Lola Pena y Cabeza de pez son las ganadoras de esta semana



Mediterráneo

Lola Pena Dovale


«Toda esa gente va hacia algún lugar. Discurren sobre el asfalto marcando el rápido latido de la ciudad». ¡Cómo te gustaba soltarme esas frases tan tuyas! Me dejabas descolocada, te reías de mí y después me lo explicabas. Aquel puente era tu sitio favorito. Podías gastar horas apoyado sobre la barandilla viendo los coches transitar. Acabo de pasar por allí antes de venir a verte por última vez.

Estar donde todo pasaba, jamás fue suficiente para tu mente inquieta. Siempre querías más, llegar más lejos, hacerlo todo... De ahí a caer en las drogas solo fue cuestión de unos pocos pasos. Para ti no tenía ningún sentido seguir viviendo. ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Fue nuestro punto de inflexión. No sé cómo coño logré convencerte de que la vida es lo único que tenemos, lo único por lo que vale la pena luchar. Bueno, sí que lo sé. Ese día hablamos del mar por primera vez. Ahí empezaste, poco a poco, a recuperar las ganas de vivir. Ahí también empezó mi lucha por mantenerte en la realidad.

¿Cuántas veces más hablamos de lo mismo? Muchas. Era como si tuvieras la necesidad de asegurarte de que no te iba a fallar, de que al final, pasara lo que pasara, iríamos al mar. ¿Puedes decirme cuándo te he fallado yo, eh? Jamás. Por eso no entiendo por qué me has hecho esto.

¿Sabes, Nando?, estar mirando durante un rato las luces de los faros pasar veloces por la M-30 me hizo sentir como si te tuviera a mi lado otra vez, y también me ha ayudado a comprender mejor por qué escogiste ese lugar y no otro. «Allá, a lo lejos, está el mar», decías. Lo más lógico era que fueras allí. Por eso, cuando me avisaron, casi ni me sorprendí.

Esa madrugada me habías dejado en el portal de mi casa tras haber estado juntos hasta el cierre de los bares. Supuse que subirías a tomar la última, pero no quisiste. He de confesarte que me extrañó, sobre todo después del anillo que me regalaste. Pensé que por fin estabas preparado para dar un paso hacia adelante. Y no me equivocaba. Era tu manera de decirme adiós, de decirme «te quiero», aunque no lo supe entender.

¿Te acuerdas del cuento de Pedro y el lobo, que de tanto repetir que venía el lobo, cuando de verdad llegó nadie creyó al muchacho?... pues a mí me pasó lo mismo contigo. «Te prometo que antes de irme de este mundo me despediré de ti». Era lo que siempre me decías, pero cuando por fin lo hiciste, no te creí, sino, no te habría dejado marchar.

Sé que no fue un arrebato de última hora. Estoy segura de que lo tenías todo más que pensado y calculado. Lo que no te perdono es que me hayas tenido tanto tiempo engañada. ¿Por qué no hablaste conmigo, Nando? ¿Por qué no me lo contaste? Te podría haber ayudado. Ya habíamos salido de más baches. ¿Por qué no de este? ¡Explícamelo, coño!

¿Sabes, qué? Hay una cosa que no voy a poder quitarme de la cabeza por más tiempo que pase: la imagen de tu cuerpo colgando de la barandilla del puente. ¡Joder, Nando! ¿En serio, tío? ¿Cómo has podido hacerme esto? Según la autopsia, tu muerte fue instantánea. Te partiste la tráquea. Ese es el único consuelo que me queda: que después de pasarte media vida dando tumbos, tu muerte fue rápida.

Entiendo tu miedo al dolor, entiendo que no quisieras hacerme sufrir, pero eso no es excusa para no habérmelo contado. No tenías que haberte comido tú solo todo el marrón. No te perdono que te fueras sin luchar, sin darme la ocasión de despedirme de ti. Solo me queda por cumplir lo que me hiciste prometerte. Una vez más no te voy a fallar. Quédate tranquilo, Nando. En cuanto me den tus cenizas, nos vamos juntos en mi coche. Esta noche estarás bañándote en tu adorado Mediterráneo por toda la eternidad. Te lo prometo.


 


Lección de tango

Cabeza de pez


Una mano del hombre está en mi espalda, arriba, a la altura del brazo. Su otra mano sostiene la mía, me hace girar la muñeca de un lado a otro. Me dice “Tranquila” y es entonces cuando me inquieto, algo no va. Algo en mi codo no está bien. O es simplemente que es ahí dónde el hombre detecta que algo, no solo en el codo, algo más grande, algo en mi cuerpo no es apto, o no es apto para bailar, o no aún. “Tranquila” repite el hombre mientras prueba a colocarme el codo en un sitio óptimo con la precisión milimétrica y la concentración de un desarticulador de bombas.

El hombre me explica cosas, cosas que seguro me vendría ver saber, cosas sobre articulaciones y cadenas musculares. Cosas que oigo de lejos, distraída como estoy en mis propias ideas, que revolotean, amarillas, por las esquinas. Entonces estalla la música. El bandoneón rasga el aire interior del local. Los acordes se me pegan a la piel y sé que ya no podré escuchar al hombre. Ya solo puedo ver su boca moverse, su manos, un hombre que baila todo el tiempo, incluso cuando no baila. Y quizá por eso necesito cerrar los ojos un instante para volver a mí, recordar que yo también tengo un cuerpo que está aquí y ahora, con nosotros y que necesita de mí para accionarse, cuando el baile ya ha empezado y nosotros aún no nos movemos. Pero sí, nos movemos. Es algo pequeño, no un movimiento si quiera, una marea. El hombre y yo cambiamos el peso de un pie a otro hasta acompasarnos, como harían, sin poder evitarlo, un par de cronómetros enfrentados. Y de repente, él avanza. O no, aún no. Va a avanzar y yo lo sé, incluso antes de que lo haga. Pero no, no soy yo, es mi cuerpo el que sabe, el que intuye el movimiento del hombre, el que retrocede justo en ese momento. O no, no en ese momento, un instante después. Porque hay una pausa, una espera, una resistencia. Hay un momento sagrado en el que el cuerpo del hombre avanza y yo aún no retrocedo. Y la presión de su mano contra la mía se intensifica y su pecho se acerca demasiado. Es un instante breve, muy breve, en el que me descubro conteniendo la respiración, pensando que es ahí cuando cualquier cosa podría pasar. Un meteorito, un infarto, un beso.

Pero este hombre no me va a besar. Este hombre solo me enseña. A pivotar, a disociar la parte de arriba de la de abajo, a esperar. Me enseña todas esas cosas que yo ya sabía hacer. Ya giraba sobre mí misma, ya disociaba y esperaba cuando era una bailarina mutilada en una cajita de música. Esas son las cosas que tuve que olvidar. Y ahora el hombre me hace aprenderlas de nuevo.

Se para. Me dice que lo estoy haciendo bien, pero si eso fuese cierto seguiríamos adentro de la música. Me dice que pienso demasiado, me hace reír, el hombre. Para porque ve mis ideas amarillas, no sé cómo. El hombre ve a través de mí y eso me gusta y no me gusta. Me dice que el tango es presencia. Me dice que puede enseñarme pasos, pero que no es eso lo que quiere enseñarme. El hombre quiere probar algo diferente. Lleva una cadena al cuello, saca una medalla dorada con una virgen impresa y me pide que fije la vista en ella.

Volvemos a entrar en la música. El hombre avanza, avanza, avanza, y hay algo en el centro de mi pecho, abriéndose. El hombre para, me invita a girar frente a él. Y yo giro, despacio, como él me ha enseñado, sintiendo que de repente todo encaja. Sintiendo que yo encajo en él porque nosotros ya no nosotros. Él es todos los hombres y yo soy todas las mujeres encontrándose, atrayéndose, alejándose. Olvido que no sé bailar y bailo. Todos mis sentidos están en el contacto con la piel del hombre, en su olor, mientras la virgen me observa, impertérrita. El avanza, avanza, avanza y con cada paso yo deseo, con un deseo mamífero, que no sea un meteorito ni un infarto lo que nos parta en dos. Mi promesa salta por los aires. Ya no quiero no volver a enamorarme. Quiero enamorarme de este hombre, de otro, de cualquiera. Enamorarme de todos los hombres. Volver a sentir un beso fulminante como un rayo, quiero volver a sentir. Piso mi promesa, hecha añicos, por el suelo y me pregunto si la virgen me absolvería porque aunque metal, es mujer. Entonces soy yo la que se para, la que levanta la vista y encuentra la mirada del hombre, atravesándome. La que deja todo ocurrir.

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