Mari Otero y Teresa Olalla son las ganadoras de esta semana



Paredes

Mari Otero


Las paredes son como un reflejo. Muestran los diferentes estados de ese hogar que muta con el paso del tiempo. El mismo hogar que un día me perteneció y que, desde que él lo habitó, no ha vuelto a ser el mismo.


Mis paredes eran blancas cuando llegó. Le abrí las puertas de mi casa y se coló como un torbellino de viento, despeinándome a su paso. Me gustó mi pelo revuelto. Admiré esos mechones rebeldes que se escapaban de mi moño y que mostraban esa parte salvaje, latente en mi interior. Decidí que esas paredes blancas y luminosas, que desprendían paz, eran demasiado aburridas para albergar mi nueva vida.


Un día las pinté de naranja. Me puse una camiseta vieja y jugué con el rodillo a crear una nueva etapa. Él me ayudó a hacerlo. Mientras yo me detenía en tapar con cuidado cualquier trozo de pared, para conseguir una capa lisa y uniforme, él iba a prisas, dejando partes blancas y deseando acabar a trompicones para arrancarme la camiseta. Y yo me enganchaba a esa vitalidad que desprendían mis nuevas paredes, la misma que emanaban los poros de mi piel y que salía por su boca cuando gritaba mi nombre en mitad de la noche.


Compartiendo vida, hogar y días, aislamos nuestro mundo. Mi casa pasó a ser suya, sin muros adicionales que le impidiesen acceder a mis partes ocultas.


Al principio era embriagador. Él persiguiéndome para hacerme cosquillas, yo escondiéndole la ropa cuando salía de la ducha, los cigarrillos compartidos en el alfeizar de la ventana, el placer sellando cada rincón imposible. Éramos unos adolescentes atrapados en los cuerpos de dos adultos que se negaban a ver que, fuera de ese mundo idílico, les esperaba una realidad aplastante.


Con el tiempo, nuestra casa se alteró. Él seguía siendo ese remolino de viento que me arrastraba, y yo solo deseaba quietud. Mientras él flotaba, yo luchaba por posar los pies en la tierra. En esa lucha, nos dedicamos a mover muebles sin cuidado, cada uno a nuestro antojo. Él descolocaba mi orden. Yo organizaba su desorden. Las sillas volaban y la vajilla se hizo añicos.


Y entonces aparecieron arañazos en nuestra pared. Decidimos engañarnos y hacer agujeros con un taladro para colgar cuadros que los tapasen. Y justo en el momento en el que me disponía a colgar uno de ellos, me fijé en esas partes blancas que él no se detuvo a cubrir. Me recordaron la calma de un café solitario, la ventaja del lado vacío de la cama y las piernas estiradas en el sofá con un libro entre las manos. Pero sus promesas de calma y mi necesidad de él me devolvieron al naranja. La cama estaba caliente, el sofá era nuestro reconciliador y el café se hacía innecesario con la droga que su saliva me traspasaba en cada beso.


Pensé que quizá, si cubría esos trozos con una brocha, todo se arreglaría. Y lo conseguí, se resolvió por un tiempo. Sin embargo, esos trazos gruesos que intentaban tapar mis blancos solo acabaron con una pared irregular y mi vida en desequilibrio.


Los cuadros ya no podían esconder los crecientes arañazos. Tratamos de empapelar sin éxito. Ni en elegir el papel nos pusimos de acuerdo. Comencé a leer sentada en el suelo cuando él ocupaba el sofá, colocamos una almohada en mitad de la cama y los besos se esfumaron. Pasamos a ser compañeros de piso, cada uno con su propio menaje y las baldas del frigorífico separadas. Todo se tradujo en una vida disgregada. Un hogar destruido, cubierto de muros que antes no existían y que se hacían presentes en cada paso.


Un día le invite a abandonar nuestra casa en un intento de recuperarla. Él se limitó a hacer las maletas sin decir nada. Antes de abrir la puerta, a punto de marcharse, me miró. En sus ojos pude ver como esperaba que le frenase. Pero no lo hice. No podíamos seguir compartiendo miserias.


Al cerrar de un portazo, sentí que mis paredes se resquebrajaban. Temí que mi casa se derrumbase dejándome sola entre un montón de escombros.


Antes de que eso ocurriese, tiré los cuadros. Saqué mi viejo bote de pintura blanca decidida a construir mi hogar de nuevo. Con lágrimas en los ojos, que emborronaban mi visión, lo abrí y metí el rodillo, esperando devolver mi pared a su estado original. Y cuando este se posó en la pared, descubrí que el naranja no se cubría de blanco. Otro color irrumpió dejándome confusa. Un trazo verde y largo se dibujó.


Me quedé observándolo sin pestañear. Al intentar descifrarlo con la mirada, un flujo de energía recorrió cada parte de mi cuerpo y desembocó en mi pecho, haciendo latir mi corazón desbocado.


Mis lágrimas aminoraron. La visión se volvió nítida. Sonreí de nuevo, después de mucho tiempo.


Asimilé mi nuevo color. Vi esperanza en sus matices.


Pude verle en ese trazo. Me vi a mí. A los dos.


Sentí que, por fin, recuperaba mis paredes.


Solo siendo mías podrían adosarse.


Seguí pintando.





Taxi

Teresa Olalla


En el tiempo que llevaba de taxista había visto de todo: parejas que se lo montaban en el asiento sin pudor, críos tan borrachos que no alcanzaban a decir bien la dirección de su casa, trajeados que le ofrecían una raya de cocaína, turistas que le preguntaban por servicios de compañía femeninos y masculinos, peleas acaloradas por videollamada y hasta una pedida de mano.


En los seis primeros meses de oficio se había sacado un máster en política nacional y local, y en fútbol; sin duda, lo que más le gustaba de su profesión era lo que aprendía sobre la condición humana. La mayoría de las veces, más que un taxi parecía que llevaba un confesionario con ruedas; con lo que le contaban podría escribir una saga de dichas y desdichas humanas. Quería ahorrar para comprar su propia licencia. De momento seguía conduciendo el coche de otro en el turno de noche soñando con que alguien se subiera a su taxi y dijese:


¡Siga a ese coche!


Las noches podían llegar a ser peligrosas, nunca aburridas; aunque Félix estaba cambiando de idea a las dos de la madrugada del tercer viernes del mes. La calle estaba inusualmente vacía.


Estaba parado en un semáforo de una de las principales calles de la ciudad sopesando retirarse ya a su casa cuando se puso en verde. De la nada, surgió una chica que levantó la mano. Condujo despacio hasta ella. La joven abrió la puerta y en silencio se subió al vehículo. Félix bajó la bandera y esperó unos diez segundos a que le dijera el destino. Miró por el retrovisor «Mierda», se dijo, «una borracha… Espero que no pote».


¿Adónde la llevo, señorita? Por respuesta obtuvo el silencio. ¿Esperamos a alguien?


No dijo por fin la chica. Conduzca y le indico.


Por la voz no parecía ebria, sin embargo, tenía cierto soniquete tembloroso.

Pasados cinco minutos de silenciosa carrera Félix miró por el retrovisor, sorprendido de la escasa necesidad comunicativa de la chica que comenzaba a moverse intranquila en el asiento. Se frotaba las manos como si se las lavara. Las tenía manchadas de algo oscuro. Pudo distinguir que un color rojo parduzco teñía sus manos cuando la luz de una farola acarició la piel de la joven.


Se percató de que no llevaba bolso ni mochila, el poco abrigo que la cubría los hombros era un cárdigan en el que observó dos girones en la manga derecha; la camiseta parecía que se le hubiera dado de sí, tanto que en un par de ocasiones se la recolocó para que su pecho no quedara al aire; todo con salpicones aquí y allá del mismo color que las manos. Félix rezó para que la carrera acabara cuanto antes y llevara guardado en algún bolsillo dinero.


¿Derecha o izquierda? dijo Félix a escasos metros de llegar al final de la calle.


Derecha —contestó dubitativa.


Félix giró siguiendo la indicación hacia una calle más estrecha y peor iluminada. A cada indicación que la chica le daba algo en su estómago le decía que la cosa no terminaría bien.


Dos calles a la izquierda, una a la derecha y setenta metros rectos; la chica le pidió que parase. Se deslizó de un lado del asiento al otro para salir por la puerta opuesta a la que había entrado. Dejó la puerta abierta. Félix observó más con miedo que con perplejidad cómo la chica desaparecía por una calle peatonal sin mirar atrás. Bajó del coche. No dudó. Ni la llamó, ni la gritó, ni la insultó. No era la primera vez que atracaban a un taxista en similares circunstancias. No tardó ni tres segundos en cerrar la puerta, subir de nuevo al taxi y arrancar rezando para que no saliera el compinche de la chica.


Al regresar a una avenida ancha el corazón de Félix volvió a un ritmo aceptable, sintiéndose afortunado por haber perdido una carrera de treinta euros y no la poca ganancia de esa noche.


No tenía ánimo para coger más pasajeros. Apagó la luz verde y se retiró a descansar.


Al día siguiente se despertó agotado, como si la noche anterior hubiera sido una eterna pesadilla. Sus sábanas habían sufrido la agitación de su cabeza.


El sábado fue más ajetreado. Tras dejar a dos chicas en una callejuela del centro regresó a la calle principal. Por suerte a su alrededor no había compañeros libres; el siguiente cliente sería para él. Parado en el mismo semáforo de la noche anterior, al abrir los ojos tras un bostezo eterno, un escalofrío recorrió la espalda de Félix dejándole con el pie clavado en el freno cuando el semáforo se puso en verde. Pocos metros más adelante la chica sin bolso ni mochila con un cárdigan como único abrigo levantaba la mano pidiendo un taxi.


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