Mari Otero y Vero S.Q. son las ganadoras de esta semana






ABISMO

Mari Otero


Lo peor de joderte la vida es no darte cuenta de que lo estás haciendo. Cuando llegas al abismo, no ves señales de peligro ni alarmas con ruidos estridentes. Tu condena se acerca silenciosa, se cuela por tus rendijas un día cualquiera y, después de vapulearte, se convierte en un lastre de por vida.

Ese día cualquiera, me entretuve con unos recados y llegué muy justa de tiempo a mi minúsculo estudio de alquiler. Entré por la puerta como un torbellino, reprochándome lo desastre que era. Solté las bolsas y, para no irme sin comer, eché mano de un trozo de pan que estaba en la encimera de la cocina. Lo devoré a toda prisa, agarré la mochila, y salí corriendo a coger el autobús que me llevaba hasta la facultad.

Me pasé todo el camino repasando mentalmente. Teníamos que exponer un trabajo sobre la alimentación en pacientes con diabetes. Una vez allí, a pesar de mi dificultad para hablar en público, las palabras fluyeron con naturalidad por las horas de ensayo. Al acabar, mi tutora se acercó a mí con una sonrisa en la boca y me dijo por lo bajo: «Has estado magnífica, Ainhoa. Si sigues así, será para ti».

«Para mí», pensé. Algo en mi interior estalló haciéndome extasiar. En el camino de vuelta, solo podía sonreír como una tonta mientras imaginaba en mi cabeza ese momento: a mí, el día de mi graduación, acabando la carrera con honores, devolviendo a mi familia todo su esfuerzo por pagarme los estudios lejos de casa, demostrándome a mí misma que no era una inútil.

Un rugido proveniente de mi estómago sonó con fuerza, recordándome que no había comido. «Vaya tela con la futura nutricionista», me dije soltando una carcajada. Sin embargo, a pesar del hambre, me sentía con más fuerza que nunca. Incluso encontré un pequeño placer en esa sensación de vacío en mi estómago.

La mañana siguiente me volqué en mis apuntes. Tenía que bordar los exámenes. Me abstraje tanto que, sin darme cuenta, solo quedaba media hora para coger el autobús. Me vestí a toda prisa y, en modo automático, lo repetí. Di un mordisco a un trozo de pan antes de salir pitando.

Aquella tarde me sentí plena. Las clases pasaban y yo cogía apuntes a toda velocidad bloqueando cualquier distracción. Si de por sí hablaba poco con los compañeros, esa tarde empecé a dejar de hacerlo. No estábamos en la misma onda. Cuando llegué a casa, decidí cenar una ensalada rápida para irme a dormir pronto. Mi plan era madrugar para seguir con lo mío.

Me levanté y volví a estudiar. Pensé que más tarde prepararía algo para comer. Pero eso no ocurrió. Ni ese día. Ni al siguiente. Ni ninguno a partir de entonces. Algo me decía que comer solo me quitaba tiempo. Sentía euforia sabiendo que, a pesar de no probar casi bocado, tenía energía a suficiente para afrontar el día. Me bastaba con mis escasos desayunos, los trozos de pan a la hora de comer y las ensaladas en la cena. La idiota se estaba convirtiendo en la chica que podía con todo.

Pasaron las semanas y, cada vez que me miraba en el espejo, me sentía mejor conmigo misma. Los huesos de mis hombros y caderas se marcaban. Mientras los acariciaba con la punta de los dedos, pensaba: «Así mucho mejor».

Mi vida transcurría entre apuntes y mediciones de peso en la báscula. Cada bocado era una transcripción mental a calorías. «Esto ya no hace falta», me ordené el día en que, dando un manotazo a la taza de café, dejé definitivamente de desayunar.

Todos mis esfuerzos surtían efecto. Los exámenes estaban siendo un éxito. Me encontraba a un paso de conseguirlo. «Ya casi es tuya», me comentó mi profesora al entregar uno de ellos.

Y mientras mis notas crecían, mis pantalones se agrandaban. Un día me descubrí en un probador, ansiosa, deseando poder limar los huesos de mis caderas para conseguir entrar en ese maravilloso vestido negro: el vestido de mi graduación. Tenían mi talla y aun así compré una menos. «Quien la sigue, la consigue», sentencié delante del espejo intentando subir la cremallera a la fuerza.

Y finalmente lo conseguí. Cerré esa cremallera, con una sonrisa, después de llevar días sin comer. Entonces, me subí a mis tacones dispuesta a recoger el trofeo que simbolizaba mi mayor logro: una matrícula de honor.

Hoy me gustaría poder decir que sostuve ese trofeo entre mis manos, que pronuncie un discurso mientras mis padres lloraban de emoción, sintiéndome orgullosa de mí misma por primera vez en la vida.

Pero eso no fue lo que pasó.

Cuando me disponía a salir de casa, noté que mis piernas flaquearon. Imaginé que sería producto de los nervios.

Me llevé las manos a las rodillas, con intención de calmarme, y sentí como los huesos se clavaban en las palmas. Las masajeé con cuidado, disfrutando de esa sensación.

Al acabar, pensé, como siempre, que estaba lista para seguir. Y cuando intenté dar un paso, la debilidad, traicionera, ascendió por mi cuerpo, igual que un espíritu te posee en mitad de la noche.

Se adueñó de mí, lentamente y, al llegar a mi cabeza, me robo mi lucidez. Mi cuerpo precipitó contra el suelo.

Hoy sigo luchando por no caer de nuevo. Desde abajo pude comprobar como nada de lo que conseguí permaneció conmigo.




 





BASADO EN HECHOS REALES

Vero S.Q


Escribe un relato.

Honestamente, no se me ocurre nada. La inspiración es como un sensor de luz, que solo se enciende si pasas por delante. Este texto es un ejercicio de egocentrismo narrativo, muy común en los periodos vacacionales de las musas.

Sobre un hecho cotidiano.

¿Cómo cuándo voy a hacer la compra al mercado del barrio, con una bolsa pequeña, y me digo: solo dos cositas, y acabo haciendo acopio de víveres, como una descendiente de Ana Frank y no me cabe más y al final, como era de esperar, se me caen algunas cosas por el camino, y oh sorpresa, son los huevos?

Pero que poco a poco la situación se complique.

¿Cómo el primer día de universidad, que me recorrí medio Madrid para llegar a la facultad, hora y media de viaje, que vivo en Mordor , y no veía yo ambientillo universitario y me dije: sabrás tú lo que es el ambientillo universitario, y llego, con mi mochilita y mi ilusión de juventud, al edificio del Canal de Isabel II, buscando el Campus de Somosaguas, que no era allí, que vergüenza, porque yo había entendido que mi facultad estaba dónde el agua y supuse yo, que soy pura inteligencia emocional, pero de la otra escaseo, que sería allí?

Que inicie con un detonante pequeño.

¿Cómo aquella vez, en una manifestación feminista, que me vine arriba y empecé a gritar: ponerme un rosario en los ovarios, ponerme un rosario en los ovarios y nadie seguía la arenga, y yo muy digna, vaya gentuza, y mi amiga, Vero que no es así, que es: fuera rosarios de nuestros ovarios?

Hasta un nivel que arrase al protagonista.

¿O ese día que me quedé en la oficina hasta las 10 de la noche, no por trabajo, que estaba haciendo reservas para irme de viaje y el karma me castigó duramente, porque cuando me quise ir a casa no había nadie que me abriera las puertas del edificio, no tenía batería en el móvil, ni suelto para llamar por la cabina que hay, porque no os he dicho que trabajo en una cárcel y ahora lo entendéis mejor, que hay rejas por todas partes, la guardia civil no escuchó mis gritos y me quedé toda la noche encerrada esperando a que alguien me rescatara, y amanecí allí, que lástima, porque nadie me echó de menos en casa?

Muy común o cotidiano.

¿Cuándo los padres de una amiga me dijeron, una foto, haciendo un gesto con el móvil y claramente querían que yo les hiciera una foto con su hija y voy yo y me pongo a posar con ellos y mi amiga, pasando mucha vergüenza, nos la hizo?

Pequeño, muy común.

Aquella vez que volví de fiesta y no sabía dónde esconder el tabaco y me lo guardé en el calcetín. Estaba mi madre en el salón viendo una película y me senté a hablar con ella y crucé la pierna, ella vio el bulto. Silencio. Hija, tu eres tonta.

Género libre.

¿La vez que me puse a gritar en la puerta de la casa de un amigo, baja negro de mierda, que siempre estamos con esas cosas, que él siempre contesta blanca de mierda y aparece por la puerta un chico negro desconocido y muy asustado?

Hasta un nivel que termine por arrasar

¿Tal vez se refiere al momento en el que me vine a vivir a Lugo y con afán de integrarme en la cultura local participé en la fiesta Arde Lucus , dónde todo el mundo se disfraza de romanos y castrexos , y yo creí que era tipo carnaval y me disfracé de calamar con un cartel que decía: Calamares a la romana y la gente se acercaba a mí a pedirme bocadillos?

Extensión máxima: 800 palabras.

Tenía otro relato, lo juro, y empezaba así:

<<Dame la mano. Vamos a volar. Déjate llevar por la corriente del aire caliente del sur. Nos eleva, casi sin esfuerzo. Extiende tus brazos, estas ascendiendo formando una espiral en el cielo, dibujando una caracola en las nubes. Lo aprendí de las águilas, que aprovechan las corrientes térmicas de aire vertical, para subir más alto sin gastar energía.

Hemos llegado a Atenas. La ciudad de la luz de limón y el atardecer de naranja. Si la muerdes sabe ácida, pero te deja en la lengua algunas gotas dulces para que no dejes de alimentarte de ella. Nuestro destino es la colina de Filoppapos, dónde viven las Musas>>

Cierre 28 de febrero a las 23:59


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