Mari Otero, Teresa Olalla y Azel Highwind ganan el desafío de la semana.




El paso del viento

Mari Otero


Ellos me mienten. Lo sé.

Hace tiempo que me mienten.

Siempre habíamos sido los tres, una unión atípica y aparentemente indisoluble. Tres amigos desde el instituto, que convertíamos un cigarrillo en eterno, compartido en nuestras bocas, en los bancos de cualquier parque con una lata de cerveza mala.

Los tres. Siempre los tres. Y después…, ella y él. Y luego yo. ¿Dónde quedo yo en esta ecuación? ¿Cómo actúo si él me arde por dentro pero es ella quien le prende a él? ¿Y si los dos se queman cada noche? ¿Qué hago si para mantener nuestra amistad tengo que engañarme a mí misma y sostener su mentira con pinzas de madera carcomida en una tarde de vendaval?

—Jolín, que viento hace —dice Aurora mientras se quita los botines de tacón y se tumba en la hamaca de mi patio que, según ella, es igualito a un patio andaluz, con sus macetas en la pared blanca—. ¿Por qué no nos metemos dentro? Me voy a congelar. Y tú también, Celia —comenta señalándome—. No hace para vestidines ibicencos. Aunque es precioso. Estás muy guapa, rubia —me lanza un beso.

—Ya sabes que a la señorita no le gusta que fumemos en su casa —salta Rodrigo riéndose desde su hamaca, justo al lado de la de ella, después de exhalar el humo del cigarrillo, con la mirada fija en el cielo— . Además, hay que aprovechar septiembre, aunque venga frío de cojones. Después, ya sabéis…, de casa en casa y, con suerte, algún bar.

Cuando acaba de decirlo, se gira, la mira y le guiña un ojo. Se pasa una mano por el brazo, envolviéndolo. Como yo, se resiste al final del verano y se sigue poniendo camisetas sin mangas. Y yo me quedo embobada, como si esa mirada fuese para mí, y no para ella. Con esos ojos marrones que parecen penetrar. Imagino lo que está pensando. O lo que está recordando y deseando que ocurra cuando se despidan y se vayan a fundirse en algún sitio escondido de mis ojos.

Ella le devuelve la sonrisa, le muestra ese diastema que la caracteriza y recoge con destreza su melena castaña en un moño bajo, dejando un par de mechones sueltos. Yo siempre le digo que es la nueva Vanessa Paradis, con ese aire de musa de Chanel, sin ni siquiera pretenderlo. Estaría preciosa hasta con un saco de patatas y un cinto. Una belleza francesa que, sin ser francesa, lo parece más que nadie.

Es normal que sea a ella a quien vea, y no a mí. Es guapa a rabiar por fuera y, aún más, por dentro. Yo solo soy la amiga que ha crecido y no aguanta el tabaco. Ni los bares. Ni contemplar como no dejan de mirarse durante segundos eternos en los que ellos arden mientras yo me carbonizo.

—No os quejéis, que aquí siempre tenéis cerveza y tabaco, aunque sea en el patio —les contesto con un tono de voz alto, desde la hamaca, frente a ellos, esperando a que sus ojos se despeguen. Hago una pausa— . Como en los viejos tiempos —mi voz se quiebra al decir eso.

Ellos me miran, y luego se miran de nuevo. Esta vez no lo hacen con deseo. Esa frase también ha debido tocarles alguna fibra muy fina, escondida en su interior. La misma fibra que les impide contarme la verdad. Quizá ya sepan el daño que eso me haría.

Él agacha la cabeza, y se pasa los dedos entre las rastas, recogidas en una coleta mal hecha. Mientras tanto, cierra los ojos, como si así pudiese desaparecer de mi patio.

Ella le quita el cigarro de la mano e inhala con fuerza. Empieza a tirar con los dedos de los hilos de sus vaqueros rotos y hace amago de pasármelo, sin mirarme.

—Aurora, yo ya no fumo —le digo con un hilo de voz.

—Perdona. Estoy boba, chiqui —me contesta ella, negando con la cabeza, mientras una lágrima tímida resbala por su mejilla.

—Será lo de los viejos tiempos, que te ha liado —comenta Rodrigo, saliendo en su rescate. Se queda pensativo—. ¿Qué tiempos, eh? Éramos unos críos felices —dice mientras me mira con los ojos tristes y una sonrisa amarga que parece pedirme perdón, aunque, sin saber muy bien por qué.

—Sí, lo fuimos —concluyo. Y le devuelvo la sonrisa, como suplicándole, sin saber muy bien el qué.

El viento sopla más fuerte y las latas de cerveza, ya casi vacías en el suelo, caen y ruedan por las baldosas del patio.

Con el sonido metálico de fondo, compartimos una última mirada entre los tres, quizá cargada de entendimiento.

Entonces nos recostamos en las hamacas y nos quedamos mirando al cielo.

Y simplemente dejamos que la noche caiga sin hacer ni decir nada.


 



También enferman

Teresa Olalla


Algo tan insignificante como un mensaje hace aflorar recuerdos que he mantenido bien guardados en el último cajón.

Alejandro ha muerto.

Me aferro al móvil leyendo tu nombre, pero en mi mente no aparece tu imagen: aparece la del monstruo que marcó nuestras vidas en la infancia.

Cierro los ojos y lo veo vestido con su traje de amabilidad bien planchado por tu madre. Una sonrisa de cerveza perfilada por un fino bigote escondía sus intenciones. Tabaco con un toque de alcohol era su perfume. La cabeza semi desnuda de pelo no dejaba entrever sus deseos. Sus manos frías buscaban el calor en cuerpo ajeno, con caricias fuera de vuestra casa o con golpes dentro de ella, pero siempre encontraban el miedo. Un vecino que primero se ganó la confianza y que luego levantó recelos y cuchicheos.

Una conjura de madres dictó una orden estricta para las niñas del vecindario: no te quedes a solas con él; no entres a casa de Alejandro si no está su mamá, ni si quiera te subas con él en el ascensor. Era tarde, nadie lo sabía, pero ya me había herido y salió indemne. Yo no. Una niña melancólica que sonreía de tarde en tarde se convirtió en una adolescente antipática que sonreía de noche en noche. Dejó una huella en mí que he logrado tapar con cemento a lo largo de los años. Escondida la vergüenza ya no quedaba más que hacer como si nada hubiera ocurrido. Ahora ensayo la sonrisa por las mañanas, pero mi cuerpo está resentido: aversión a los demás, mantener las distancias para que no me hagan daño y un «así soy yo». Triste defensa ante la vida que una psicóloga trata de desmontar con escaso éxito cada vez que se abre una grieta en el cemento.

Tú sí conocías mi secreto. Lo sé porque una vez me salvaste de sus garras. Una mañana en la que me encontró sola en la calle. Ibas con él cuando me abrazó. Me sonreíste amable, le cogiste del brazo cuando viste cómo bajaba su mano y lograste que me soltara.

Yo pude huir. Tú no, cuando el monstruo está en casa no se puede. Un secreto a voces rodeaba tu hogar. Todos lo sabíamos. Todos callamos. Nadie quería hablar de lo que ocurría tras las puertas del quinto. Tu cuerpo recibía su frustración cuando regresaba a casa tras beberse la vida.

Forjaste un gran papel. Como él tú supiste ser un buen actor. Siempre con una sonrisa, un chiquillo travieso que de mayor se hizo adicto a la diversión. Qué fácil resultaba criticar tu actitud ante la vida. Te había dejado en ruinas, pero nadie quería verlas. Tal vez tratabas de recomponerte con un muro creado copa sobre copa, droga sobre droga. Tal vez solo querías comprender por qué la persona que se supone que tiene que cuidarte es quien trata de destruirte. Tanto afán pusiste en este empeño que acabaste convirtiéndote en otro.

Nadie lo doblegó más que la muerte, porque los monstruos también enferman y mueren.

Su final abrió una grieta en el cemento con el que tapé su huella. Mi silencio se quebró en un susurro. Qué triste fue que se minimizara el hecho de que mi cuerpo dejara de ser mío para que él decidiera qué hacer. Otra capa de cemento que secó rápido y de nuevo el silencio. Si no quería que él ganara debía hacer todo lo posible por tapar su huella definitivamente. Pero en esta vida solo hay una cosa definitiva.

Su final no te ayudó a recomponer las ruinas de tu cuerpo. Ni el mejor arqueólogo hubiera podido descifrar qué habías sido antes. No había ni rastro del niño amable, la travesura se convirtió en actos vergonzantes. Diste la espalda a todo tu pasado para destruirte en un presente sin futuro. Un monstruo vestido de vaqueros que no necesitan plancha y camiseta. La sonrisa limpia sin vello alrededor se mostraba sincera. La cabeza bien tapada con la frondosidad de tu pelo oscuro no ocultaba tus intenciones casi suicidas. Otro monstruo paseando por las calles al que no queríamos mirar porque dolía demasiado saber que todos habíamos contribuido con nuestro silencio a lo que te habías convertido.

Leo de nuevo tu nombre en mi móvil.

Alejandro ha muerto.

Lo siento. Una grieta, dos grietas, un minúsculo seísmo que desquebraja una obra mal hecha. La niña asustada regresa, me mira, no quiere callar más. Me muestra las huellas no se pueden ocultar. Esta vez no voy a tratar de taparla. Lo haré por ti. Lo haré por mí. Mostraré las huellas que dejó en nuestra piel.



 




Aleatoriamente planeado

Azel Highwind


Green Dussel Village, nuestro hogar. Una próspera aldea donde nos sentimos protegidos en un equilibrio perfecto.

Pero no siempre ha sido así.

Antaño, los robots ejercían un domino absoluto con su puño de hierro. De hojalata los más cutres. La industria se expandía con sus factorías móviles, por cuyas desordenadas ventanas, vida robótica de toda índole oteaba el horizonte en busca de nuevas tierras que ocupar.

Y un día sus ojos avariciosos se posaron en Green Dussel Village.

Los apacibles ciudadanos asistieron con miedo a la llegada de una fábrica andante propulsada a carbón. Cual castillo ambulante, sus patas erráticas machacaban los cultivos dejando un rastro de ceniza.

Parecía que en cualquier momento iba a dar un paso en falso y desprenderse cual montaña. No obstante, la fábrica se sentó, como una mula que cae rendida y resopla. De sus puertas chirriantes emergieron excavadoras dentadas, en cuyos paneles de control se podían ver los omnipresentes ojitos encendidos en rojo que parpadeaban al intentar alcanzar el volante con unas manitas dignas de una revista de manicura.

Los robotitos estaban dispuestos a arrasar con el lugar.

Arremetieron primero contra el mobiliario público. Destrozaron bancos, tiraron farolas y aplastaron cabinas telefónicas Patrimonio de la Humanidad.

Poco a poco los robotitos cerraron un lazo sobre los vecinos, que retrocedían con las nueces subiendo y bajando en sus cuellos.

Y en la plaza del ayuntamiento, donde una gran estatua levantaba el puño hacia el cielo, un jovenzuelo que disimulaba muy bien el miedo y silbaba tonadas infantiles, se plantó frente las máquinas y agitó su gran vara mágica amenazando con sembrar chichones en sus cabecitas metálicas.

—Ya está otra vez jugando con el palo…

El mago Dusselhoff ignoró ese comentario y se puso a bailar entre las miradas de desaprobación. La coreografía parecía improvisada y dejaba mucho que desear.

Tocado su delicado rostro con un capuchón, sus ojos relampaguearon bajo las sombras. Pronunció unas palabras memorizadas, cogió un pergamino atado a su cinto y liberó un hechizo preparado la noche anterior con tinta de calamar.

Rayos, truenos y centellas. La plaza se llenó de “aus” y “ais” de los robotitos que saltaban llevándose las manos a su culo dolorido.

El lamentable espectáculo hizo enfadar al líder de los robots, el temible, el implacable, el demoledor Yokesé Katapum, que saltó desde las negras alturas de su terrible fábrica andante y aterrizó con la cabecita sobre los adoquines. Dio vueltas cual peonza, luego un saltito y se puso de pie.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó un vecino despistado.

—¿Es un juguete?

—¡No!

—¿Es un robot de limpieza?

—¡No!

—¡Es Yokesé Katapum!

El mini robot estalló a reír:

¡Jijijijijijiji!

Al vecindario se le erizó el vello y Dusselhoff arqueó una ceja. Cogió otro pergamino de su cinto y el hechizo liberado se tradujo en una roca de proporciones bíblicas aplastando al pequeñito Yokesé.

Dusselhoff hizo gesto de victoria con los dedos y se quedó petrificado cuando Yokesé atravesó su creación, la hizo añicos y se transformó como el malo de los Power Rangers.

¡Jajajajaja!

Por todos lados los robotitos correteaban con las excavadoras, tumbando árboles y aplastando las flores de los jardines.

El mago tuvo que ponerse serio. Lanzó otro pergamino al aire y dijo:

—¡Yo te insuflo vida! ¡Dale un coscorrón!

Algo crujió a la espalda del robotazo Yokesé, que se giró miedoso y vio una estatua enorme con un portentoso puño levantado.

—Oh, oh…

La estatua se quejó:

—¡Se me ha quedado dormido el brazo! ¡Malditas palomas! ¡Ya no aguanto más!

Y se puso a correr detrás de un ave angustiada, provocando temblores y haciendo bailar a los robotitos más delgados.

Frente a un lustroso platanero, atrapó por el cuello a su archienemigo alado y cazó mientras caía una guirnalda de paja y ramitas. Al ver los picos romper las cáscaras, sus facciones duras se enternecieron. De sus ojos de roca emergieron unas lagrimitas y cuando una excavadora lanzó su pala contra el platanero, la estatua la paró con una mano, con la otra protegió el nido en su pecho y la paloma se posó orgullosa en el hombro.

Todos los vecinos soltaron un “ooooooooooooooh” y Dusselhoff se dio cuenta de que debía dar lo mejor de sí. Esquivó los portentosos puñetazos del robotazo Yokesé, dibujando asombrosas cabriolas, y lanzó el primer hechizo que encontró.

Una risotada chacharera resonó por los aires y todas las miradas fueron hacia el cielo, donde una mujer hecha de agua danzaba desnuda e impúdica.

—¡Qué mojadita está! —exclamó un vecino antes de recibir la colleja de su mujer.

El hada chorreó al enemigo y dejó al pobre Yokesé con los circuitos fritos.

—Esta hada sí que tiene todos los charcos en el lugar correcto.

—Humano idiota, ¡soy un espíritu elemental!

Y la historia terminó con un hada enfadada repartiendo hostias por doquier. Digo, un espíritu elemental.

Los envidiosos diréis que ganaron de pura chiripa, que todo fue una sarta de casualidades. Y estáis totalmente en lo cierto. Si yo hubiese podido actuar, sería mi nombre el que llevaría el pueblo. Pero me dejé la vara y los hechizos en casa.



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