Mari Otero y Samuel Pena son los ganadores de esta semana.



Calla

Mari Otero


«Te lo digo por tu bien. No sientas. No pienses demasiado. No respires agitada. No destaques. No te cuestiones nada. No busques respuestas. No quieras ser nadie. No desees algo, o a alguien. Olvídate de esto. De todo».

«Solo obedece. Hazme caso. Obedece y calla. Sobre todo: calla».

Estas palabras se reproducen en mi cabeza por las noches, de forma cada vez más frecuente y repetitiva, con voz distorsionada.

Al escucharlas, me despierto, como hoy, con la almohada mojada. Es un líquido incoloro que cae de mis ojos y lo cala todo: mis mejillas, la almohada, emborrona mi visión. Cuando llega a mi boca tiene un sabor salino. Es raro. Nunca lo he visto en alguien que no sea yo. Pero, como ordena la voz, yo callo. Solo callo.

Voy al baño y me lavo la cara. Siento que me escuecen los ojos, aunque no sé cómo son. Solo sé que están ahí, en mi cara, y me permiten ver lo que hay a mi alrededor. En la televisión me he fijado en su variedad de colores, pero nunca los enfocan de cerca, porque son muy sensibles. Por eso, al salir a la calle, todos los protegemos con gafas negras, casi opacas. Sin ellas podríamos quedarnos ciegos. Eso es lo que dicen. Y yo hago lo que me dicen. Todos lo hacemos.

Después de desayunar, me visto con mi uniforme y salgo de mi edificio. Como siempre, la ciudad me recibe oscura tras mis lentes. Muchas veces me pregunto cómo será sin ellas. Pero enseguida lo desecho de mi cabeza. No debo pensar. Eso es lo que hacen los demás. No piensan. Solo siguen instrucciones. Y yo también lo hago. Es lo que debo hacer.

Tomo el carril peatonal de ida al trabajo, que empieza a llenarse. Todos vamos al mismo ritmo, al mismo paso estudiado, para no chocarnos. Nos mantenemos separados los unos de los otros en fila de a uno. Guardamos distancia para evitar tocarnos. Si lo hacemos, podríamos desintegrarnos. Por ese motivo vivimos solos, cada uno en un

pequeño piso, en edificios inmensos. Están organizados y cercanos a nuestros puestos de trabajo, normalmente relacionados con la programación robótica. Es fácil, no hay que pensar demasiado. Solo hacer lo mismo, siempre lo mismo, siempre igual.

A medida que avanzamos, algo cruza mi cabeza. Me ocurre desde que escucho la voz todas las noches. Esa misma voz que me alienta a hacer lo que todos hacen, lo que yo ya sé que tengo que hacer. Por eso mismo me pregunto si habrá algo más allá de estos carriles y de los pisos diminutos. Algo fuera de mi trabajo. Algo nuevo.

En estos momentos, cuando quiero mirar más allá de lo conocido me siento distinta, y no quiero que sea así. Creo que estoy enferma. Por eso ahora mismo noto cosas extrañas que se remueven dentro de mí. Me hacen estar rara, inquieta. Nunca antes lo había sentido, y se agolpa en mi interior. Me hace pensar, pensar mucho. No puedo dejar de hacerlo. Y no debería. La cabeza me va a estallar.

Ahora entiendo por qué la voz me pedía que no lo hiciera. Pensar me enferma. Preguntarme cosas me altera. Los ojos comienzan a escocerme. Mi estómago se remueve, mi corazón late rápido, se acelera mi respiración. Noto el líquido extraño que cae de mis ojos y va mojando poco a poco las gafas por dentro. Hasta que no veo nada, y me tengo que parar.

Cuando algo me golpea la espalda oigo un chillido. Y otro. Y otro más. No entiendo nada. Me arranco las gafas para tratar de limpiarlas. Entre el gentío alguien grita: «¡Vamos a morir!». Y entonces me doy cuenta. Nos hemos chocado. Por mi culpa. Mierda.

Empiezo a tocarme el cuerpo. Sigue aquí. Yo sigo aquí. Miro a mi alrededor. Y veo. Todo tiene color. Levanto la cabeza y observo el cielo azul sobre nuestras cabezas. Miro a los lados. Ahí están, verdes, las hojas de los árboles que delimitan los carriles. No estoy ciega. Ni muerta.

El resto de la gente se encuentra arrinconada, paralizada. La chica que iba detrás de mí está sentada en el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos. Puedo ver el color de su pelo, de su ropa, de su piel. Me acerco a ella. Extiendo mi mano. Necesito ver sus ojos. Siento que solo con una mirada puedo explicarle todo esto.

Justo cuando voy a retirar sus gafas una mano tapa mi boca y un olor penetrante se cuela por mi nariz. Otra me coloca las gafas de nuevo. Me siento pesada, somnolienta.

Entonces, una voz distorsionada comienza a hablarme: «Te lo digo por tu bien. No sientas. No pienses demasiado. No respires agitada. No destaques. No busques respuestas. No quieras ser nadie…».


 


El verdadero fin

Samuel Pena



Estimado Lector:

Cuando la gente se imaginaba el fin del mundo solía implicar una rebelión robótica, el cambio climático o una guerra. Nadie sabía lo que se venía encima. Espero que tú ya no lo recuerdes. Fue un proceso lento y sistemático, el poder se encargó de tomar el control sobre todo, absolutamente todo. Cámaras en las esquinas, recolección de datos en lugares tanto físicos como digitales… Hasta el último ámbito de la vida estaba monitorizado, pautado y abarcado por la ley.

El golpe más duro se lo llevaron las artes. Reprimieron nuestros sueños y los extinguieron, porque tenían miedo, miedo de nuestro alcance. Nos entregaron un sustituto insulso: cuadros y canciones creadas en el núcleo de la autoridad. El único objetivo de estas composiciones es que la gente pensara que son un poco bonitas, nada más; aquello que logre una reacción mayor es penalizado.

Los gobernantes han ocultado con brío las numerosas revueltas del pueblo. Te preguntarás entonces, ¿cómo sé yo que no siempre ha sido así? Lo averigüé cuando mi madre se unió a la lucha. Ella era una apasionada de la fotografía; había comprado en el mercado negro una cámara vieja, con la que a escondidas capturaba fragmentos del mundo. Un árbol, una roca o una mariposa. La vida y la luz eran el epicentro de su obra, ella podía hacer refulgir los trazos de esta existencia como nadie más. Entonces me enamoré del arte. Deseaba crear como ella, hacer de la Tierra un lugar un poco mejor, tan solo un poco.

Se la llevaron cuando yo no sumaba diez años, las imágenes de ese día fueron las únicas que penetraron en mi corazón con más fuerza que sus fotos. Mis abuelos se hicieron cargo de mí, ellos me educaron en secreto sobre todo lo que amaba mi madre. Querían mantenerme apartado de lo que la llevó a su pérdida, pero en mis ojos pudieron ver la determinación de aquel que no se detendrá hasta resplandecer.

¿Alguna vez has sentido que la oscuridad lo consume todo? Yo despierto cada día con esa pesadilla como mi mundo ordinario. Deseo brillar… Que la luz de mi arte destierre las tinieblas de los corazones… Por eso lo hice. Puede que para ti sea una nimiedad, pero en esta sociedad muerta en vida es un delito penado con la muerte. ¿Qué hice? Te preguntarás, un grafiti. Pinté sobre las paredes una denuncia, que pedía la revolución. “Vivir o no morir, he ahí la cuestión”, rezaba mi obra. Allí las personas la verían, los animales, la naturaleza. La naturaleza no podría ser silenciada, ella ha sido testigo de sus pecados, comparecerá en el juicio de la vida y los castigará a todos.

He huido por un tiempo, no soy un iluso (al menos no mucho), sé que escapar solo retrasaría lo inevitable. Las sombras me persiguen, pronto apagarán mi resplandor. Creen que podrán borrarme, pero esta carta debe seguir oculta. Sé que la encontrarás, tiene que ser así y anhelo que entonces esto sea para ti algo muy lejano.

Están aquí, van a tirar la puerta, no queda tiempo para mí. No olvides mi luz… Si tú lo haces, si nadie nunca recibe mi luz… No habrá servido de nada.

Atentamente,

Un soñador.

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