Los escritores Juan R. Arriaz, Azel Highwind y Álex Casas fueron los mejores de la semana



El mal menor

Juan R. Arriaz


La casa me pareció perfecta para mi huida. Al final de una carretera con un solo carril, al borde de un precipicio que mostraba unas vistas estupendas. Y lo más importante: solitaria. El edificio más cercano estaba a unos cuatro kilómetros y el pueblo a unos cuantos más. Ideal para desaparecer un tiempo de ojos entrometidos, planificar mi siguiente paso y sobre todo, escapar de la mafia.

Es lo que tiene birlar un par de millones a tu capo ruso de la costa marbellí.

Los tres primeros días los dediqué a cambiar mi aspecto físico, pero también anímico. Sabía que mi vida se había convertido en una escapada continúa, aunque merecía la pena con los bolsillos llenos. Ser un tirador excelente me daba cierta tranquilidad. Nunca tuve miedo a la policía, la ley y el orden. Pero mis excompañeros eran harina de otro costal.

El cuarto día se inició el desastre.

Aquella tarde y por pura casualidad, acabé muy cerca de la otra casa que por allí había. Una caminata muy agradable, entre hayas y robles. El silencio sólo lo rompía el gorjeo de algunos pájaros y el susurro de riachuelos que se cruzaban en mi camino.

Y entonces ella apareció.

Corría desnuda por un viejo sendero en dirección, intuí, al pueblo. Un cuerpo esbelto, coronado por un torrente de cabellos rubios que bailaban al ritmo de sus redondas y proporcionadas tetas. Era tal la perfección de esa imagen que me sentí ante cualquier escena de los muchos libros de fantasía que había leído de joven. Como si de una elfa, una ninfa, un espíritu del bosque se tratase.

Pero los tres tipos que corrían detrás me arrancaron de mi ensueño.

Eché mano a la pistola con silenciador, mi mejor amiga durante años, seguí al ángel y los sátiros que la perseguían, como bestias de presa. Guardé una distancia prudencial. Lo último que necesitaba en aquel momento era montar un estropicio y llamar la atención.

Y la alcanzaron.

Ella se revolvió, pero con un golpe seco la dejaron aturdida. Entre dos la cargaron hasta la casa, que nada tenía que ver con la que yo había alquilado. Era antigua, enorme, desvencijada. Junto a la puerta de madera esperaba una vieja con ropas grises, sórdidas, con el pelo del mismo color y aspecto, que los invitó a entrar con la prisionera.

Dudé qué hacer.

Concluí que no me costaba nada intentar ayudarla. Algo sencillo, que no complicara mi situación. Quizá un acercamiento, determinar donde estaba y sacarla, tal vez recurrir a la elocuencia de mi arma frente a los salvajes, sin necesidad de matar a nadie.

Aguardé a la noche.

Las ventanas de la planta baja estaban iluminadas con una luz parpadeante y naranja. Una enorme luna llena teñía el exterior de grises azulados. Me acerqué y asomé por una de las ventanas. Me sorprendió que todo el piso bajo fuera una sola habitación. En el suelo de madera estaba tendida la joven, desnuda. Atada por las muñecas y los tobillos. Seguía aturdida. O dormida. De las paredes colgaban lámparas de aceite.

Alrededor de la chica había cuatro tipos. Se habían cubierto con túnicas moradas. Sus rostros ocultos tras unas capuchas de color amarillo. Uno de ellos, el más bajito – la vieja, imaginé – se levantó con un enorme cuchillo en la mano y hacia raros y lentos gestos con él sobre la víctima del ritual. Ellos golpeaban el suelo con armas similares y entonaban un cántico que me sonó demoníaco.

Me temí lo peor.

Caminé hacia la puerta y la eché abajo de una patada. «¡Alto ahí! ¡Policía!» grité.

Los cuatro reaccionaron con agresividad. Se abalanzaron sobre mí con los cuchillos hambrientos de sangre. Hecho que me sorprendió y tuve que aplacar, muy a mi pesar, con cuatro balas bien dirigidas. No presté más atención a los locos. Corrí hacia ella y desaté sus cuerdas. Ella gemía con los ojos entreabiertos. Estaba sobre un dibujo tallado sobre la madera del suelo. Era un extraño símbolo con multitud de filigranas.

La ayudé a levantarse y salir de la casa. Su pelo, anaranjado a la luz de las lámparas, se tornó pálido con la luna y entonces me miró. Sus ojos verdes eran esmeraldas y por pupilas tenía rubíes. De su boca escapó una lengua bífida flanqueada por cuatro colmillos y su aliento era estiércol. Susurró un aceitoso y profundo «gracias» y se perdió en la noche.

Caí inconsciente.

Ahora estoy a varios miles de kilómetros de distancia. En otro continente. Y un grave pesar mi inunda al releer en prensa la noticia internacional que relata los numerosos, brutales e inexplicables asesinatos que acontecen desde hace semanas en aquella comarca y más allá.

Otra mala decisión en mi vida.



 


Ochenta y seis mil ciento sesenta y cuatro segundos

Azel Highwind


Goblinmorpork, como su nombre indica, es la capital de los goblins. Orgullosa de abanderar el reconocimiento de ser la más pestilente del mundo, posee la cuarta parte de la población mundial de moscas, o sea: tres sextillones novecientos trece mil quintillones ciento catorce mil trillones doscientas tres moscas. Una arriba una abajo.

Por detrás de ellas, se encuentran las cachipollas efímeras, que apenas llegan a vivir veinticuatro horas en tres fases de mutación. Sus insignificantes vidas pasan desapercibidas entre los brumosos canales de la ciudad o los crujidos de dientes y gusanos partirse en los frankfurts amarillentos.

No obstante, los padres de Priscilla sí que llamaron la atención de una rana miope que había tenido un antojo. Y, tras veintidós milisegundos cargados de pasión en una larga luna de miel de minuto y medio, fueron engullidos y desaparecieron de la faz de la tierra.

El huevo de Priscilla cayó entre los rayos del albor al desagüe donde la muchacha pasaría la infancia en su primera fase con la cabeza en las nubes y soñando con ser un dragón. Sacó suficientes raspados en todas las asignaturas de primaria y, tras el instituto, abandonó los estudios.

Vagó por los eriales hirvientes de vida holometábola, siempre mirando al cielo despoblado, con un sol casi en lo alto. Y cuando ya habían caído varias horas, encontró a un solitario anciano cachipolla sentado en la punta de una brizna de hierba, que parecía analizar casi en trance, el movimiento de las sombras al pie de un árbol milenario.

—Cuando yo era joven esa sombra estaba ahí, y ahora está aquí.

Priscilla rió con disimulo antes de decir: —qué interesante, señor.

—¿En serio? Eres la primera que lo dice.

—Sí, el tiempo pasa rápido y me pregunto qué debe sentir un árbol al poder vivir —hizo una pausa para aclararse la hipogarganta—, más de un sol y una luna y tener un papel importante en el mundo.

—¿Pero puede volar como tú?

Priscilla jamás lo había hecho. Se estremeció al sentir su cuerpo mutar y sus alas desperezarse. Entonces contempló con sus seis atentos ojos las ramas mecerse con el viento y agitó las alas doscientas veces cada segundo, soñando con ser una dragona que llegaba al cielo, y vio en lo alto un enjambre de moscas, vestidas con túnica y capucha, sostener una monótona tonada litúrgica. No obstante, por mucho que lo intentó, sus todavía alas inmaduras no lograron llevarla tan alto.

—No te acerques a ellas —le gritó desde la brizna de hierba el anciano cachipolla.

—¿Por qué?

—Son moscas verdes. Se aprovechan de los insectos débiles.

Priscilla las observó perderse entre las nubes de los mercados ambulantes, ensimismada por sus cánticos a dioses.

—Pero yo quiero volar alto como ellas.

—Tú no eres como ellas. Sólo eres una cachipolla con pajaritos en la cabeza.

—¿Y para qué vivir si no puedo ser una mosca ni tampoco una mariposa?

—Eres una cachipolla, asume la realidad.

—No, yo seré una dragona: volaré por el cielo y viviré miles de años —y diciendo estas palabras revoloteó entre las columnas de hierba tras el rastro de las moscas verdes.

Su viaje duró horas y el sol se puso por el oeste. La oscuridad sobrevino en los vertederos cerca de las fábricas y Priscilla se dio cuenta que la mitad de su vida ya había expirado y que quizá no volvería a ver un nuevo amanecer. Allí conoció las divinidades que adoraban las moscas, y supo que esa misma noche se celebraría un ritual de invocación. Su efímera vida había coincidido con ese momento y debía aprovechar la oportunidad. Así que ingresó en la secta del Moscadragón, decidida a marcar la diferencia. Estudió artes oscuras en la Universidad de Moscardín y se graduó como la primera cachipolla Maestra Invocadora.

Las moscas verdes se frotaban las patas con su potencial, y cuando el cielo empezaba a teñirse de rojo, la anciana Priscilla encabezó la solemne comitiva hasta un altar construido sobre la chatarra de antiguos cachivaches.

El ritual empezó con fuegos en cajas de tabaco, estrellas dibujadas en el lodo y la cola de Priscilla crecer como la de una libélula. Mientras sentía su cuerpo cambiar por última vez, terminó el ritual ocultando el dolor de la transformación y lanzando un chillido al aire cuando la daga de una mosca traicionera atravesó su torso. La sangre llenó el altar, el fuego se encendió en las fauces de una dragona recién despierta de la siesta y una voz portentosa resonó como un terremoto: —¿Dónde diantres me habéis invocado? ¿En un vertedero? ¡Qué asco, dichosos insectos!

Las moscas alabaron con un zumbido coordinado la aparición de la dragona, sin prestar atención al cuerpo de Priscilla que se convulsionaba y agitaba las alas.

Un puntito diminuto ascendió agonizando justo en el momento cuando la dragona abría sus fauces, entonces se golpeó el pecho atragantándose y una voz demasiado fina y ridícula para un ser tan enorme exclamaba: —¡Sí, lo he conseguido, soy la dragopolla! ¡Arded, estúpidas moscas, arded!

Cuando las llamaradas lo consumieron todo, Priscilla, en su nuevo cuerpo pensó si sería mejor llamarse cachidragona en vez de dragopolla.




 


El amor puro de Samara

Álex Casas


Estaba excitado. Se encontraba allí en medio de esa cola infinita, formada por miles de devotos como él, que avanzaba tan poco a poco. Su cuerpo se revolvía bajo la túnica, preso de una agitación que no había parado de crecer día a día. En cuanto llegase su turno, accedería al escenario donde se encontraba ella para recibir su abrazo. Por fin iba a conocer en persona a Samara, la líder de La Familia del Amor Puro.

Hacía un año que había entrado a formar parte de la Familia. Antes de eso, su realidad estaba dominada por el vacío y la deriva. Su pareja le había dejado tiempo atrás y no levantaba cabeza, tenía un trabajo que odiaba, escasas amistades. Era un hombre sin objetivos, un ser perdido tan alejado de Dios como de si mismo, así se lo dijeron en la primera charla a la que acudió. Como la mayoría, él vivía una existencia material defectuosa y malévola, solamente el camino hacia la pureza podría salvar su alma confundida. Solo entrando en la gran Familia encontraría el camino.

Mientras avanzaba la cola su entusiasmo iba en aumento. Se había entregado a las enseñanzas de la orden como el más fiel de todos ellos. El conocimiento del sistema filosófico del amor puro encajaban en algún lugar de su mente y las constantes meditaciones colectivas, las prácticas de yoga, la convivencia como iguales y el sexo, por muy extraño que fuera, terminaron por atraparle por completo.

Aún recordaba su estupor cuando hizo el amor por primera vez con una de las Maestras de Bienvenida. Parecía fácil en las clases o durante las meditaciones cuando repetían hasta la saciedad los mantras: el hombre y la mujer deben retirarse antes del espasmo; hay que dominar el ego animal; reconducir el poder sexual. Allí todos se sentían capaces y puros. Pero cuando se trataba de llevarlo a cabo durante la práctica costaba horrores no eyacular. Algún que otro compañero o compañera sucumbieron al impulso final y habían tenido que volver a empezar la formación y retrasar un año más el abrazo de Samara. Él lo había logrado, aunque últimamente se sentía confuso y sus genitales colgaban, cada vez más aturdidos, bajo la túnica. Llevaba un año sin eyacular y sentía que una pureza agitada le desbordaba por dentro.

Había venido gente de todo el mundo, de todas las congregaciones. Miles de personas ataviadas con túnicas blancas inundando el palacio de congresos, formando filas de almas a la espera de un abrazo llenándolo todo de silencio. Todos puros. Ellos, los que nunca más derramaron. Ellas, las que no se entregaron al orgasmo. Todos puros. Transmutantes sexuales. Adeptos seducidos e inmaculados a punto de recibir el abrazo de la gran Madre Samara. Los que han recibido su contacto lo han descrito como un volver a un calor perdido. Una sensación de cobijo purificado. El abrazo de Dios.

Tras cinco horas de espera accedió a las escaleras que le subirían al escenario. Podía verla con claridad. Era pequeña pero cuando lanzaba su abrazo parecía crecer de golpe y engullir por un momento el cuerpo estrechado. El acto duraba como unos cinco o seis segundos. Después Samara soltaba sus brazos y devolvía al mundo al devoto. Uno de los acólitos lo acompañaba para que bajara del escenario. Quedaban tres delante suyo. Acalorado temblaba bajo la túnica. Quedaban solo dos. Los nervios le pellizcaban la piel desde dentro. Quedaba uno. La vista empezó a nublársele. Un acólito le recordó que no debía abrazar que solamente abrazaba ella. Asintió con la cabeza a cámara lenta. Allí estaba. Samara con una sonrisa para él. Brillaba ante si. Sus brazos extendidos esperándolo para acogerle en su seno. Avanzó con un caminar flotante y se hundió en ella. La descarga de amor que sintió lo detuvo en el tiempo, el instante se multiplicó y quiso permanecer ahí para siempre.

Cuando ella le soltó, él, en un acto reflejo, la rodeó con sus brazos atrapándola. La apretó como si quisiera exprimir hasta el último gramo de purificación posible. Los acólitos reaccionaron y se lanzaron sobre él. Por mucho que lo intentaban no podían separarlo de la gran madre. La agarraba de tal manera, entre temblores, que parecía que iba a romperla. Alguien empezó a arrearle con una porra por la espalda. Aún así Samara continuaba presa, con los pies colgando que se movían de aquí para allá. Él, resistía la paliza, que no parecía sentir. Todos sus sentidos estaban volcados en el contacto con Samara. Un calor súbito le invadió. Bajo su vientre se desencadenaron una serie de calambres. Antes de derrumbarse en el suelo y soltarla se le escapó un grito repleto de descarga.



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