Lucía Arjona, Álex Casas y Azel Highwind son los mejores escritores de la semana



EL VUELO

Lucía Arjona


Tirada sobre la cama de mi cuarto, mirando el techo, con el móvil aún en la mano, no puedo evitar sentir vértigo ante el cambio de vida que me espera, aunque sé que esta es la oportunidad que he estado esperando.

Mis padres acaban de llegar de hacer la compra. La puerta de la calle se cierra sobre el sonido insoportable de la voz de mi madre, que llega hasta mi habitación en su queja constante.

—Bueno, vamos a soltar la bomba, cuanto antes mejor —me animo en voz baja incorporándome de un salto.

En la cocina, mi padre prepara en silencio un aperitivo sobre la encimera de la isla, ella continúa con su taladro verbal. Me acerco hasta él para darle un beso, me rodea con su brazo por la cintura, intentando no tocarme con la mano pringada de las anchoas que está preparando en un plato.

—Hola cariño. Anda, ve abriendo esa botella de albariño y sirve tres copas.

Asiento sin hablar y saco el abridor del primer cajón de la isla.

—Vaya, si está aquí la princesita del castillo, ¿nos vas a honrar hoy con tu presencia o tienes planes? —pregunta mi madre con su retintín a modo de saludo.

Dejo que un pequeño silencio flote entre ambas, con la intención de frenar la respuesta cortante que quiero soltar, enviándola al fondo de mi garganta para que desaparezca, como la espiral de metal que va hundiéndose en el corcho poco a poco con cada giro de mi muñeca, sin poder evitar la tensión en mi mandíbula. Con el pop del tapón al salir, siento la calma suficiente para hablar.

—Sí mamá, hoy como con vosotros —Sirvo la primera copa a la vez.

Mi padre sube sus gafas con el envés de la mano para no ensuciarlas, y con ojos muy abiertos deja por unos segundos lo que está haciendo para preguntar:

—¿Qué cariño, tenemos noticias?

Mi madre tira el trapo de cocina de mala manera sobre la encimera después de limpiarse las manos, se da la vuelta con los brazos cruzados y esa mirada de desprecio que me revuelve por dentro. Espera en silencio. Dejo sobre el mármol la segunda copa que acabo de servir, y junto a ella la botella, antes de contestar.

— Sí, me han dado el trabajo. Empiezo en dos semanas.

— ¡Cariño!— exclama mientras limpia con rapidez sus manos para abrazarme—. ¡Cuánto me alegro tesoro! Tu sueño, al fin.

Toma la botella para servir la tercera copa y se la ofrece a mi madre, que sigue con los brazos cruzados y mirada heladora.

— Venga, mujer. Por la niña.

Ella acepta. Choca sin ganas con nuestras copas, la deja sobre la encimera sin beber y nos da la espalda para continuar ordenando los paquetes. Mi padre me mira con una sonrisa que ruega paciencia, sabe que estoy a punto de estallar así que refuerza el gesto con su mano, lo que me lleva a dar un pequeño sorbo a mi copa y contar hasta diez, por él.

— Mamá, sé que no te gusta la idea, pero esperaba que pudieras al menos alegrarte por mi.

— ¿Alegrarme? ¿de qué? ¿de ver como tiras tu futuro a la basura? —Su voz no se altera, pero cada palabra es un punzón de hielo.

— Elena… —intercede mi padre.

— Ni Elena ni hostias, Juan. Hemos hecho lo imposible por dar a nuestra hija la mejor educación, le abrimos las puertas de la mejor universidad de medicina y para qué… Podría estar casi licenciada y optar a una buena plaza en el hospital, como hice yo y mírala, un año perdido en una escuela de pacotilla y ahí la tienes, decidida a limpiar culos de viejos en un pueblucho.

Mis ojos se humedecen, el pinchazo que siento en el pecho confirma que no estaba tan preparada como creía para aceptar su reacción. Quiero creer que su rabia impide que tome conciencia de la dureza de las palabras que acaba de soltar. Siento su respiración agitada mientras bebe, ahora sí, un sorbo de su copa. Sin saber cómo, consigo reunir las agallas necesarias para responder.

—Sabes mamá, siempre te he admirado, mucho, muchísimo, por eso quise empezar medicina, por eso y porque tenía la esperanza de que seguir tus pasos me acercase un poquito más a ti, pero no… Nada de lo que he hecho en mi vida ha sido suficiente. Comparándome siempre contigo, me he sentido más y más pequeña…

Los ojos me arden. Ella me escucha por primera vez en mucho tiempo sin apenas pestañear, creo que ni respira. Es el momento de sacar todo, así que trago saliva y continúo.

—Cuando murió el abuelo, algo se despertó dentro de mí. Supe que esto es lo que quiero hacer, que ésta soy yo, de verdad yo, no una sombra de ti. Durante este año me he preparado y me he entregado en cuerpo y alma para dar el paso definitivo. Siento enormemente que no puedas ver mi felicidad y sentirla conmigo, pero si crees que a estas alturas voy a dejar de ser la persona que quiero por no encajar con tu plan de vida, estás muy equivocada. Me marcho en quince días, espero que puedas soportar mi presencia hasta entonces.

—Pero, ¿quién te crees que…?—Mi madre da un paso hacia mí, sólo uno, mis ojos de hielo le impiden avanzar más.

—¿Qué quién creo que soy?, soy la nieta de mi abuelo, soy la nieta de tu padre. Y si hubieras perdido tu valioso tiempo en escucharle en sus últimos días, sabrías lo que quiere decir eso.

Apuro de un sorbo lo que queda en mi copa, salgo de la cocina con paso firme y siento que ahora sí, puedo volar.


 


EL EXTRAÑO VIAJE

Álex Casas


Unas manos tirarán de ti y de repente ya no flotarás más en ese calor líquido. La luz lo invadirá todo. Un cachetazo activará tu dolor y tus pulmones se llenarán de tu primer aire, oxígeno que alimentará tu llanto. Aunque no lo recordarás acababas de conocer el sufrimiento. Todas sus intensidades y tamaños te acompañarán el resto de tus días. Bienvenido al mundo.

Los primeros años te serán fáciles. A esas edades todavía se retiene un alto grado de pureza y la oscuridad del mundo transcurre fuera de alcance. Lo que no podrás evitar será notar ese miedo en la garganta cada vez que discutan tus padres, ni el abismo de tristeza al que te sentirás arrojado entre tanto griterío. Los cimientos de tu relación con el querer quedarán afectados a largo plazo.

Tus abuelos serán quienes te muestren otro tipo de amor. Y solo cuando se marchen para siempre comprenderás que eran de ese tipo de amantes que los años son incapaces de desgastar. Esas parejas que el paso del tiempo solo logra fortalecer. Y esta posibilidad te salvará un poco cada vez que te hundas en el particular lodo que se acumula en toda relación.

Un domingo de tu última infancia caminarás por el largo y oscuro pasillo de tu casa y allí te invadirá la certeza de que tu existencia no es infinita. De que cada cosa tiene su muerte. Y la forma de tu conocimiento y tu manera de entender la vida cambiarán para siempre. Las preguntas sin respuesta te inundarán y la búsqueda de su solución será un entretenimiento en forma de callejón sin salida.

En tu primera juventud sentirás que el mundo hacia el que te diriges es un muro en el que tarde o temprano te vas a estrellar. Pensarás que algo no encaja en todo este entramado de vida y realidad, serás incapaz de entender que la pieza que no encaja eres tú. La tristeza se te irá pegando poco a poco y jamás sabrás de dónde viene. Se quedará bajo tu piel y te acompañará allá donde vayas. Tendrás momentos puntuales, que la felicidad será tan grande, que caerás en el error de pensar que ya no sigue adherida a ti. Pero habrá períodos donde se hará tan fuerte que la desesperación te romperá y caerás en un agujero hecho a base de tu propia desesperación.

Tendrás amigos, muchos te acompañarán durante años y desaparecerán de tu vida porque ya hicieron su labor. Otros, unos pocos escogidos, aparecerán en tu camino para no abandonarte jamás. Esos serán esa familia leal cuyo vínculo es la vida misma, que estarán en los momentos en que nadie más acudirá cuando estés en medio de tus propias catástrofes. Amistades que serán un regalo de la casualidad o el destino y nunca dejarás de sentir que si no estuvieran contigo jamás hubieras resistido este extraño viaje.

Te aislarás del mundo a menudo. Tu piel será cada vez más pesada. La tristeza acumulada ralentizará tu ritmo. La carga de la vida se te hará notar y las preguntas huérfanas seguirán horadando esa alma tuya, que no logra navegar con comodidad en los mismos mapas por donde circula el resto.

Te aproximarás muchas veces a corazones equivocados. Andarás casi siempre con el afecto sobrecargado y ofrecerás tu amor con una facilidad exagerada. Tardarás muchos años y muchas sesiones de psicoanálisis en entender que ese amor desesperado no era tuyo, que esa era la forma de amar de tu madre. Aún así el amor siempre te será algo tan perturbador. Algo capaz de desbaratar con demasiada facilidad tu sentido de la orientación vital. Un día muy lejano te cansarás y abandonarás cualquier deseo de amar. Te sentirás libre. Dueño al fin. Un solitario por elección. Una unidad sin dependencias externas. La autosuficiencia definitiva. Y luego te volverás a enamorar. Esta vez bien. Pero antes que ocurra todo eso verás como los abandonos quebrarán tus horizontes y renacerás de las pérdidas. Madurarás y una noche de otoño, mientras lees en silencio, comprenderás que te has hecho un poco sabio. Que has dejado atrás tanto, todo tu pasado, ese rastro de vida que se adultera en la memoria. Que experimentarás cierta comodidad. Que de la aspereza emergerán nuevas fortalezas. Que enfrentarás lo que te queda por vivir con un enfoque diferente. Tu piel mudará y la nueva no permitirá que la tristeza anide en ella. Digamos que serás feliz durante el último tercio de tu vida y ya no te harás casi preguntas.



 


ERES QUIEN LLEVA LAS PERSONAS A SU DESTINO

Azel Highwind


Antecro

El taxi que conduce, recompuesto con piezas nuevas, le ha hecho olvidar el fatal accidente que truncó su existencia. No obstante, sigue llevando a gente sin rostro a un destino baldío.

Sus manos tiemblan en el volante. El frío siempre rodea las sombras que suben al asiento de atrás.

Cuando termina el último viaje, lleva el taxi al garaje central. Entrega el puñado de peniques de oro al capataz y se toma una copa en el bar.

—Pareces abatido —le dice una voz carente de gracia.

—Salud.

Y ahoga su soledad en una ensoñación hacia la próxima jornada donde el taxi le espera en una nocturnidad que no termina.


Tiluje

Una mujer corre bajo una atroz tormenta que se llena de cólera por encima los hoscos tejados de la ciudad. Los rayos cortan las tinieblas con una luz que atrae fantasmas.

En una cabina telefónica hace una llamada. En sus ojos estallan las lágrimas. Su figura de blanco impoluto corre por la helada acera hasta que encuentra el taxi.


Antecro

Estaciona sobre la acera, y el coche se sacude. Se le acelera el corazón al observar una mujer vestida de boda, en esa callejuela helada y taciturna como el resto de la oscura ciudad.

La mujer titubea. Él baja la ventanilla.

—¿Sube? —un susurro atemorizado.

Tiluje le observa con tristeza.

—Sí, sí.


Antecro y Tiluje

Ella mira la ficha del conductor.

—¿Te llamas Antecro? —la pregunta empaña los cristales, como una niebla profunda.

—Sí, es mi nombre.

—¿Qué has hecho hoy? —y esboza una sonrisa amarga.

—¿Disculpe? —en el retrovisor, Antecro se turba al ver el rostro de la mujer tan pálido como su vestido.

—Yo… —reprime un singulto—, ya lo ves —y levanta un pliegue del vestido con uno de esos gestos que tratan de esconder el dolor más hiriente.

El trayecto sigue en silencio, hasta que ella se inclina hacia el asiento del conductor.

—¿Qué me cuentas de ti? —las sílabas de cada palabra flotan en un mar de dudas.

Antecro siente el corazón desbocado. Tras unos instantes su voz emerge forzada: —Sólo soy taxista… ¿y usted?

—Yo —baja la mirada con una mano en el pecho— soy Tiluje, vivo en Oregón, ¿lo conoces?

—¿Una muchacha de los verdes prados y los cristalinos arroyos de Oregón por esta ciudad inmunda? —La frase le surge con una facilidad sorprendente—, estás muy lejos de tu hogar.

—Mi hogar —repite ella, y esconde una risita triste bajo la mano.

—¿Qué le hace gracia? —su mirada saltando nerviosa al retrovisor.

—Nada… es la primera vez que lo dices.

—¿La primera vez? No, no entiendo… —el corazón se calma, las manos dejan de temblar en el volante—, ¿le conozco?

Se hace un silencio donde el ronroneo del motor sólo se mezcla con el crujir de las ruedas.

Tras esa pausa los dos ríen.

—Quizá —responde ella.

Cada vez que Antecro la mira, sus ojos resplandecen.

Y se ponen a charlar sobre el teatro de los treinta y de un lugar llamado Broadway. La conversación les lleva a una casa a las afueras de Portland, a los atrapasueños y la artesanía que ella elabora.

Una sonrisa desconocida se dibuja en el rostro de Antecro. Las luces parpadean, la mirada de Tiluje brilla con emoción, el motor expulsa un ronquido fuerte, el taxi se oscurece por un segundo y cuando Antecro mira atrás, el asiento está vacío.

Su corazón helado sólo lo impulsa a vagar su mirada por el exterior.

—¿Hola? —repite varias veces.

Se seca el sudor de la frente y huele a quemado cuando sube el desvalijado interruptor del aire caliente. Vuelve atrás por una callejuela que parece una vieja foto en blanco y negro, baja del taxi y siente un viento descorazonador traspasar su abrigo.


Antecro

En el garaje discute con el capataz. Los otros trabajadores se ríen y él se deja llevar por brazos ajenos que rodean su hombro frente a una botella de whisky.

—¿Qué ha pasado? —se dice en voz baja.


Tiluje

Hace una nueva llamada y su vestido níveo resplandece entre la oscuridad de la sucia metrópoli. Cuando ve el taxi, vuelve a llorar.


Antecro y Tiluje

La manivela chirría al girar.

—¿Sube?

—Sí, perdona…

Una sensación llena de temor a Antecro.

Por primera vez tiene una conversación con un cliente, y en una callejuela cenicienta, cuando los dos sonríen y las lágrimas emergen de los ojos de ella, todo se apaga por un instante y el asiento de atrás queda vacío.


Antecro

—¿Quién es ella? —las palabras martillean en una barra llena de copas y whisky.

Noche tras noche la misma pregunta.


Antecro y Tiluje

Corriendo en el viejo taxi, las sonrisas se tornan cómplices. Un rayo cae furioso sobre un poste telefónico. El coche se levanta por detrás con el impacto; al caer, los cristales se rompen y cortan el rostro de ella. Antecro se gira y le coge la mano.

—¡Juliet! ¿Estás bien? —la ansiedad en su voz.

Los ojos de ella se abren con una emoción desbocada.

—¿Te acuerdas? ¡Recuerdas mi nombre!

—Eres tú… eres Juliet…

Se cogen de las manos y una calidez llena sus rostros.

—Antecro, ya se acerca, viene a por mí… debo huir… por favor, ¡no bebas el whisky!


Antecro

—¿Qué está pasando? ¿Quién es Juliet?

En la mano una copa de whisky. En las perturbaciones del ocre interior, un rostro cada vez olvidado.


Antecro y Juliet

En la soledad de una copa todavía llena, se refleja un taxi dejando atrás una bocanada de humo y agitarse en las oficinas la sombra del capataz.

Juliet vuelve a llamar y corre bajo la tormenta enfurecida.

Cuando Antecro frena en seco a su lado, ella libera el chirrido de la puerta del copiloto y entra.

—¡Nos íbamos a casar! —grita él entre lágrimas.

—Pero tuviste un accidente…

El abrazo rompe todos los moldes de esa fría eternidad en un reflejo baldío de un mundo dejado atrás.

—¿Quién soy?

—¿No lo entiendes? Ahora eres el Barquero…

200 visualizaciones0 comentarios