haciéndome sentir como un muñeco. Estos tipos no saben lo que hicieron.

Después de abrirme la cabeza de lado a lado dejaron el cráneo al descubierto, que es una manera muy poco delicada de dejarte desnuda de otra manera. Toda la piel de mi cabeza encima de la cara. Oye, es que es muy desagradable. Y ese momento impúdico de pesarte el cerebro ¿En serio es necesario? ¡Y lo anotan! ¿Qué importancia tiene cuánto pesa mi cerebro? Vamos, que cuando me pesaba la matrona durante el segundo embarazo y lo apuntaba con cara de disgusto en el informe no me sentía tan mal. A esa mujer voy a hacerle una visita pronto, no estuvo nada bien hacerme sentir mal por pasarme de kilos.

Lo de las vértebras… Van cortando con una sierra hasta dejar al descubierto la médula. Mira que le gusta a esta gente dejar cosas al aire. Míralo, el que me abrió, ahí durmiendo tan tranquilo. Supongo que para él lo ocurrido no tiene la mayor importancia, claro, no era su cuerpo. Pues voy a tirar de su edredón, a ver si le gusta quedarse con la minga al aire con el frío que hace esta noche.

Y la cosa no quedó ahí, que igual que te vacían te llenan, pero, claro, como hay cosas que es imposible que puedan volver a colocar en su sitio, más que llenarte te rellenan como a un pavo el Día de Acción de Gracias con un material que no tengo claro qué era, pero mis órganos desde luego no. Malditos, los han dejado en formol dentro de frascos etiquetados, listos para ser estudiados. Mira que en los últimos tiempos me sentía vacía, como si mi vida no me fuera suficiente, pues ahora lo estoy de verdad y echo de menos lo que tenía.

Luego me cosieron, que ni Frankenstein tenía unas costuras tan bastas como las mías. Seguro que es una especie de venganza del destino por no haber aprendido ni a zurcir un calcetín. Mi madre me ha regañado hasta antesdeayer por eso mismo. A ella también la iré a ver, la echo ya de menos, ojalá me pudiera dar abrigo porque tengo mucho frío. Y a mis hijos… Mis niños que terminarán de crecer sin mí ¿Y si me olvidan? Me está entrando esa maldita sensación adolescente de que nadie me echará de menos. Mi marido seguro que sí, porque yo no sabré coser, pero es que él no sabe ni freír un huevo. Seguro que me busca una sustituta, alguien que le dé calor por las noches. Meses rechazándolo y ahora daría lo que fuera por uno de sus abrazos. Si me acercara a él ahora tiritaría.

Para terminar, me lavaron. Lo mismo da por pensar que es agradable. Pues no. Me frotaron los pies, en qué momento, vamos, que si no he ido al podólogo en mi vida es por algo. ¿Pedicura? Las uñas me las corto y pinto yo, gracias.

Pues ya que estoy en su dormitorio tendré que hacer algo para molestarle… Ya sé, le voy a hacer cosquillas en los pies, a ver si le gusta. Este y su compañero se van a enterar de lo que pesa mi eternidad.


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