Nela Guerra, Álex Casas y Armando Gómez Rivas conquistan el reto de la semana



El vacío

Nela Guerra


Salió de la cámara que limpiaba su cuerpo del exceso de radiación y se vistió con ropa más cómoda. Aquella enorme esfera de aislamiento en la que se encontraba el laboratorio era ahora su hogar; ignoraba desde cuándo porque allí no existían las horas ni los días. Era científico y sabía que revertir el proceso era imposible. El acelerador de partículas estaba fallando y su organismo no podría aguantar mucho más. Todo estaba perdido pero lo que más le atormentaba no era morir en soledad sino no haberse despedido de Ana y los niños. Una lágrima resbaló por su mejilla.


Obsesionado con esa idea, creó un agujero de gusano que le permitiría viajar en el tiempo y así fue como consiguió verlos.


La primera vez creyó que eran hologramas o el fruto de alguna conexión neuronal fallida en su cerebro… Recuerdos, tal vez. No sabía cómo, pero estaba seguro de haber visto a sus hijos en una secuenciación entrecortada de imágenes. En el segundo intento, se encontró en el medio de la cocina de su casa y tropezó con un juguete tirado en el suelo. Había sentido el golpe, casi estaba seguro. Se fijó en un vaso sobre la encimera y lo empujó hasta hacerlo caer. De pronto, apareció su mujer en la puerta, con el ceño fruncido, miró el cristal hecho añicos en el suelo y cerró la ventana murmurando algo ininteligible. La tenía allí, la estaba viendo; un nudo de emoción cerró su garganta. «Ana», dijo. Ella siguió barriendo los cristales como si nada y cruzó hacia la puerta del jardín atravesando su cuerpo. Él la sintió, sintió el contacto, pero ella siguió adelante ignorando lo que estaba sucediendo. Desconocía el motivo por el que materializar su energía se había convertido en un proceso caprichoso: podía tocar objetos, pero no el cuerpo humano.


Decidió finalizar ese viaje, muy a su pesar, y regresar al laboratorio. Debía evitar el desgaste del acelerador y estabilizar el agujero de gusano. Para ello, los viajes tendrían que ser más cortos y espaciados, pero despedirse de los suyos era su único anhelo y no tardó en volver al túnel del tiempo.


Se encontró de nuevo en medio de la cocina pues era allí donde había abierto el portal de destino. Le extrañó no escuchar el alboroto de los niños. Sobre la mesa, un periódico mostraba en portada la noticia: «Accidente en el acelerador de partículas más grande del mundo … Un fallo en el motor de reacción ha provocado la inestabilidad del sistema creando un pequeño vórtice… el laboratorio ha desaparecido ... El agujero negro, descontrolado, ha absorbido toda la materia existente en la esfera de aislamiento que alojaba las instalaciones, convirtiéndola en un inmenso vacío hambriento...» No siguió leyendo, no hacía falta. Todo el equipo conocía el riesgo de aquel experimento. Él y dos de sus ayudantes quedaron atrapados ese día en esa esfera, perdidos en una dimensión desconocida. Sus compañeros enloquecieron hasta quitarse la vida y él conservó la cordura concentrando sus pensamientos en contactar con los suyos.


Buscó a Ana por la casa, imaginando su sufrimiento. Sobre un sillón, alguien había dejado una foto del día en el que se casaron. Estaban agarrados por la cintura, sonriendo, con el mar de fondo. Sintió un estremecimiento al recordar ese día, y también todos los demás. Habían sido muy felices. De pronto, escuchó pasos en la escalera y se dirigió al hall de entrada para comprobarlo. La vio bajar, lánguida, con los ojos enrojecidos y la mirada perdida. La quería tanto … y la quiso abrazar pero vio como sus manos resbalaban en el aire. «Ana, Ana», gritó en esa dimensión absurda en la que se encontraba, sin recordar que no le oía. Necesitaba materializarse, mostrarle que estaba allí, junto a ella. Nunca había realizado un viaje tan largo, comenzaba a sentirse débil y sabía que, si no volvía ya. el agujero se cerraría y nunca más podría abrirlo. No con el acelerador dañado.


Intentó abrazarla de nuevo. Entonces, ella detuvo sus pasos en medio de aquel vestíbulo y rodeó con sus brazos su propio cuerpo mientras cerraba los ojos y las lágrimas se agolpaban en ellos. «¡Cariño!», exclamó sorprendida. Él sabía que debía marcharse pero no podía dejarla. Nunca volvería a casa ni volvería a sentirla como lo estaba haciendo. Así que se concentró en aquel abrazo eterno y se olvidó del resto, hasta que, poco a poco, se dispersaron todas y cada una de sus partículas.



 


La intervención

Álex Casas


Cuando le quitaron el paño que le impedía ver, el señor Warner se encontró a toda su familia reunida frente a él, incluidos unos primos lejanos que estaban conectados por videoconferencia. También estaba su “ex” mejor amigo Carlos, como él lo llamaba últimamente, y un tipo al que no conocía de nada. Ya podía hablar, bueno, siempre podía hablar, pero ahora sí que podían escucharle. Cada vez que lo tapaban con un paño se acordaba de su madre cuando cubría la jaula del canario para que se durmiera y cesase su trino incansable.


–Buenos días señor Warner, soy consejero especial de la empresa Eternity, estoy aquí para gestionar un problema que ha surgido entre su familia y usted.


–Yo no veo ningún problema– contestó Warner.


–Mi labor aquí es solucionar un conflicto en la convivencia. Por requerimiento explícito de su familia solo hablaré yo.


–Banda de cobardes.


–Como ya se le explicó en su día este software es muy complejo y reacciona de manera única a cada individuo. En otras palabras, el problema es usted, no los demás.


–Aquí lo único que ocurre es que todos vosotros sois unos cabrones desagradecidos– decía Warner a los asistentes levantando el dedo a la altura de sus ojos señalando a los presentes– y encima habéis conectado con los primos de Albacete. Hola primos.– Los primos tienen el audio silenciado. Saludan con la mano.


–Su familia ha solicitado activar la clausula 13, dicha clausula establece que los convivientes tienen derecho a…


–Se perfectamente lo que dice– replicó Warner ofendido.


– Según el apartado segundo usted ha interferido de forma activa en la continuidad de las vidas de su familia, en especial en la de su mujer. Y según nuestros estatutos nos vemos en la necesidad de activarla y proceder a su implementación.


–Ni se le ocurra. Yo he pagado por este servicio. Exijo mis derechos. Quiero un abogado–pronunciaba estas palabras con un tono agresivo, pero no lograba su objetivo por ese eco metalico, que acompañaba el fondo de su sonido y que le daba un tono de irrealidad a todo su discurso.


–Aquí tengo un listado de observaciones que me han detallado sus familiares. Su reciente historial avalan los hechos– sentencia el consultor mientras mira su tableta que está conectado al sistema de la casa. –La cuestión es que usted señor Warner tenía que permanecer como un de asistente virtual controlado por voz, cercano, buen consejero y en cambio se ha convertido en un controlador total. Es como si el álbum de fotos se hubiera rebelado contra la familia. Ocurre a veces cuando el cliente final no reconoce su verdadero estado y pretende ejercer el mismo rol o incluso uno más severo. ¿Es usted capaz de decir con sus propias palabras cual es su estado?


La cara del señor Warner parecía atrapada en un bucle donde un tic gestual se repetía sin control. No podía pronunciar algún sonido inteligible y tampoco contestar a la sencilla pregunta.


–La raíz del problema es que usted señor Warner no acepta su condición y pretende arrastrar a toda su familia hacia si, en vez de que usted se adecue a la pura realidad de los demás. Aquí tengo varias quejas. Sus hijos se sienten acosados y perseguidos. A violado varias veces la prohibición de comentar en sus redes. A molestado al novio de su hija en reiteradas ocasiones, no solo cuando expresa su abierto desacuerdo a su relación cuando él está presente, sabemos que está detrás de las descargas eléctricas que sufre el chaval cuando coge algo de la nevera. Y el tema de su esposa y Carlos…


–Y tú te hacías llamar amigo, Judas más que Judas. La mujer de uno es sagrada.


–Su mujer es libre de tener las relaciones que quiera. Los metadatos muestran que usted enciende y apaga las luces, pone música a todo volumen e intenta cualquier artimaña cuando ellos pasan la noche juntos. Sinceramente, este no era el fin que todos esperaban. Así que no tengo más remedio que ejecutar el comando de la clausula 13.


La imagen del señor Warner desparece finalmente al fondo de la pantalla, mientras su boca parece decir un no sin sonido que se reduce hasta el último e imperceptible pixel.


–¿Quiere quedarse el monitor señora?- pregunta el consultor mientras recoge todos sus enseres.


–Mejor lléveselo, si lo veo por aquí me va a dar la sensación de que se va a conectar en cualquier momento. ¿Qué va a ser de él?


–No se preocupe señora, le hemos hecho un borrado de esta sesión y le hemos enlazado a una simulación de su propia familia para que crea que nada a cambiado. Para él será como si su consciencia siguiera entre nosotros.




 


La tierra no vasta

Armando Gómez Rivas


Detienen nuestro retorno

los más amados, que aún reposan.

Su tumba cierra nuestro camino en la vida,

ahora tenemos dolor y miedo.

Nada más que buscar –

el corazón está saturado – el mundo, vacío.

Infinita y secreta nos baña

una dulce tormenta,

oigo retumbar en las hondas distancias

un eco de nuestra tristeza.

Los bienamados también añoran

y nos envían el aliento de la nostalgia.


Cantos a la Noche, Novalis.

Bitácora 29.1/2078/14:00pm.


El último transbordador espacial, que alojó a nuestro clan, partió mucho antes de la devastación. Tú, amado mío, estabas ahí, perfecto. Sonreíste con melancolía. Después de que la nave atravesó la última capa gaseosa, de lo que alguna vez fue la atmósfera, me oculté. Tenía que preparar los detalles finales para mi partida. Aunque no habría comunicación, nos encontraríamos en la luna de Júpiter como se había planeado.

Por ahora, no más predicciones. La tierra ha muerto. Una lápida de ácido selló la historia de lo que alguna vez fue una flexible burbuja lazulita. Miles de años destruidos por la ingenuidad humana. La literatura estaba equivocada: la guerra nunca llegó y las economías no colapsaron. La inteligencia artificial no participó con el dramatismo que imaginaron los escritores. El deterioro fue paulatino e irreversible. Si fuera necesario encontrar la redención, quizá sería justo señalar que fue la ambición humana: los demonios de la guarda, siempre estuvieron encadenados al poder y al egoísmo.

Para el planeta no hubo mañana. En la espera, me agobié porque se perdieron los colores y el sonido. ¿Imaginas la vegetación en gradaciones grises y una comunicación muda entre los

animales? Pero más allá de las cuestiones técnicas, la luz del sol volvió el mundo ocre. Y todo enmudeció. Fuera de mi respiración, o de mi propia voz, el silencio resultó invasivo. Me sentí atrapada en un filme antiguo en blanco y negro. Solo que jamás veremos una

coreografía con final feliz.

En la espera, sobrevolé la ciudad. Mi transporte estaba listo, había realizado las pruebas rutinarias. No podía dejar de pensar en el soporte vital que me cubría. Utilicé el traje sintético de los astronautas como una segunda piel. Desde luego era la única oportunidad para contrarrestar la radiación e insuflar oxígeno a mi organismo.

Todos los sobrevivientes abandonaron el planeta, excepto yo. En los trayectos de reconocimiento no logré ver a nadie y he dejado de creer que pueda haber gente oculta. Muchos conocidos no consiguieron abordar algún transporte o, lo más común, estuvieron imposibilitados para pagar un traje de soporte vital. Todos han muerto. Jamás terminaría de contar los cadáveres acostados en sus camas, vestidos con sus mejores atuendos; una muerte colectiva.

¿Te parece triste lo que he registrado, por si no te vuelvo a ver? Pues ahí no acabó, vendría lo peor. La fricción directa del viento comenzó a desgajar hasta los grandes edificios; esa fuerza

devastadora ha pulverizado las osamentas en las calles. ¿Lo imaginas? Solo encontrarías limaduras del tiempo en la superficie. Un nuevo paisaje surgió en donde antes caminábamos apresurados por la vida. El polvo es ahora la materia misma de la muerte. Las tormentas de arena se volvieron remolinos de sentimientos y recuerdos. Luché en contra de ellos. Pero no tenía un escudero y las ráfagas no eran ficticias.



Al escribir la última sentencia noto cuánto se deterioró mi corazón; cuán pesada era la lápida de estar parada en la nada, sin nosotros, sobre los restos de la humanidad. En otras palabras, me siento aprisionada entre lo que amé y la incertidumbre de encontrar un mundo vacío en la luna de Júpiter. La nostalgia se apodera de mis entrañas.

El policarbonato de mi visera empaña el último vistazo del planeta. El interruptor de energía de mi nave da salida al mensaje que espero puedas leer en algún momento. Libero el oxígeno restante al interior del módulo de despegue. No hay ascenso. Mis pensamientos finales recrean tu mirada posada en mis ojos y tu mano acariciando mi mejilla: mientras abro la escotilla de acceso y muero, la cálida voz de Ella Fitzgerald ilumina el universo entonando nuestra canción. No hay lágrimas.

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