Lola Pena Dovale, Azel Highwind y Mari Otero son los mejores escritores de la semana



PÁJAROS AZULES

Lola Pena Dovale


Un trozo de azul, allí arriba, entre las rejas del ventanuco. Un azul luminoso, limpio; lo único pulcro que hay en mi vida ahora. Barro seco fragmentado en pequeñas areniscas, restos de excrementos y orines, cenizas aplastadas por cientos de pisadas dibujan manchas macabras en el suelo. Una ropa polvorienta, hecha jirones, apenas cubre mi cuerpo sucio, manoseado, desgastado. Me miro las palmas de las manos. La piel cuarteada guarda bajo su superficie restos de sangre reseca. El frío del cemento recorre mi espalda. Me devuelve la consciencia. Casi me alivia.

Apoyo las manos en la pared. El tacto rugoso del muro me lastima las yemas de los dedos. Este espacio es más pequeño. ¿Dónde va el camastro? Tan solo me han dejado una manta mugrienta tirada en una esquina. Como puedo me levanto del suelo. Veo la silueta que dejo dibujada, una sombra en negativo de lo que fui un día. Con las manos recorro mi torso. Una a una cuento las costillas que recubren mis pulmones. No sé cuánto tiempo llevo sin estar con mi familia…, pero cómo saberlo.

No veo los pájaros que dibujé al llegar. No están. Se los han llevado. Giro sobre mí misma buscándolos, pero no puedo mantenerme en pie por mucho tiempo. Me dejo caer nuevamente sobre el cemento, sobre la suciedad. Acurruco mi cuerpo sentada en el suelo, abrazo mis piernas, escondo el rostro entre los muslos… Otra vez los gritos, entrando punzantes en mis oídos, rasgándome los tímpanos con sus sonidos, clavando sus afiladas puntas en mi cerebro. Me tapo con fuerza, con impotencia, con miedo las orejas. De nada me sirve hasta que los gritos callan.

Una llave encaja en la cerradura de la puerta. El chirrido de los metales herrumbrosos al chocar entre ellos tensa mi cuerpo tembloroso. Unos uniformes grises surgen de la penumbra. Quisiera poder ser un amasijo de pieles y huesos sin sentido. Así se olvidarían de mí por un tiempo. Pasarían a la siguiente. Que desee mi muerte sería como otorgarles la victoria, pero no voy a darles ese gusto; no, por el momento.

Cuatro manos me levanta sujetándome por las axilas, mientras otras dos me golpean el estómago como si fuera un saco de arena listo para entrenar a un boxeador. Un vómito de bilis y sangre se escapa de mi boca para caer resbaladizo por mi pecho hasta el suelo. Las manos no me sueltan. Me llevan hacia la puerta, pero mis pies ya no andan, mis piernas no me sostienen; solo se arrastran cual arado tirado por dos bueyes. Un hueco hondo, negro espera frente a mí para engullirme. Con las pocas fuerzas que me quedan giro la cabeza hacia el azul luminoso y limpio. Intento abrir los ojos todo lo que puedo. Quizás encuentre allí a mis pájaros.



 


UNA SONRISA MANCHADA DE SANGRE

Azel Highwind


Nicole despierta arrasando el oxígeno a su alrededor, absorbiendo el aire tanto como su garganta cortada puede aguantar sin romperse. Su cuerpo bambolea de un lado a otro notando que cuelga amarrada de los tobillos. Al instante siente vahídos, y cuando sus pulmones vacíos se llenan, se sacude sin control en el aire. Se lleva la mano al corazón y se retuerce la piel mojada de su pecho con unos dedos que nota helados, como el resto de su cuerpo.

El olor enrarecido a moho y humedad se transforma en vómitos. Escupe los últimos restos doblándose sobre sí misma, sintiendo que el estómago va a digerirla por dentro.

La otra mano se desliza hacia la nuca, cruzándose en silencio con dos riachuelos de sangre. Con el dedo resigue los pequeños orificios y tiene la sensación que han cicatrizado. La herida en su cuello también termina por cerrarse.

Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad y todo su cuerpo va perdiendo la rigidez, consigue elevarse hacia las ataduras con una fuerza y una energía que no reconoce. Con las uñas corta las cuerdas y cae de cuatro patas al suelo. Se pone en cuclillas y escucha con atención.

Al principio parecen muy lejanas, pero a medida que sus sentidos se acostumbran, las pisadas se notan a pocos metros sobre su cabeza. Llegan creando eco a través de la madera gruesa.

Se levanta estirando los brazos, pero en la oscuridad cerrada se da cuenta que no necesita ir a tientas. Sus ojos distinguen perfectamente el interior de esa mazmorra y sus manos resiguen con admiración la roca de las paredes de ese lugar antiguo.

Sus sentidos se agudizan, y pronto su oído consigue captar el sonido de la humedad escurrirse por las vigas; el de las minúsculas gotas estallar en el suelo; el que emiten los diminutos insectos, bañados por una claridad insólita que ningún ojo mortal podría percibir, al frotarse las patas, batir sus alas membranosas y revolver las voraces mandíbulas en busca de alimento. E Incluso mucho más allá de los anchos muros, escucha el murmullo de la lluvia que viene del exterior.

También distingue tres voces diferentes entre ocasionales carcajadas.

Con paso ágil esquiva los huesos rotos que se han desprendido de una pila apoyada contra la pared y sube las empinadas escaleras con apenas unos saltos que, para un observador corriente, parecerían movimientos dominados con absoluta maestría después de mucho tiempo de ensayo.

Entre una grieta de las maderas clavadas en el armazón de la puerta de acero, examina una sala de estar decorada con lujosos sofás tapizados con terciopelo, cojines de bordados tan delicados y pretenciosos como los de un palacio, cubertería de plata que parecería digna de la realeza si no fuese por las manchas rojas y las salpicaduras secas; y un fuego a tierra que proyecta las sombras danzarinas de tres figuras que ríen, gesticulan con entusiasmo y beben un vino que no es vino y por el que el corazón de Nicole desemboca en desenfrenados latidos y un deseo que la hace arder por dentro.

Arremete una y otra vez contra la puerta, y los tres individuos se giran derramando las copas.

-¡¿Qué coño es eso?!

-Si la hemos matado…

-¿Estás seguro?

-Es sólo una humana, ¡no puede haber sobrevivido!

La puerta revienta contra el otro lado de la pared y los hombres desenfundan las espadas al ver la aparición de Nicole, con el cuello sanado y los pies que dejan de tocar el suelo de madera.

Con un nudo en la garganta: -es imposible, ¡sólo sucede cada dos mil años!

-¡Calmaos! ¡Somos más antiguos que ella!

Pronuncian palabras en un lenguaje antiguo, sus ojos se encienden con el poder de un alba que les es prohibida y en las palmas de sus manos se encienden sortilegios capaces de vencer al peor de los enemigos.

Pero cuando Nicole se eleva en el aire y la luz ansiosa de las llamas se vierte sobre su piel extremadamente blanca, ningún hechizo es capaz de someterla, ningún filo de sus espadas consigue atravesarle el corazón, ni tan siquiera el fuego de las armas modernas acierta un sólo disparo…

Sus rostros se contraen con un terror perdido en los anales de la historia, oculto en un tiempo tan viejo como el mismo mundo, ignorado en el desdén hacia la naturaleza y en la innegable sensación de saberse superiores a los mortales.

En el exterior de la mansión, la tormenta arrecia con fuerza, los rayos acompañan con la violencia de sus destellos las salvajes embestidas, los truenos retumban sobre los bosques silenciando los gritos y entre las negras alas de un remolino de cuervos se pierde la furia dejando atrás sólo silencio.

Sentada en una butaca de terciopelo y meciendo el contenido de una copa, Nicole suspira después de un largo sorbo, sintiendo su cuerpo otra vez caliente. Y bajo sus ojos encendidos y las mejillas rosadas, los afilados colmillos se dejan entrever totalmente desarrollados en una sonrisa manchada de sangre.



 


EL DOCTOR DESEO Y LA CHICA SIN NOMBRE

Mari Otero


Esta es la última noche del año.

Yo soy un cabrón descamisado, sin corbata, con ganas de olvidarme, con ganas de olvidar un año de mierda en una discoteca con música vomitiva y bebida de garrafón.

La pista de baile está llena de gente con collares brillantes, matasuegras y estúpidos gorros en la cabeza. No dejan de dar botes, ríen, derraman sus copas sin importarles nada más.

Yo solo quiero olvidar, e intuyo que ella también, y que por eso está aquí, conmigo, compartiendo estas ganas de que algo nos entierre la realidad durante un tiempo.

La chica sin nombre no sabe nada de mí, yo tampoco de ella. Solo hace unas horas que la conozco y ese tiempo me ha bastado para saber, sin saber, que caminamos descalzos sobre las mismas brasas.

En mitad del tumulto y los focos de colores, ella me rodea el cuello con los brazos y me rasca la cabeza con sus uñas de gata, mirándome desde abajo, con los ojos delineados llenos de pena. A pesar de todo, ella sonríe, con una risa inmensa de niña grande, enseñando todos sus dientes y estirando el grosor de esos labios rojos que invitan a morder.

Yo no sonrío, no soy tan valiente como ella parece ser. Sin embargo, lucho por no lanzarme a su boca, por no dejar resbalar mis dedos por su espalda y adueñarme de lugares prohibidos. No quiero ser el mismo gilipollas de siempre, el que solo busca sin descanso el placer efímero en el baño más cercano, en los asientos traseros del coche…, en todos aquellos lugares en los que no hay que permanecer ni abrirse el pecho. Siento que, como yo, después se quedará vacía en la soledad y no querría hacerle eso. No a ella.

Mientras nos mecemos sin seguir el ritmo de la música, que no nos pertenece, todo en su figura me lo pone difícil para refrenar mi deseo engañoso. Demasiado tiempo fijándome solo en lo que adorna. Su vestido negro hasta los pies, pegado a su piel, deja apenas sus brazos libres y, aun así, me permite recrear su desnudez en mi mente. Parece una modelo, y yo, noches antes, se lo hubiese preguntado sin dudar, e incluso hubiese utilizado mi profesión para conseguir mis objetivos, quizá bromeando con darle unas clases prácticas de anatomía.

Pero ahora no lo hago. Me limito a mirarle a los ojos para no caer en el error de imaginar la realidad de sus pechos libres, que se intuyen bajo el fino tejido. Me contengo para no ofrecerle lo mismo que a todas: la fugacidad del sexo sin detenimiento.

Ella mueve la cabeza y sacude su media melena negra, con ese flequillo cortado a estudiados trasquilones. Después, me mira fijamente y dice algo que no logro entender. Agacho la cabeza para acercar mi oído a sus labios. De camino me alcanza un olor dulce que se desprende de su piel pálida. Cierro los ojos para intensificarlo, y me retengo, retengo de nuevo el deseo, ese que me da y luego me quita, y me hace creer que estar solo siempre será suficiente. Me concentro en sus palabras.

—¿Estás bien? —me pregunta con su voz envolvente.

Esa pregunta me alcanza como un puñetazo en las costillas que luego alguien recorre de besos para mitigar el dolor. Creo que nadie me había preguntado eso en años: ¿Estás bien? Y yo decido que no tengo por qué mentirle a una desconocida. Veo en su cara que busca una respuesta sincera.

—Estoy jodido, chica. Muy jodido —le susurro al oído.

—No te preocupes, se pasará —me dice con la voz rota y la tristeza avivando en su mirar—. Todo pasa: lo bueno, lo malo. Todo se acaba yendo.

Su expresión me desarma.

—¿Y tú? —pregunto, con la necesidad de ahondar en su dolor—¿Estás bien?

—Yo nunca estoy bien —contesta, mientras acaricia mis mejillas con delicadeza, resbalando despacio las yemas de sus dedos. Sus ojos se humedecen—. Pero ahora, mucho mejor.

Y en este momento, con su tacto sanador, noto que el deseo se convierte en otra cosa, en algo nuevo: una sensación de que alguien está ahí, de verdad. Y tú también quieres estar ahí, y tienes una necesidad terrible de que la ropa desaparezca, solo para sentir su piel y el calor, y ver lo que oculta su pecho, no lo que lo conforma.

Las lágrimas llegan hasta sus labios y ella no deja de sonreír. Yo intento decir algo, algo que la consuele tanto como ella lo ha hecho conmigo. Pero solo acierto a abrir la boca, torpe y pausado. Ella debe entender que ninguna palabra mía puede sanarla. Por eso posa un dedo en mis labios y me dice:

—Abrázame —Cierra sus ojos.— Abrázame, y no me digas nada.

Y yo lo hago. Hago lo que me pide y ya no quiero olvidar, ni desear.

Solo quiero que nos quedemos así, abrazados, callados, sintiendo que nuestros pechos desconocidos se abren para cerrar heridas juntos.


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