Merche Capricornio gana el desafío de la semana.



Secretos


El sol intentaba colarse a través de la ventana abierta de la oficina, pero no lo conseguía. La habitación continuaba en penumbras.

Sentado tras la mesa, el hombre, de mirada avellana y ropa gastada, encendió el transistor y pegó el oído al pequeño altavoz:

“Tras unos meses recuperándose de su reciente maternidad, la señorita Monroe ha vuelto a los estudios. El gran Billy Wilder ha preferido esperar un tiempo para iniciar el rodaje de Irma la Douce, antes de renunciar a su actor y actriz fetiches.

Hasta el momento, Marilyn continúa sin dar entrevistas por lo que no ha sido posible preguntar a la artista sobre cuestiones que tanto interesan a nuestros oyentes. Quizá en estos días pueda pasar por nuestra emisora para informarnos de cuando se celebrará la presentación en público de su hija; si acude al rodaje con la pequeña Jeane Elisabeth, o si hará público el nombre del padre”.

Hastiado, apagó la radio. La aparición de esa falsa rubia con su bebé sin padre reconocido pero reconocible —pensó— había sido el último empujón que necesitaba para tomar la decisión.

Dejó el receptor junto al rifle que descansaba en la mesa. Había movido el mueble hasta el ventanal por el que observaba la avenida principal. Aún faltaban un par de horas para que apareciera el lujoso coche de Kennedy. Lo imaginaba sonriente, saludando al público.

Esos torpes inocentes que idolatraban a un estafador, un engaño como político que prometió lo que después no estuvo dispuesto a cumplir, como supuesto hombre de fe, marido y padre —masculló.

Lee recordaba como los hombres que le ofrecieron ejecutar este acto de justicia por el pueblo norteamericano habían dejado caer en las conversaciones que J.F.K. intentó que la Monroe abortara. ¿Y se llamaba católico? Lee H. escupió asqueado.

El hombre odiaba a aquellos hombres de anchos hombros y gafas oscuras que no habían negado ser de la CIA. Pero, para conseguir el caos, necesitaba tener acceso a los medios que ellos le podían ofrecerle. Por ejemplo, el trabajo en la oficina donde estaba ahora, esperando que llegaran las doce y media. También, el arma con el que mataría al dirigente. Asumía que sus motivos no coincidían con los esgrimidos por el servicio secreto, pero no le importaba. Les seguiría el juego hasta el momento de apretar el gatillo, reflexionaba, estirando los músculos.

El reloj señalaba que pronto sonarían las campanas de las once en la torre eclesiástica que tenía enfrente. Se acercó al umbral y le pareció que había poco jaleo. Echaba en falta al cuerpo de seguridad. Algunas familias comenzaban a ocupar las lindes de la carretera. Oculto en la oscuridad de la habitación, Lee Harvey negaba sin comprender por qué veía tan poca gente. Las retransmisiones televisivas de visitas presidenciales en otros estados mostraban gran número de público en las calles.

Con suavidad, recorrió con sus dedos el cuerpo del arma. Le daba seguridad. De nuevo, tomó el transistor y pacientemente movió el dial hasta encontrar la NBC, esperando escuchar las noticias que le hicieran entender que estaba sucediendo.

“Son las once de una soleada mañana otoñal en Dallas. Como venimos informando, el Presidente John Fitzgerald Kennedy ha suspendido la visita a nuestra ciudad, por problemas de salud de un familiar muy cercano, de acuerdo a lo señalado en el comunicado. El gobernador Connally será recibido por la corporación municipal y empresarios dalacienses a las 13 horas en las instalaciones del Ayuntamiento”.

Oswald retrocedió al centro de la estancia sin apagar la radio. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Desconocía que pasaría ahora. La frustración ganaba terreno. Sentía que había estado tan cerca de hacer algo realmente importante con su vida. Viajar a la URSS, apoyar a Cuba. Nada de eso era comparable con materializar la desaparición del traidor. Se preguntó si el servicio de inteligencia volvería a apostar por él o descubrirían que él estaba engañándoles.

La periodista continuaba su monólogo:

“Fuentes autorizadas informan a esta emisora que la Primera Dama ha sido ingresada en el Hospital General de Washington donde se recuperará de cuadro de estrés, derivado de su ajetreada agenda”.

Los pasos marciales que invadieron el pasillo se pararon ante la puerta cerrada del despacho. Pero Lee apenas lo oyó pues se encontraba conmocionado por el fracaso de su plan. De un golpe reventaron la cerradura y la pareja trajeada, pistolas en mano, se plantaron ante Lee.

— ¡Levante las manos y aléjese de la mesa! ¿Lee Harvey Oswald? Queda detenido por la muerte de tres hombres sin identificar, acaecidas el pasado lunes. Para que conste, en el momento de su detención, el sospechoso se encuentra junto a un arma de similares características que la empleada en dicho asesinatos —sentenció el más alto—. Tienes usted derecho a….

— No he hecho nada. Soy marine.

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