Laura Cantillo, Samuel Pena, Mari Otero y Lucía Arjona son los mejores autores de la semana




EXPERIMENTO 0249863

Laura Cantillo


—Día setenta y ocho del experimento con roedores. Cuatro vuelve a tener constantes. Tres sigue estable aunque manifiesta más irascibilidad que ayer. Uno parece más calmada tras el incidente con Dos.

James apagó la grabadora e inyectó con decisión el vial. Tanto tiempo empleado en formular en el suero que colgaba de la percha metálica y, por fin, lo había conseguido. Años de investigación en ese cuchitril, peleando con las escasas financiaciones que podía conseguir, no habían frenado su éxito. Cuatro, o Spinky, como le habían apodado, se movía de nuevo y parecía que no había sufrido daños cerebrales después de 50 minutos de haber muerto. Al igual que sus congéneres, manifestaba cierto rechazo por la comida, y estaba un poco más peleona, pero merecía la pena.

Creía haber encontrado el suero que revolucionaría los límites de la humanidad. ¿Cuánto bien podría hacer el revelar la fórmula que garantizaría la vida eterna? No podía dejarse llevar por la maldita frustración ante la imposibilidad de hacer pruebas con humanos ni la negativa constante de su compañera de laboratorio. No recordaba la cantidad de veces que le había disuadido en su idea de sobornar a vagabundos para probar la fórmula. Sabía que, si no era así, no podría mostrar sus resultados al mundo. Escribió un mensaje a su compañera de laboratorio sabiendo que llegaría en una hora a las instalaciones.

“Elvira, es el día. Voy a inyectarme. Cuando llegues, todo habrá cambiado”.

Encendió la cámara que había preparado esa misma tarde. Levantó la mirada al reloj del laboratorio y suspiró.

—Una buena hora para morir.

Miró el hacha para la puerta en caso de incendios y sonrió pensando en lo dramático que sería suicidarse así. Preparó la consecución de sueros. Abrió las válvulas de plástico de su vía y se tumbó en la camilla que había hecho de cama en tantísimas ocasiones. Antes de apoyar su cabeza, se permitió un momento intenso a la par que histórico frente al objetivo.

—Experimento 0249863, día setenta y ocho. Voy a probar el preparado conmigo. He conectado un suero con curare y un potente sedante que entrará en mi organismo durante diez minutos. A continuación, tras un lapso de otros diez minutos, el preparado de este experimento comenzará a suministrarse. Si sale bien, en cincuenta minutos, reportaré efectos. En caso contrario, al menos lo habré intentado.

..

19:00 El teléfono de Elvira vibró en el bolsillo. Cuando vio el whatsapp de James se horrorizó. Buscó la aplicación de las cámaras de laboratorio y observó cómo James se tumbaba conectado a dos bolsas de suero. El pitido de un coche hizo que sus ojos desorbitados se centraran en el momento en el que estaba, el justo para correr a la acera de enfrente.

—Ni hablar, maldito imbécil.

Él mismo se había negado a reportar todos los fracasos que acarreaba, ocultando los más de cincuenta casos que habían supuesto problemas. Maquillaba las muertes inexplicables de las ratas por inanición y su tendencia a la agresividad y devorar a otros congéneres. Del mismo modo, escondía la matanza sistemática que habían tenido que hacer de los pequeños animales. Tenía que llegar allí antes de que el segundo suero comenzara. Si había decidido morir, tenía que ser consecuente. Era una forma de pagar por todas las vidas sesgadas de animales.

Un taxi apareció entre el tumulto del tráfico y sin pensarlo, corrió a pararlo.

—Por favor, voy con mucha prisa.

—A la orden, señorita. Pero vamos, que hoy el tráfico es un infierno.

Vio las 19:02 en la pantalla de su móvil.

—Es una urgencia, de verdad. Necesito llegar antes de las 19:15.

—A ver… se hará lo que se pueda, que yo no puedo subirme en el capó de otros coches.

El coche inició la ruta y los minutos pasaban haciendo que Elvira enloqueciera. La parsimonia en los semáforos la estaba desquiciando. El conductor no era capaz de saltarse ni si quiera uno en ámbar. 19:12. El taxi volvió a detenerse a dos calles de su destino y, en un arranque de ira, Elvira le tiró el dinero a través de la mampara y salió apresuradamente del vehículo mientras recibía insultos.

Corrió arrepintiéndose de los botines de charol tan bonitos que llevaba. Maldiciendo al ayuntamiento por su penoso asfaltado cuando se tropezó y cayó de bruces en la acera. 19:14. Se levantó sin pensar en su rodilla ensangrentada ni en que había perdido el tacón de un zapato.

19:19 Corrió por los pasillos de las instalaciones ante la atenta mirada del personal de seguridad. Forcejeó con la tarjeta en la puerta del laboratorio, pateándola entre gritos e insultos hasta que consiguió entrar. La puerta golpeó con la pared y, con la inercia, se cerró, bloqueándose.

19:20 El segundo gotero con la solución estaba funcionando y entrando en el organismo. Mientras un sudor frío la recorría se acordó del desfase de diez minutos de las cámaras del laboratorio.

—Joder, joder, joder… No puede ser. No puede pasar… mira que lo hemos hablado, pero tú tenías que hacerlo… Loco irresponsable. No podías seguir los protocolos, ¿verdad? Tú tenías que alzarte como el salvador del mundo con tu suero milagroso —gritó con todas sus fuerzas en la cara de su compañero— ¡Eres una estafa!

19:24 El cuerpo de James empezó a convulsionar. Sabía que eso significaba que estaba cerca de despertar. Las ratas se habían escapado y Uno estaba arrancando una pata a Tres que intentaba llegar, enfurecida, a la camilla. La concentración que había hecho lo estaba empeorando todo.

19:30 James tomó una bocanada de aire profunda. Elvira recorrió con la mirada su entorno y entonces corrió hacia el hacha y la sacó del cristal de protección.

19:31 James abrió los ojos y fijó sus pupilas en las rodillas ensangrentadas. Elvira se dio cuenta de lo que pasaba. A él todavía le costaba moverse, pero dejó entrever sus dientes.

—Ah, no, por ahí sí que no paso. Lo siento, pero no vamos a desatar el apocalipsis zombie un miércoles.

19:32 La mujer empuña el hacha. La levanta, calculando la trayectoria necesaria para cumplir con su objetivo. James grita «¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!» mientras los ojos de Elvira se abren en demasía. Intenta escaparse de sus manos y los tubos que todavía conectan los goteros a su cuerpo. Intenta dar un hachazo y falla, cercenando el borde de la camilla y un trozo de oreja de James. Vuelve a levantarla y, soltando espuma por la boca, asesta un golpe a la mesa de metal que hay detrás de la camilla. James parece que va a saltar sobre ella en cualquier momento, tiene que acertar. Ve cómo sus manos se dirigen hacia sus piernas y vuelve a levantar una vez más el hacha para descargar toda su fuerza con ella. James evita que Uno muerda a Elvira justo antes de que le corten la cabeza.

19:34 Elvira suelta el hacha entre temblores. Un calor espeso le salpica la cara. Puede oír los gritos del personal en el exterior de la sala, y cuando mira hacia la puerta, ve reflejado en el cristal a una mujer despeinada, herida y semidescalza con los ojos desorbitados. Un pequeño ruido en la jaula de cuatro llama su atención Elvira descubre que es Spinky que come tranquilamente pipas de girasol.


 


LÁGRIMAS PARA LAS MANECILLAS DE UN RELOJ

Samuel Pena


Miro al reloj. Quedan sesenta minutos, entonces habré sobrepasado la veintena. Podré abrir el regalo que me has dejado. Ahora, que estoy a las puertas de dejar atrás una década, ¿qué me queda?

El papel de regalo me recuerda a la tierna infancia; lo acaricio, busco rascar de su superficie algo de la inocencia de aquellos años. Cuando era niña tan solo soñaba con ser adulta, libre, independiente. Sin embargo, jamás había sido tan prisionera como cuando creía que mis decisiones importaban. “Mi vida de verdad empieza cuando sea independiente”, “mi vida de verdad empieza cuando tenga trabajo”, “mi vida de verdad empieza cuando compre una casa”. ¿Dónde está esa vida de verdad? Estoy cansada, cansada de ver cómo todo a mi alrededor se desvanece. Solo quiero una segunda oportunidad, una más.

Quedan cincuenta minutos. Luego seré una treintañera, ¿empezará entonces mi vida de verdad? ¿Está esa existencia prometida aquí, en esta cajita? Tan solo sé que ya no soy una niña, porque no tengo ya una madre. ¿Adónde habrás ido, mamá? ¿Me esperarás? ¿Me recuerdas? ¿O has desaparecido para siempre? Puede que ya no seas más que un recuerdo, añoranzas de una pequeña en el cuerpo de una adulta.

Cuarenta y cinco minutos. El regalo huele como tu casa, como nuestra casa. Conserva esa fragancia inconfundible de los tiempos sencillos. Creo que no importa cuánto espere. Da igual qué desee, no hay vida de verdad a la que aspirar. Esta es mi vida. Levantarse, desayunar, trabajar, volver a casa, trabajar, dormirme estresada por el trabajo acumulado y reiniciar. Es un círculo sin fin, una tortura a la que accedo, que cada día permito, porque tengo la débil esperanza de que cambiará. Malvivo, me deshago en esa dichosa oficina porque quizás algún día, en los pequeños instantes del día entre tareas pueda encontrar una salida, una luz al final de este camino que nadie debería caminar.

Treinta y dos minutos. Estoy mirando al reloj mientras navego por un mar de risas olvidadas, de amistades que había enterrado. Como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de mí, solo para quien se siente en esta silla. Te acordaste de poner sobre la caja “para mi niña”. Sabías que así me gustaba. Pero ya no tiene sentido, no estás aquí. ¿Por qué me esfuerzo? Podría limitarme a morir. ¿Cambiaría mi situación, siquiera? Tarde o temprano me iré de este mundo. ¿Entonces qué? ¿Habrán valido la pena todas las preocupaciones? No solo dejarán de importar mis objetos, también mis logros. No me llevaré nada a la tumba, nada. Porque haya lo que haya tras la muerte, ese algo no está aquí. ¿Vendrá el casero a recompensarme por pagar puntual? ¿Mi carrera me dará de comer en medio de la nada póstuma? En esta vida solo el final es seguro.

Veinte minutos. Me levanto, camino ansiosa. Pero las paredes angostas de este piso me recuerdan mi destino cruel. Mamá, ni siquiera sé por qué hago esto. ¿Valdrá de algo esta reflexión? En el fondo no es más que un soliloquio triste, como el de un borracho. Que se atreve a dejar ir las lágrimas, porque los ebrios sí que lloran. Mas por mucho que me lamente sé que volveré al ciclo. Hoy me aflijo porque nada tiene valor, pero mañana me levantaré y, obediente, cumpliré con lo que se espera de una persona de bien. Trabajaré hasta tarde para compensar los días que tuve que acompañarte. Volveré a casa para abrazar lo primero que encuentre. Porque no podré llamarte para preguntarte cómo estás, porque simplemente no estás. Solo hay recuerdos, recuerdos y esta cajita.

Quince minutos. Veo tu foto, la tomo. Vuelvo a sentirte cerca. Mamá, creo que lo he entendido. Creo que lo entendí desde que pisé en el apartamento universitario. Los adultos no existen. Los adolescentes son mentira. Hay niños. Los adolescentes son niños que no pueden decir que lloran, los adultos son niños que no tienen tiempo para llorar. Los niños tampoco lo tienen permitido, porque eso los hace débiles. La única diferencia es que ellos no lo retienen. Los demás aprendemos a llorar por dentro hasta que se nos olvida cómo hacerlo por fuera.

Nueve minutos. Mamá, tengo miedo. No quiero enfrentarme al mundo. Me niego a no poder pedirte consejo, no poder abrazarte, no poder deshacerme en lágrimas mientras me acaricias. Finjo cada día para que no parezca que odio despertar, actúo para que no parezca que guardo los sueños rotos en un cajón de la mesilla de noche. Todos se dan cuenta, yo me doy cuenta de que todos lo hacemos. Pero no lo decimos, porque los adultos no lloran.

Llega la hora. Abro, temblando, el regalo. Tan solo veo unos pañuelos. Ahora sé cuánto me entendías y sollozo. Gracias a ti, yo también puedo llorar.



 


MIENTRAS DURE LA NOCHE

Mari Otero


—¿Qué hora es, Mario? —me pregunta Rocío, mientras mueve las caderas, siguiendo la música.

Tiene ritmo, y me quedo observándola unos segundos más de lo que debería. Temo que parezca lo que no es. O lo que es. Porque sí, lo hago, la miro. No puedo evitar hacerlo cada segundo que compartimos. Y no le saco pocos años, precisamente.

Me obligo a despegar mis ojos de ella y busco el reloj en mi muñeca, con un gesto atropellado. Me llevo las manos a la cabeza. Hace siglos que no me quedaba hasta esta hora. De hecho, hace siglos que no salía por la noche.

—¡Mierda! —exclamo— Las cinco de la mañana.

Subo la cabeza y busco al resto de compañeros.

—¿A quién buscas? ¿Se te ha perdido algo? —suelta una carcajada, y no deja de bailar.

El ritmo de la música se acelera y al baile se le suman sus brazos en alto y ligeros balanceos de cabeza que entrelaza con sutiles sonrisas.

—¿Dónde están los demás? —pregunto, extrañado.

Esta noche hemos quedado los de la oficina para tomar algo, cuando Rocío lo ha propuesto.

—Se han ido —contesta, divertida.

Ni siquiera me había dado cuenta. Mis ojos estaban demasiado ocupados. Estoy solo con ella y esa idea se vuelve peligrosa en mi cabeza.

—Creo que deberíamos marcharnos. Ya es muy tarde —sugiero.

Y lo hago adornando una súplica, sabiendo que esa es la única manera de escapar de mis deseos reprimidos. Aquí no estamos trabajando rodeados de gente mientras yo la ayudo a formarse para su puesto de contable; a la vez que esquivo su olor, el desorden que me genera su presencia y las fantasías que me invaden la cabeza. Aquí nadie conocido puede juzgarme, ni pensar en que parezco un viejo a su lado.

Rocío se acerca a mí y me mira firme detrás de esas gafas inmensas que no consiguen esconder sus ojos verdes. Mi cuerpo se tensiona y contengo la respiración, sorprendido.

—¿Qué prisa tienes? —murmura, cogiéndome de las manos, que se van dejando arrastrar por las suyas—. Todavía queda una hora para que cierren…

Cuando quiero darme cuenta, estoy en la pista, frente a ella, y en mitad de una masa de gente que agita sus cabezas y se contonea en movimientos que me parecen imposibles. Yo no sé bailar, y les miro intentando entender cómo consiguen hacerlo.

Me empiezo a agobiar y su mano me coge de la barbilla para obligarme a mirarla. El tacto de sus dedos por debajo de mi barba consigue alcanzarme débilmente y, aun así, me eriza la piel.

—Mírame —me pide con la voz suave y una sonrisa tranquilizadora.

—No sé bailar —me adelanto— Yo debería…

—Tú deberías dejar de preocuparte por todo —me corta— No pienses en nada. Solo déjate llevar por la música.

Y me pide que no piense en nada, como si no pensar en ella fuese fácil teniéndola tan cerca.

Después, resbala mis manos hasta sus caderas y me envuelve el cuello con las suyas, estrechando nuestros cuerpos. Ella se mece y me arrastra en sus movimientos, consiguiendo, poco a poco, desbloquear mi estatismo.

Su cercanía me acelera el pulso. Me prende y me debilita al mismo tiempo. Cierro los ojos para romper el contacto visual y me doy cuenta de que ha sido peor el remedio. A ciegas, todo se siente más vivo y ella pasa a tener el control absoluto sobre mí.

Pierdo la cuenta del tiempo, que se vuelve confuso, cuando hunde su cabeza en mi cuello. Siento el cosquilleo de su respiración, junto con el roce fortuito de sus labios, que inhabilita por completo mi mente.

Nos quedamos así, en mi intento de baile y nuestros papeles se intercambian siendo ella la que me enseña a mí a vivir la noche que ya tenía olvidada. No abro los ojos. No lo hago hasta que noto como se despega de mí y pierdo su calor. Él mío todavía permanece inalterable.

Miro alrededor, buscándola, inquieto. Unos instantes después, noto su voz en mi oído y su cuerpo pegado a mi espalda, aferrando sus manos a mi cintura.

—¿Qué hora es? —susurra, avivando mi calor con su proximidad.

Y me doy cuenta de que no quiero mirar el reloj. Me niego a salir de este lugar y que todo se esfume; volver al día a día donde yo solo soy un hombre que no podría aspirar ni a soñarla. Porque en nuestro trabajo, la vida seguirá y los ojos del resto podrán mirarnos inquisitivos refrenando mis impulsos.

Frente a mi silencio, ella levanta mi muñeca para mirar el reloj, y me pregunta:

—¿No quieres saber la hora?

—No —respondo, con la respiración entrecortada.

—¿Por qué? —continúa, con un tono que me desestabiliza aún más.

Y entonces me giro, sopesando en el camino mi respuesta. La miro, y ella entreabre sus labios, capturando los míos con sus ojos.

—Porque… —intento contestar, quedándome sin voz.

—Porque… —me alienta a seguir, acercándose lentamente, para luego pararse a escasos centímetros de mi boca.

Yo me aproximo, y nuestros labios se quedan en suspenso, casi rozándose, compartiendo aliento. Y aquí, en esta distancia en la que ya nada importa, mi deseo comienza a ser más fuerte, me empuja hacia ella.

Entonces, justo cuando me decido a unir nuestros labios por fin, las luces del bar se encienden y me paro en seco.

Inevitablemente, la noche ha llegado a su fin.



 


EL ANDÉN NÚMERO DOS

Lucía Arjona


El hall de la estación es un deambular constante de gente. Las conversaciones se mezclan con los avisos de la voz metálica que anuncia las próximas salidas y las llegadas inminentes, desencadenando oleadas de personas hacia un andén u otro. En una situación distinta, en una de tantas en las que ha venido a esperarle, Anna se hubiera dejado llevar por el olor a café y bollería recién hecha, y hubiera tomado asiento en alguna de las mesas altas con un capuccino y un brioche, sin quitar la vista de los paneles, con los ojos brillantes, esperando ver su tren anunciado para correr a abrazarle. Pero hoy no. Hoy tiene un nudo en el estómago que le provoca náuseas.

Vuelve a repasar los trenes anunciados uno a uno, hasta que vuelve a localizar el suyo, y lee por enésima vez la información en un murmullo:

—Salida diez horas, destino Barcelona, AVE, andén…. ¡Joder, aún no han puesto el andén!—exclama ahora en voz alta sin poder esconder la ansiedad que la atenaza, plantada en ese hall.

Anna mira su reloj, son las nueve menos cinco. Sabe que Enric no es de los que llegan con tiempo a la estación, precisamente por eso ha llegado tan pronto, para interceptarle antes de que suba a ese tren. Barre con su mirada todo el barullo del gentío y el movimiento a su alrededor, intentando identificar su pelo gris alborotado, y sus andares despistados, pero nada. Camina hacia un lado y otro, a penas un par de pasos, como un león enjaulado, con sus ojos puestos ahora en los paneles, ahora en las puertas de acceso, de nuevo en los paneles…Vuelve a mirar su reloj, las nueve y cinco. Lleva instintivamente su mano al pecho, que palpita acelerado, intentando calmarlo.

Diez minutos después, la mujer de los altavoces anuncia que queda abierto el control de acceso de otro tren, lo que provoca una nueva corriente de viajeros que pasa a su lado, alguno tan cerca que la desequilibra hasta hacerla trastabillar.

—Pero…¡¿qué haces tú aquí?!

Reconoce de inmediato su voz antes de volver la cabeza. No lo ha visto llegar.

—¡Enric!. Yo… —balbucea sorprendida.

—Anna, no te entiendo. Creía que ayer quedó todo dicho. Ya has elegido. ¿Qué más quieres de mi? —Sus ojos reflejan tal dolor que Anna siente como le atraviesa.

—Enric, estaba asustada, me pedías demasiado, pero hoy…

—Hoy, ¿qué? Hoy ha vuelto a tratarte como una mierda ¿no? —pregunta tensando la mano que ciñe el asa de su bolsa de viaje.

—Enric, ¡joder! ¿Me vas a dejar hablar?...—protesta Anna con la cara encendida.

La voz de los altavoces se cuela entre ambos para anunciar el AVE a Barcelona, que espera en el andén dos, y la apertura del control de acceso. Anna mira con rapidez el reloj de los paneles, son las nueve y treinta y cinco. No tiene mucho tiempo. Con su mano, rodea la muñeca de Enric con fuerza.

—Enric, escúchame por favor. Estos meses has sido mi válvula de escape, me has hecho sentir… —calla un par de segundos antes de continuar con los ojos fijos en los suyos—. Eso mismo, ¡tú me has hecho sentir!, porque creía que estaba muerta desde hacía años y no lo sabía. Creía que era invisible, hasta que me miraste en aquel congreso.

—Anna, ya sé nuestra historia —interrumpe molesto—. He sido yo quien ha viajado desde Barcelona, a veces por trabajo real y otras inventado, sólo para tenerte unas horas. Pero ya no me vale con eso y tú has dejado claro que no puedes darme más.

Se revuelve nervioso, baja la mirada y Anna se percata de que ha visto lo que tiene a sus pies. Vuelve a mirarla y antes de que pueda preguntarle nada, ella sonríe y dice:

—Ya ves, hoy es distinto, hoy he venido para decirte que quiero dejar todo esto atrás y empezar algo contigo donde sea.

Enric suelta su bolsa, que cae junto a la maleta de Anna, coge delicadamente con sus manos su rostro, y la mira fijamente a los ojos antes de empezar a hablar:

—Anna, ya es tarde. Yo también he tenido toda la noche para pensar. Lo que quieres hoy es huir de tu vida con él. Como has dicho antes, he sido tu válvula de escape, pero yo… quería ser tu hogar.

Enric besa su frente y da dos pasos atrás. Anna siente que algo se quiebra dentro de ella cuando comprende que con ese beso él, ahora sí, ha cerrado la puerta. Con el altavoz dando el último aviso para los pasajeros del AVE a Barcelona, siente que se rompe en mil pedazos cuando ve cómo él toma su bolsa del suelo y se despide con un movimiento de cabeza, camino del andén número dos.


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