Nela Guerra, Azel Highwind y Alejandra Bautista conquistan el reto de la semana



LOS ABRAZOS

Nela Guerra


Ariadna lo tenía claro. Aquella discusión había sido el punto y final de una relación que ahora le parecía no haber tenido sentido nunca. Dejó a su marido con la palabra en la boca, harta de tantas estupideces, y cruzó la puerta de la calle agarrando el bolso según pasaba. Eso era todo lo que se llevaba porque había decidido no volver.

Caminó sin rumbo fijo, llorando más por la rabia de haberse vuelto a equivocar que por pena. Era su segundo matrimonio, y el segundo fracaso. Le dolía pensar que la culpable fuera ella, con lo fácil que resultaba culpar al destino, pero lo cierto es que nunca se encontró a gusto en su vida de casada. Lo sintió la primera vez, y le echó la culpa a su juventud, y lo había sentido esta, y, aunque seguía siendo joven, no creía que ese fuera el motivo. Cogió aire y respiró hondo un par de veces, la rabia se iba aplacando. Secó sus lágrimas con la palma de la mano y llamó a Belén.

Belén la recibió en la puerta de su apartamento con un “abrazo de oso”, como decía ella. Eran esos abrazos que, desde que eran niñas, le habían animado a seguir adelante en todas y cada una de sus caídas. Abrazos incondicionales y reconfortantes de su amiga del alma.

Charlaron sobre lo sucedido sin darle demasiada importancia. «Era una muerte anunciada», dijo Belén levantando las cejas con una mueca graciosa. «Lo sé», contestó Ariadna sonriendo entre lágrimas. Nadie como ella para calmarla.

Ya era tarde y habían abusado un poco del vino. El cansancio les podía.

─Ya sabes que te toca dormir conmigo ... ─dijo Belén ─A no ser que prefieras el sofá, pero acuérdate de la última vez ─añadió sujetándose la espalda como si le doliera.

─Ni hablar, !prefiero dormir contigo aunque me ronques al oído! ─bromeó Ariadna.

Se tumbaron en la cama, cada una en su lado, las dos en pijama. Mientras Belén respiraba profundamente, Ariadna, a su espalda, se acordaba de su marido: tenía mil mensajes y llamadas perdidas que no pensaba devolver. Las mentiras le apretaban tanto el corazón que parecía se le estuviera partiendo. Lloraba en silencio, ahora con los ojos cerrados, tapándose la boca con la sábana para no despertar a su amiga. Pero Belén ya estaba despierta y se dio la vuelta para acariciarle el pelo. Ariadna abrió los ojos al sentir el roce de sus dedos y se encontró con ella, cara a cara, observándola desde la almohada.

Entonces se fijó en su boca, entreabierta, con aquellos labios que siempre le habían parecido tan perfectos y, mientras una lágrima caía solitaria por su mejilla, sintió el impulso de tocarlos, primero con un dedo, luego con otro, repasándolos como si lo que sobrara fuera el tiempo. Ella se dejaba hacer, ni siquiera cambió el gesto. De pronto, le urgió besarla. Lo hizo una vez, con la timidez del primer beso; lento y pastoso, aliñado por el sabor salado de las lágrimas. Y luego otra, ahora rozando su lengua. Sintió el deseo entre sus piernas y retiró su boca, asustada. Quiso pedir perdón pero, antes de que pudiera hacerlo, Belén la tomó por la cintura arrastrándola hacia su cuerpo. Ambas sintieron sus senos rozando suavemente los de la otra a través del pijama y, mientras se besaban, cada vez más hambrientas, Ariadna alargó la mano buscando la calidez del sexo de su amiga. Lo encontró húmedo e hinchado por el deseo, tal y como sentía el suyo. Sin pensarlo, llenó con sus dedos el vacío en el que nace el placer, y sintió cómo se estrechaba. Ya no había retorno. En sus cabezas no existían las dudas y, desnudándose con urgencia, se entregaron a todo tipo de caricias y besos sin olvidar ni un centímetro de sus cuerpos.

Así pasaron la noche, complaciéndose la una a la otra con la confianza de conocerse y la desmesura de lo recién descubierto, hasta que cayeron exhaustas y les venció el sueño.

A la mañana siguiente, Ariadna se despertó tranquila, en su lado de la cama, mirando hacia la ventana. Durante unos segundos se notó feliz y sonrió sin que nadie lo viera. Luego se sentó de golpe sobre las sábanas y se giró hacia el otro lado, sobresaltada. Encontró a su amiga despierta, acurrucada de medio lado, mirándola. Sus ojos se hablaron durante un rato largo, sin necesidad de palabras, hasta que Belén se mordió levemente el labio y, encogiendo los hombros, soltó una carcajada. Ariadna la observaba paralizada, abrumada por lo sucedido sin llegar a comprenderlo, pero no tardó mucho en reír con ella cuando se dio cuenta de lo bien que se encontraba, cómoda consigo misma, como si todo encajara; como la auténtica Ariadna.


 


LA RESISTENCIA DE GALÁN

Azel Highwind


Satisfecho después de la comida del mediodía, y justo en el momento en que el vecino de arriba empezaba sus clases de piano, Galán fue a su habitación para disfrutar de una dulce siesta. Se desnudó aún de pie en medio de la habitación y tuvo ganas de tocarse, las notas suaves que fluían le invitaban a ello, pero se contuvo, pensando en el esfuerzo que estaba haciendo para curar su adicción al sexo. Por eso, cuando su compañera de piso abrió repentinamente la puerta del dormitorio y se quedó apoyada detrás del marco, como una súcubo que aparece desde un portal del Infierno, lo que otrora se habría convertido en dichosa sensación de aventura, en ese instante hizo que se sintiera como el plato predilecto de un bufet libre.

Y al ver sólo la delgada cinta del sujetador deslizarse por la fina piel de su hombro y la esbeltez de una pierna desnuda acariciar el canto de la puerta, se tensó aún más y sintió la dureza apoderarse de él y de su miembro palpitante…

—Estoy aburrida, Galán —la voz recordaba el dócil maullido de un gato—, ¿hacemos algo?

—¡Antes de entrar en una habitación se llama! –la frase salió de su garganta espoleada por latigazos.

Ella esbozó una sonrisa que mezclaba a la perfección un poquito de inocencia y simpatía, con la dosis justa de atrevimiento. Sus ojos claros le resiguieron el cuerpo mientras se relamía con disimulo y en el piso de arriba un adagio acariciaba las paredes.

—No me digas que ahora te has vuelto tímido… con ese tesoro que guardas entre las piernas.

Galán dio un respingo, se abrazó a sí mismo como si lo hubiesen desplumado y lo fueran a lanzar a los tiburones. Y la imagen que se sucedió a continuación fue la de un pollo asustado corretear hacia la cama, cogiéndose una manguera que ya había apagado demasiados de los fuegos ocasionados…

—Serás payasete —su sonrisa era una medialuna infernal teñida de sangre—, no es hora de irse a dormir.

—Déjame, Miranda, por favor te lo pido, estoy muy muy cansado —una súplica que era a la vez sumisión y no podía esconder el intento velado de reverencia.

—Me encanta cómo pronuncias mi nombre, Miranda…

Los Si se enlazaban con los Mi en dúos de perfecta sincronía, envolviendo unos acordes que eran el perfecto marco para la voz de Miranda.

—Yo no lo pronuncio así.

—Vaya que no.

—¡Vete, Miranda!

—¿Ves? Así tan sexy… —las palabras se disiparon en un susurro, como si estuviese lanzando un hechizo—, vamos, Galán, hagamos algo divertido…

El calor entre sus piernas se convirtió en sofoco. Se tapó con una mano la irritada erección, después de tantísimas batallas la semana pasada y, con la otra, intentó subir las sábanas, que se encallaron entre sus pies nerviosos.

Ella, lanzando al aire un «no quiero estar sola…» entró corriendo de puntillas y saltó sobre la cama, quedándose arrodillada en su regazo e impidiendo que pudiese cubrirse.

—Pero, ¿qué demonios haces? —la voz de Galán se deshizo en un gallo.

—Si no he hecho nada —sus trémulos pechos saltaron cuando ese inclinó sobre el chico—, sólo quiero estar un rato contigo…

Las sábanas subieron de golpe tras un forcejeo y Galán se echó a un lado aferrándose a ellas.

—No seas tímido —palabras que pronunciaría una vampiresa sedienta de sangre antes de atacar.

—Qué va… —trató de desviar la mirada de sus hinchados pechos que parecían querer escurrirse por los lados del sujetador—, pero antes de dormir quiero leer.

—¿Leer? ¡Qué aburrido! Charlemos un rato antes de dormirnos…

Y terminando de pronunciar ese verbo en plural cargado de intención, deslizó su cuerpo liviano hasta colarse dentro de las sábanas.

Galán, como impulsado por un resorte, se sacudió hacia el otro lado y se arqueó evitando el contacto de su miembro endurecido contra esa piel que, sólo con su contacto, te hacía volar hacia paraísos de seda que conservaba aún la saliva de su creadora.

Los labios de Miranda, que nunca había visto tan relucientes y con una humedad que podría gotear en cualquier momento, se abrieron musitando palabras que no conseguía reconocer y quedaban diluidas tras la imagen de ella chupando y relamiendo que se le dibujó en la mente enfebrecida.

Entonces los pies de ambos se cruzaron en lo profundo de la cama. Las caricias surcaron la piel arriba y abajo y el alegreto vigoroso hizo vibrar las cuerdas del piano. Galán notó las frías manos deslizarse por su pecho y olió la fresca menta del dentífrico fluctuar entre la lengua juguetona. Y aunque su cabeza trataba de imaginar horrores bíblicos y catástrofes mundiales que arrasaran países, su polla dolorida dejaba de lado la hinchazón y sólo podía pensar en abrirle las piernas y adentrarse a la aventura.

-¡Sí! ¡Clávame la estaca!

En el piso de arriba, las gráciles manos de un pianista desconcentrado resbalaron por las octavas y perdieron las teclas que querían tocar.

—¡Otra vez dale que te pego, ni dos días ha aguantado! —la queja del pianista se escuchó hasta en el rellano.



 


LA VIDA QUE NO NACIÓ

Alejandra Bautista


Una ambulancia se dirige a toda velocidad por la carretera que comunica un municipio con la capital del país. Los paramédicos intentan con todas sus fuerzas y los pocos recursos con los que cuentan, salvar la vida de una madre en estado de gestación que presenta complicaciones.

El ritmo cardiaco del bebé empieza a descender, la presión arterial de la madre está por las nubes y los pocos medicamentos que se tienen dentro de la ambulancia, no son tan eficaces como se quisiera para estabilizarles. Por si fuera poco, ella es reportada como paciente Covid positivo. No hay nada que pueda salir peor.

Si. Si algo está mal, hay grandes probabilidades que empeore, y tristemente, en este país eso es pan de cada día.

La ambulancia disminuye su velocidad, la sirena continúa sonando con gran volumen anunciando la emergencia que lleva, el conductor frena, el vehículo se detiene y la sirena se deja de oír.

No ha sido desactivada, es la muchedumbre que se amontona y rodea el vehículo, golpean con furia la carrocería, los paramédicos sostienen con toda su fuerza a la paciente amarrada a la camilla, el conductor grita, pide despejar la vía, la turba se enfurece, arengas, queman neumáticos frente a la ambulancia, no escuchan, no atienden la súplica. La madre llora por ella y por su bebé.

La enfermera que vigila los signos vitales sale por la puerta trasera de la ambulancia a pesar del miedo y se dirige al frente del vehículo, donde los manifestantes impiden su paso.

—Abran paso, despejen la vía —pide con urgencia.

El tumulto de gente la oye gritar, más no la escuchan. Se abalanzan con más furia sobre el vehículo y el miedo de la madre se intensifica.

—Llevamos una paciente que necesita atención de primer nivel, ¡apártense! —clama a viva voz.

—No nos moveremos —contestan de entre la multitud.

—¡Es una emergencia, retírense de la vía! —ordena la enfermera.

— Nadie se mueve, pase por encima si quiere —responde una voz que se acerca a la mujer.

—Dejen pasar la ambulancia, tenemos una mujer en estado de embarazo, ella y el bebé corren peligro —vuelve a clamar a pesar del temor que siente al ver los ánimos caldeados.

— De acá nadie se mueve. Así sea una emergencia, no puede pasar— contesta el líder a cargo la marcha.

—¡Necesitamos pasar para salvarlos, la vida debe ser prioridad! —el desespero de la enfermera se transmite en su voz cortada.

— ¿No entiende?, tenemos la vía bloqueada —dice el líder a quien no se le ven ni los ojos, pues se esconde tras gafas negras, pasamontañas oscuro y gorra con la bandera nacional.

— Usted está liderando esta gente, ¿verdad?

— Sí.

—Mire, entiendo su posición, sé por lo que están marchando, ¡pero están impidiendo el paso de una ambulancia que lucha por salvar la vida de dos personas, una sin ni siquiera haber nacido! —trata de convencerlo con impotencia disfrazada de amabilidad.

—Eso no es problema mío ni de toda esta gente. En cambio, sí es lo es todos los falsos positivos de la gente campesina, la falta de empleo y educación de calidad y gratuita para los jóvenes, el agua y el alimento que no llegan a nuestros niños. Es por eso por lo que estamos luchando.

—¡Maldita sea! ¿No le duele entonces que una vida que no ha nacido, se pierda?

—¿Y la vida de los líderes sociales y nuestros jóvenes que?, ¿esas no valen?

—¡Impidiendo el paso se está convirtiendo en una de esas personas en contra de las cuales está marchando! —chilla con ira la enfermera.

—No, no soy un asesino y no lo seré si alguna de esas dos personas fallece. Es el costo de la igualdad, de la equidad —contesta con tranquilidad el encapuchado.

—¡Desgraciado, malnacido, indolente! ¡Tenga algo de compasión, déjenos pasar, van a morir! —grita de nuevo con más desesperación.

—Si mueren no será mi culpa, lo será de los gobernantes que han robado al pueblo y les han quitado a hospitales y centros médicos, los recursos para ser atendidos con calidad y prontitud.

—¡Entienda, por amor a Dios, son dos vidas que están al borde de la muerte, necesitan atención médica urgente!

—Haga su trabajo y sálvelos como pueda, no es mi maldito problema.

—¡Por favor, quite las barricadas, de la orden! —la petición ya es una suplica acompañada de sollozos.

—¡El bloqueo se mantiene, el paro no para, el bloqueo se mantiene! —alienta el líder a todos los manifestantes, quienes al unísono entonan la arenga.

La ambulancia continúa rodeada y el llanto de la madre se pierde entre los gritos de la multitud.


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