Lucía Arjona, Teresa Olalla, Cabeza de pez y Mari Otero son las mejores escritoras de la semana




SEVILLA II

Lucía Arjona


Sara conecta el móvil con el cable a su portátil. Crea una carpeta en el escritorio, que protege con clave, y cambia el nombre genérico por las iniciales FM. Con los ojos inyectados en sangre, y una lágrima rabiosa que lucha por no precipitarse, observa como el archivo de vídeo se descarga. También cambia el nombre de este archivo. Teclea con lentitud, saboreando el momento en el que sus dedos tocan el teclado con cada pulsación para escribir: “Día 1”. Coge el ratón, pone el puntero sobre él y toma aire antes de hacer clic para visionar en pantalla lo que acaba de grabar en directo. Con los primeros gritos de dolor de fondo, comienza a recordar todo el camino que ha recorrido hasta aquí.

Se vio diez años atrás, en su primer día como alumna en la Facultad de Psicología de Sevilla. Apenas hizo amigos durante los cuatro años de carrera. Deambulaba por su vida estudiantil como un bicho raro, frío y hermético. Tenía un claro objetivo, sacar un curso por año con la mayor calificación posible, y lo consiguió. Con tan sólo veintidós años se licenció con matrícula de honor.

Luego preparó la oposición a ayudante de prisiones, oposición que aprobó a la primera y con la máxima nota, lo que le permitió elegir el destino que quería: el centro mixto de Sevilla II, en Morón de la Frontera. Durante los dos años siguientes, su actitud cambió por completo de puertas para dentro. Sara era la funcionaria perfecta, empática tanto con los demás funcionarios como con los reclusos. Trataba con exquisita delicadeza a los familiares que acudían a las primeras visitas, y con la dureza necesaria a los visitantes conflictivos, se desenvolvió con unas dotes magistrales en todos los trámites con los organismos oficiales y los delegados del Ministerio del Interior, y se presentó voluntaria en las labores de mediación y preparación en la reinserción de los reclusos más conflictivos, gracias a sus estudios en psicología.

Ahí fue cuando tomó contacto con él, Francisco Moreno, violador en serie. Llevaba casi diez años en el módulo de seguridad, no podía estar con el resto de reclusos, era bien sabido lo que hacían a los violadores en cuanto ponían un pié dentro de cualquier centro, pero si además sus víctimas eran menores, más de uno no llegaba a cumplir condena y terminaba saliendo con los pies por delante a manos propias o ajenas. Francisco era un tipo repulsivo, que con una sola mirada era capaz de hacer sentir sucia a quien observaba. Sara tuvo que aprender a contenerse en su presencia, fue capaz de ganarse su respeto y el del resto de reclusos, con una actitud de auténtica líder, a la que no le temblaba la mano cuando su comportamiento sobrepasaba algún límite. Este fue el tiempo que resultó más duro para ella, teniendo que mostrar interés y preocupación por un tipo que sólo podía despertar asco y odio.

Pasados unos meses en los que trabajó incansablemente, por fin su nombre fue propuesto por el Cuerpo Superior como candidata a Directora de la prisión un año antes de la jubilación del director en el cargo y no pudo contener las lágrimas cuando le comunicaron que sería su sucesora. Había logrado aquello por lo que había luchado en esos años.

La mañana siguiente a su toma de posesión, se preparó a conciencia, su camino llevaba justamente hasta aquí. Besó la foto de su mesilla de noche, como cada día, y fue directamente a la celda de Francisco. Se había asegurado de que el vigilante asignado a ese turno fuera el único que sabía toda su historia y cuál era su objetivo, objetivo que entendió y apoyó desde el principio en cuanto escuchó el apellido Moreno. Él la saludó con un leve movimiento de cabeza.

—Buenos días Directora —dijo serio con la mano sobre el pulsador de apertura.

—Buenos días. ¿Están en camino?—respondió Sara con la mirada fija en el metal que la separaba del monstruo.

—Los traen enseguida, ¿seguro que quiere hacerlo?—susurró.

Sara respondió clavando la mirada en la suya, no hizo falta hablar. El guardia asintió, pulsó el interruptor, y tras un breve pitido ronco, la puerta comenzó a desplazarse.

La celda olía a sudor rancio, a orines y semen seco, como todas. Francisco la observó con esa mirada lasciva y sucia nada más entrar, pero no se levantó del camastro en el que estaba medio tumbado. Sara tomó aire y habló:

—¿Sabes Francisco? hoy es el día más feliz de mi vida, ¿sabes por qué?—preguntó sin esperar respuesta al ver cómo él encogía sus hombros—, porque vas a empezar a pagar por la muerte de mi hermana.

Francisco hizo el amago de incorporarse, pero cinco reclusos comenzaron a entrar por la puerta, uno detrás de otro. El guardia cerró tras el último, dejando a la Directora dentro. La mueca de terror en la cara de Francisco, cuando dos de ellos lo inmovilizaron boca abajo sobre el colchón, fue la señal esperada por Sara para sacar su móvil y empezar a grabar.



 


VITORIA JARABA NO ES NOMBRE DE DAMA

Teresa Olalla


La señora Adela pidió a Vito que fuera al salón. Esta entró cautelosa con las manos entrelazadas en el vientre. La señora dejó Ana Karenina sobre la mesita.

—Bien, cuéntame qué ha pasado.

—No sé a qué se refiere, señora —La voz de Vito era un tenue hilo de dieciséis años.

Sintió los ojos de la señora escudriñarla antes de preguntarle sin miramientos sobre su menstruación.

—Su… supongo que… que… Ando un poco nerviosa y …

—Déjate de pamplinas.

Vito agachó la mirada, temía cuando la señora usaba esa voz calmada. Calló, esperando el ataque. Primero la señora Adela dio un sorbo al café. La taza y el plato de porcelana chocaron rompiendo el silencio. Le preguntó acerca del padre «Ignoraba que tuvieras novio».

—Y no lo tengo, señora.

La señora Adela sonrió. Sin rodeos le habló de lo inconveniente que era preparar el baño al señorito. Eso le dolió menos que la acusación de haber buscado esa situación para lograrse un mejor porvenir. «Una sirvienta no se convierte nunca en dama».

La señora se levantó y se dirigió al escritorio. Sus tacones quedaron enmudecidos por la alfombra que Vito había limpiado de rodillas el día anterior. Cogió el teléfono y pidió a la operadora que le pusiera en comunicación con el despacho del coronel Soto. Sin cambiar la voz le contó que el señor Roberto le había hablado de un soldado que sería un buen partido para ella. Solo en ese momento Vito se atrevió a mirar a la señora con asombro entristecido. «Deberás estar espabilada. No creo que tengas problema para engatusarlo, si lo has hecho con mi hijo lo harás con este. Los de vuestra clase sois así, no respetáis los mandatos de Dios». Habló de una boda rápida y sencilla. «No mereces más».

—Pero, señora ¿Y si él no accede?

Le dejó bien claro que su hijo no se casaría con alguien del servicio ni se haría cargo de un bastardo. «Los cuentos de hadas no existen. Igual que te metiste en la cama del señorito, te meterás en la del soldado. Asumirá su responsabilidad y se casará contigo».

La conversación entre los señores de la casa fue breve. El soldado ya estaba comprometido. Colgó el auricular, se mantuvo de pie en el escritorio un par de segundos. «No pasa nada». Descolgó. Pidió comunicación, esta vez con un doctor.

La señora Adela sabía qué hacer; una llamada a su médico de confianza, el mismo que le solucionó un problema similar. «No tengas miedo, es una intervención sencilla. Será como si no hubiera pasado nada».

Vito corrió hacia el escritorio y se arrodilló para abrazarse a los tobillos de la señora.

—No, por favor, eso no —dijo llorando—. Eso es pecado, señora, por favor.

Sin soltar el teléfono y desde la altura de su posición miró con severidad a la muchacha.

—¿Ahora te preocupa el pecado? Suéltame.

Vito siguió llorando arrodillada.

«No llores, tú te lo has buscado. Caíste en la tentación, ahora asume las consecuencias». Cerró la cita con el doctor sin dar explicaciones.

Vito agachó la mirada, las lágrimas del miedo ganaron a las de la vergüenza. Vivir el resto de su vida con una deshonra y un pecado capital eran demasiado para su mente casi infantil. Pero debía aceptar y callar. «Y da gracias que te permitiré seguir en esta casa hasta que te recuperes. Con suerte encontramos en ese tiempo a otro que sirva para casarse contigo. Aquí se te han acabado los jueguecitos. Ahora retira el café y límpiate eso». Señaló la cara de Vito llena de mocos y lágrimas.

Mientras recogía recordó su llegada a la ciudad, la ilusión de tener un jornal, la esperanza de conocer el amor como había leído silabeando con torpeza en las novelas. Creyó haberlo encontrado cuando el señor Roberto, tan apuesto con su uniforme militar lleno de medallas, sus ojos verdes y el bigote fino bordeando sus labios rosados, le sonrió la primera vez. Luego llegaron los susurros en el despacho y la mano bajo su falda, finalmente las promesas y los gemidos en el dormitorio cuando la señora Adela no estaba.

Esa tarde supo que se acabaron los susurros, las promesas y los gemidos.

Al anochecer rezó de rodillas a los pies de su cama. Pidió perdón por cada pecado cometido y por el que le quedaba por cometer; rogó por su alma y por la de la vida que llevaba dentro. Cuando terminó fue al salón, cogió el libro de Ana Karenina que había estado leyendo a hurtadillas y salió de la casa. Caminó despacio hasta la estación del tren. Sintió en su vientre la desesperación de quien se sabe condenado. Se asomó a las vías temblando sin soltar el libro.



 


SOMBRAS Y LUZ

(Basado en Luces y Sombras de Fátima Alonso Pérez)

Cabeza de pez


En este momento recuerda todo. Todas esas veces en que él era una silueta escondida tras las cortinas. Esa mirada insistente sobre ella un día y otro y cómo ella había acabado acostumbrándose a esa mirada, a esa compañía silenciosa, significativa, necesaria, casi necesaria. Ella, que nunca había creído en Dios, pero que había acabado comportándose como cualquier creyente, elevando la mirada hacia lo alto y buscando una complicidad que se afanaba en no mostrarse pero que, de tanto en tanto, se podía adivinar entre las sombras. Es extraño recordarlo en este preciso momento, recordar cómo había fantaseado tantas veces con la idea de verlo entrar por la puerta del estanco. Y cómo había acabado ocurriendo aquello como si ella, con su propio deseo, hubiera logrado atraerlo. El modo en el que él irrumpió en su negocio y su energía, esa manera ingenua y desesperada de hacerlo todo que la atrapó desde el principio. El tiempo dulce, ese primer otoño de los chocolates después de cerrar y los paseos de los domingos. Y las risas, sobre todo las risas, recuerda y le parece increíble hacerlo en este preciso momento, increíble como esas veces cuando se ha descubierto a sí misma soñando porque de repente algo no, no cuadra, no encaja con las leyes de la física y esa extrañeza de saberse adentro de un sueño es muy parecida a esta extrañeza que experimenta ahora. Quizá porque ahora, como en un sueño, tampoco puede moverse, puede, como mucho, darse cuenta. Y lo hace, se da cuenta, se da cuenta de lo que está pasando pero no puede accionar su cuerpo, como quisiera, y huir, huir de este portal ensangrentado.

Recuerda lo de después, cuando las cosas empezaron a torcerse, pero no, no en ese orden, no es una sucesión cronológica, la secuencia que reproduce su cerebro. Es todo, todo al mismo tiempo; el hombre en la ventana y el hombre del taburete en el estanco, las tardes infinitas de invierno y la mirada de ambos hombres, tan distinta, aunque fuesen el mismo. Y ella, la misma, pero tampoco ya la misma, nunca más la misma bajo esa mirada vigilante, nunca más, después de aquella primera vez. La tranquilidad con la que él se levantó del taburete y giró la llave de la puerta y el letrero, “Cerrado”, y la fuerza de su mano envolviéndole el brazo, haciéndola entrar en la trastienda, “¿De qué te ríes, zorra?”, el tirón de pelo, el golpe, la sorpresa. Una sorpresa que nunca se desvaneció del todo. Aquella misma sorpresa estirada a lo largo del tiempo, la misma sorpresa que la habita ahora. Porque aunque entiende, sabe, lo sabe quizá por la cantidad de sangre sobre la que yace, aunque comprende lo que está pasando, no puede dejar de sorprenderse. ¿De qué se reía aquella vez? No recuerda, ¿cómo recordarlo? Un cliente, un hombre, sin duda, un chico o un hombre la hizo reír. Siempre era así, lo aprendió después, eso, con el tiempo, no podía saberlo aún aquella vez, que era siempre un hombre, la presencia de un hombre, un hombre aleatorio, cualquier hombre, el que podía hacer saltar todo por los aires.

Hubo un tiempo en el que podía preverla, la violencia, como el que anticipa lluvia. La sentía llegar en un silencio, o en una mandíbula que se apretaba, o en el aire que salía por una fosa nasal con más fuerza de lo debido. Pero con el tiempo no, con el tiempo desaparecieron las señales y todo podía desencadenarse de la nada. Hoy tampoco pudo preverlo, pero en realidad sí, pudo. No exactamente hoy ni aquí, no exactamente este cuchillo, esta hora, este portal… pero sí un poco cada día, podía sentirla llegar y convivía con ese mismo miedo cerval que deben sentir los habitantes de un territorio en guerra o de una zona catastrófica. Y aún así, ahora, mientras la vida se le escapa con la sangre, no puede dejar de sorprenderse. Se sorprende de morir, es lógico. Es increíble morirse, nadie cree nunca estar muriendo. Se sorprende de la escena que no puede ver pero imagina desde arriba, como si una parte de sí misma hubiese ya salido de su carne y desde esa posición, todo encaja. El sabor ferroso de la lengua y el frío inmenso del costado. El agujero, frío, y la sangre, dos sangres. Una caliente, la que sale, la que no para de manar, y otra, la fría, la que la baña, la que se le mete en la boca, la inservible. Se sorprende de morir, es cierto, pero se sorprende, sobre todo, de esta última posibilidad. No sabía que se pudiera, esto, y aún así, lo hace. Lo hace y mientras lo hace compre que sí, se puede. Que puede volver a aquella tarde, a aquella primera vez, a aquella primera pregunta y girarse y contestar “No, no me apetece”. Y puede, entonces, increíblemente puede, volver a darse la vuelta para avanzar por un camino nuevo, limpio, soleado. Un camino tan nuevo como es ella en este instante en el que ha dejado de recordar.


 


ROSA CHICLE

Mari Otero


Lucille tiene el pelo rosa y vive en un estudio de pintura.

En su barrio la conocen como la chica rara del pelo chicle. La que sale eventualmente a la tienda de ultramarinos de la esquina y vuelve a los quince minutos con dos bolsas llenas de comida. Si algo domina sus horas y sus pensamientos alborotados son sus cuadros. Solo sus cuadros. Nada más le importa cuando siente alguna idea golpeando sus sienes y desembocando en sus manos, que hacen a veces de pincel improvisado.

En esos escasos contactos con el exterior, los pocos que se detienen a mirarla por más de un segundo pueden ver los restos de pintura en sus manos y la sonrisa que se adivina en su mirada. Pero eso no suele ocurrir. Y ella no le encuentra el sentido a sonreír abiertamente, ni a llorar, ni a articular palabra. Solo plasma sus emociones en los lienzos con la expresión concentrada, achicando sus ojos almendrados y torciendo los labios en sintonía con el mar de pecas que salpican su rostro. Y, mientras lo hace, desea que sus creaciones sean contempladas por cientos de ojos que cobren vida al mirarlas.

Pero Lucille no está bien. Lleva días sentada frente a un lienzo inacabado. Siente que estar encerrada sepulta su creatividad, y a su vez, no quiere perder el tiempo en salir a la calle. Ahora está inmersa en un rostro de mujer. Y sabe que le falta alma, pero no entiende por qué.

La chica que ha pintado la mira sugerente. Se muerde el labio inferior y su expresión es realista, marcada en tonos grises y negros. Lucille ha querido captar ese momento en el que a una mujer le nace el fuego de dentro y no puede contenerlo. Justo ese. Y lo ha hecho, sabe que lo ha hecho. Técnicamente es perfecto. Pero, aun así, algo falla.

Lucille empieza a hacer pequeñas modificaciones para mejorarlo: rasga su mirada, engrosa sus labios, agranda sus dientes. Esos cambios que parecen imperceptibles, y al mismo tiempo, definen las grandes obras maestras. Y todo suma, pero no es suficiente.

Piensa en salir a comprar para despejarse, a pesar de no haber acabado con las existencias del diminuto frigorífico que descansa en un rincón. Pero desecha la idea. Sabe que salir no servirá de nada. Nunca sirve de nada el contacto con el aire y ver gente transitando la calle metida en su propio mundo.

Y con esa idea en su mente, vuelve a mirar el cuadro, y entonces algo se quiebra en su pecho; una revelación que la desarma y le hace entender por qué el rostro de su chica no consigue transmitir esa emoción que busca.

Sin embargo, a pesar de intuir lo que ocurre, Lucille no quiere aceptarlo, y busca otras soluciones al alcance de su mano. Quizá si cambia de material podrá conseguir otros matices, o una energía nueva que venga de fuera y despierte sus ideas.

Sumida en la desesperación, se dirige al ordenador y pide por internet un pincel Paul Rubens del número seis que solo tarda veinticuatro horas en llegar. Cuando llaman al timbre, ella se levanta de la silla que descansa frente al lienzo. Se abrocha la sobrecamisa y camina descalza hasta la puerta.

Al otro lado, un joven repartidor la tiende el paquete en silencio. Ella lo recoge y se fija en como él no despega los ojos de su pelo, que luego se desvían a su cuerpo y lo recorren de arriba abajo mientras su mirada se llena de vida y de fuego.

Sin pretenderlo, ella reacciona sacudiendo su melena sutilmente y se muerde el labio inferior despacio, sin dejar de mirarlo. Al ver sus ojos explotar de deseo, deja caer el paquete al suelo, le agarra del chaleco y le conduce al interior, movida por un impulso superior a su control.

Ambos se enredan, se estudian con las manos y la boca entre vueltas furiosas, hasta llegar al lienzo.

Ella le sienta en la silla, de espaldas al cuadro, y se coloca encima de él a horcajadas. Y mientras abre con ansia uno de sus botes de pintura, se impregna las manos con ella.

Él la mira, y sabe que la ve, por fin alguien la ve. A ella, a su pelo, a sus manos y al deseo que es capaz de despertar y de sentir en respuesta. El deseo que murió cuando sus lienzos pasaron a ser su vida después de acabar sus estudios de Bellas Artes. Un deseo que su cuadro no puede manifestar si ella misma no recordaba, hasta hace unos segundos, lo que era sentirse deseada.

En esa posición, en la que ella pasa a ser la obra de arte que el chico contempla desde abajo, ambos se funden, dejándose llevar por sus instintos irrefrenables. Y cuando alcanzan el orgasmo, Lucille al fin se identifica con el rostro que la mira desde el lienzo.

Es entonces cuando resbala las manos teñidas de rosa chicle por el cuadro, dando vida al pelo de su chica sugerente.

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