Machete y Álex Casas son los mejores escritores de la semana



VIAJERO

Machete


Por aquel entonces, el mundo era tan reciente que aún no había terminado de formarse. Los animales aún buscaban su lugar en los bosques y todos hablaban la misma lengua.

Un día como otro cualquiera, el Viajero, hatillo a la espalda, siguió el trascurso del río y dejó atrás las verdes colinas. Hizo su camino a través de la arboleda y, cuando el Sol se escondió, se vio obligado a acampar junto a un viejo olmo.

―¡Qué pérdida de tiempo! ―exclamó el hombre.

La Luna, que en aquel momento bañaba los árboles con su luz, se dirigió al caminante:

―Decid, caminante: ¿acaso os molesta mi presencia?

―Oh, Bella Luna, no me malinterpretéis. Agradezco la luz que me brindáis, pero no es suficiente. Continuar viajando es mi único deseo. ¡No hay segundo que perder!

La Luna, airada, no dijo más. Se escondió entre las nubes y la oscuridad se apoderó de la noche. Al día siguiente, el caminante recorrió un desfiladero que serpenteaba entre las montañas. Avanzaba despacio y cuando el Sol estaba en lo más alto del cielo, ya se sentía agotado.

El hombre tuvo una idea e hizo al astro una petición: quería poder viajar el resto de sus días y descubrir todos los recovecos del mundo.

―Me temo, Viajero ―respondió el Sol con voz desdeñosa―, que eso no será posible. Las cosas son como son, y así han de permanecer.

El hombre no dejó que aquellas palabras le desanimasen y siguió caminando hasta que se topó con una Niña que lloraba desconsolada. Cuando estuvo junto a ella, se agachó y le preguntó qué sucedía.

―Verá, señor. Esta mañana me he olvidado un libro en mitad del bosque, pero cuando he ido a buscarlo, lo había encontrado un Mercader. Ahora no me lo quiere devolver. ―La Niña no podía dejar de llorar―. Es el único libro que tengo… ¡Ay, qué pena más grande!

El Viajero, conmovido, se adentró en el bosque para hablar con el vendedor. No tardó mucho en encontrarlo: estaba sentado sobre una alfombra al cobijo del Sol con cientos de baratijas expuestas frente a él.

―¡Buenos días, trotamundos! ―saludó él―. ¿Querríais echar un vistazo a mi mercancía?

―Buenos días tenga usted, Mercader. Ha llegado a mis oídos que habéis encontrado un libro.

El hombre, sorprendido, rebuscó en su zurrón hasta topar con él. Acarició con los dedos la portada, que estaba decorada con preciosos atauriques.

―¿Cuánto podríais pagar por él?

―Me temo, Mercader, que no llevo conmigo dinero alguno.

―¡Eso se puede arreglar! Veo que también vais cargado ―dijo, señalando el hatillo a la espalda del Viajero―. Quizás podríamos hacer un intercambio.

El hombre deshizo el nudo del pañuelo y puso frente a sí sus pertenencias, que no eran muchas: un reloj de plata, una pipa de fumar, un cuaderno y carboncillo y un pequeño flautín.

―¿Qué tenemos aquí? ―los ojos del vendedor brillaban mientras tocaba los cachivaches.

―Os ofrezco por el libro todo lo que podéis ver, Mercader. Tiene valor para mí, pues es todo lo que poseo.

Tras pensarlo unos instantes, el hombre respondió:

―Os daré el libro, sí, pero habéis de contarme también una historia de vuestros viajes, trotamundos.

El Viajero se sentó junto al Mercader y comenzó a narrar. Le habló sobre las más bonitas lagunas; sobre las marismas. Habló de la nieve que coronaba las montañas y describió el azul del océano. Incluso el Sol escuchaba cuando el caminante rememoraba las olas que bañaban la arena de la costa.

Cuando el Mercader se dio por satisfecho, ambos se despidieron y el Viajero deshizo el camino andado con el libro bajo el brazo. Al salir del bosque, buscó a la Niña para devolvérselo.

―Muchas gracias, señor. Esto lo significa todo para mí. ¡Qué felicidad!

El Viajero y la Niña se despidieron con un abrazo y el hombre marchó hacia el horizonte. Tenía las manos vacías, pero no le importaba. Ahora que se había desprendido de todo lo que tenía, se sentía más ligero que nunca, como si flotara. Las últimas luces de la tarde se escondían ya tras las colinas cuando el Sol habló al caminante:

―Perdonadme por mi rudeza antes, Viajero. Os he estado observando y querría haceros una propuesta: si os convertís en mi Mensajero, os otorgaré lo que me pedís.

»Allí donde fuereis, llevaréis las historias que escuchareis. Refrescaréis los pastos y portaréis el frío del invierno. A cambio, podréis viajar y ver lo que ningún otro hombre ha visto hasta que culmine el último día de esta tierra.

El Viajero aceptó sin dudarlo.

Desde aquel momento, el Mensajero pudo volar allí donde quiso. Visitó todos los montes y llegó a conocer todos los árboles del bosque. Tuvo muchos otros nombres, pero con el paso de los siglos se han perdido. Algunos aún lo llaman Viento.



 



LA NOVELA DEFINITIVA

Álex Casas


Robert Pendelton no era un buen lector. No quiero decir con esto que no fuera aficionado a la lectura, lo era. Lo que sucedía era que se atiborraba de artículos y novelas condensadas de la revista Reader´s Digest. Leía historias del oeste y libros de ciencia ficción comprados a peso. Era ese tipo de lector. Tenía tanta voracidad como estropeado el gusto.

El caso es que una mañana de febrero le vino la idea. No una cualquiera. Era una idea magistral, de las que rara vez ocurren en la vida de uno. Una novela entera impactó en el espacio amplio y abierto de su mente. Había tenido lo que él definía como una revelación literaria. Sentía que había sido elegido para una misión intelectual que marcaría un antes y un después en el mundo de las letras.

Le pidió el ordenador a su hijo y se lanzó a teclear en cuanto el documento en blanco de Word se abrió. Con un dedo de cada mano golpeaba las teclas con rapidez. Fuera lo que fuera lo que había en su cabeza tenía prisa por convertirse en texto. La mañana le pasó volando. Su mujer tuvo que avisarle tres veces de que la comida estaba lista. Ya en la mesa le recordó que el niño tenía deberes, así que podía olvidarse de seguir usando el ordenador esa tarde. Él, les explicó que estaba escribiendo una novela y sus palabras de entusiasmo salían de su boca mientras masticaba el escalope. Las palabras de su mujer, qué novela ni que ocho cuartos, la novela que tengo yo estando casada contigo, le desanimaron los labios y renunció seguir hablando. Se le agobió el pensar ante la imposibilidad de poder seguir escribiendo esa misma tarde. En cuanto terminó la comida salió de casa.

Cuando volvió tuvo la fortuna de que su mujer dormía la siesta en el sofá, se escondió en la pequeña habitación a la que llamaba despacho, aunque fuera más el cuarto de la plancha y los trastos. Mientras encendía por primera vez su propio ordenador portátil calculó que ella tardaría, al menos, una semana en darse cuenta de que faltaban quinientos euros, en la cuenta de ahorro para la ortodoncia de su hijo. Pero las matemáticas no estaban de su lado, en cuanto su mujer se despertó vio un mensaje de la aplicación del banco donde la cifra de quinientos euros parecía ocupar toda la pantalla. En cuanto ella entró en la habitación y vio el portátil le cayó encima toda la furia verbal imaginable. Aguantó pensando que su misión era superior a cualquier otra cosa y que situaciones adversas como esa solo eran las dificultades propias de retos tan exigentes. Su mujer le ignoró por el resto del fin de semana y Robert aprovechó la ocasión para seguir escribiendo. Escribió toda la tarde hasta bien entrada la noche. Al día siguiente se olvidó de ir a comer ya que su mujer no le llamó. Escribió, escribió y escribió.

La rutina laboral de la semana se volvió insoportable. Cuando no escribía las manos se le agarrotaban, como si las palabras siguieran fluyendo y encontraran un atasco a la altura de los dedos. A la hora de comer calmaba su ansia escribiendo en el portátil que se llevaba a todas partes. Escribía en el metro. Retrasaba la vuelta a casa escribiendo en los bares. Adelantó las vacaciones de verano para tener quince días libres para seguir escribiendo. El grito al cielo que dio su mujer hizo que se desconchara un trozo del techo del comedor. Escribió durante esa quincena de agosto que disfrutó a finales de febrero. Al volver al trabajo y encontrarse de nuevo ante la imposibilidad de escribir empezó a usar el teléfono para hacerlo en el bloc de notas. Se escondía en rincones de la fábrica y desaparecía a cada rato para seguir con su monumental proyecto. Un viernes por la tarde le llamaron de recursos humanos. Le leyó la carta de despido a su mujer por teléfono para evitar hacerlo a la cara. Cuando no pudo abrir la puerta de casa entendió que la habían cerrado por dentro.

Pasaba el día en las bibliotecas transcribiendo la gran novela que inundaba su cabeza, robando electricidad para su portátil y aseándose en sus baños con toallas húmedas y desodorante. Por las noches los vecinos que cruzaban por delante de su plaza de parking veían una luz fría que iluminaba su figura en los asientos de atrás de su coche.

Pasaron las semanas y cada vez salía menos del coche. Estaba preso de un frenesí de escritura imparable. Escribía y solo dormía cuando se quedaba sin batería. Pasaba días sin comer. Las letras de su teclado se habían borrado y solo escribía sobre teclas negras. Su ropa olía a tubo de escape. Respiraba un aire encerrado con aroma a gasolina. No se acordaba de beber agua y cuando orinaba en la botella el color era cada vez más oscuro. Estaba cerca del final.

Una tarde de julio escribió la palabra fin. Al momento le sobrevino un cansancio extremo. Los párpados se le cerraban. Le era imposible de sostener el peso de la cabeza. Se durmió profundamente con una sonrisa grande y plena. A su rostro quieto se le quedó pegada una expresión de felicidad perpetua.


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