Nela Guerra y Lola Pena son las ganadoras de esta semana.



FRENTE AL ESPEJO

Nela Guerra


Aquel espejo me atraía. Su historia era tan insólita y a la vez tan literaria, que no podía dejar de mirarlo.

Lo había heredado y ni siquiera conocía a su dueña. Fui elegida al azar, entre los nombres del listín telefónico de mi ciudad, igual que otros ciudadanos, tal y como leyó el albacea en la entrega del legado. La excéntrica y misteriosa señora había repartido sus posesiones más queridas entre desconocidos, en ausencia de herederos naturales. Sentada en el despacho del notario, me hicieron entrega de mi nuevo patrimonio. Lo acompañaba un certificado de autenticidad en el que se señalaba la antigüedad del mismo y, como me habían anunciado, databa del siglo XIX.

Le busqué un lugar preferente en mi casa. Aunque mis visitas eran más bien inexistentes y seguramente nadie llegaría a verlo, el salón era el lugar que merecía, rodeado de mis más preciados tesoros: mis libros. Y allí estaba colgado, junto a la puerta, en el único hueco que dejaban las librerías. Su aspecto era imponente. Cuadrado, de cuerpo entero. El marco de madera de nogal, labrado y cubierto con pan de oro envejecido por el tiempo, era simplemente perfecto; la luna, sin embargo, tenía la pátina de los años y su superficie mostraba un reflejo algo velado, poco nítido, pero sin ningún fallo. Estaba claro que mis predecesores lo habían cuidado con mimo, y me hubiera gustado saber más de ellos, pero, aun así, la prestancia que lo distinguía entre mis libros, me bastaba para dar las gracias por tenerlo.

Encantada con mi herencia, me miraba cada vez que me encontraba frente a él. A veces, me parecía que distorsionaba algo mi reflejo pero, era tan antiguo, que no se podía esperar menos.

Un día, mientras lo estaba limpiando, observé una pequeña mancha negra en una esquina. No recordaba haberla visto antes, pero tampoco me pareció extraño. Pocos días después, pasé junto a él como de costumbre, para irme a la cama, abrazada como siempre a un libro, y apenas crucé la puerta del salón, volví sobre mis pasos hasta situarme justo delante. Algo había llamado mi atención. Acerqué mi cara al espejo buscando la razón de mi impulso, no veía nada salvo mi propio reflejo. Pero entonces, en el centro mismo, distinguí otra minúscula mancha. Me situé justo enfrente. Acerqué mi nariz fijando mi vista en ella, dejando escasos milímetros entre la superficie helada y mi rostro. Estaba ahí, la podía ver. La mancha se fue haciendo cada vez más grande y ahora ocupaba casi lo mismo que mi ojo izquierdo. Giré la cara y ahora tapaba mi ojo derecho. Centré la mirada y tapaba mi nariz. Concentré mi vista en esa especie de agujero negro y lo vi todo.

Vi a Borges en el peldaño diecinueve, descubriendo el Aleph; a Narciso cayendo al estanque persiguiendo a su reflejo; la madrastra de Blancanieves ofreciéndole su manzana emponzoñada por la envidia; incluso a Alicia cruzando a un mundo al revés. Vi a Perseo derrotando a Medusa con el reflejo de su escudo, la fragilidad de Virginia Woolf reflejada en Isabella, y hasta un Poe duplicado, asesinando a su conciencia. Y me vi a mí, en otro mundo paralelo, como una imagen idéntica a mí aunque invertida; vi mis sueños sin realizar y mis ambiciones abandonadas al olvido; vi mi cara, mi cuerpo, mi pasado en mi presente y mi presente sin futuro; vi mi enfermedad, mi locura o, tal vez, solo amor por los libros, y vi mi miedo a no haber leído lo suficiente.

Y volví a mirar ese agujero, cada vez mayor y cada vez más negro, que ahora cubría mi cara por completo y no dejaba de crecer, engulléndome cuando me acercaba, dejándome que cruzara a través de él para desvelar los secretos de ese otro mundo paralelo.


 


TESTIGO DE CARGO

Lola Pena Dovale


Desde mi rincón al fondo del despacho, cerca de la puerta que daba a un pequeño baño privado, observaba a Pablo mirar por la ventana. Desde esa altura que da el poder, le gustaba ver correr a los diminutos viandantes hacia la siguiente vuelta de esquina en busca de una oportunidad para mejorar sus tristes vidas.

—Blanca Soto desea verle, señor.

La voz del intercomunicador debió de interrumpir sus ensoñaciones. Se giró sobre sí mismo y se acercó a la mesa.

—Está bien, Mercedes —dijo Pablo apretando el botón del aparato para contestar a su secretaria—. Hazla pasar dentro de cinco minutos y después, vete, que ya hemos acabado por hoy.

Pablo levantó la cabeza del intercomunicador y paseó sus ojos por el amplio despacho. No pudo por menos que sonreír al verme. Se acercó y se sentó sobre mí, su viejo compañero de aventuras en su ascenso hacia las alturas, intentando encontrar la postura más cómoda: las piernas entreabiertas ocupando casi dos asientos; el brazo derecho caído sobre la entrepierna, protegiendo sus genitales; y, el brazo izquierdo extendido sobre el respaldo.

Sin moverse de encima de mí, Pablo esperó unos breves minutos a Blanca. Un par de golpes en la puerta y ella entró despacio. Noté como sonreía al verla con aquel vestido ajustado, con aquel escote generoso que dejaba a la vista el canalillo de su pecho. Después levantó la mirada buscando la de ella hasta que la encontró.

Blanca caminó hacia Pablo pavoneándose, cimbreando sus caderas, sabiéndose deseada. Cuando ya la tenía cerca, a su alcance, se incorporó separando su torso de mi respaldo y la sujetó con ambas manos por la cintura atrayéndola hacia él. La luz crepuscular que llegaba desde la calle mantenía el ambiente en penumbra. Estaba seguro de que Pablo no necesitaba más claridad. Probablemente se sabría de memoria aquel cuerpo de mujer tantas veces ambicionado.

Con ella sentada sobre su regazo, frente a él, con las piernas rodeando su cintura, Pablo comenzó a besarle el pecho, a subir su lengua lentamente por el cuello hasta llegar a la boca. Con brusquedad se incorporó del asiento con Blanca enganchada en su cuerpo y la dejó caer sobre mí. Pudo verla allí tendida, sonriente, crédula de una verdad inventada por él, dispuesta para su disfrute personal. Una muesca más en su carrera de donjuán.

Pabló se tumbó sobre Blanca y sentí un cierto dolor al soportar el peso de ambos cuerpos sobre mi espalda. Una vez más, él no podía dejar enfriar la situación, no podía permitirse perder aquella oportunidad que sus artes amatorias le habían proporcionado. Y una vez más, él no se había puesto en mi lugar, en cómo me podía sentir yo, un elegante sofá de tres plazas de cuero negro, diseñado para tardes de tertulia al lado de una chimenea, cuando me usaba para aquellos lujuriosos actos. Ya no soportaba más los empujones a los que me sometía en esos encuentros amorosos, los arañazos que sufría en mi delicada piel por parte de alguna de sus amantes...

Harto de todo, hice saltar uno de mis muelles fuera de su lugar clavándoselo en la espalda a Blanca que comenzó a retorcerse por la incomodidad. Tras ese primer muelle fui soltando uno detrás de otro casi todos los muelles que tenía en el fondo, de tal modo que era imposible mantenerse tumbados o sentados sobre mí. Pablo y Blanca, inmóviles, de pie, miraban aquel desorden de alambres retorcidos que había ocasionado, sin poder llegar a comprender qué era lo que acababa de pasar. Era más que probable que Pablo me mandara a la basura, pero, lejos de apenarme por mi cercana muerte, me descubrí feliz, libre, al percatarme que dejaría de ser, de una vez por todas, el testigo mudo de las infidelidades conyugales de Pablo.

—Creo que será mejor que me vaya —dijo Blanca mientras recomponía su vestimenta.

—Espera, mujer... esto no es nada. Busquemos otro sitio para pasarlo bien.

—No... se me hace tarde. Será mejor dejarlo para otro día —A modo de disculpa Blanca acarició la cara a Pablo y le besó para después salir del despacho sin decirle ni media palabra más.

Pablo se quedó inmóvil, de pie, mudo, mirando hacia su miembro erecto dispuesto a darse un festín que acababa de ser anulado. Entonces, se acercó a mí, me miró y me propinó varias patadas. Pude sentir su rabia en cada golpe que me daba. La ocasión que acababa de perder de follarse a otra mujer más le había herido en lo más profundo de su amor propio. Tras la última patada que recibí, abrí mis patas y dejé caer desplomado el fondo de asiento sobre el suelo hasta que quedé descuajeringado por completo. Mi final estaba próximo, lo presentía, pero aún me quedaba una bala en la recámara. Todavía me quedaban fuerzas para expulsar fuera de mí uno de mis muelles rotos, y así lo hice, con tan buena puntería que fui a darle a Pablo directamente en los huevos. Ahora ya podía morirme tranquilo viéndolo retorcerse de dolor.


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